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No a la manipulación de la realidad Mariano Aguirre El correo digital, 19 February 2003
Mientras los soldados de Bush y Blair toman posiciones para la guerra en Oriente Medio,
millones de personas han salido a la calle desde Barcelona a Melbourne, para decir 'no a la
guerra' o, como aclaraba una pancarta personal, 'no a esta guerra'.
Los gobernantes de Washington DC, Londres y Madrid repitieron el domingo 16 que ellos
también están por la paz. La beligerante ministra de Asuntos Exteriores española, Ana
Palacio, por ejemplo, dijo en la radio que se habría sentido decepcionada si no hubiese habido
muchas personas manifestándose, porque estar contra la guerra es una cuestión ética. Una
vez más, en momentos de crisis, los políticos nos dicen, con dolor, que de un lado está la
ética y del otro la política. Pero, ¿no era ésta una guerra justa y moral?
Los presidentes, ministros y secretarios repiten consignas. De la misma forma que están
coordinados en los mensajes distorsionadores sobre la supuesta incapacidad de los
inspectores de la ONU («no son detectives» es su última frase), la nunca demostrada
imponente capacidad bélica de Irak, y la aparente necesidad imperiosa de hacer cumplir las
resoluciones de la ONU y proteger los derechos humanos, repiten ahora que su objetivo final
es el mismo que el de millones de ciudadanos: la paz. Lo que ocurre, dicen, es que los
ciudadanos tenemos aspiraciones morales y desinformación, y ellos son gestores informados
y responsables.
Desde agosto pasado los gobiernos de diversos países y sus agitadores han tratado de
convencer al mundo de que es preciso ir a la guerra. El empeño es tan grande que han
manipulado el debate hasta el punto de que a veces no se sabe si se debe atacar Irak por
tener o por no tener armas de destrucción masiva. En ocasiones hay que atacar porque las
tienen y en otras hay que arrasar porque no las encuentran, pese a que la ONU usa las
puertas abiertas para buscarlas.
Asimismo, Bagdad parece merecer la guerra porque en la semana del 11 de febrero ha
documentado a los inspectores que tiene unos misiles prohibidos (por su alcance) aunque los
ha empezado a destruir el domingo 16. Pero también se argumenta que se le debe atacar por
haberlos tenido, lo que puede conducir, para alegría de EE UU, a que Irak decida que para ese
resultado es mejor no desarmarse, ya que van a precisar las armas cuando les ataquen.
Cuando el laberinto de las armas se vuelve difícil de mantener, entonces la guerra es para
democratizar Irak y Oriente Medio; y si ésto no se sostiene porque la gente se pregunta cómo
piensan librar tantas guerras como dictaduras hay en el mundo, resulta que Sadam Hussein
es un proveedor de armas químicas y biológicas a una gama de grupos que van desde
Al-Qaida hasta ETA, y el ataque terrorista es inminente.
Los males que nos provoca Irak no tienen fin. La relación transatlántica se quiebra por culpa
de Sadam y de los gobiernos francés, alemán y belga, que son débiles y oportunistas. Y ahora,
además, la OTAN está en crisis porque París y Berlín no quieren que la Alianza Atlántica
despliegue armas en Turquía. Nos informa la televisión de que Sadam ha alterado, inclusive,
las buenas maneras del bonachón secretario general, Lord Robertson, apacible escocés. El
Gobierno de Turquía, por cierto, tras duras presiones y enormes pagos de EE UU, ha cedido
su territorio para que, desde ahí, se lance un ataque a Irak, y ahora dice sentirse amenazado
por Bagdad y pide que le proteja la OTAN.
Sadam provoca, además, terribles dilemas a nuestros gobernantes. El presidente José María
Aznar, por ejemplo, duda entre hacer la guerra con palabras o con soldados españoles. Un
miembro de su Gabinete dijo el domingo después de la manifestación que de ninguna forma
irán (nuestros) soldados a una guerra. ¿Por qué no? ¿Le alcanzarán a Bush sólo los artículos
de Aznar en prensa y el entusiasmo guerrero de Palacio en la ONU?
Otro dilema que comparte con el presidente George Bush Jr. es que una serie de datos sobre
el poderío militar iraquí son tan secretos que no sólo no se les pueden contar a los
inspectores de la ONU sino que, por supuesto, no los podemos conocer los ciudadanos.
¿Resultado? Aznar tiene la tentación de dejarse llevar por el camino fácil de hacer caso a los
millones de personas que no quieren la guerra (como hace el electoralista primer ministro
alemán Schröder), pero no le queda más remedio que asumir la dura responsabilidad de ir
contra las mayorías porque 'los españoles no me perdonarían', dice, que les engañase.
¿Sugiere el presidente español que los mandatarios de Alemania, Bélgica y Francia están mal
informados o que engañan a sus sociedades? Peor aún: ¿juegan con la vida de sus
ciudadanos? ¿O quizá posee el Gobierno español más información que el alemán y el francés?
Curioso, realmente. Pero, ¿esos datos tan preciados y secretos son los que avanzó el
secretario de Estado Colin Powell en la ONU? O sea, recortes de cortar y pegar de revistas
de hace una década.
Quizá Powell intentó también engañar al Consejo de Seguridad, en contra de su conciencia,
para no revelar los datos secretos con el fin de salvar a la ONU de sí misma. O sea, que en
función de un objetivo final loable (acabar con Sadam Hussein) están engañando a medio
mundo para no revelar una verdad que debe de ser, sin duda, espantosa.
Quizá se le podría indicar a la dura ministra Palacio y a otros políticos que la gente no ha
salido a la calle por un sentimiento emocional contra la guerra. Hay muchas guerras en el
mundo. Desde 1990 hemos tenido las del Golfo, Somalia, los Balcanes, Israel-Palestina,
varias en África, y Afganistán. Pero si nunca habían salido tantos millones a la calle, más allá
de los políticos y los partidos y organizaciones, es porque el cúmulo de manipulación nos ha
desbordado. No creemos en verdades ocultas ni en conspiraciones.
Bush, Blair, Aznar y otros han sobrepasado la cuota de mentiras que normalmente los
ciudadanos estamos dispuestos a aceptar a cambio de que la democracia funcione. La gente
no ha salido a decir 'no' de forma abstracta sino a protestar contra las falsedades y el intento
concreto de forzar la realidad para justificar la guerra. Se ha llegado al exceso. Han puesto en
evidencia que se quiere hacer la guerra por el petróleo, por mantener fanáticamente un clima
bélico global desde Washington y para acabar con la ONU. Y por eso los ciudadanos dicen 'no
les creemos'.
Porque se está jugando con fuego: se puede matar a miles de personas y someterlas a una
posguerra terrible durante años; se podrían perder vidas de soldados occidentales
inútilmente; se están gastando millones de dólares en transporte, comida y combustible para
un despliegue militarista innecesario; y Washington y Londres amenazan con usar sus armas
nucleares. Eso no es una amenaza banal cuando proviene de un grupo de fanáticos que rigen
la Casa Blanca. Mientras, se está demoliendo a la ONU y fragmentando a un Europa frágil.
Los gobernantes que dicen sí a la guerra, y los que hasta ahora, como el presidente Chirac,
mantienen una posición cautelosa, deben escuchar que la gente exige el uso de la razón y no
el de la fuerza. El debate sobre Irak debe volver a canales razonables. El Gobierno de EE UU,
los gobiernos aliados y sus amigos deberían dejar de mentir, porque hacer la guerra es una
cuestión muy seria.
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