Una experiencia aleccionadora: los Verdes alemanes
Las iniciativas para replantear la representación política y los partidos políticos no son ninguna novedad. En los años setenta, los Verdes alemanes, un nuevo partido creado como la voz de los movimientos sociales en las instituciones políticas de Alemania, intentaron transformar la naturaleza de la representación política, en una experiencia de la que hoy podemos extraer muchas lecciones. Frieder Otto Wolf, miembro fundador del partido, compartió su experiencia en un taller organizado en Manchester. Lo que sigue es una versión resumida de su análisis.
A fines de los años setenta, el partido de los Verdes de Alemania Occidental adoptó una serie de principios de democracia ‘de base’ con los que guiar el rumbo de su organización. El objetivo era posibilitar la emancipación de la dominación, practicar la responsabilidad ecológica y de género, y diseñar la construcción de un contrapoder capaz de cambiar el curso de los acontecimientos. ¿Cuáles eran esos principios de democracia de base? ¿Por qué se abandonaron? ¿Y qué importancia siguen teniendo con vistas a cumplir los mismos objetivos? Ésas son las preguntas que, como persona involucrada en el partido, procuraré responder en estas líneas, analizando cada uno de los principios en retrospectiva.
1. Empezar por uno mismo
Este principio parte de la idea de que uno de los elementos integrantes de toda estructura de dominación es la complicidad de los dominados. Reconocer este componente y aprender a contener la complicidad de uno mismo representa, por tanto, un primer paso obligado. Este principio ha actuado como punto de partida para redescubrir la acción en masa de los consumidores, como el boicot de productos que se fabrican con mano de obra infantil o provocan la destrucción del medio ambiente. También ha conducido al cuestionamiento moral de las relaciones de género machistas.
Este principio de negarse a actuar como cómplice parece derivarse del principio feminista de ‘lo personal es político’ o, según otra formulación, ‘lo privado es político’. El primero puede entenderse en el sentido de ‘política en primera persona’, que defiende el carácter ‘político’ de las iniciativas y relaciones personales. También puede equivaler al principio de ‘empezar por uno mismo’, que añade la idea de ir más allá del ámbito personal más inmediato de uno mismo para abarcar todo tipo de cuestiones políticas, desarrollando, idealmente, una práctica de autodeterminación en todos los ámbitos, pero empezando siempre por rechazar la complicidad. El principio de ‘lo privado es político’ parece estar más orientado hacia la esfera feminista porque aborda la problemática concreta del hogar privado, que protege a las relaciones patriarcales del ojo público y de la intervención externa; tanto por parte de las autoridades públicas como de aquellos que actúan en solidaridad con las mujeres o hijas oprimidas y explotadas.(1)
En la práctica, este principio ha resultado ser ambivalente. Por un lado, ha servido como inspiración para impulsar toda una serie de iniciativas creativas sobre acción de los consumidores, guarderías comunitarias e incluso política exterior, pues la concepción estratégica del desarme unilateral se ha acogido a este principio. Por el otro, en determinadas ocasiones, ha reforzado una tendencia regresiva a favorecer los caprichos individuales, lo cual puede frenar cualquier movimiento hacia una ‘auténtica’ acción política colectiva. Y lo que es más importante: se ha descubierto la dificultad de adaptarlo a la política electoral, que persigue, por naturaleza, conseguir los votos de muchas personas que están muy lejos de ‘empezar por sí mismas’.
A pesar de un sutil camuflaje de referencias a debates feministas posteriores sobre las ambigüedades del concepto ‘lo privado es político’, el imperativo electoral –en que el principio no desempeñaba papel alguno– condujo a su abandono. El proceso comenzó cuando los Verdes se establecieron como pleno partido electoral en Alemania Occidental, a mediados de los años ochenta, y se consolidó cuando se fusionaron con la organización electoral creada por el ‘movimiento ciudadano’ disidente de la RDA, la Alemania Oriental, que sospechaba de este principio por considerarlo ‘totalitario’.(2)
2. Decisiones por consenso antes que por mayoría
Las decisiones tomadas por mayoría son, potencialmente, un acto de dominación (como dijo Thomas Hobbes). Para evitar este peligro, se adoptó este principio en la práctica política, pidiendo a los participantes que buscaran el consenso antes de tomar decisiones mayoritarias. Este principio se asumió en plena euforia de un nuevo comienzo histórico que parecía prometer la emancipación inminente de todas las estructuras de dominación. Partía también de la premisa de que la preocupación generada por la inminente destrucción mutua crearía una nueva solidaridad entre todos los seres humanos. El principio, de hecho, ha ayudado a materializar alianzas bastante improbables; por ejemplo, entre agricultores del ámbito rural y grupos de homosexuales y transexuales del ámbito urbano frente a la escalada de la carrera armamentística nuclear. El principio imbuyó al nuevo partido de una dinámica cultural muy potente, y puede que sea el vector transformador más fuerte de la organización.
Por otro lado, la intensidad de los conflictos en el seno de las sociedades burguesas modernas, sobre todo en aquellas afectadas por la crisis del fordismo, no facilitaban que se alcanzaran consensos, ni siquiera dentro de un partido construido en líneas generales sobre un programa político concreto. Cuando pasó el momento en que la utopía era posible, o el momento de preocupación común, las identidades ‘alternativas’ o ‘tradicionales’ rivales bloquearon prácticamente cualquier tipo de debate significativo sobre posibles áreas de consenso. En la práctica, el principio de llegar al consenso se convirtió en un proceso de negociación de compromisos a través de complicados sistemas de votación, que partían de una ‘foto de opiniones’, pasaban varias rondas de enmiendas y culminaban con el voto definitivo. El corolario de este principio de la protección de las minorías a través, por ejemplo, de la introducción de declaraciones de esas minorías en los programas del partido, nunca se ha llevado a la práctica. Una minoría formal, a la larga, no podría sobrevivir debido al principio de mayoría integrado en los procedimientos de elección para cargos del partido o mandatos parlamentarios. Por lo tanto, se trata de un principio en gran medida olvidado por las nuevas generaciones de militantes del partido desde mediados de los años ochenta.
3. Primacía de la acción común sobre los proyectos individuales
Este principio se concibió para contrarrestar tendencias espontáneas hacia la fragmentación. En la práctica, sin embargo, ha funcionado como una tiranía de la política común que ha desatendido por completo las obligaciones individuales de la vida cotidiana (establecer vínculos afectivos, formar una familia o pasar exámenes). El principio también fomentó la hipocresía, y la gente presentaba sus preocupaciones individuales como una oportunidad para la acción común.
El principio está prácticamente olvidado, y ha caído en desuso sin que ello genere grandes conflictos. Sin embargo, el problema de encontrar un equilibrio adecuado entre las inquietudes individuales y la necesidad de una acción estratégica común sigue siendo un punto prioritario en la agenda de cualquier organización política con objetivos transformadores.
4. Respetar la conciencia individual
Dada la gran diversidad de orígenes y circunstancias de los activistas de los Verdes, este principio se elaboró para abordar los problemas de disciplina y acción común sin aplastar a las personas concretas. Se adoptó como una oposición más o menos consciente a las prácticas tradicionales del ‘centralismo democrático’, que obliga a la minoría a realizar las acciones a las que se ha opuesto. No obstante, en la práctica, se convirtió en el principio liberal tradicional de ‘libertad de conciencia’ de los diputados que sirvió para reducir el control del partido sobre las personas elegidas para los mandatos parlamentarios.
5. Igualdad de género
La existencia de este principio representa la influencia más directa del movimiento de mujeres sobre los principios de organización de partido, y ha obligado a otros partidos políticos a adoptar directrices parecidas. Además, ha conformado muy profundamente la cultura política ‘alternativa’ de los Verdes alemanes, aunque también ha servido a la estrategia instrumental de conseguir una mayor cuota de poder. A pesar de la fuerte presión mediática contra este principio, sobre todo cuando implica la retirada de figuras destacadas que son hombres, por lo general se ha respetado. Desde la unificación y la fusión con la organización del movimiento ciudadano de Alemania Oriental, sin embargo, se han realizado importantes excepciones que antes habrían sido impensables. La principal ambivalencia del principio ha resultado ser su compatibilidad con la idea neoliberal de la mujer de carrera que entra en un ‘mercado político’ abierto.
6. ‘Rotación’ en mandatos y cargos
Este principio se introdujo para evitar la aparición de políticos profesionales. Sin embargo, no ha sido fácil defenderlo porque ignora, de forma inherente, la experiencia parlamentaria y, en general, política. Además, la diferencia entre este principio y la crítica liberal, típica de la clase media, a la ‘política profesional’ no se ha explicado o entendido como es debido. En la práctica actual, se ha abandonado por completo o se ha limitado a unos requisitos de reselección más estrictos después de dos legislaturas. En parte, ha sido sustituido por el establecimiento de cuotas para ‘nuevos candidatos’.
7. Carácter público de todas las reuniones del partido
Este principio se adoptó para evitar que se produjeran reuniones secretas de comités del partido que minaran la democracia de la organización. No obstante, en la práctica, ha desembocado en una mayor tendencia hacia las uniones y las conspiraciones informales. También permitió que los observadores de subgrupos organizados ejercieran un control desproporcionado sobre la deliberación de los órganos del partido. Actualmente, está prácticamente olvidado, aunque sigue planteando un importante reto de transparencia como primer paso hacia una mayor democracia interna dentro de un partido político.
8. Separación entre cargos de partido y mandatos parlamentarios
Este principio se introdujo para contrarrestar el ‘efecto esponja’ de parlamentos y gobiernos. Ha conseguido retrasar la aparición del efecto, pero no evitarlo, debido a la falta de proyectos políticos de transformación claros. Sobre todo, no proporcionó un contrapeso a la fuerza de los dirigentes parlamentarios con respecto a los representantes del partido, ni evitó que surgieran posiciones de liderazgo informal (Joschka Fischer) basadas en una fuerte presencia e intervención mediáticas. Y tampoco evitó la influencia a largo plazo en el reclutamiento de la mayoría ‘realista’ del grupo parlamentario. Esto ha conducido al predominio de los realistas incluso en las bases del partido.
El principio podría ser eficaz en un contexto en que la organización del partido se desentendiera de la tarea (casi imposible) de ‘controlar’ las actividades de su sector parlamentario, y se concentrara, en lugar de ello, en desarrollar vínculos con los movimientos sociales con miras a provocar cambios a largo plazo en la opinión pública. En tal caso, podría funcionar como un principio para institucionalizar una división realista del trabajo entre diversos departamentos de la política de partido. A pesar de las fuertes presiones contrarias procedentes de los medios y de socios de coalición, este principio sigue bastante vigente, aunque modificado excepcionalmente en el caso de dirigentes del partido y una ‘institución mixta’ que actúa como foro para consultas estratégicas.
9. Mandato imperativo
Este principio de rendición de cuentas de los representantes tiene una larga y documentada historia en los ‘consejos’ de las revoluciones del siglo XIX y XX y, muy especialmente, en las organizaciones del movimiento obrero. Los movimientos y partidos verdes han hecho de este principio un rasgo distintivo de su organización política, pero sin distinguir debidamente entre un mandato anterior y la consiguiente responsabilidad y, sobre todo, sin definir claramente a quién se debe rendir cuentas: a los miembros del partido local, a los organismos de delegación del partido, a los movimientos sociales, al público en general, al electorado en general, etc.
Este principio ha caído en un descrédito casi absoluto. Estaba abierto a usos y abusos tácticos, y se aplicaba de forma mecanicista y dogmática sin tener en cuenta las condiciones existentes. A pesar de ello, parece que hay en él algo esencial para reivindicar una responsabilidad y participación democráticas efectivas. Sin duda, valdría la pena extraer parte de este principio de participación directa en la democracia del enredo de ideologías anarquistas y de prácticas incompetentes que lo han eclipsado. Las prácticas del partido han abandonado por completo este principio.
10. ‘Sueldo normal’ para los parlamentarios
Introducida como medida para reducir la distancia entre los representantes elegidos y su electorado, tal como se practicó en la Comuna de París en 1870, este principio conllevaba una reducción de los ingresos de los activistas con respecto a profesiones mejor pagadas. El principio quedó desacreditado por su aplicación inflexible, sumada a excepciones arbitrarias.
Si se despojara de la austeridad obrera y se aplicara con cierta flexibilidad, dependiendo de situaciones concretas, el principio seguiría teniendo el potencial de limitar los arribismos en el partido. Y ayudaría a recaudar importantes fondos en forma de donaciones de las que se podría hacer un buen uso, sobre todo, reforzando económicamente infraestructuras e instituciones de los movimientos sociales. Este principio está hora en desuso, aunque las contribuciones al partido siguen siendo superiores que en la mayoría de partidos.
11. Administración autónoma de las finanzas del partido
Este principio se introdujo para acentuar las diferencias entre los Verdes y otros partidos. En la práctica, ha ejercido una gran presión sobre las prácticas internas de autocontrol financiero. Se han evitado posibles riesgos de caer en prácticas ilegales, como la evasión de impuestos, aunque se ha pagado un precio muy caro en términos de conflictos internos. Hubo intentos exitosos de provocar escándalos sobre las prácticas de aplicación de las reglas internas.
Este principio partía de un elemento muy valioso: hacer explícitos los criterios políticos que subyacían a un sistema alternativo para controlar las finanzas del partido. Aunque se podría replantear, esta práctica está en desuso.
12. Primacía de los movimientos sociales sobre la política parlamentaria
Este principio se ha ilustrado en muchas ocasiones con la metáfora de la ‘la pierna que sostiene’ (los movimientos sociales) frente a ‘la pierna que juega’ (la práctica parlamentaria). Esa imagen subestima en gran medida el peso de las prácticas parlamentarias y electorales en un partido político. También minimiza las tareas de integración política y construcción de alianzas, que están estrechamente vinculadas al funcionamiento informal de los parlamentos como órganos de representación política. A pesar de ello, es un principio que sigue teniendo gran importancia; como mínimo, marca la necesidad de encontrar formas de cooperación entre movimientos sociales y partidos parlamentarios como organizaciones autónomas. Se trata de un tema clave en los debates contemporáneos sobre la organización política.
En las prácticas actuales del partido de los Verdes alemanes, este principio se ha invertido muy claramente; así lo demostró, por ejemplo, el grupo parlamentario de este partido al criticar el carácter no representativo de las ONG en el movimiento ‘altermundialista’.
13. Programas basados en proyectos, no en teorías
Frente al sectarismo de los años setenta, en que las teorías dogmáticas desempeñaban un papel protagonista, este principio parecía, en un principio, un golpe liberador. A largo plazo, sin embargo, ha desembocado en el completo abandono de los debates teóricos, con lo que se ha puesto fin a todo intento de analizar en profundidad las relaciones de dominación establecidas. Así, a la larga, se ha traducido en un debilitamiento de los debates teóricos dentro del partido y de toda sustancia real en los debates programáticos. Éstos han degenerado en ejercicios retóricos sin ninguna base empírica. Este principio, en la actualidad, se ha olvidado totalmente ya que, de hecho, tanto la teoría como los programas se han visto paulatinamente sustituidos por el marketing político.
14. Auténtica preocupación por la cultura política por encima de la mera ideología
Este principio, que se remonta a pioneros como el artista conceptual Joseph Beuys y que fue encarnado por dirigentes tan moralizadores como Petra Kelly, pretendía mantener una diferencia fundamental entre los Verdes y los ‘partidos tradicionales’. Sin duda, ha pecado de no estar vinculado a un análisis teórico y a un pensamiento estratégico sólidos. Esto lo ha hecho susceptible de ilusiones infundadas sobre el efecto de los aparatos de la ideología dominante. Sin embargo, no deja de ser cierto que este principio de ruptura estratégica con la cultura establecida debería ser una pieza clave de cualquier movimiento transformador con una perspectiva estratégica. El problema aún no resuelto en este sentido parece ser cómo alcanzar tal ruptura sin cerrar las ventanas al mundo de los otros y sumirse en un ghetto cultural. Este principio no parece ser inalcanzable pero, de nuevo, se ha olvidado en gran medida. En lugar de ello, es el culto a la presencia mediática como elemento de poder el que está ejerciendo su dominio sobre la cultura del partido; es incluso probable que más que en otros partidos que tienen sus propios foros establecidos para la práctica de una cultura interna del partido.
Notas
(1) En retrospectiva, esta idea de ‘lo público’ esconde una ambigüedad peligrosa: defender la intimidad frente a las prácticas disciplinarias de las autoridades públicas es muy distinto de defender el ‘espacio privado’ del hogar dominado por el hombre frente a la solidaridad de las mujeres. Pero en aquel momento, nadie podía contemplar la idea de que las ‘instituciones’ del establishment fueran otras cosa que un apoyo externo de la dominación masculina en el seno del ‘hogar privado’. Los neoliberales se aprovecharon de esta ambigüedad cuando contraatacaron en los años ochenta y noventa, a lo que contribuyó la falta de claridad en estas cuestiones teóricas básicas sobre relaciones de género, familias y hogares, así como sobre el Estado y la política.
(2) La objeción a la misma idea de la ‘basisdemokratie’ (democracia de base) como una especie de ‘basisdiktatur’, una dictadura de los militantes de base con tendencias ‘totalitarias’, fue el punto central del ala ‘liberal’ o ‘libertaria’ de la derecha del partido desde la fundación del partido de los Verdes. Defendían el principio del ‘madato libre’, basado en la ‘libertad de conciencia’ de todos los representantes que, de hecho, es algo explícitamente dispuesto en la mayoría de constituciones occidentales de la democracia liberal.
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