Los movimientos sociales, cinco años después de Seattle
En este contexto, hacer un balance de los movimientos de resistencia (1) centrado solamente en la descripción de su evolución y características seria un ejercicio cojo que, además, no respondería a las necesidades del momento.
Por lo tanto, este artículo es un viaje por el “ahora” de los movimientos. Un ahora marcado necesariamente por una trayectoria que viene no sólo de los últimos años, sino décadas, y que responde tanto a legados como a rasgos propios. Mi intención es presentar las disyuntivas de un movimiento que ha sido capaz de generar un cambio de ciclo político pero que muchas veces no se reconoce en las formas que éste ha tomado.
La primera sección aborda en primer término la relación de los movimientos sociales con la “política” y la cooptación; para pasar posteriormente a sumergirse en los debates internos a partir de la experiencia y el momento actual de los Foros Sociales, el (no)debate sobre las estrategias y la necesidad de no renunciar a la condición de movimientos de base con un planteamiento de abajo a arriba; finalmente, en “los futuros posibles”, intento poner el movimiento en perspectiva y plantear algunos de sus retos concretos e inmediatos.
Como mi perspectiva es necesariamente europea –aunque muchas de las reflexiones sean también aplicables a otras partes del mundo-, la segunda parte de esta sección recoge miradas breves a otros continentes, proporcionando así una visión global.
Cambio de ciclo
El mundo ha cambiado bastante en los últimos 15 años, y sobre todo en los últimos cinco. De las triunfantes declaraciones del “fin de la historia” y la aplastante imposición del “Consenso de Washington” y el “pensamiento único” hemos pasado a las manifestaciones masivas, a las sorpresas electorales y al nacimiento de contrapoderes que, desde arriba y desde abajo, ponen en jaque a una globalización empresarial y neoliberal aún muy afianzada pero también muy disputada y deslegitimada.
Evidentemente, en este proceso los movimientos sociales han jugado un papel importante como elemento vertebrador de la actividad disidente, y se han producido procesos en cadena que han permitido la movilización de mayorías sociales importantes en muchos lugares del mundo. La superación de las posiciones identitarias y las campañas de un solo tema ha hecho posible el desarrollo de unos movimientos con una capacidad de movilización inédita, capaces de funcionar en red y de forma global y de identificar al capitalismo como enemigo común. Además, la actividad de estos movimientos ha puesto fin a décadas de estancamiento de la izquierda con unos planteamientos y una puesta en escena novedosa y radical que ha obligado a los sectores progresistas tradicionales a quitarse el polvo -aunque sólo haya sido para mantener la silla en la que se sentaron hace 20 años.
Sin embargo, cinco años después de Seattle, aunque los movimientos sociales están en un momento de auge en cuanto al nivel de movilización y capacidad de afectar a las dinámicas sociales y al pensamiento mainstream, algunos de sus pilares, como el discurso sobre la deslegitimación y los “novísimos” movimientos sociales, parecen haber tocado fondo y ser víctimas de la repetición insaciable y el estancamiento del análisis.
Es cierto que las instituciones financieras internacionales, muchos organismos multilaterales y el mismo sistema económico han sido deslegitimados por las actividades de grupos de denuncia y resistencia de todo el mundo y por las propias consecuencias de sus políticas. Pero, ¿y ahora qué? ¿Qué contenido le damos a la post-deslegitimación?
Igualmente, después del primer efecto de los novísimos movimientos sociales, cuando los colores y los disfraces ya han dejado de seducir a las cámaras y algunas radicalidades se han llenado de matices, ¿cómo recuperamos el ímpetu y la unidad?
Gracias al altísimo grado de movilización social que hemos vivido durante los últimos años, se ha conseguido lo impensable: decir alto y claro que el emperador va desnudo, que los mantras neoliberales sólo responden a las necesidades de cuatro y que mientras sus mansiones son cada vez más grandes, nuestras condiciones de vida empeoran y las desigualdades sociales rozan la obscenidad (tanto en los países “pobres” como en los “ricos”). En el mundo de la globalización de las empresas y el capital, se ha sabido crear un movimiento que ha nacido global (en lugar de tener que globalizarse-internacionalizarse, como los de los 60) y que ha ido más allá de los intereses de cada uno para crear un espacio en el que podríamos caber todos. Sin embargo, después de cinco años en las calles, los consensos iniciales, los implícitos y los explícitos, se están agotando, y las victorias simbólicas han abierto campos de acción que parece que aún no se sabe cómo manejar.
El movimiento y la política
Uno de los fenómenos que está estallando en la cara de los movimientos sociales es el de la relación con la política formal.
Porque hoy nos enfrentamos a una realidad: el espíritu del movimiento ha conseguido una amplitud y una movilización hasta hace poco impensables, yendo mucho más allá de los “cinturones militantes” para conseguir penetrar en la conciencia colectiva, pero, hasta ahora, uno de los ámbitos dónde más claramente se ha plasmado esta “nueva potencia mundial” ha sido en las urnas, en la política formal, cambiando el color de gobiernos sobre todo en países de Europa y América del Sur o sirviendo como base para el lanzamiento de nuevas iniciativas electorales que rebasan por la izquierda a la socialdemocracia, como Respect en Gran Bretaña y la Iniciativa por el empleo y la justicia social en Alemania.
Sin embargo, desde el principio, los novísimos movimientos sociales han querido desmarcarse de esta “política”, la parlamentaria, de los partidos políticos e incluso de las tradiciones políticas. Comprensiblemente, a los activistas jóvenes, la historia de las tensiones, traiciones y escisiones de los movimientos revolucionarios del siglo XX, junto con la realidad de una derecha y una izquierda parlamentarias indistinguibles y la existencia de unos espacios de teórica participación democrática copados por burócratas, les ha producido la que seguramente sea la reacción más saludable: el rechazo. Esto, junto a un aterrizaje en la escena pública marcado por la soledad en la lucha y el recelo o la indiferencia por parte de muchos movimientos sociales y de los nuevos movimientos sociales (los herederos directos de los movimientos de los 60), ha generado un escenario marcado por la voluntad de diferenciarse de cualquier experiencia anterior y de generar reflexiones propias: el rechazo a la política, al poder, a los “grandes temas” y las “grandes teorías” de los paradigmas anteriores (clase, poder, revolución...).
Este nuevo relato ha calado, y es innegable que con él han desaparecido muchas de las losas que se arrastraban. Pero junto con las losas se ha perdido también gran parte del aprendizaje colectivo de las luchas de los últimos 150 años y los ejemplos históricos que podrían proporcionar referentes que hayan ido más allá de las posiciones extremas de rendirse ante la fuerza mayor o desvincularse totalmente de ella.
No se puede ignorar que la política formal sigue siendo, para muchas personas, el mejor y único espacio de expresión política -pero esto no puede justificar que nos convirtamos en cheerleaders de los partidos socialdemócratas o que nos encerremos en espacios “puros” pero impenetrables. Hay que explorar cómo ir más allá del horizonte electoral, sabiendo no perder la conexión con las todavía mayorías pero sin renunciar a la idea del cambio radical y desde abajo.
De la represión a la cooptación
Ante la acción radical de los movimientos sociales, una de las reacciones más habituales por parte de este poder que se rechaza es la ignorancia. Sin embargo, una vez superado este umbral, cuando la negación de la realidad hace insostenible, la represión primero y la cooptación después son las armas elegidas para neutralizar la disidencia.
La represión era previsible, aunque no por eso dejó de sorprender y de forzar a los movimientos a replantearse sus tácticas, como después de Génova.
La cooptación, en cambio, como forma de neutralización mejor planificada, sigue convirtiéndonos en un gigante con pies de plomo. La diversidad de los movimientos -que es una de sus mayores riquezas- junto con ciertas deficiencias de planteamiento, nos hacen muy vulnerables a las estrategias de cooptación y a la utilización de las acciones y lemas disidentes por parte de organizaciones y personas comprometidas con que todo siga igual. La negativa a aceptar la participación directa de los partidos y representantes políticos en los Foros Sociales ha permitido frenar algunas de estas iniciativas (a costa, eso sí, de dejar fuera a organizaciones políticas comprometidas con el cambio social), pero ha dejado la puerta abierta a todo tipo de organizaciones no-gubernamentales profesionales del arte de poner parches y lavarles la cara a los poderosos.
Ante todas y cada una de las embestidas cooptadoras, la reacción ha sido el tambaleo y la desorientación: cuando los parlamentarios han hecho acto de presencia en los Foros Sociales, cuando las autoridades españolas han organizado un Foro de las Culturas, cuando los grandes sindicatos han querido intervenir en las dinámicas del movimiento, cuando se ha ofrecido dinero... Después del tambaleo, nos hemos ido dividiendo más y más.
Seguramente sea normal que después del impulso inicial y la euforia de Seattle muchos hayan vuelto a sus posiciones iniciales. Quizás algunas de las divisiones hayan sido incluso positivas, fruto del debate honesto y abierto sobre estrategias y objetivos. Pero la realidad es que hoy, si se nos observa de cerca, a veces nos parecemos bastante a aquello que tanto despreciábamos: pequeños núcleos de activistas terriblemente atrincherados en luchas demasiado personales y terriblemente celosos de nuestra identidad.
Los Foros Sociales
Desde dentro, uno de los temas que mejor ejemplifica el momento actual de los movimientos sociales es el debate alrededor de la forma, el contenido y la periodicidad de los Foros Sociales, y en especial del Foro Social Mundial. Uno de los síntomas evidentes de que los consensos iniciales se nos agotan es que el FSM 2005 se ha planteado de forma diferente a los anteriores, aunque vuelva a celebrarse en Porto Alegre y siga reproduciendo las dinámicas no-democráticas y opacas de las ediciones anteriores. El espacio de los seminarios y talleres será mucho mayor, y los plenarios con los “grandes nombres” desaparecerán; los temas del Foro, además, serán el resultado de una consulta abierta a los movimientos sociales interesados, y no una decisión del Consejo Internacional (CI).
Es evidente que la ocasión que supuso Mumbai de demostrar que “otro Foro Social es posible” ha obligado a los liderazgos ocultos de este evento a abrir en parte el dique de contención que construyeron entre 2001 y 2003 y a aceptar una cierta aproximación de los Foros Sociales a los movimientos sociales que dice aglutinar. No obstante, sigue siendo preocupante el papel que ejercen los liderazgos ocultos dentro de los movimientos sociales -tanto en los más reformistas como en los más radicales.
Hay otro elemento, además, que define los tiempos que corren: aunque el debate sobre la periodicidad (bianual o trianual) de los Foros Sociales tiene un fondo de necesidad y análisis político, merece la pena destacar que no hay candidatos para el próximo FSM; ni los movimientos sociales de base sudafricanos ni los egipcios (lugares preseleccionados por el CI) quieren albergarlo, y las otras posibles opciones (¿Corea?) suponen un cambio de escenario demasiado radical para ciertos sectores.
La reflexión sobre la situación actual, pues, ha obligado a la definición de los espacios de encuentro, a intentar otras vías, pero el eterno debate sobre si los Foros deben ser espacios o movimientos, universidades de la crítica o talleres de acción, sigue pendiente –sobre todo en Europa. Y sorprendentemente, estos son debates en los que encontramos a extraños compañeros de cama: los que reniegan de la política establecida se ven de pronto defendiendo lo mismo que los que sólo reconocen sus espacios oficiales, y los extremos más dispares coinciden en sus propuestas. Los recelos que esto provoca son otra de las causas de la situación actual.
El debate sobre las estrategias
En relación con estos debates no abordados, es importante destacar que, desde el principio, importante sectores del movimiento han negado la necesidad de elaborar estrategias y pensar en términos de objetivos y medios, generando una dinámica que se ha ido imponiendo. Esto, no obstante, no se ha producido porque este enfoque responda mejor a las necesidades de la lucha social, sino por ser el único que permite la huida hacia adelante que supone crecer sin debate sobre los temas de fondo. Evidentemente, el acuerdo total no es necesario (ni quizás deseable), pero entender que “el movimiento lo es todo” y que los fines son las dinámicas propias supone renunciar al proyecto colectivo y abrir peligrosas mangas en las que cabe todo el que comparta herramientas, sin importar lo que se quiera construir.
Otra cosa es que, estando de acuerdo en la necesidad de tener estrategia, diverjamos sobre su forma: ¿queremos un movimiento amplio o un movimiento radical? ¿Queremos centrarnos en la denuncia de la guerra y el imperialismo o del sistema neoliberal? ¿Creemos que la receta contra la globalización es el reforzamiento del estado-nación?
Todos estos son debates reales que merecen ser planteados de forma abierta y honesta. Si se cree que la única forma de ampliar el movimiento es renunciando a la radicalidad y acercándose a los ámbitos institucionalizados de la sociedad civil, hay que decirlo abierta y claramente, y no empezar a copar espacios para evitar la presencia de voces disidentes. Si se considera que la lucha contra el neoliberalismo es patrimonio de los grandes sindicatos y que éstos deben llevar la iniciativa, que se ponga de manifiesto, pero que no se convoquen movilizaciones coincidentes con convocatorias sindicales sin decirlo abiertamente. Si alguien opina que la mejor forma de contrarrestar el imperialismo estadounidense es construyendo un imperialismo europeo basado en unos estados-nación fuertes, que lo defienda abiertamente, pero que no nos obligue a todos a apostar por el sí crítico a una Constitución Europea militarista escondiéndose bajo la cortina de humo del “no hay consenso”.
La lección de los últimos años es que la alternativa al planteamiento abierto de los debates que nos separan parece pasar inevitablemente por el desánimo y la fragmentación de los movimientos, cuando no por la utilización y la traición política.
De arriba a abajo o de abajo a arriba
Una de las consecuencias más peligrosas de la falta de debate y las tendencias mencionadas es que puede hacer que el movimiento acabe convirtiéndose en la antítesis de lo que fue al nacer.
Desde el principio, la radicalidad, la pluralidad y los innovadores planteamientos iniciales de los movimientos de resistencia supusieron la práctica inexistencia entre sus filas de burócratas o grandes organizaciones tradicionales que pudieran aportarle un principio de jerarquía. La reivindicación de la horizontalidad, de hecho, se convirtió en una de las grandes batallas, la que acabó de poner la gran barrera que alejó a todos aquellos que no estaban dispuestos a aceptar el principio de igualdad en los encuentros asamblearios.
Este enfoque fue el que permitió la organización de grandes campañas en las que, por primera vez en muchos años, el consenso dejó de estar siempre a la derecha. Se puso en práctica la posibilidad de construir unidad en la radicalidad y la autonomía. Y lo que se generó fue tan grande (en el Estado español las campañas contra el Banco Mundial y la Europa del Capital y la Guerra, por ejemplo), que esos que se habían negado a participar en ámbitos asamblearios se vieron obligados a subirse a un tren que jamás les había cerrado las puertas, pero que había dejado claro que no estaba dispuesto a pararse ni a cambiar de ruta por ellos. Los grandes sindicatos y ONGs tuvieron que reconocer, en la práctica, que algo se movía a su izquierda, y que el derrotismo había dejado de convencer a parte de sus propias bases.
Así fue como se construyó movimiento durante los primeros años. De abajo a arriba. Hoy, sin embargo, parece que los movimientos sociales ya han tenido tiempo para generar elites propias, capaces de estar al nivel de los grandes burócratas y de aceptar encuentros en las cumbres. La entrada de la Confederación Europea de Sindicatos (CES) en el Foro Social Europeo por la puerta de arriba es el ejemplo más claro de esta dinámica -y el más mortal: ha vuelto el consenso a la derecha, y la CES, por ejemplo, ha vetado el no de los movimientos sociales a la Constitución Europea.
Olvidar la orientación de base y buscar atajos hacia la movilización y la respetabilidad supone vender el alma al diablo. Si se hubiera negociado en las cumbres, jamás 30.000 personas hubieran tomado las calles de Seattle contra la OMC, ni se hubiera bloqueado a ningún político en ninguna cumbre. El movimiento, en definitiva, jamás habría nacido.
La autonomía y la radicalidad, la inexistencia de deudas y servidumbres con el pasado, han sido los ingredientes que han llevado a las victorias de los últimos tiempos. Recuperarlos tiene que formar parte, necesariamente, de cualquier visión de futuro.
Los futuros posibles
A pesar de todos los obstáculos y desafíos, lo que tenemos entre manos es precioso. A diferencia de hace unos años (muy pocos), hoy la disidencia y la resistencia activas forman parte del panorama cotidiano mundial. Existe, ya, un movimiento global por la paz y la justicia social que lucha contra la globalización empresarial y la explotación. Y existe, también, una “sociedad civil”, un “pueblo”, una “clase obrera”, que está dejando claro en todo el mundo que callar la voz de los sin voz no será fácil, y que está demostrando ser mucho mejor que los que dicen representarles (sean políticos o movimientos sociales).
No obstante, y a pesar de las victorias, el proyecto neoliberal sigue avanzando, y con él se lleva los resultados de las luchas de nuestros antepasados: un siglo después de conseguir la jornada laboral de 40 horas semanales, la legislación actual la fija en 48; poco más de 40 años después de la huelga del tranvía de Barcelona, que inició las luchas antifranquistas, los servicios públicos se convertirán en la Constitución Europea, si no los evitamos, en “servicios económicos de interés general” (evidentemente, privatizables), y el derecho “a un trabajo digno” en derecho “a trabajar”. En todo el mundo, los Tratados de Libre Comercio se expanden, condenando a la miseria y a la muerte a trabajadores y campesinos (no olvidemos el proyecto de zona de libre comercio en el mediterráneo); la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo está peor que nunca, sin que la fractura en las calles del Consenso de Washington haya llegado a modificar ni un ápice los planes ultra-neoliberales de las elites europeas y mundiales; se siguen llevando a cabo guerras por petróleo, y los diamantes se pagan con genocidios ante los ojos complacidos de los que cada día tienen los bolsillos más llenos.
Mientras tanto, las victorias populares acaban viviendo la condena de partidos que cambian la esperanza depositada en ellos por créditos del FMI y el Banco Mundial, privatizaciones y guerras.
Ante los desafíos a los que se enfrenta el movimiento, está aún por demostrar que esta nueva oleada no va a condenar a otra generación a vivir en un mundo al revés, ni acabará sucumbiendo en lo que vende el sistema: el sueño de la gratificación individual y el consumo privado -aunque sea consumo de cosas diferentes.
Los ingredientes están, la ruta existe. Pero para recuperar la iniciativa, los movimientos tendrán que ser capaces de volver a centrarse en sus objetivos máximos, y trazar caminos que lleven a ellos, dejando de repetir los grandes eslóganes del movimiento y buscando activamente las debilidades de los adversarios, sus contradicciones, e identificando cuáles podrían ser las victorias clave a corto y medio plazo.
Habrá que reforzar, e incluso refundar, este movimiento desde la base. Luchar por mantener o crear espacios de convergencia que no se conviertan en lastres ni se impongan sobre las voluntades de los que los hacen posibles, reconocer que el movimiento generado es mucho mayor y va mucho más allá de nosotros mismos y rellenar las lagunas que hasta ahora nos han impedido erigirnos con más fuerza: el trabajo local, barrial y en los lugares de trabajo vinculado a la capacidad para responder en red a los retos globales y pasar, por fin, de las victorias simbólicas a las reales.
Una mirada al mundo
África Subsahariana
Los movimientos por la justicia social africanos son los más desigualmente desarrollados del mundo, pero también los más apasionantes y potencialmente decisivos en algunas sociedades.
La tradición de la lucha de base e internacionalista se remonta a hace más de un siglo, a los vínculos con las ciudades del norte debidos a la esclavitud, el colonialismo, el apartheid y el racismo. Las luchas pan-africanistas contra el colonialismo inspiraron a progresistas y a antirracistas, desde Malcolm X a los activistas parroquiales. Evidentemente, como descubrió el Che en 1965 mientras movilizaba en contra del entonces Congo de Mobutu, no todas las sociedades campesinas estaban listas para la lucha.
Actualmente, lo primero que hay que destacar es el cada vez más encarnizado y militante movimiento obrero . Este movimiento, igual que gran parte de la sociedad africana, estaba hace pocos años civilizado, domesticado y dirigido a servir al neoliberalismo. Pero la nueva oleada de protestas obreras y paros laborales en Nigeria, Zambia, Zimbabwe y Sudáfrica es apasionante. De hecho, la resistencia al mal gobierno y la explotación jamás fue erradicada o totalmente cooptada.
Otros países, como Egipto, Ghana, Kenya, Mauricio y Senegal, también han vivido conflictos entre los activistas sociales y los partidos gobernantes, algunos relacionados con la guerra de Irak, porque George W. Bush forzó a algunos países a apoyar el imperialismo o, como en el caso de Sudáfrica, a mantener la venta de armas. Además, la continuación de las revueltas contra el FMI en muchos países sugiere que la crítica de izquierda al neoliberalismo sigue intacta.
Los daños sociales y ecológicos provocados por los proyectos de “desarrollo” ortodoxos también son evidentes. Algunas de las revueltas más impresionantes de los últimos tiempos se han producido en el campo de la justicia ambiental, como la de las mujeres del Delta de Nigeria, que ocupan periódicamente las oficinas de las multinacionales petroleras, y la de los trabajadores y las comunidades, que llegaron a coger como rehenes a algunos de los directivos. En Botswana, los defensores de los derechos de los indígenas, con la ayuda de Survival International, se han enfrentado a la empresa de diamantes DeBeers, al Banco Mundial y al gobierno por el desplazamiento de los bosquimanos Basarwa/San de Kalahari.
A medida que el capital se ha ido globalizando, estas luchas han ido encontrando apoyos internacionales. El Environmental Justice Networking Forum y ONGs como groundWork, de Durban, han empezado a trabajar con otos grupos de todo el mundo en temas de racismo ambiental, dumping de tóxicos, compensaciones por la asbestosis y campañas contra las incineraciones y la contaminación del aire. Además, en el 2000, en Accra y Johannesburgo aparecieron movimientos contra la privatización de los servicios básicos -sobre todo el agua y la electricidad, pero también los residuos municipales, la sanidad y la educación- que pronto recibieron la solidaridad internacional e inspiraron campañas similares en África del Sur y Occidental. La Operación Khanyisa del Soweto Electricity Crisis Committee reconecta ilegalmente a aquellas personas a las que se les han cortado los servicios debido a la pobreza y la subida de precios provocados por la privatización. Campañas similares en Durban y Ciudad del Campo han conseguido el reconocimiento internacional.
La pregunta que se planea es: ¿pueden estas protestas y campañas específicas generar un programa más generalizado y una ideología anticapitalista madura? Algo de esto ha aparecido a través de Jubileo África y el Africa Trade Network, cuyos activistas han afirmado haber influido sobre las delegaciones africanas que contribuyeron al fracaso de la OMC en Seattle y Cancún. Las campañas contra los mal llamados planes para la Reducción de la Pobreza del Banco Mundial y el FMI y los acuerdos económicos con la UE son ahora importantes prioridades. El programa que une a las elites africanas con el G8 y el NEPAD (Nueva Alianza para el Desarrollo de África) ya está también siendo duramente criticado y ha sido objeto de protestas masivas.
Es posible que el Foro Social Africano se convierta en el espacio para la consolidación de estos movimientos, y que el FSM 2007 se celebre en África. Pero hay que afianzar la ideología del movimiento por la justicia global, algo que ya se está haciendo en el Foro Social Africano.
Patrick Bond, director del Centro por la Sociedad Civil de la Universidad de KwaZulu-Natal (www.ukzn.ac.za/ccs)
América Latina
Durante los años noventa, el subcontinente sudamericano se vio sometido a la imposición –con mayor o menor grado de consenso social– de un conjunto de medidas de “achicamiento del Estado” y desarticulación social, enmarcadas en la hegemonía del pensamiento neoliberal. Una década después, varios representantes de las democracias vaciadas y elitarias fueron corridos del poder por asonadas populares, entre ellos el ecuatoriano Jamil Mahuad, artífice de la dolarización, el peruano Alberto Fujimori, el argentino Fernando de la Rúa y el boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada. Al mismo tiempo, el subcontinente asistió a un renovado ciclo de movilizaciones, caracterizadas por el creciente protagonismo de los movimientos sociales: movimientos campesinos e indígenas, y sectores urbanos apartados de la economía productiva.
Luego del debilitamiento del sindicalismo obrero tradicional, producto de los procesos de desindustrialización operado desde los años ochenta, los sectores subalternos reformularon sus adscripciones identitarias, recreando sus estructuras de movilización y poniendo en circulación nuevos discursos y símbolos cohesionadores. Esa es la experiencia de los movimientos indígenas de la región andina, en los que lo étnico funciona como la base de una alianza plebeya más amplia que combina formas tradicionales con formas modernas de hacer política; de los movimientos piqueteros en Argentina, que positivizaron una identidad negativa como la de desocupado; o las juntas vecinales de la ciudad de El Alto, en Bolivia, en las que obreros precarizados, microempresarios y comerciantes informales articulan diversas memorias e identidades, en alguna medida sintetizadas bajo la identidad de vecinos. A su vez, los emprendimientos productivos del movimiento de desocupados y las “empresas recuperadas” (gestionadas por los trabajadores) en Argentina; las haciendas ocupadas por el movimiento de campesinos sin tierra en Brasil; o los asentamientos irregulares en Montevideo, autoconstruidos por los vecinos y cohesionados por huertas colectivas y ollas comunes; ponen a prueba la capacidad de los nuevos movimientos para enfrentar el proceso de descolectivización operado en la región, a partir de nuevas prácticas y de la reconstrucción de formas alternativas de socialización.
En gran medida, los “nuevos” movimientos sociales arraigan su autonomía en espacios físicos recuperados o conquistados mediante largas luchas, abiertas o
subterráneas, luego de la desarticulación de los antiguos “territorios obreros”. Sin embargo, con la deslegitimación de la agenda neoliberal, movimientos político-sociales indígenas, progresistas y de izquierda han ocupado –muchas veces de forma sospresiva– espacios institucionales y responsabilidades de gobierno. Tal es el caso del Movimiento Pachakutik en Ecuador, que llegó al poder en una efímera alianza con el coronel Lucio Gutiérrez; del Movimiento al Socialismo, de base cocalera, en Bolivia; del Partido de los Trabajadores en Brasil y del Frente Amplio en Uruguay, en ambos casos después de décadas de construcción de hegemonía política y cultural; y de Hugo Chávez en Venezuela, producto de las tradiciones sui generis de las Fuerzas Armadas venezolanas.
En casi todas estas experiencias, los nuevos desafíos han dado lugar a fuertes tensiones entre lo “político” y lo “social”, y entre organizaciones sociales y
político-electorales, cuyas lógicas de acción no siempre marchan en la misma dirección ni responden a temporalidades similares. Estos debates, de creciente
actualidad, forman parte de las discusiones del Foro Social y de los foros temáticos que cada vez con mayor frecuencia se desarrollan en la región, como espacio de debate y de articulación de los movimientos sociales emergentes frente a la crisis del modelo de desarrollo neoliberal.
Pablo Stefanoni, director de la revista Barataria (Bolivia) i becario de CLACSO
América del Norte
Muchas cosas han cambiado en los movimientos de protesta de América del Norte desde que la tristemente célebre “batalla de Seattle” lograra cerrar las reuniones de la OMC en 1999. por una parte hemos vivido el decaimiento de las grandes acciones militantes ante las cumbres dirigidas contra los protagonistas del capitalismo global, como las manifestaciones de Seattle, Québec City y Génova. Los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, y la rápida respuesta militar posterior de la administración Bush, puso a una gran parte del Movimiento por la Justicia Global a la defensiva, lo que provocó un importante cambio de táctica y estrategia. Mientras los activistas de todo EEUU se esforzaban para abordar esta nueva realidad política, uno de los mayores desafíos era el desarrollo de un análisis anti-imperialista post-11 de septiembre, sobre todo entre los estudiantes y jóvenes que se politizaron después de Seattle.
Fue entonces, cuando la izquierda estaba quizás más fracturada y desorientada, que empezamos a ser testigos de un renacimiento de un movimiento contra la guerra que llevaba tiempo dormido. Durante los meses de preparación de la guerra hubo al menos siete manifestaciones con más de 100.000 personas, una proeza que hubiera sido impensable en EEUU tan solo unos meses antes.
Evidentemente, todo esto llegó a su momento más álgido el 15 de febrero de 2003, el día de acción internacional contra la guerra -cuando todo el mundo vio como los ciudadanos de “el corazón de la bestia” rechazaban claramente el camino por el que les llevaba su presidente (no)electo.
Uno de los fenómenos más importantes dentro del movimiento contra la guerra fue la creación de una coalición nacional llamada United for peace and Justice (PFPJ, Unidos por la paz y la justicia), que fue capaz de movilizar, dar energía y apoyo a organizaciones de base de todo el país. Por primera vez, las comunidades políticas más pequeñas y aisladas sintieron que formaban parte de un gran movimiento anti-guerra y anti-Bush, algo que, para nosotros, fue un primer paso muy importante.
Las recientes protestas ante la Convención Nacional republicana en Nueva York proporcionaron un espacio de convergencia interesante e importante para muchos de los movimientos políticos de izquierdas de EEUU. Fue la primera vez que vimos un verdadero encuentro en las calles de los movimientos por la justicia global y la acción directa y el movimiento anti-guerra, más liberal. Aún queda mucho por hacer, y será interesante ver si las redes, coaliciones y relaciones que se construyeron para la Convención se mantienen después de las elecciones. Muchos de nosotros creemos que después de este prolongado periodo de ilusionante protesta y resistencia, seremos capaces de superar este reto esté quién esté en la Casa Blanca.
Max Uhlenbeck, Left Turn (www.leftturn.org, max@riseup.net)
Asia
Los movimientos sociales asiáticos son diversos y muy diferentes en su historia y evolución, pero estas diferencias, en lugar de dividirlos, ha dado alas a su diversidad. Debido a esta diversidad, es bastante imposible hacer justicia al dinamismo y amplitud de los movimientos sociales de la región, por lo que este artículo pretende sólo subrayar algunos ejemplos de su crecimiento, puntos fuertes y desafíos a los que se enfrenta.
El repaso a la historia de los movimientos sociales de la región, además, debe realizarse de país en país, puesto que cada uno de ellos cuenta con unas circunstancias propias que han contribuido a la aparición de movimientos sociales. India y Filipinas, por ejemplo, cuentan con una larga historia de luchas, mientras que Tailandia, cuya historia empieza con las protestas lideradas por los estudiantes de 1973, cuenta con unos antecedentes comparativamente más cortos.
A pesar de los variados factores que han contribuido a la emergencia de los movimientos sociales en los diferentes países de la zona, en todos ellos existen hoy luchas prósperas y continuadas alrededor de temas como la democracia, la tierra y el derecho a los recursos, la justicia económica y la paz y la seguridad. E igual que existen luchas nacionales, también se han creado alianzas regionales.
La primera Asamblea de los Movimientos Sociales Asiáticos se realizó en Bangkok (Tailandia) en agosto de 2002. Ésta formó parte de un proceso de construcción de una Asamblea Internacional de Movimientos Sociales que había empezado en el primer Foro Social Mundial de Porto Alegre (Brasil), una convergencia de los movimientos que pretendía ampliar el debate político y aumentar la coordinación y la cooperación en acciones y luchas conjuntas. Esta Asamblea supuso un gran paso adelante, ya que identificó los temas para las campañas comunes, como la militarización, las IFIs, la OMC, la soberanía alimentaria y los derechos de la gente a los recursos naturales. Además, e incluso más importante, la Asamblea se comprometió a mantener las alianzas existentes y a construir alianzas nuevas movilizando para la celebración del primer Foro Social Asiático en Hyderabad (India) al año siguiente.
Las prioridades y luchas de los movimientos fueron llevadas al FSA, donde decenas de miles de personas convergieron bajo el lema “Otra Asia es Posible”. El Foro infundió energías renovadas a las campañas ya existentes, y sirvió para solidificar aún más las alianzas entre los movimientos de la región, ya que las posiciones de cada cual se ajustaron a través de debates y discusiones.
Posteriormente, se celebraron la Reunión de Estrategia de la Campaña del Este y Sureste Asiático sobre el Comercio de abril de 2004, que dibujó un plan de acción regional sobre temas de comercio, y la Segunda Asamblea de los Movimientos Sociales Asiáticos de junio de 2004, que renovó el compromiso del movimiento con la coordinación de acciones y la ampliación y refuerzo de las luchas asiáticas en los dos frentes de la “globalización armada”: el militarismo y la globalización neoliberal.
Los movimientos sociales de la región, pues, se enfrentan a muchos retos, ya sea en sus luchas nacionales o en las luchas conjuntas a nivel regional e internacional. No obstante, uno de los desafíos principales y constantes es trabajar conjuntamente para construir otra Asia, en la que la gente recupere sus derechos y ponga fin a las amenazas a la seguridad de los pueblos. A pesar de las dificultades a las que se enfrentan en la construcción de esta otra Asia, los movimientos siguen alimentándose recíprocamente, y siendo dinámicos y comprometidos.
Marylou Malig, Focus on the Global South (www.focusweb.org)
Mundo árabe
De Marruecos a Irak, hay dos características políticas principales que definen el espacio árabe: la ausencia de democracia y la ocupación de Palestina e Irak. Fue también en apoyo a la Intifada del pueblo palestino y en contra de la guerra y después la ocupación de Irak que se construyeron las movilizaciones más importantes de estos países. En Egipto, Al Jazeera calculó que el 1 de abril de 2002 hubo más de un millón de manifestantes apoyando la Intifada, y el 20 de marzo de 2003 cerca de 50.000 personas consiguieron bloquear la plaza central de El Cairo durante más de doce horas seguidas, algo que no se había visto desde los años 60. En Marruecos, casi un millón de ciudadanos se manifestaron contra la guerra. En Túnez y Damasco, las calles retumbaron también al ritmo de los eslóganes anti-sionistas.
Los grupos que se definen claramente de lucha contra la globalización neoliberal aún no tienen la importancia que merecerían. Aunque han jugado un papel importante en la construcción de las movilizaciones y han sido los cuadros que han posibilitado la organización concreta de la solidaridad, son a menudo grupos pequeños que movilizan en Túnez, Egipto, Siria, Marruecos y Líbano. La violencia de la represión (mil ciudadanos detenidos el 21 de marzo en El Cairo) y las dictaduras, que ha impedido cualquier expresión independiente del movimiento obrero (la experiencia nasseriana en Egipto, la baathista en Siria) explican estas dificultades.
No obstante, en Marruecos existe una creciente movilización de los desempleados organizada por la Asociación Nacional de Desempleados licenciados, y dos Foros Sociales de Marruecos. Argelia, a su vez, se ha visto sacudida por un creciente movimiento de huelgas contra las políticas de liberalización de la economía que se parecen mucho a las que han estallado en otros lugares del mundo.
Viviendo en una zona sumida en una violenta crisis económica, el movimiento tendrá que luchar durante los meses y años venideros en un frente triple: el de la democracia, que cada vez es más urgente, después de la reelección fraudulenta de Ben Ali en Túnez el pasado 24 de octubre, y el de la aparición del fenómeno de la “monarco-república” en Siria y probablemente en Egipto; el frente social, con la formación de cuadros unitarios de lucha contra las políticas neoliberales; y finalmente el frente antiimperialista. Porque la población palestina e iraquí necesita la solidaridad de la calle árabe para poner fin a la ocupación.
Dina Heshmat, AGEG (Grupo egipcio contra la globalización) (www.ageg.net, ageg_eg@xxxx.net). Para más información consultar también www.albadil.net (página de los militantes antiglobalización sirios) y www.maroc.attac.org (bilingüe en árabe y francés)
(1) En mi definición de “movimientos sociales” y “movimientos de resistencia” incluyo a todos los movimientos que participan, de una forma u otra (huelgas, campañas, movilizaciones), en la lucha contra el sistema neoliberal o sus consecuencias; tiene, por lo tanto, una connotación militante que es aplicable a algunos sindicatos, ONGs y organizaciones de la sociedad civil -pero no a todos.
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