Después de la euforia liberal de los años noventa se ha entrado en el nuevo siglo con más destrucción ambiental, más emigrantes, y más tensión entre Estados compitiendo por recursos, sin construir un sistema internacional viable para gestionar los grandes problemas globales.
El repetido anuncio en 2007 de la gravedad del cambio climático y el impacto que tendrá en campos
como la salud, la alimentación e inclusive los conflictos armados está mostrando que los líderes
mundiales han dilapidado desde el fin de la guerra fría hasta ahora las posibilidades de construir
un sistema internacional no solamente menos violento sino también viable para gestionar los grandes
problemas globales y dar facilidades a la satisfacción de las necesidades humanas básicas.
Después de varias décadas realizando informes, formando comisiones y verificando realidades dramáticas,
lo que coloquialmente se denomina “el mundo” avanza en la peligrosa dirección de estar
más dividido por enfrentamientos económicos y por identidades nacionales, religiosas y étnicas. La
brecha entre riqueza y pobreza, especialmente marcada por una creciente desigualdad, se agranda
y, si bien hay menos conflictos armados, las posibilidades de que haya más “pequeñas guerras” y
enfrentamientos entre comunidades y que continúen los golpes terroristas no son predicciones
infundadas.
La complejidad del sistema internacional podría haberse orientado al
terminar el período de la bipolaridad hacia políticas internacionales
cooperativas, reforzando el multilateralismo, achicando la brecha
entre riqueza y pobreza y adoptando medidas políticas y económicas
para que el enfrentamiento real o ficticio entre visiones religiosas
politizadas se pudiese prevenir. Ocurrió, sin embargo, lo contrario. El
mito de la globalización económica dejó de lado una búsqueda seria
por parte de gobiernos y líderes, especialmente de los Estados más
influyentes, de formas de convivencia internacional que combinaran
sus intereses con las necesidades de combatir problemas como la
pobreza, la corrupción de la vida política en Estados postcoloniales,
la violación de los derechos humanos, el reforzamiento de la democracia
en los países centrales y el fortalecimiento de Naciones Unidas
y otros instrumentos multilaterales. Se han hecho avances en la gestión
de conflictos armados, sin duda, pero el abismo entre los problemas
existentes, las ideas producidas y recomendadas por
expertos, institutos de investigación y comisiones y las políticas de
los gobiernos sigue siendo muy grande.
El correlato de la privatización y la liberalización económica ha sido
el regreso a políticas individuales y egoístas de cada Estado. En nombre
de un realismo económico se practica un realismo político más
duro, tal como es entendido en la teoría de las Relaciones
Internacionales, o sea que cada Estado busca su interés particular y
que es el equilibrio de fuerzas, y no la cooperación ni la ética, lo que
guía al sistema global. De este modo, el pensamiento político generado
en los años ochenta a favor de sistemas cooperativos internacionales
para garantizar la seguridad y reformar el orden económico
y para ocuparse de cuestiones como la crisis ambiental, la pobreza
o las violaciones de derechos humanos ha sido desplazado por el
liberalismo económico y la seguridad basada en la fuerza y el equilibrio.
En este marco, el multilateralismo que encarna la ONU se
encuentra debilitado y amenazado. La organización puede quedar
relegada a gestionar operaciones de paz, crisis humanitarias, refugiados,
vigilar violaciones de derechos humanos, epidemias, coordinar
programas contra la pobreza y procesos electorales, pero sólo
cuando los gobiernos del Consejo de Seguridad o líderes regionales
se lo pidan y permitan. Esto no es novedoso porque la historia de la
ONU es, en gran medida, la de la tensión entre los intereses individuales
de los Estados y los intereses universales, pero desde septiembre
de 2001 la tendencia general es regresiva1.
Esta tendencia hacia el realismo tampoco resulta una novedad porque
los Estados siempre defienden sus intereses nacionales. Pero en
los últimos diez años tanto los que ven grandes ventajas en las interacciones económicas de la globalización como los críticos de la misma
han diagnosticado que avanzábamos hacia un mundo en el que
el Estado tendría menos poder ya que serían otros poderes —las
multinacionales, la arquitectura de organizaciones multilaterales, o
la sociedad civil— los que definirían la política nacional e internacional.
De este modo, se crearían sistemas de régimen que permitirían
gestionar el sistema internacional.
Sin duda el Estado y, especialmente, algunos Estados más débiles
han perdido poder de decisión y es un hecho que la globalización
financiera, el libre comercio, las comunicaciones rápidas y la deslocalización
y desnacionalización de la producción han alterado el concepto
del Estado nacional autosuficiente y soberano. Pero en los
últimos años vuelve a manifestarse un regreso al Estado fuerte y a la
recuperación de la soberanía y el orgullo de identidad nacional. A la
vez, los acuerdos multilaterales sobre derechos humanos, medio
ambiente o comercio global se ven atacados o son difíciles de alcanzar.
Se da, por tanto, una situación paradójica en la que las relaciones
económicas y comerciales son más intensas, pero es más
complicado construir vinculaciones mediante acuerdos.
Este regreso a Estados fuertes se verifica, por ejemplo, en el auge
industrial, comercial y militar de China. Sus dirigentes están conduciendo
al país al liderazgo regional en buena parte de Asia, con
influencia creciente través de inversiones, demanda de su mercado
interno y acuerdos militares. China será en breve un poderoso
Estado nación con intereses realistas y pragmáticos y con ideas particulares
y restrictivas sobre democracia, derechos humanos o cooperación2.
A través de mecanismos regionales como la Organización de
Shangai para la cooperación con Rusia y Asia Central; la plataforma
de seis países para negociar la cuestión de las armas nucleares con
Corea del Norte y vínculos con los miembros de la Asociación de las
Naciones el Sudeste de Asia, Beijing está ganando una poderosa
influencia que desplaza a Estados Unidos y a Japón en la zona de
Asia Pacífico e integra a Myanmar, Corea del Sur, Japón, Vietnam,
Australia, Singapur, Indonesia, Malasia e India, entre otros. Asia del
Sur y del Este, con una población de 3.300 millones de habitantes
entre todos los países de la región, incorporarán una mano de obra
barata que hará bajar los salarios y los beneficios para los trabajadores
en otros países del mundo. A la vez, aumentará la demanda de
recursos energéticos y eso mantendrá altos los precios del petróleo3.
También India está convirtiéndose en un polo de atracción de capitales,
ganando mercado, y peso diplomático con sus vínculos con
Rusia, Estados Unidos e Irán, y un delicado equilibrio con China4.
Siguen la misma tendencia Suráfrica y Brasil, que desempeñan el
papel de potencias regionales5. A la vez, estos dos países más India
y China están forjando alianzas en el terreno comercial. En Rusia, por
su parte, el gobierno autoritario de Vladimir Putin aprovecha la subida
del precio del petróleo para reforzar su política de presidencialismo
interno y unilateralismo externo, indicando a Occidente que es
mejor apoyarle que arriesgarse a una imprevisible inestabilidad
democrática.
Otro caso de identidad nacional es el iraní. El gobierno de Mahmoud
Ahmadineyad va a continuar con el programa nuclear por tres razones:
pretende ser una potencia regional y busca disuadir a otros
Estados que puedan atacarle y evitar una guerra como la que tuvo
con Irak; quiere contener un posible ataque de Estados Unidosy por
último intenta reafirmar desde una perspectiva nacionalista que
nadie le impone políticas desde fuera. Sus afirmaciones contra Israel
son, también, formas de populismo pero adaptadas al mundo árabe.
También en Rusia, Putin legitima su poder utilizando la carta nacionalista,
y aprovecha el intento de Estados Unidosde desplegar un sistema
antimisiles en algunos países del Este europeo y la ampliación
de la OTAN hasta sus fronteras para agitar el anti-occidentalismo.
El paradigma de la seguridad
Un problema importante es que mientras se dejan de lado los valores
y la perspectiva normativa, las políticas pragmáticas no han
resuelto los problemas globales y sigue rigiendo el “paradigma de la
seguridad”, según lo define el Oxford Research Group6. Después de
la euforia liberal de los años noventa con el frívolo lema “Es la economía,
estúpido”, se ha entrado en el nuevo siglo con más destrucción
ambiental, más emigrantes, más personas que huyen de sus
países por falta de garantías para su seguridad o que deambulan sin
protección dentro de Estados sin orden, y más tensión entre Estados
compitiendo por recursos que serán cada vez más escasos. El
empleo, inclusive el de los ejecutivos y clases medias acomodadas,
es más precario y la desigualdad, más escandalosa. Todo indica que
se avanza hacia un mundo de centros seguros y protegidos (por fuerzas
privadas y públicas) en ciudades y algunos países y periferias con mayor o menor violencia, desde Ciudad de México, Río de
Janeiro o Johannesburgo hasta París o Los Ángeles.
En este contexto, la violencia adquiere nuevas formas, desde las
denominadas guerras “asimétricas” entre guerrillas y ejércitos (como
lo fue la del Líbano) hasta revueltas juveniles de grupos marginales
(las barriadas pobres de hijos de inmigrantes en Francia), la violencia
de grupos que se amparan en la identidad para mostrar su falta
de expectativas futuras (la kale borroka vasca o las maras centroamericanas)
y grupos armados que reemplazan el monopolio legítimo
del uso de la fuerza en Estados frágiles o en colapso (son los casos
de República Democrática de Congo, Somalia y Territorios Ocupados
de Palestina).
Hay una vinculación importante entre la incapacidad de muchos
Estados de ofrecer oportunidades a las nuevas generaciones y las
nuevas formas de la guerra. En efecto, se está pasando de la confrontación
armada entre Estados con ejércitos legalmente reconocidos
con fines políticos y económicos definidos y limitados en el tiempo
a enfrentamientos entre grupos armados estatales y no estatales,
extendidos en el tiempo y con fines diversos (económicos, políticos,
lucha por identidades, entre otros). El general británico retirado
Rupert Smith dice que “el nuevo paradigma de la guerra entre las
personas está basado en el concepto de continuidad entre confrontación
y conflicto, más allá del hecho que el Estado se enfrente a otro
Estado o a un actor no estatal. En vez de guerra o paz, no hay una
secuencia predefinida y la paz no está al principio o al final del proceso:
los conflictos se resuelven, pero no necesariamente la confrontación”7. Esta situación de conflicto permanente tiene serias
consecuencias en la estabilidad de las sociedades afectadas y empuja
a sus ciudadanos a huir o simplemente marcharse.
La tendencia global muestra que hay menos conflictos tradicionales
y más situaciones violentas difíciles de calificar o, como se puede
leer en los manuales del Ejército de EE UU, “violencia diferente de la
guerra”. El informe sobre Seguridad Humana del Human Security
Centre de la Universidad de Columbia indica que pese a la guerra de
Irak y la conflictividad en Darfur (Sudán), el número de conflictos
armados ha descendido en un 15%, o sea de 66 a 56 desde 2002 a
2005. En este último año había 23 conflictos en curso. La mayor disminución
se ha producido en África subsahariana y el mayor ascenso
en Asia Central y del Sur. A la vez, el número de víctimas en
conflictos armados descendió en, aproximadamente, un 40%8.
Se da una paradoja en nuestro tiempo. Por un lado, existen más y
mejores mecanismos para prevenir y frenar guerras, y para alcanzar
acuerdos de paz. De hecho, ha disminuido el número de conflictos
armados en el mundo en los últimos años, ha habido igualmente
numerosos acuerdos de paz y existen alrededor de 40 procesos de
postconflicto en curso. Pero, por otro lado, a la vez, existe una mayor
aceptación y legitimación de la violencia en la vida de las sociedades,
tanto del Norte como del Sur. La ruptura de lazos y redes sociales
comunales (en el sentido de intereses comunes unidos a valores) en
muchas sociedades, el crecimiento de lazos sociales violentos (religiosos
y nacionalistas) y el regreso al realismo egoísta en las relaciones
internacionales tienen, posiblemente, mucho que ver en esta
paradoja. Esta situación se prolonga también en los medios tecnológicos
y la riqueza existente que permitiría integrar en proyectos
laborales y sociales a los millones de jóvenes que, carentes de un
futuro, se refugian en la violencia y la identidad como espacio desde
el que manifestar el rencor y encontrar recursos de supervivencia.
La violencia moderna tiene un fuerte componente cultural: se nutre
de la barbarie sin responsabilidades en miles de películas y series de
televisión, y se prolonga en los videojuegos a través de la participación
activa en un mundo ficticio de violencia sin riesgo personal. Ese
aprendizaje y legitimación implícita del uso de la fuerza sin que haya
leyes ni moral que la regulen se infiltra entre la realidad y la ficción.
Se manifiesta, por ejemplo, en serie de televisión, como la estadounidense
24, en la que el utilización de la tortura en la guerra contra
el terrorismo está normalizada, y se prolonga hasta las cárceles de
Abu Ghraib y Guantánamo, donde se aplica la tortura y se difunde
por vía digital a todo el mundo, antes con orgullo que con pesar. Un
resultado coherente con la legitimación cultural y los esfuerzos en
este sentido por parte del Gobierno de EE UU, parte de su sistema
judicial y algunos intelectuales es que el 40% de los soldados de ese
país que se encuentran en Irak justifican la tortura9.
Una política europea
Mirando más allá de las cifras, las tendencias globales indican que el
deterioro medioambiental es sostenido, que podría haber enfrentamientos
entre comunidades o Estados por recursos como el agua o tierras cultivables, especialmente si la crisis ambiental en ciertas
regiones impulsa las migraciones masivas hacia otras zonas en las
que haya más posibilidades de supervivencia. Por otro lado, crecerá
la tensión entre aquellos Estados y organizaciones que quieren reforzar
el régimen de acuerdos para proteger el planeta (por ejemplo, el
acuerdo de Kyoto) y los gobiernos que se resisten a ello. Es previsible,
también, que haya más catástrofes naturales como las que ocurrieron
en la zona del Caribe, en parte de Estados Unidosy Asia.
África es un ejemplo del abandono y la redefinición de su papel.
Saqueada por sus riquezas naturales y humanos durante las etapas
esclavista y colonial, está ahora entrando en una nueva etapa al ser
codiciada por sus recursos energéticos. China, India, Corea del Norte
y del Sur, Malasia, países europeos y Brasil están compitiendo por su
petróleo y gas natural. En la próxima década, el continente proveerá
a los EE UU del 30% de los recursos energéticos que compra. Al mismo
tiempo, África no recibe todas las ayudas que se pactaron en el
G-8 y la condonación de la deuda a algunos países es sólo un respiro
importante pero transitorio. La crisis alimentaria asedia Somalia
(que vuelve a estar en guerra luego de la intervención de tropas de
Etiopía con apoyo de EE UU para contener el auge islamista),
Zimbabwe (controlada por una corrupta dictadura), Chad, Etiopía y
el sur de Sudán. Las razones de las crisis son las sequías, las inundaciones,
los conflictos armados, la corrupción de las élites, las epidemias
y, más en profundidad, el estado de privación y falta de acceso
a las necesidades humanas básicas. Por otro lado, las situaciones de
conflicto o inestabilidad prosiguen en Costa de Marfil, Zimbabwe,
República Democrática de Congo, Uganda, Sudán, y en particular en
la región de Darfur, en este último país. Precisamente, las violaciones
de derechos humanos en Darfur muestran los límites de la comunidad
internacional para responder a la denominada “responsabilidad
de proteger” a las víctimas.
Desde una perspectiva europea son tiempos difíciles, porque conciliar
los intereses estatales con los universales es ir contra la tendencia
general. En sus intenciones, Europa apuesta por el poder político,
económico, cultural y no el militar. A la vez, se plantea ser fuente de
pensamiento ilustrado y ejemplo no colonial para el mundo. La promoción
de la democracia, la paz y el respeto a los derechos humanos
está entre sus fundamentos. Pero las realidades internas y los
intereses externos, más la presión migratoria, el terrorismo y la
dependencia al parecer eterna de las grandes líneas de la política
exterior (por ejemplo, hacia los palestinos) limitan las buenas intenciones.
Poner por delante de los intereses nacionales los universales ha sido
parte también del rechazo a una Europa globalizada en los referendos
de 2005. Ante el impacto del euro, el desempleo y el miedo al
modelo liberal, los europeos de Francia y Holanda dijeron no. Las
revueltas en las calles de Francia en 2005 y 2006 y los atentados
terroristas en Madrid y Londres en 2004 y 2005 han sido, además,
indicadores de problemas presentes para el futuro de Europa: la
exclusión-integración de la segunda y tercera generaciones de inmigrantes
y la presencia del Islam político.
Precisamente por los valores que están en la fundación de Europa y
los problemas a los que no puede permanecer ajena, la UE y sus asociados
tienen una responsabilidad normativa y práctica en cuestiones
como la lucha estructural contra la pobreza, la defensa interna y
externa de los derechos humanos, la prevención de la guerra y del
genocidio, el fortalecimiento del multilateralismo y la búsqueda de
fórmulas de convivencia con diferentes religiones y visiones del
mundo, sin renunciar a valores esenciales de libertad, democracia,
igualdad de género y no discriminación racial.
Notas
1 Paul Kennedy, The Parliament of Man. The Past, Present, and Future of the United Nations.
HarperCollins, Toronto, 2006.
2 Martin Jacques, “China is well on its Way of Being the Other Superpower”, The Guardian, 8 de diciembre,
2005. Disponible en http://www.guardian.co.uk/china/story/0,,1661736,00.html
3 Ver Will Hutton y Meghnad Desai, “Does the future really belongs to China”, Prospect, enero 2007, disponible
en http://www.prospect-magazine.co.uk/article_details.php?id=8174 y Xulio Ríos “China y el
liderazgo regional en Asia”, Observatorio de la política China, http://www.politica-china.org/?p=195, y
Martin Wolf, “The World Begins to Feel the Dragon´s Breath on its Back”, Financial Times, 14 de diciembre,
2005, disponible en http://search.ft.com/ftArticle?queryText=%E2%80%9CThe+World+Begins+to+
Feel+the+Dragon%C2%B4s+Breath+on+its+Back%E2%80%9D&y=0&aje=true&x=0&id=051214001123
4 Kanishk Tharoor, “India, entre ser y convertirse”, Comentario en www.fride.org, abril 2007. Disponible
en http://www.fride.org/File/ViewLinkFile.aspx?FileId=1451
5 Ver Susanne Gratius, “Brasil en las Américas ¿una potencia regional pacificadora?” en
http://www.fride.org/File/ViewLinkFile.aspx?FileId=1449 y Sarah-Lea John, “IBSA, ¿un nuevo multilateralismo
interregional del Sur?, en http://www.fride.org/File/ViewLinkFile.aspx?FileId=1448, 2007.
6 Oxford Research Group, “Respuestas globales a amenazas globales”, Working paper, FRIDE, septiembre
2006. Disponible en http://www.fride.org/File/ViewLinkFile.aspx?FileId=1139
7 Rupert Smith, The Utility of Force. The Art of War in the Modern World, Penguin Books, Londres, 2006,
p.16-17.
8 Human Security Centre de la Universidad de la Columbia Británica y The Liu Institute for Global Issues,
The Human Security Report. War and Peace in the 21st century, 2005. Disponible en el enlace
http://www.humansecurityreport.info/content/view/31/66/
9 Yolanda Monge, “El 40% de los soldados de EE UU en Irak justifica la tortura”, en El Pais, 12 de mayo,
2007. Disponible en http://www.elpais.com/solotexto/articulo.html?xref=20070512elpepiint_11&...
Tes&ed=diario. Ver los anuarios de Amnistía Internacional, en el que se citan casos de detenciones arbitrarias
y torturas en Irak (Informe 2006, disponible en http://web.amnesty.org/report2006/irq-summary-
esl) y Human Rights Watch (World Report 2007, disponible en http://hrw.org/wr2k7/). En este
informe se señala que soldados americanos: “revelan que los abusos [contra los detenidos en Irak] formaban
parte de una política de detención e interrogatorios establecida entre 2003 y 2005. Los oficiales
de mayor rango aparentemente rechazaban o ignoraban a los soldados que trataban de informar sobre
estos abusos”.. También Mariano Aguirre, “La justificación de la tortura”, Anuario de Derechos
Humanos, Universidad de Deusto, Bilbao, 2007
CEIPAZ, Centro de Educación e Investigación para la Paz