Debate: Código abierto para los sistemas operativos del planeta: ¿una metáfora de las nuevas instituciones?
Marco Berlinguer. La importancia de las analogías y las metáforas del mundo de la tecnología de la información a la hora de replantear las instituciones ha sido un tema recurrente de nuestros debates. Nos centraremos en una de ellas y le pediremos a Brian que nos haga una breve presentación partiendo de su sugerencia de ‘Linux para los sistemas operativos del planeta’.
Brian Holmes. La idea que quería transmitir con el lema ‘Linux para los sistemas operativos del planeta’ era la de usar procesos de cooperación estructurados para rediseñar los sistemas operativos de un planeta que está en peligro.
Pero, para empezar, debería explicar por qué el sistema operativo libre Linux es una fuente tan rica de metáforas. ‘Libre’, en este contexto, significa que se mantiene en un estado de ‘código abierto’, por lo que cualquiera pueda utilizar y alterar el código fuente para adaptarlo a nuevos proyectos, siempre que éstos sigan siendo, a su vez, libres y abiertos para otros usuarios.
Linux es, sin duda, una iniciativa de gran complejidad tecnológica y, aunque la mayoría de la gente sabe que es libre, también sabe que es tremendamente complicado; basta con mirar todas esas líneas de códigos para sentirse intimidado sólo con hablar del tema. Pero recordemos cómo se creó este sistema operativo, porque es una historia muy bonita y puede convertirse en un pilar para la comunicación entre todos nosotros a escala mundial. (De hecho, el software libre, en su sentido más amplio, ya se ha convertido en un pilar porque la mayoría de servidores web lo usan, incluso los comerciales).
Linux empezó a partir de una invitación a participar en un proyecto simplemente por diversión y curiosidad. Pero también surgió en respuesta a un típico plan de privatización capitalista. Las grandes empresas (llamémoslas Microsoft e Intel) estaban fabricando un nuevo tipo de chip para los ordenadores personales en que era imposible instalar el sistema operativo Unix, un sistema que se utilizaba de forma libre y generalizada en las universidades públicas. A ninguna persona de estas grandes empresas se le pasó nunca por la cabeza que se pudiera rescribir un sistema de tipo Unix para estos nuevos chips, porque eso supondría miles de horas de programación y sólo las grandes empresas disponen de tanto tiempo para estas cosas. Así que contaban con tener un monopolio y aprovecharlo, imaginando que no tendrían ningún competidor. Pero una persona, Linus Torvalds, tuvo la idea de escribir una pequeña parte del código necesario y, después, lanzarlo a internet diciendo a los demás: aquí tenemos un principio; si todos vosotros creáis otras partes, pronto tendremos el núcleo de un sistema operativo libre para poder seguir haciendo las cosas que queremos hacer. Y la gente respondió. Poco a poco fueron escribiendo el sistema núcleo y, desde el principio, utilizaron herramientas de otro proyecto de software libre llamado GNU, que aún no había terminado su núcleo. Y aún más: GNU ya contaba con un contrato legal especial denominado Licencia Pública General (GPL por sus siglas en inglés), que establecía que todo código libre debía mantenerse en ese estado, como código abierto. Como resultado de todo esto, hoy día contamos con decenas, quizá centenares, de distintas distribuciones –o ‘sabores’– del sistema operativo GNU/Linux básico, adaptado para distintos fines. La que yo utilizo, por ejemplo, se llama Ubuntu, una versión que se creó para gente con muy pocos conocimientos informáticos. Cuenta con el apoyo de una fundación muy comprometida cuyo objetivo es difundir lo que denominan ‘Linux para seres humanos’.
En esta historia, hay otro aspecto importante. Los desarrolladores que crean nuevas aplicaciones para Ubuntu o cualquier otra distribución de Linux utilizan una base de datos web llamada Sourceforge, que sirve básicamente para poder hacer un seguimiento de los cambios que se hacen continuamente a determinados proyectos cooperativos. Esto significa que cada uno de los desarrolladores puede introducir los cambios que desee pero, a la vez, puede consultar el estado de los proyectos colectivos. Por tanto,
puede ver en qué ámbitos sería más útil su trabajo, y disfrutar del verdadero placer de hacer algo que nunca podría hacer solo: ayudar a ofrecer herramientas prácticas para que las usen cientos de miles, quizá millones, de personas. Cada vez que instalo una nueva herramienta en mi ordenador, lo que veo no es la cara de una mercancía, en forma de una exigencia monetaria que, a la vez, me obligará a hacer un trabajo aún más alienante. Lo que veo es el generoso resultado del esfuerzo de miles de personas, y eso es algo que admiro y que me llena de alegría.
La metáfora del ‘código abierto para los sistemas operativos del planeta’ es una forma de evocar e ilustrar la posibilidad de encontrar múltiples soluciones a partir de recursos comunes. Significa que las comunidades pueden tomar ideas básicas y adaptarlas a las circunstancias locales, creando soluciones a medida, dependiendo de sus problemas concretos y las capacidades colectivas reales de cada situación. Pero esas soluciones serían, a su vez, fuentes abiertas como una base de conocimiento que otros pueden usar y adaptar. Por tanto, la metáfora apunta también al proceso y la necesidad de que las personas constituyan el archivo del conocimiento para poder seguir la evolución de los proyectos y abrir las posibilidades de participación, pero sin ningún intento de controlar lo que se hace. Eso es lo que ya estamos consiguiendo con los intercambios de conocimientos y experiencias a través del proceso del foro social, y este enfoque está en la misma línea que esa idea más general de una nueva racionalidad ecológica: una forma sofisticada, integral, solidaria y directamente democrática de utilizar conjuntamente nuestras mentes y nuestros corazones para cuidar este mundo frágil en el que vivimos. Supongo que ese es uno de los objetivos principales para la producción cultural e intelectual de la izquierda actualmente.
Esta idea procede de lo que hemos observado en nuestro grupo de trabajo sobre movimientos y redes. Uno de los muchos grandes problemas que afectaron al último ciclo de protestas globales fue lo que denominamos ‘la culturalización de las luchas’, es decir, el que la gente se estuviera dedicando a analizar y simbolizar las luchas en museos, universidades, etc., igual que estamos haciendo nosotros ahora mismo. Sin embargo, al reflexionar sobre la cuestión, llegamos a la conclusión que ésta era también una fuente de fuerza: ahora son muchas las personas que están intentando elaborar formas de conocimiento que puedan responder a las dificultades a las que nos enfrentamos al cambiar situaciones reales.
Sabemos que ahora hay muchas personas trabajando para intentar transformar el proceso político y la economía, pero las herramientas de las que disponen no siempre son lo suficientemente eficaces. Las herramientas de todo tipo, tanto conceptuales como prácticas, siempre son importantes, pero puede que lo sean más en estos momentos. El futuro es sombrío, y es evidente que se va a producir algún tipo de crisis a corto o medio plazo. Si, para entonces, ya hemos desarrollado un profundo conocimiento social y unas herramientas prácticas listas para ser utilizadas, será tremendamente útil. Ya hoy día, hay mejores ideas que están arraigando y se están aplicando con muy buenos resultados en aquellos lugares donde la pobreza y los problemas sociales son tan acuciantes que el sistema capitalista, con su producción endémica de desigualdades, se rompe. Es nuestra responsabilidad prepararnos para las crisis que se avecinan. Y si reflexionamos sobre los significados de la metáfora, ‘Linux para los sistemas operativos del planeta’, puede que veamos el camino por el que ya estamos caminando algo más claro.
Jamie King. Debemos recordar que, a diferencia del código, el esfuerzo y el trabajo humanos son recursos finitos. Una vez se ha elaborado un fragmento de código, tiene una portabilidad que no comparten los procesos políticos. Por ejemplo, según lo estipulado por la licencia GPL, aquel que desee dar a un proyecto una dirección distinta puede reproducir una parte del código y hacer con ella lo que quiera. Los creadores no pierden código, ya que se trata de un recurso rival. Pero no se puede decir lo mismo de los procesos políticos, ya que la gente que abandona un proceso reduce, debilita dicho proceso en la medida en que retira un trabajo que no es replicable. Esto es hablando en términos muy generales, por supuesto; hay partes del proceso político que son replicables, como documentos, artículos, etc., pero, en gran medida, es cierto. Los seres humanos no son replicables, incluso cuando se reproducen, y su trabajo es sin duda finito y valioso.
Brian Holmes. Sí. He utilizado un lema, y además un lema que incluye el nombre de una marca. No habría que olvidar que, aunque sigan siendo de código abierto, algunas de las distribuciones de Linux están concebidas específicamente para su integración en la producción capitalista y para conseguir grandes beneficios. Así, tras el lema y el nombre de la marca se esconde un contexto mucho más amplio que, evidentemente, implica compromiso. Pero la sociedad está llena de impurezas, ¿no? Y lo interesante del lema es que no hay un único sistema operativo. Los problemas ecológicos, los problemas de los sistemas orgánicos, son múltiples: tenemos ecología humana, ecología medioambiental, ecología energética, la ecología de las relaciones laborales; todas ellas constituyen un sistema completo en sí pero, a la vez, forman también parte del mayor sistema de todos los existentes, el planeta Tierra, que siempre nos trasciende, que siempre va más allá de lo que podemos concebir. Coincido en que no es cuestión de exportar el mismo modelo a todos los lugares, porque no hay ningún modelo que pueda aplicarse a todo. Pero quizá también sea bueno encontrar fuentes de inspiración concretas en otros…
Mayo Fuster. En el ámbito del desarrollo de software libre, hay una práctica que se denomina forking, que podría traducirse como bifurcación o ramificación. Este término se utiliza para describir aquella situación en que el proceso genera una réplica de sí mismo que se convierte en autónoma, y que después se va desarrollando sin chocar con el proyecto ‘madre’ ni oponerse a él. El forking es posible porque el código es abierto. El software se deja abierto con el objetivo de que cuando una comunidad de desarrolladores no quiera ir en la misma dirección, pueda tomar otro camino –dividirse de hecho– creando una bifurcación, una copia del software, y después desarrollarlo siguiendo otra vía. Al mismo tiempo, se deja abierta la posibilidad de cooperar.
Creo que existe un paralelo entre esta práctica tecnológica y el modelo organizativo que está surgiendo de los movimientos sociales. Al menos, esa es mi experiencia en el caso concreto de los movimientos sociales en Barcelona. Los movimientos sociales rechazan la necesidad de contar con instituciones permanentes. Todos los intentos para establecer un espacio fijo de coordinación en Barcelona han fracasado. En lugar de ello, lo que funciona es una lógica de flexibilidad. Hay momentos de confluencia masiva en torno a un mismo objetivo –por ejemplo, acciones relacionadas con la cumbre del Banco Mundial– y, después, momentos en que se vuelve a la acción descentralizada. Esto entraña construir nuevas estructuras que se adapten al objetivo común más inmediato en lugar de establecer estructuras monolíticas. Y lo que posibilita esta lógica organizativa son unas herramientas de comunicación eficaces y métodos para acumular el conocimiento como, por ejemplo, directorios de grupos para que la gente se pueda poner en contacto entre sí siempre que sea necesario, sin tener que recurrir a estructuras centralizadas.
Hilary Wainwright. Me gustaría elaborar una idea a partir de los diversos principios que se derivan de estas metáforas de la tecnología de la información. La idea que me choca de forma más inmediata es la de que dividir no es lo mismo que restar, que llevarse algo. Yo no sería tan prudente como Jamie en este sentido. Según él, el esfuerzo humano, el trabajo y los recursos dedicados a la política son finitos, a diferencia de los programas y códigos, y por lo tanto, en los movimientos por la transformación política, dividir es, muy probablemente, sinónimo de restar. Aunque ese razonamiento tiene algo de lógica, en realidad, cuanto más creativa es nuestra imaginación política –o, siguiendo con la metáfora de Linux, cuanto más nos bifurcamos y colaboramos para elaborar innovaciones y códigos políticos innovadores–, más probabilidades tenemos, como movimientos, de llegar a esas enormes reservas de energía política transformadora que en estos momentos permanecen en estado latente.
Las metáforas sobre código abierto pueden ayudar a liberar a la imaginación política de una mentalidad que tiende a pensar en términos de concentración de poder. Cuanto más nos alejemos de la concepción de la política como profesión y nos dirijamos hacia una concepción de la política como proceso transformador que empieza por nosotros mismos y por nuestra vida cotidiana, mayores serán las posibilidades. Los socialistas libertarios han insistido durante mucho tiempo en la idea de que hay muchas vías para alcanzar un mismo objetivo. Edward Carpenter, un socialista libertario de fines del siglo XIX, hablaba de cómo la gente podía alcanzar el destino del socialismo por medios muy distintos. Y ya en una época anterior, las palabras de P. B. Shelley, el poeta romántico y revolucionario inglés, nos sirven de inspiración para pensar en posibilidades divergentes y, a la vez, emancipadoras. Así, escribiendo un poema que trata en apariencia sobre el amor, deja entrever también otros temas más amplios:
El verdadero amor en esto se distingue del oro y la arcilla
En que dividir no significa restar.
El amor es como el entendimiento, que crece brillante,
Mirando a muchas verdades; y así es como iluminan
La imaginación, que desde la tierra y el cielo,
Y desde las profundidades de la fantasía humana,
Como desde miles de prismas y espejos, llena
El Universo con rayos gloriosos…
La inspiración que ofrece el software de código abierto, no sólo para reconocer la posibilidad de muchos caminos, sino también para pensar sobre ellos en el contexto de un sistema vivo, nos proyecta hacia nuevas formas de pensar sobre métodos autorregulados de interconexión, coordinación y cooperación.
La política, de hecho, ha estado demasiado tiempo anclada en la metáfora de la arcilla, dando por sentado que, independientemente del contexto, sólo existe una forma. Pongamos como ejemplo el movimiento contra la guerra en el Reino Unido. En él, se observa una fuerte tendencia política que defiende constantemente la organización de manifestaciones en Londres y considera que las demás actividades, como las acciones contra las bases estadounidenses, son fuente de divisiones. En cambio, si se guiaran por una mentalidad como la de Shelley, una mentalidad de código abierto, verían que todas estas acciones no restan. Si estas acciones estás impulsadas y acompañadas por formas de cooperación, se generarán combinaciones creativas que activarán muchas energías que un único punto de atención jamás habría despertado.
Esto me lleva a preguntarme hasta dónde nos lleva la metáfora. ¿Qué hay de los procesos de selección, coordinación y agregación? Después de que los nuevos códigos, los miles de prismas y rayos gloriosos, hayan revelado sus posibilidades, ¿qué nos pueden enseñar las metáforas tecnológicas sobre estas difíciles cuestiones?
Christophe Aguiton. Estas metáforas suponen un estímulo muy interesante y útil porque en la historia de la izquierda, de los movimientos progresistas, siempre hemos tenido metáforas.
Siendo muy esquemáticos: en el siglo XIX, para Marx, Proudhon o Bakunin, el cooperativismo era la principal herramienta para construir el socialismo. Es algo que se puede ver en el discurso inaugural de Marx para la fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores y en la Crítica del programa Gotha. Después, se observa una visión muy distinta que aparece a principios del siglo XX; tras el derrumbe del primer caso de globalización capitalista. La declaración política más divertida que he oído en mi vida fue escrita por Karl Kautsky en 1907 a propósito de una polémica sobre el socialismo: “El socialismo es la administración ferroviaria a escala de la sociedad”. La metáfora de la administración ferroviaria nos ofrece una idea muy ilustrativa del socialismo en el siglo XX; una visión socialista para la que la principal herramienta con que cambiar la sociedad era el Estado. Si analizamos las ideologías de la izquierda durante el siglo XX –el keynesianismo, el fordismo o la planificación soviética–, veremos que todas otorgan al Estado un papel protagonista. Y ahora, podemos usar la metáfora de Linux como fuente de inspiración para concebir otra forma de trabajo cooperativo.
La metáfora de Linux resulta útil para acentuar el contraste con la visión implícita del socialismo del siglo XX. Presenta una visión más realista de la era actual, ya que transmite en cierta medida un híbrido entre los tres niveles que acabo de describir: las formas tradicionales de cooperativismo, el Estado y las formas de cooperación inspiradas en la tecnología de la información. Todos nosotros redescubrimos el cooperativismo con el ejemplo de los trabajadores sin tierra en Brasil. Sabemos que necesitamos un Estado para muchas cosas, pero la metáfora de Linux ofrece una idea interesante para un nuevo sistema de cooperación.
Pero sigamos trabajando sobre esta metáfora, y profundicemos con mayor detalle en este modelo de Linux para intentar responder la cuestión... La primera cosa útil que conviene saber es lo que Eric Raymond denomina ‘el bazar frente a la catedral’. A fines de los años noventa, escribió un libro muy interesante en que comentaba que, para él, el bazar funcionaba muy bien para compartir shareware, freeware y otros tipos de software sencillos a pequeña escala; pero que, para los grandes sistemas, como los sistemas operativos, pensaba que necesitábamos un arquitecto que diseñara esa máquina tan grande y compleja, como una catedral. Sin embargo, al trabajar con el proyecto Linux, descubrió que era posible elaborar sistemas grandes y complejos utilizando la lógica del bazar.
El segundo principio que podría ser útil está en lo que Marcel Mauss denominaba el principio del don y el ‘contradón’. En el ámbito de los desarrolladores individuales de la comunidad del software libre, así como en el de las empresas, la lógica del don y el contradón está muy extendida. Por ejemplo, entre los mayores usuarios de software libre se encuentran Sun Microsystems e IBM. Y estas grandes empresas también están desarrollando software libre porque piensan que, como contrapartida, obtendrán de la comunidad del software libre herramientas que los ayudarán a crear alternativas buenas y económicas a Microsoft. Esta lógica del don y el contradón es interesante a la hora de intentar comprender las relaciones entre personas en las comunidades de desarrollo, como el caso de Debian (
Además de lo mencionado, un tercer nivel del debate atañe a las instituciones relacionadas con Linux. Al tratar cuestiones en materia de regulación, evaluación, memoria, etc., nos enfrentamos a una serie de problemas que son interesantes pero complejos. El primero de ellos parece sencillo aunque resulta, en realidad, el más difícil: ¿Qué tipo de herramienta puede facilitar esta cooperación? ¿Cómo se puede regular el bazar? Porque, en un bazar, hay alguien que te da la posibilidad de establecer tu parada o lo que sería su equivalente. Sigue habiendo alguna persona u organización encargada de organizar el espacio.
El segundo problema interesante consiste en analizar las instituciones y la gobernanza de internet para ver si es posible aplicar la lógica de la horizontalidad en todos los niveles. En Francia –y seguramente en muchos otros lugares– se está desarrollando un intenso debate sobre la gobernanza de internet. Hay personas muy entusiastas y otras muy críticas. ICANN (siglas en inglés de la Corporación de Internet para la Asignación de Nombres y Números) ha sido blanco de duras críticas, pero no deberíamos olvidarnos de examinar el papel de IETF (siglas en inglés de Grupo de Trabajo en Ingeniería de Internet). Ésta última es una organización que establece las normas para internet, pero que funciona con un sistema totalmente descentralizado y por consenso. Todo el mundo puede formar parte de ella: empresas, gobiernos, ONG, personas a título personal. En las reuniones, tanto presenciales como virtuales, todas las decisiones se deben tomar por consenso, y funciona bastante bien. Pero si miramos la junta de la organización, descubriremos que entre sus 12 miembros se encuentran ocho estadounidenses, un chino (que vive en California) y dos europeos, también vinculados al ámbito de la investigación estadounidense. Creo que sólo hay una persona procedente de otro lugar del mundo.
El IETF es un buen ejemplo de institución internacional que funciona perfectamente con un sistema totalmente horizontal. Pero con una cultura común... que es norteamericana, por supuesto. Pero se trata más de una cultura común que de una ‘toma de control’ por parte del Gobierno de los Estados Unidos. En general, valdría la pena intentar ver si este tipo de institución ofrece una buena respuesta a cuestiones de co-orientación y regulación, cuestiones de gobernanza. Una de las contrapropuestas clásicas al modelo del IETF dice: tomemos a todos los Estados nación y creemos una especie de ONU para internet. Pero no estoy seguro de que ese sistema fuera mejor ni ‘más democrático’.
Y, para acabar, otro problema que tampoco es sencillo. Aunque se aplique la lógica del don y el contradón, es evidente que ni IBM ni Sun Microsystems son Cáritas. Son grandes empresas y debemos aceptarlo. ¿Qué otras respuestas podemos dar? Existe una idea, influenciada por los escritos de Antonio Negri, de un sueldo universal para todo el mundo y, después de eso, la cooperación desinteresada. Pero esa idea no es tan fácil de alcanzar y, de todos modos, no creo que sea tan buena.
Jaume Nualart. Estamos hablando más de símiles que de metáforas. Los métodos de trabajo basados en el software libre son ya una realidad. En los últimos tres o cuatro años, el fenómeno de las comunidades de software libre se ha exportado a otros modos de producción cultural, con la aparición de música, vídeos y libros publicados con licencias de Creative Commons.
El uso de Linux como etiqueta con la que atraer a la gente no es mala idea. Pero Linux no se refiere a ninguna comunidad concreta ni a una determinada forma de organizarse. Puede que el software libre fuera el principio (‘en el principio fue la línea de comandos’), pero ahora hay que muchos programadores que hablan de cultura libre, dentro de la que entraría, como un método entre muchos otros, el desarrollo de software libre. En lugar de decir que soy programador, diría que soy colaborador del conocimiento o cultura libres.
Moema Miranda. Me preocupa el hecho de que sobrevaloremos esta dimensión de nuestro pensamiento sobre las nuevas tecnologías y las redes por dos motivos principales. En primer lugar, corremos el riesgo de acabar mezclando conceptos tan distintos como ‘movimeintos’, ‘redes’ y ‘FSM’ de una forma que no veo nada clara. Cada uno de estos elementos, aunque mantengan un diálogo, tiene realidades, sensibilidades y objetivos distintos. Utilizar la metáfora de la red e internet como principal punto de referencia para nuestra reflexión puede conducir a confusiones si no disponemos de un mecanismo para controlar e incluir la diversidad. Por ejemplo, la Alianza Social Continental (
Ángel Calle. Me gusta la idea de usar metáforas porque tienen mucha fuerza; pensemos, por ejemplo, en la mano invisible de los neoliberales. Pero, desde otro punto de vista, no podemos darnos por satisfechos por haber encontrado una metáfora o un formato. Sencillamente, no basta con pensar en contenedores metodológicos. Como personas, tenemos más recursos comunes sobre los que basar la búsqueda de conceptos y visiones comunes, como el lenguaje, los sentimientos y, sobre todo, el formato a través del que definiríamos las normas comunes: la ética.
En segundo lugar, un sistema cooperativo no garantiza que tengas una panorámica global. En este mundo interconectado, nunca dejaremos de encontrarnos frente a problemas locales o temáticos.
En tercer lugar, ¿cómo vamos a fomentar el cambio transformador? ¿Cómo se va a desarrollar y a promover? Debemos analizar muy de cerca las experiencias existentes y reflexionar sobre ellas. Por ejemplo, ¿cómo y por qué la gente se pasa de Windows a Linux?
Además, no deberíamos entusiasmarnos demasiado con el uso de una metáfora, de un lenguaje, porque el mundo ya está lleno de propuestas basadas en diversos lenguajes. Por ejemplo, los lenguajes de los indígenas en Bolivia y Venezuela son muy distintos de los adoptados por los movimientos de base europeos. De modo que no es cuestión de establecer un único lenguaje, sino de cómo generar traducciones entre lenguajes emancipatorios. Finalmente, deberíamos preguntarnos cómo debe funcionar un nuevo lenguaje. ¿Qué constituiría su gramática común?
Por todos estos motivos, yo prefiero utilizar el concepto de democracia radical, porque, a veces, metáforas como ‘Linux’ están bastante arraigadas en un mundo al que no puede acceder la mayoría de las personas
Dominique Cardon. Me gustaría añadir un pequeño punto al uso que hace Christophe de la metáfora de Linux para la organización de los movimientos sociales. Una cosa que me sorprende cuando estudiamos la comunidad Linux es que es un bazar muy curioso, porque entraña una aportación individual. No hay un programa establecido que exija a nadie realizar una determinada tarea o contribuir con una parte concreta del software. Cada uno hace lo que quiere. No hay una fórmula que se deba seguir. Se trata realmente de un sistema autoorganizado, en que tú mismo decides realizar una aportación concreta al programa. El control, la integración o el reconocimiento de lo que has hecho por parte de la comunidad se produce después de que hayas presentado tu propuesta. Así que haces lo que quieres, y todo el mundo puede ver lo que has hecho y, después, decidir si es una buena solución y se debería integrar en el colectivo.
En cierto sentido, utilizamos este ejemplo cuando analizamos el funcionamiento de los foros sociales, porque éstos constituyen un sistema con un importante elemento de autoorganización, donde cada uno llega y dice “quiero organizar este tipo de taller, este tipo de seminario o este tipo de movilización”. No hay un programa general acordado por un grupo de representantes que decida “hablaremos sobre tal y tal tema”, sino que cada uno propone temas, agendas y campañas distintos. Así que se trata del mismo tipo de cooperación, donde varias organizaciones y movimientos sociales deciden lo que quieren proponer. Pero no disponemos de la segunda etapa de la colaboración de Linux, es decir, la valoración y evaluación pública y colectiva de lo que se ha hecho y dicho en el foro. No tenemos una evaluación que pregunte: ¿Qué se está haciendo? ¿Qué se está proponiendo? ¿Cuál es la agenda de todas esas personas que desean contribuir al foro? Podríamos mejorar los FSM organizando una reflexión y memoria colectiva de lo que se ha dicho, una evaluación colectiva de lo que se ha dicho para crear un lenguaje común para el foro. Sólo así podríamos adoptar una forma de organización como la de Linux para los FSM.
En los debates del FSM, se habla mucho sobre las propuestas y estrategias del movimiento altermundialista. Pero sabemos que es imposible dejar que un grupo de personas decida estos aspectos estratégicos en nombre de todo el movimiento. Por ese motivo, la metáfora de Linux podría ser muy útil para definir un proceso colectivo de evaluación y coordinación de aportaciones individuales. Es ahí donde aparecen ciertas herramientas técnicas, como el espacio de trabajo del FSM o algunos nuevos desarrollos Web 2 como Folksonomy. Pero las herramientas técnicas no son soluciones políticas. También necesitamos una definición común de los procesos de discusión que se pueda comparar con lo que sucede en la comunidad del software libre al utilizar una metodología de consenso para tomar decisiones.
Christophe Aguiton. Cuando describí la metáfora de Linux aludiendo a los principios del don y el contradón, y del bazar frente a la catedral, se me olvidó mencionar un tercer principio de gran importancia: la ampliación del dominio de los bienes comunes. Y, de hecho, se trata de un punto clave. Es eso a lo que se refiere Richard Stallman cuando habla del software libre como un bien común de la humanidad. Esta idea de ampliar el dominio de los bienes comunes representa una dimensión vital de la metáfora de ‘Linux para los sistemas operativos del planeta’. Todo empezó con el software libre, y después se extendió al trabajo de Lawrence Lessing y muchos otros en la elaboración de Creative Commons para la creación intelectual, la investigación artística y las obras escritas. Cada vez es más frecuente abordar el problema de las patentes.
Si indagamos en el por qué se crearon las patentes en el siglo XIX, veremos que en aquel momento se adujeron dos razones. La primera era que los inventos se hicieran públicos: si diseñabas una botella, tenías que hacer saber a los demás cómo la hiciste. Pero la segunda intención era para proteger a los pequeños diseñadores o inventores frente a la gran empresa. En cambio, hoy día, las patentes se utilizan justo al revés. Están pensadas para que nadie más pueda entenderlas y, por lo general, para que las grandes empresas puedan mantener su poder sobre las pequeñas empresas o los países del Sur. Si empiezas a hablar con la gente que trabaja en la industria, en la industria productiva, no en la industria de lo inmaterial, te explicarán que ahora, más que patentes, la gente compra conocimientos y asesoramiento. El precio real de la patente es, de hecho, esa consultoría, porque las patentes no son comprensibles. Y, seguramente, aquí tenemos un campo de ‘bienes comunes’ que se podría ampliar muchísimo. No lo solucionaremos todo, pero abrirá muchos caminos para reflexionar sobre la idea de otra sociedad.
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