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La guerra al estilo estadounidense Walden Bello Focus on the Global South, December 2001
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Según la lógica de Washington, mientras los cruzados contra el terrorismo se acercan al escondite de Osama Bin Laden en Tora Bora, los petardos ahora deben estar reventando por todo lado. Sin embargo, Europa está menos entusiasmada, existe aprehensión a lo largo del Sur y el desaliento cubre a gran parte del mundo árabe y musulmán.
Las razones son obvias: por lo menos 4 mil muertos, un gran número de ellos civiles, cuatro millones de refugiados y un retorno al caos tribal junto a la desmembración de la autoridad central en Afganistán. Lo que hizo Bin Laden y su organización fue horrendo e inexcusable, pero, ¿hacer esto a un país en nombre de la justicia? Una vez más, los estadounidenses destruyeron un pueblo para salvarlo.
Washington, sin embargo, no permitirá que estos detalles estropeen su humor triunfalista. El Talibán y Al Qaeda han sido borrados, pero esta victoria tiene una importancia más amplia para el Pentágono: el abrumador poder aéreo de precisión puede ganar guerras, con casi ningún compromiso de tropas estadounidenses en tierra y con casi ninguna baja. Por supuesto, no se puede prescindir de las fuerzas terrestres por completo; son necesarias no tanto para el asalto sino para las operaciones de limpieza contra los desmoralizados y neurotizados supervivientes de la lluvia de fuego y acero -un papel que puede ser realizado por mercenarios locales como los de la Alianza del Norte.
El poder aéreo entierra el "Síndrome de Vietnam"
Lo que se probó primero en el conflicto de Kosovo en 1999 ahora se afirmó en Afganistán. Esta guerra enterró los últimos vestigios del "Síndrome de Vietnam". Con la confianza renovada en lo que historiador militar Russell Weigley llamó "la guerra al estilo estadounidense" -potencia de fuego masiva, alta tecnología, victoria total-, Washington ahora está considerando seriamente la misma clase de intervención en otros estados que se alega proporcionan ayuda y socorro a los terroristas. Los candidatos principales son Yemen, Sudán, Somalia e Irak. Y sería sorprendente que los eventos en Afganistán no hubiesen dado un empujón a los planes para un papel más fuerte del ejército estadounidense en la guerra contra las drogas en Colombia. Newsweek informa que las autoridades colombianas que buscan una intervención más decisiva de EE.UU. ahora "intentan mostrar las semejanzas entre el Talibán y sus propios movimientos guerrilleros...". Hay, por supuesto, la diferencia significativa de que Afganistán es un desierto y Colombia, una selva, pero, ¿no será un problema de menor importancia que la tecnología estadounidense puede resolver sin demasiada dificultad?
El nuevo mandato
Junto con la nueva confianza en el estilo de guerra estadounidense, la intervención directa en los asuntos de los países en desarrollo cobra una respetabilidad renovada. Incluso antes del 11 de septiembre, muchas sociedades en desarrollo, particularmente en África y el Oriente Medio, ya estaban siendo caracterizadas como "sociedades fracasadas". El ensayo de Robert Kaplan, aparecido en la revista The Atlantic en 1994, fue sólo uno de los textos influyentes que expuso enérgicamente el punto de vista de que la descolonización resultó, no en la aparición de sociedades estables en África y Oriente Medio, sino en un descenso hacia la "anarquía" que amenaza con desestabilizar el mundo entero. Después del 11 de septiembre, el respeto por la soberanía nacional y la autodeterminación se erosionó aún más en Washington y Londres con intelectuales conservadores dando la voz a opiniones que los estados poderosos no pueden articular... todavía. Una formulación influyente viene de Paul Johnson, autor de Tiempos Modernos:
"... la mejor solución a mediano plazo será volver al viejo Sistema de Mandato de la Liga de Naciones, que sirvió como una 'forma respetable' de colonialismo entre las guerras. Siria e Irak fueron una vez mandatos altamente exitosos. De igual manera Sudán, Libia e Irán fueron sometidos a regímenes especiales a través de tratados internacionales. Países que no pueden vivir en paz con sus vecinos y libran la guerra encubierta contra la comunidad internacional no pueden esperar una independencia total. Puesto que todos los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU ahora respaldan, en diferentes grados, la iniciativa de EE.UU., no sería difícil inventar una nueva forma de Naciones Unidas que ponga a los estados terroristas bajo vigilancia."
No debe sorprender que pocas de estas opiniones consideren las razones de fondo para respuestas extremas como el terrorismo: límites territoriales coloniales que provocan conflictos poscoloniales; una continua marginación de los nuevos países dentro de un orden económico global no equitativo; el continuo control del Norte sobre áreas de enorme riqueza petrolera y de gas para alimentar una civilización occidental basada en el uso intensivo de energía. La próxima fase en Afganistán se convierte en el último experimento del Nuevo Sistema de Mandato, después de que la primera iniciativa importante fracasó en 1993 debido a la resistencia de Somalia. Se pide a la Unión Europea que proporcione -bajo dirección británica, por supuesto- una fuerza de ocupación permanente, mientras se invita a las Naciones Unidas a que medie entre grupos tribales competitivos para lograr un "gobierno representante" y así llenar el vacío político. Al observar los recientes acontecimientos en Afganistán, uno no puede dejar de notar que Washington parece operar bajo el siguiente principio: ser unilateral en la acción militar, pero multilateral en cuanto a la ingeniería política. Así logra que otros asuman la responsabilidad si se derrumba la estructura política.
Guerra sin fronteras
La guerra contra el terror no reconoce ninguna frontera por lo que la guerra en casa deberá proseguir con igual vigor. El 11 de septiembre representa un Pearl Harbour II y la administración Bush les dice a los estadounidenses que ahora se encuentran en una guerra total, parecida a la Segunda Guerra Mundial. Ni siquiera la Guerra Fría se presentó en los términos totalitarios usados para la Guerra contra el Terror. Leyes y decretos ejecutivos que restringen el derecho a la intimidad y la libre circulación se aprobaron con una velocidad que Joe McCarthy habría envidiado. Estados Unidos sólo lleva nueve semanas en esta guerra, observaba David Corn en el periódico The Nation, y ya se aprobaron leyes y decretos ejecutivos que establecen tribunales militares secretos para procesar a los ciudadanos no estadounidenses, encontrar a inmigrantes cómplices, autorizar al Fiscal General encarcelar indefinidamente a los extranjeros sólo sobre la base de la sospecha, extender el uso de la intervención electrónica y cateos secretos, permitir el uso en procedimientos de inmigración de evidencia confidencial que los extranjeros no pueden ni enfrentar ni refutar, permitir que el gobierno rompa la naturaleza sacrosanta de la relación cliente-abogado e institucionalizar la elaboración de perfiles raciales y étnicos.
Los aliados europeos de EE.UU. se han apresurado a hacer lo mismo. Muchos de ellos han aprovechado, como Washington, el clima antiterrorista para impulsar una amplia gama de leyes que se alistaban aún antes del 11 de septiembre. Sin embargo, al contrario de EE.UU., los ciudadanos y parlamentos de otros países no se han sometido tan fácilmente. Quizás sorprendentemente, el parlamento británico rechazó la propuesta draconiana de Tony Blair de permitir a los fiscales aprehender y encarcelar indefinidamente a cualquier extranjero sospechoso de terrorismo.
La legislación de EE.UU después de septiembre se preocupa no sólo por sus implicaciones domésticas sino también por sus consecuencias internacionales. Lo que vemos es la institucionalización de un régimen de unilateralismo legal: el último paquete de leyes y decretos ejecutivos dota a Washington del poder de hacer casi cualquier cosa en el extranjero para capturar blancos terroristas. Las fuerzas armadas de EE.UU aprovecharon esto recientemente cuando, en un acto indistinguible de piratería, abordaron sin consentimiento una nave de Singapur en el mar Arábigo, dominaron a la tripulación e iniciaron una búsqueda infructuosa de terroristas.
Si en esa búsqueda se hubiese encontrado a un sospechoso, el Pentágono podría haberlo enviado a una base de EE.UU. en, digamos, Alemania, haberlo procesado allí por un tribunal militar secreto y, si se lo hubiese encontrado culpable en un proceso significativamente menos riguroso que la justicia civil, haberlo transportado para ser fusilado o encarcelado en Estados Unidos, posiblemente en el anonimato. Advertencia: la cooperación de los estados en cuyo territorio se aprehenden a terroristas es apreciada, pero no es necesaria. Muchas gracias.
Deus ex maquina
En el drama clásico, el 11 de septiembre sería el deus ex maquina, es decir, una fuerza o evento externo que cambia la balanza a favor de uno de los protagonistas. El ataque de Al Qaeda en Nueva York representó el mejor regalo posible para EE.UU. y para la clase dominante global en la coyuntura previa al 11 de septiembre. Unas pocas semanas antes, unas 300 mil personas marcharon en Génova en la mayor demostración de fuerza de un movimiento antiglobalización corporativa que había cobrado cada vez más fuerza con manifestaciones en Seattle, Washington D.C., Chiang Mai, Praga, Niza, Porto Alegre, Honolulu y Gotenburgo. Las protestas de Génova subrayaron el hecho de que la legitimidad de las instituciones claves del gobierno económico global -el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio- estaba más abajo que nunca. Lo mismo ocurría con todas las doctrinas de liberalización, desregulación y privatización cobijadas bajo el rubro de la economía neoliberal o el "Consenso de Washington". Esta erosión de credibilidad sucedió debido a una cadena de desastres que incluía la crisis financiera asiática, la catástrofe a cámara lenta del programa de ajuste estructural en África y América Latina y la propagación de la crisis financiera primero a Rusia y Brasil y ahora a Argentina.
Lo que hizo tan volátil la crisis de legitimidad de las instituciones claves de la globalización capitalista es su combinación con una crisis estructural profunda de la economía global. Los rasgos principales de esta crisis estructural son la sobreproducción industrial, una monopolización creciente para contrarrestar la pérdida de rentabilidad y una actividad especulativa sin regulación en los mercados financieros. Cuando a finales del 2000 e inicios del 2001 se borraron 4.6 billones de dólares de riqueza industrial, equivalente a la mitad del PIB de EE.UU., la llamada "Nueva Economía" se desvaneció y entró en recesión. Por el alcance global y profundidad de esta recesión, se creó el término "recesión sincronizada" que describe un proceso precipitado precisamente por la mayor interdependencia e integración de economías resultante de la liberalización comercial, financiera y bursátil.
Con la evaporación de las promesas de prosperidad, de un fin a la pobreza y de una reducida desigualdad levantadas por la globalización, no debe sorprender que uno de sus promotores, el economista C. Fred Bergsten, haya dicho ante la Comisión Trilateral que las fuerzas antiglobalización estuvieron "en ascenso".
Es más, antes del 11 de septiembre, la erosión de legitimidad fue un espectro no sólo para las instituciones de gobierno económico global, pero también para las instituciones de gobierno político del Norte, en particular de Estados Unidos. Un creciente número de estadounidenses empezó a comprender que su democracia liberal se adultera tan completamente por la política del dinero corporativo que merece ser designada como plutocracia. En la campaña presidencial de EE.UU del 2000, el senador John McCain realizó una campaña popular enfocada a un problema: reformar el sistema de control corporativo sobre el sistema electoral que, en cuanto a su tamaño, no tiene par en el mundo.
El hecho de que el candidato más favorecido por los grandes empresarios perdiera el voto popular y, según algunos estudios, el voto electoral también, y aún así terminara de presidente de la democracia liberal más poderosa del mundo no ayudó a apuntalar la legitimidad de un sistema político que ya fue descrito por muchos observadores como de estado de "guerra civil cultural" entre los conservadores y liberales, que divide a la población en dos partes casi iguales.
Cambio de suerte
Aunque entendía el profundo sentido de injusticia que hace terroristas a personas ordinarias, la gente progresista siempre condenaba al terrorismo, no sólo porque toma vidas inocentes sino porque también ofrece una apertura para la contrarrevolución. De hecho, los acontecimientos después del septiembre 11 siguieron el guión histórico.
El humo de las ruinas del Centro Mundial de Comercio todavía era acre y espeso cuando el Representante Comercial de Estados Unidos, Robert Zoellick, aprovechó la oportunidad proporcionada por los eventos para recobrar el ímpetu de la globalización corporativa. Sosteniendo que la liberalización acelerada fue necesaria para paliar el impacto del golpe que el 11 de septiembre dio contra la economía mundial, Zoellick, el Comisionado Comercial de la Unión Europea, Pascal Lamy, y el Director General de la OMC, Mike Moor, lideraron el esfuerzo de empujar a los países en vías de desarrollo para que aprueben el lanzamiento de una nueva fase de liberalización comercial durante la Cuarta Reunión Ministerial de la OMC en Doha, Qatar, en noviembre pasado. Después de su fracaso en Seattle, la declaración de Doha puso otra vez en movimiento la bicicleta de la liberalización comercial.
Horst Kohler, Director General del FMI, y Jim Wolfensohn, Presidente del Banco Mundial, también vieron en la guerra una oportunidad para revertir la crisis que azotaba sus instituciones. Kohler alegremente cooperó en la conversión del Fondo en un componente clave del programa global de Washington para ciertos estados estratégicos como Pakistán e Indonesia, al mismo tiempo que dejó de lado a un país no estratégico como Argentina, que encara su inminente quiebra. Por su parte, Jim Wolfensohn, con su presidencia e institución amenazadas por una maniobra de tenaza de críticas de izquierda y derecha, utilizó el 11 de septiembre para proyectar al Banco Mundial como el socio clave del Pentágono en la guerra contra el terrorismo, jugando el rol "blando" de tratar con la pobreza que engendra el terrorismo, mientras el Pentágono juega el rol "duro" de destrucción a los terroristas.
En cuanto a la crisis política gubernamental en EE.UU., el 11 de septiembre transformó a George W. Bush de un presidente minoritario cuyo partido perdió control del Senado a un presidente que aparentemente es el más poderoso de EE.UU. en los últimos tiempos con una aprobación del 86 por ciento, según una reciente encuesta del New York Times. Casi ocho de cada diez estadounidenses apoyan su política de detención indefinida para los no ciudadanos sospechosos de constituir una amenaza para la seguridad nacional, y siete de cada diez aprueba que el gobierno tenga acceso a las conversaciones entre los clientes y sus abogados.
Los liberales han sido completamente intimidados. La luminaria liberal de Harvard, Lawrence Tribe, consiente el uso de los tribunales militares y la detención indefinida de más de 1200 personas, al mismo tiempo que The Nation informa que su igualmente famoso colega Alan Dershowitz "ha sugerido que el uso de la tortura puede justificarse, con tal que sea autorizado". Incluso Richard Falk, de la Universidad de Princeton, un icono del liberalismo izquierdista, inicialmente se sintió obligado a justificar la guerra de Bush como una "guerra justa", aunque después se retractó. ¡Gracias a dios!
De Locke a Hobbes
Puede ser que el daño a la psique política y al sistema político de EE.UU. sea de largo alcance. Los estadounidenses se precian a menudo de poseer un sistema político cuyo papel es maximizar y proteger la libertad individual, como lo propusieron John Locke y Thomas Jefferson. Esa tradición locke-jeffersoniana se trastornó bruscamente en las últimas semanas, pues los estadounidenses han sido sometidos a una fuerte presión para entregar al gobierno nuevos amplios poderes sobre el individuo, en el nombre del orden y la seguridad. En vez de avanzar hacia el futuro, la democracia limitada de EE.UU. ha retrocedido en su inspiración del siglo diecisiete de Locke al siglo dieciséis de Hobbes, cuya obra maestra, Leviatán, sostuvo que los ciudadanos deben una lealtad incondicional a un estado que les garantiza la seguridad de sus vidas.
El punto hasta el que puede llegar la impunidad de los asaltos sobre las libertades tradicionales se mostró recientemente cuando el Fiscal General John Ashcroft dijo que los críticos de las medidas de seguridad de la administración Bush eran traficantes del miedo, "que asustan a las personas que aman la paz, con fantasmas de una libertad perdida y que ayudan a los terroristas". El hecho de que, los senadores demócratas liberales a los que dirigió estos comentarios ante una audiencia del Senado, no se atrevieron a responder, muestra lo hábil que son los conservadores para usar la lucha antiterrorista en ganar el conflicto real en casa: la guerra contra los liberales y progresistas.
Peleando por el futuro
El movimiento antiglobalización corporativa que crecía antes del 11 de septiembre ahora lucha desesperadamente por recuperar el ímpetu. Tres acontecimientos son de preocupación particular:
Primero, la policía, después de ser despreciada por sus tácticas provocadoras en Génova, recuperó su confianza dentro del nuevo contexto marcado por una mayor aceptación pública de limitaciones a los derechos políticos básicos. La nueva agresividad de la policía se puso completamente en evidencia durante la reciente reunión entre el Banco Mundial y el FMI, realizada en la ciudad canadiense de Ottawa entre el 18 y 19 de noviembre, cuando sin provocación y a plena vista de la prensa canadiense, los policías con su equipo antimotines hicieron una redada a una protesta pacífica antiglobalización y apresaron a jóvenes manifestantes que solo marchaban pacíficamente.
Segundo, la definición de "terrorista" que está siendo usada tanto en la legislación europea como en la estadounidense es tan vaga que se puede aplicar a grupos no violentos que se adhieren a la desobediencia civil, un arma esencial de ese movimiento, o a los grupos que dañan la propiedad de manera simbólica sin perjudicar la vida de nadie.
Tercero, los grandes eventos antiglobalización involucran la movilización de cientos de miles de personas que cruzan fronteras. Ahora esto puede ser frustrado si se recurre a la nueva legislación que autoriza la interrogación, detención, expulsión arbitraria o negación de la entrada a extranjeros sobre la base de la mera sospecha de ser terrorista o su partidario; en resumen, a cualquiera que se pueda pintar convenientemente con la brocha del terrorismo.
La suma de todo es el enfriamiento del ambiente alrededor de las protestas de masas. Las autoridades y los medios de comunicación dominantes están bien contentos mezclando en la conciencia pública las imágenes digitales de los ataques terroristas con la desobediencia civil militante, aunque pacífica, de los activistas antiglobalización.
¿Darth Vader o Luke Skywalker?
Washington está saboreando su triunfo. Pero, mientras la imagen que quiere promover EE.UU. es la de un Luke Skywalker que libera a los afganos de un Imperio Talibán represivo, en muchas partes del Tercer Mundo, EE.UU. se parece más bien al antagonista de Luke, como anota John Lloyd del Financial Times, el malo Darth Vader. De hecho, la guerra al estilo estadounidense refuerza esta imagen con una mano invisible y distante lloviendo muerte. Ésta fue una guerra impersonal y terrorífica a ultranza. El comentario del escritor de Newsweek, John Barry, tiene mucha razón cuando dice que, con su campaña de bombardeo desconcertantemente exacta, "a muchos Talibán los estadounidenses deben haberles parecido criaturas de otro planeta: por allí, en alguna parte, en el cielo o más allá del horizonte, poderoso más allá de la comprensión".
George Lucas no podría haber logrado un mejor guión para el Imperio Contraataca que la campaña de Afganistán.
Sin embargo, hay algo seguro: los imperios siempre provocan resistencia. Efectivamente, es posible argumentar que si bien EE.UU. ha ganado otra batalla, su situación estratégica en Oriente Medio y el sur de Asia ha sido erosionada por este mismo conflicto. Un régimen fundamentalista es ahora una posibilidad en Pakistán. La elite feudal saudita respaldada por Washington se aísla de las masas más que nunca con un número crítico de jóvenes, que consideran a Bin Laden como un héroe que enfrenta a EE.UU. haciendo que Washington finalmente sirva como una fuerza policíaca obligada a proteger a la elite contra su propio pueblo. Con el bombardeo de Afganistán y la preferencia pronunciada de Israel por parte de la administración Bush, una ira profunda contra EE.UU. y Occidente se atrinchera desde el norte de África a la Indonesia musulmana, proporcionando tierra fecunda para la expansión de movimientos que buscarán quitar el poder a los regímenes aliados de EE.UU.
¿Será la tecnología de punta o la movilización popular el factor decisivo de esta lucha trascendental por la libertad, la justicia y la soberanía de los pueblos del Sur contra el imperio? ¿Afganistán o Vietnam será el resultado? ¿Quién sobrevivirá, Darth Vader o Luke Skywalker? Todavía no hay respuestas a estas preguntas y no las habrá durante algún tiempo.
En cuanto al movimiento antiglobalización, el 11 de septiembre puede todavía resultar un contratiempo temporal del que, de hecho, se puede cobrar más fuerza. Las enormes movilizaciones callejeras paralelas a las grandes asambleas de la elite global, como las reuniones del FMI y el G-8, ya alcanzaron los límites de su efectividad actual y esto puede obligar al movimiento a pensar en tácticas más innovadoras que combinan masa con estrategias legales y parlamentarias. De hecho, si hay una ventaja en la situación después del 11 de septiembre, es que para tres movimientos que antes actuaban independientemente -el movimiento por la paz, el de derechos humanos y el antiglobalización- ahora es crítica una colaboración más estrecha entre sí. Esto representa una alianza potente con posibilidades de hacer una contribución significativa hacia un cambio en la correlación de fuerzas a mediano y largo plazo, mientras los atropellos de exclusión, marginación y represión del sistema global se afirman inexorablemente. Los guardianes y propagandistas del imperio proclaman la victoria demasiado pronto. Para usar la misma imagen de la Segunda Guerra Mundial, tan invocada actualmente por George W. Bush, Donald Rumsfeld y John Ashcroft, no estamos en 1945, sino en 1941.
Traducción: Beatriz Martinez
Copyright 2001 Focus on the Global South
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