El auge del regionalismo: el caso de Asia Pacífico

1 Diciembre 2006
TNI
Pere Vilanova

Como bien indica Montserrat Sanchez Moreno (1) , el regionalismo está en auge en los estudios internacionales, tanto en cuanto a monografías, como en el ámbito de lo que académicamente se conoce como “area studies” (o “estudios regionales”).

La aplicación de la hipótesis del auge o emergencia de los subsistemas regionales como factor de estabilización en el sistema internacional, aplicado al caso de Asia-Pacífico, requiere varias líneas posibles de investigación y de debate.

En primer lugar, el debate sobre regionalismo, aunque no es nuevo en si mismo, se enmarca actualmente en el contexto de un sistema internacional en mutación, dentro de una dinámica de transición global prolongada, de la que hay pocos precedentes empíricos. Aparcado, por poco productivo, el debate de si el mundo es unipolar o es multipolar, la atención debe desplazarse a los conceptos de orden y desorden, estabilidad e inestabilidad, actores y procesos.(2)

En segundo lugar, es útil profundizar la noción de poderes emergentes, pero se aplica restrictivamente sólo a actores estatales, India, China, Indonesia, etc. Sin embargo, otros poderes emergentes, a nivel regional sobre todo, se dejan sentir y crean redes y condicionantes para los actores estado. Obsérvese que la dinámica regional puede cristalizar en Organizaciones Regionales formalizadas (Asean) o en simples procesos no institucionalizados, pero cuya funcionalidad en el sistema es necesaria (el “grupo de los seis” en el tema nuclear de Corea del Norte: Rusia, EEUU, China, Japón y las dos coreas).

En tercer lugar, todo ello ha cobrado mayor importancia a la luz del fracaso de la tan anunciada reforma de Naciones Unidas, pues el año del 60 aniversario (como sucedió en 1995, cuando el 50 aniversario) se cerró con un fracaso total, en el que por cierto tuvo un papel importante la demostración de China y varios estados de Asia Pacífico para vetar –con carácter indefinido—la presencia de Japón en el Consejo de Seguridad como miembro permanente (aunque sin derecho del llamado “veto”). No se trató sólo del veto chino, no fue necesario, sino que Naciones Unidas prefirió no alienarse un poder emergente genuinamente regional aunque no formalizado institucionalizado, desde Corea hasta Singapur, de perfil hostil a Japón por razones históricas bien conocidas.

Por último, Asia Pacífico ofrece varios aspectos interesantes como casos de estudio multidireccionales. Una posibilidad podría ser (no es el objeto de estas páginas) la comparación de las transiciones Soviética y China, su influencia regional respectiva y su impacto en el sistema global. Otra, otras transiciones exitosas como la de Indonesia, a la que haré referencia, vinculada no sólo a su emergencia regional, sino a su rol fundamental dentro del mundo musulmán y su dramática condición de víctima del terrorismo transnacional de matriz islamista.

Andrew Hurrell y Louise Fawcett consideran que el regionalismo y las organizaciones regionales pueden contribuir positivamente de cinco maneras diferentes a promover el orden y la estabilidad en la región(3) . En primer lugar, los cambios en el sistema internacional han dejado en manos de los estados la responsabilidad sobre el orden regional. El regionalismo empezó a cobrar relevancia a causa de la ‘regionalización’ de la seguridad internacional, cuando finalizó el período de Guerra Fría, y las grandes potencias se vieron libres de la responsabilidad de desarrollar una función global y de utilizar los conflictos regionales como parte de una competición política. Una segunda contribución de las organizaciones regionales se relaciona con su papel como proveedoras de legitimidad internacional: especialmente importante hoy en día en que la cooperación internacional depende de niveles cada vez mayores de intrusión en la jurisdicción exclusiva de los estados. En tercer lugar, los partidarios del regionalismo aseguran que es más fácil negociar acuerdos eficaces regionalmente. Cuarto, teóricos de pensamiento liberal mantienen que la integración económica creciente inhibe las posibilidades de un brote de conflicto e incrementa los mecanismos para resolverlo: primero, aumentando los costes materiales del conflicto armado, y en segundo lugar, proporcionando el marco dentro de el cual pueden emerger las nuevas identidades colectivas y las nuevas formas de cooperación institucionalizada. Finalmente, el regionalismo puede contribuir al orden ya que representa un espacio donde se pueden mitigar los conflictos étnicos, nacionalistas o entre estados.

En los últimos años, la dinámica en el Sudeste Asiático ha estado marcada por un creciente proceso de ‘regionalización’, con el relanzamiento de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, ASEAN. Fueron, sobre todo, factores externos de tipo económico, político y estratégico los que impulsaron la creación de la ASEAN en agosto de 1967 y su posterior desarrollo.

M. Sanchez Moreno cita al embajador de España en Tailandia, Juan Manuel López Nadal: “la dialéctica de la unidad frente a la diversidad y la necesidad de combinar la afirmación de la soberanía de los nuevos estados –esencial para los movimientos nacionalistas que los originaron- con los imperativos de una integración reclamada por la propia supervivencia de los mismos, determinan el rasgo a mi juicio más particular del proceso de integración representado por la ASEAN.” (4)

Los ‘padres fundadores’ de la ASEAN nunca buscaron promover la disolución de las soberanías nacionales de sus Estados con la integración regional; bien al contrario, la filosofía que inspira el proceso es que a través de la configuración de un conjunto regional con capacidad para superar los retos internos y externos se podrá garantizar la supervivencia de los estados ante los desafíos que puedan surgir.

Pero coincidiendo con el trigésimo aniversario de la ASEAN, se inició la grave crisis económico-financiera en Tailandia, que se extendería por toda la región, afectando de forma especialmente grave a Malasia e Indonesia. Sus efectos se extendieron más allá de la ASEAN y alcanzaron a Corea del Sur y a la economía japonesa. A parte de los efectos económicos, la crisis también provocó un fuerte impacto social y político, ya que los dirigentes del Sudeste Asiático habían intentado legitimar sus regímenes autoritarios con el fuerte crecimiento económico de las dos últimas décadas.

En este contexto, la ASEAN procedió a culminar su ampliación, con Laos y Myanmar en 1997, y Camboya en 1999. Una ampliación que, junto con Vietnam que se había incorporado en 1995, acentuaba los desequilibrios económicos y políticos entre los miembros fundadores más Brunei y los recién llegados, con monolíticos sistemas comunistas y golpes de estado. Ante la grave crisis económica, la ASEAN fue incapaz de actuar de manera eficaz y coordinada, dando una imagen negativa sobre su viabilidad como organización de cooperación económica. A finales de los noventa se debatió sobre la necesidad de cambiar los modos de actuación de la organización, caracterizados por la flexibilidad institucional y normativa, el carácter voluntario y no vinculante de sus acuerdos, y el respeto máximo a los asuntos internos de sus socios. Pero el compromiso entre nacionalismos en el que se inspiran los principios de la ASEAN hacen inviable el uso de la ingerencia.

En cuanto a la cuestión de los conflictos regionales, hay que tener en cuenta lo siguiente. En la actualidad existen conflictos internos en la región ASEAN aún por resolver que tienen relación con contenciosos fronterizos terrestres, como los existentes entre Myanmar y Tailandia o Camboya y Vietnam, así como conflictos de límites marinos y explotación de recursos, como los vigentes entre Indonesia y Vietnam, y entre Malasia y Tailandia. El contencioso sobre zonas en el Mar de China Meridional en torno a las islas Spratly, ricas en recursos energéticos, afecta a cuatro estados de la ASEAN –Filipinas, Malasia, Brunei y Vietnam- además de a China y a Taiwan. Ninguno de estos contenciosos, pero, parece amenazar la estabilidad regional.

Persisten otro tipo de conflictos no resueltos que sí que constituyen fuente de preocupaciones para la ASEAN y sus estados miembros, por el riesgo que pueden comportar para la seguridad del Sudeste Asiático. Estos contenciosos son el de la península de Corea, el posible conflicto entre Beijing y Taiwan, y el enfrentamiento entre India y Pakistán sobre Cachemira. Con el Foro Regional ASEAN, ARF, se pretende crear un marco de confianza y de diplomacia preventiva, para poder abordar la solución de contenciosos específicos.

En cuanto al reequilibrio de poder entre las principales potencias en Asia-Pacífico, cabe resaltar algunos aspectos. Las principales relaciones de poder en Asia-Pacífico se desarrollan en torno al triángulo formado por Estados Unidos, China y Japón. Otros actores internacionales también influyen en los equilibrios de la región pero en menor grado, como Rusia, India, Australia o una Corea hipotéticamente reunificada.

En el Sudeste Asiático preocupa el agravamiento de la rivalidad entre los dos colosos de Asia Oriental, China y Japón. En la subregión, China ha incrementado su grado de influencia en los últimos años a costa de Japón. Beijing se adelantó a Tokio en la propuesta de crear con la ASEAN una gran zona de libre comercio para el 2010 y obligó a la japoneses a hacer una oferta semejante. Además, China se siente mucho más cómoda que Japón en el nuevo foro ASEAN+3, que reúne a los diez estados ASEAN y a los tres grandes países del Nordeste Asiático: China, Japón y Corea del Sur. Por otro lado, Washington ha mostrado su desagrado por la celebración de un foro al que no ha sido invitado, y Japón no tiene más remedio que aceptarlo si no quiere dejar a la ASEAN en manos de su gran rival chino. Eric Teo Chu Cheow , secretario del Consejo del Instituto de Asuntos Internacionales de Singapur, SIIA, destaca que “para construir estabilidad en su región inmediata, garantizar la sostenibilidad económica y la paz social, y evitar el cerco estratégico de China por parte de los Estados Unidos y sus aliados asiáticos, Beijing ha desplegado una intensa diplomacia para construir su propio sistema de aliados y amigos por toda la zona de Asia-Pacífico. Como ejemplo, el papel de Beijing en las conversaciones a seis partes con la participación de Corea del Norte”. Chu Cheow habla incluso de una “Doctrina Monroe” inspirada en China, para construir su propio “sistema” o coalición en el Sudeste Asiático, porque Beijing incluso podría considerar la organización de un sistema de seguridad asiático a semejanza de Europa(5) .
La ASEAN, por su parte, utiliza esas rivalidades para mantener un equilibrio entre las potencias y evitar el predominio de alguna de ellas, como ya hizo durante el período de la Guerra Fría. Estas rivalidades podrían convertirse en conflictos abiertos entre esas grandes potencias, como por ejemplo un contencioso entre China, por un lado. Y Japón y Estados Unidos, por el otro, en relación a Taiwan o a la península de Corea.

Otras dimensiones del regionalismo en Asia-Pacifico

Como indica con acierto el corresponsal en Asia de La Vanguardia(6) , en un momento en que Irak actúa sobre la potencia americana como un agujero negro que absorbe toda su atención, China y Rusia han tejido un contrapeso eficaz a la ambición americana por amarrar, aun más, el control de las dos grandes zonas energéticas del mundo
La Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) comienza a ser algo serio. Implicando a seis países miembros, cuatro ex soviéticos de Asia Central, más China y Rusia, es una de las mayores organizaciones regionales del mundo. Cuando la OCS, entonces el “quinteto de Shanghai”, se fundó, en 1996, Shanghai era una ciudad en obras. Hoy podemos constatar que esta gran organización está afirmando un enorme espacio de autonomía y contrapeso en el mundo.

La OCS representa a una cuarta parte de la población mundial, y va a más. Si se incluye en la cuenta a India, Pakistán, Mongolia e Irán, los países que han acudido como “observadores” a la cumbre anual de esta semana, esta organización euroasiática de matriz chino-rusa, reúne al 44% de la población mundial. El Presidente de Afganistán, también ha sido invitado, y en el otro extremo continental, el bielorruso Lukashenko está llamando a la puerta para ser admitido.

La OCS no hace más que desmentir que no es una “OTAN de oriente”, y que sus relaciones militares, “no apuntan contra ningún país”. El problema es que su mera existencia ya significa que al poder global de Estados Unidos le están saliendo enormes agujeros. Junto con la otra gran realidad asiática, la ASEAN, la OCS recuerda, “urbi et orbe”, que el mundo se organiza al margen de Washington.

El eje de este fenómeno es China, la creciente necesidad de energía de los dos grandes “en desarrollo” (China e India), así como la bonanza de los altos precios del crudo, que permiten a Rusia elevar la voz y el listón de sus ambiciones internacionales, para poner coto al entrismo de Estados Unidos y la OTAN en sus patios traseros de Afganistán y el Caspio. Todo eso topa con el expansionismo militar de Estados Unidos.

En un momento en que, en palabras del analista Michael Klare, Irak actúa sobre la potencia americana como, “un agujero negro que absorbe toda su atención”, China y Rusia han tejido un contrapeso eficaz a la ambición americana por amarrar aun más el control de las dos grandes zonas energéticas del mundo, el Golfo Pérsico y la cuenca del Caspio, en medio de los cuales se encuentra Irán, cuarto productor mundial de petróleo. La OCS, a la que pertenecen también Kazajstán, Kirguizstán. Tadjikistán y Uzbequistán, es pieza esencial de ese contrapeso. La ausencia de empresas americanas en Irán, supone enormes oportunidades para chinos e indios, que mantienen un consenso energético considerable.

Washington, y Europa, están empeñados en la estéril presión contra Irán, por perseguir, ese país, lo que en Israel, no es delito: tener armas nucleares en Oriente Medio. Se intenta marginalizar a Irán, convertirlo en un paria patrocinador de terroristas, pero, eh aquí al Presidente Ahmadinejad, arropado por varios grandes en Shanghai, entrevistándose con Putin y Hu Jintao, y pidiendo, en un discurso retransmitido en directo por la televisión china, que la OCS sea, “una organización poderosa que sirva para bloquear las amenazas e injerencias, ilegales y brutales, de diferentes países”.
La presencia del Presidente iraní en la cumbre, y su solicitud de ingreso en la organización, cuya siguiente cumbre quiere que se celebre en Teherán, ha escocido en Washington. La Secretaria de Estado Condoleezza Rice, telefoneó al ministro de exteriores chino Li Zhaoxing para expresarle su disgusto. El 3 de junio, desde Singapur, Donald Rumsfeld ya había dicho que le chocaba, “que se invite a Irán, una de las principales naciones terroristas del mundo, a formar parte de una organización que dice estar contra el terrorismo”. “Si consideráramos que es un patrocinador de terroristas, no le habríamos invitado”, respondió el jefe de la OCS, Zhang Deguang.

China y Rusia invalidan por completo el escenario euro americano de las sanciones contra Teherán en el Consejo de Seguridad de la ONU. En todo el mundo se constata “el factor norcoreano”; que el que tiene la bomba nuclear no es invadido como lo han sido Yugoslavia, Irak o Afganistán, así que la lógica es aplastante.

Si Occidente quiere algún día hablar en serio de la no proliferación nuclear, lo que implica predicar con el ejemplo, tanto en Oriente Medio como globalmente, ya se verá, mientras tanto, Irán proporciona el 13% de la importación de crudo a China, y está negociando un millonario contrato con Pekín para desarrollar el yacimiento de gas de Yadavarán. En julio, la OCS se dirigió directamente a Estados Unidos para que pusiera fecha a la retirada militar de las tropas que desplegó en Asia Central, en 2001 con la excusa de la “guerra contra el terrorismo”.

La presencia de India como observadora también es muy irritante para Washington, cuyo plan era convertirla en ariete contra China en Asia. Pero las relaciones entre Delhi y Pekín mejoran. Tras el arreglo de la disputa fronteriza con Rusia, China está avanzando mucho en ese mismo capitulo con India.

“No consideramos a China una amenaza, ni ellos a nosotros”, dice el ministro de defensa indio Pranab Mujerjee. Y Pakistán, descontento con el trato de favor nuclear que Washington ha concedido a India, recibe motivos adicionales para acercarse a la Organización de Shanghai: también ha pedido ser miembro pleno de ella y se muestra favorable a llevar el gas iraní a China por un oleoducto a través de su territorio.

En la OCS son pocas las naciones “democráticas”: ninguno de sus miembros lo es y solo dos de los observadores merecen tal etiqueta. También es cierto que la desconfianza entre sus miembros, empezando por China y Rusia, por no hablar de los “observadores adversarios”, India y Pakistán, es enorme. Sin mutua confianza y cierta democracia, es muy difícil forjar una integración estrecha. Al mismo tiempo, los intereses comunes contra el intento americano de continuar en Irán la caótica y agresiva escalada por controlar recursos energéticos globales, tanto en el Golfo Pérsico como en la cuenca del Caspio, son considerables. Y la falta de democracia interna, en China y Rusia, no impide que su discurso internacional sea mucho más democrático e integrador que el del hegemonismo.

El comunicado conjunto aprobado por la cumbre de Shanghai habla de configurar la OCS como, “un buen ejemplo de dialogo entre civilizaciones”. Se propone, “un modelo no confrontacional de relaciones internacionales, desmarcado de la mentalidad de guerra fría”, decidido a apoyar la multipolaridad y el papel central de la ONU, como, “organización internacional más representativa” y salvaguarda del “orden en la ley internacional”. De paso, se dice que el próximo Secretario general de la ONU, “debería ser un asiático”.

En un mensaje claramente dirigido a las repúblicas situadas entre China y Rusia, se dice que los estados miembros de este club, “no integrarán ninguna alianza u organización internacional que perjudique la soberanía y la integridad territorial de otros miembros. No es una OTAN de oriente, desde luego, pero es un espacio autónomo en clara expansión, que irrita sobremanera en Washington.

Como bien indica Rafael Poch, la Organización de Cooperación de Shanghai, ilustra lo que el sociólogo Immanuel Wallerstein describe como pesadilla del Departamento de Estado norteamericano, “la preocupación porque su voz ya no es escuchada en el mundo con el respeto y el miedo de antes”. Esa es la razón por la que, pese a la presencia de casi 900 periodistas estos días en Shanghai, los grandes medios de comunicación globales, americanos y europeos, apenas han dedicado atención a ese importante evento.

La cuestión de las transiciones en el área Asia-pacífico: Indonesia como paradigma.

Antes del trágico protagonismo que ha tenido con el Tsunami, Indonesia afrontó en el 2004 el reto de organizar elecciones legislativas y presidenciales, importante hito de su vida política desde la caída de la dictadura de Suharto y las convulsiones que marcaron el inicio de la transición. El acontecimiento era de enorme importancia, aunque en Europa pasó relativamente desapercibido, si lo comparamos con la atención prestada a otras elecciones, como por ejemplo las de octubre en Afganistán. Y desde este punto de vista, podemos considerar Indonesia como un referente, un caso de estudio dentro de un proceso complejo que afecta a otros países del área Asia-Pacífico como Malasia, Tailandia u otros.

Indonesia es un país asiático de gran valor estratégico. Con más de doscientos millones de habitantes, y con algo más de ciento cincuenta millones de electores, el primer país musulmán del mundo es un reto que viene a recordarnos, por ejemplo, la importancia sociológica y política del Islam asiático. Los países musulmanes más poblados del mundo actual son, por orden decreciente, Indonesia, Pakistán, India (con sus ciento treinta y ocho millones de musulmanes), Bangla Desh y Turquía: ninguno es árabe, todos son asiáticos.

Organizar unas elecciones democráticas, abiertas y competitivas, en un país que apenas está saliendo de varias décadas de una férrea dictadura militar, no es fácil. Indonesia, desde este punto de vista, sigue empeñada en una ambiciosa transición, y los indonesios se merecen que está transición llegue a buen puerto, al menos tanto como los españoles, los chilenos o los checos merecimos en su día un buen final a las nuestras.
Además, no hay que olvidar que el contexto de estas elecciones se veía ensombrecido por la sombra del terrorismo. En 2002 (Kuta, Bali), en 2003 (Jakarta-Hotel Marriot) y en 2004 (Jakarta, Embajada de Australia), el terrorismo golpeó Indonesia con furia. Pero desde occidente tendemos a pensar en Indonesia como un territorio en el que Al qaida recluta terroristas, y donde organiza atentados contra Australia. Pero fueron todos ellos atentados también contra la transición indonesia. ¿Por qué sucede esto? Sin duda, sería una pésima noticia para el terrorismo islamista que en un país sociológicamente musulmán (aunque coexisten en él varias minorías como los cristianos, los hindúes y los chinos), fuera posible la consolidación de un régimen político de democracia representativa, pluralista y secular, a pesar de las limitaciones y déficits democráticos que pudiera conllevar. Es un riesgo inaceptable para Al Qaida.

Hay signos de que esta transición va por buen camino. Las elecciones han sido un test ineludible, condición necesaria aunque no suficiente. Ya en 1999 hubo unas primeras elecciones legislativas que fueron relativamente abiertas y competitivas, pero las tensiones políticas, religiosas, culturales y sociales, después de décadas de dictadura, desembocaron en episodios de un elevado grado de violencia. Al final, de aquel proceso electoral salió algo parecido a un sistema de partidos, un cierto sistema parlamentario, aunque sometido a fuertes liderazgos unipersonales (Megawati Soekarnoputri, por ejemplo) y a una considerable corrupción.

En comparación, las elecciones de 2004 han tenido un rendimiento netamente superior. Ante todo, los tres episodios electorales fueron tranquilos, sin incidentes significativos. Hubo algunos aquí y allá, pero un muy riguroso dispositivo de observación electoral (a cargo de la Unión Europea y otras organizaciones internacionales y nacionales), permitió llegar a la conclusión de que la violencia política organizada con fines de sabotaje electoral fue nula. Incluso en lugares con cierta tensión, como Aceh, Sulawesi, Kalimantan o Papua, la tónica fue la misma. Los partidos pudieron competir libremente, los medios de comunicación (públicos y privados) cubrieron con bastante objetividad los eventos, el acceso a ellos fue considerablemente abierto a las diversas candidaturas. No hubo intimidación a los votantes, los órganos electorales (los equivalentes de nuestras Juntas electorales de zona, provinciales o central) actuaron con gran profesionalidad, eficacia y, como también la policía y el ejército, con total neutralidad. Se podría añadir que la compleja normativa electoral, en todas sus variantes, estaba técnicamente bien elaborada, era exacta y rigurosa, y sobre todo, fácil de interpretar y aplicar a nivel de calle, es decir, de colegio electoral, tanto para los votantes como para las mesas electorales y los observadores de los partidos.

De las legislativas de abril emergieron varias señales positivas. Sobre todo, una composición del Parlamento significativamente distinta de la del Parlamento saliente. Es decir, hubo alternancia, de modo que ahora podemos hablar de un sistema de partidos susceptible de ser ubicado en el espectro clásico “Derecha, centro, Izquierda”, por supuesto con todos los matices necesarios, por ejemplo, la “izquierda” parlamentaria indonesia se correspondería con una corriente muy moderadamente socialdemócrata en nuestro parlamento. Pero sobre todo, competían veinticuatro partidos, de los que sólo tres se presentaban como explícitamente confesionales, y al final la suma de sus electores no llegaba al 18% del total, lo cual quiere decir que el 82 % del electorado indonesio, aun siendo sociológicamente musulmán, optó por formaciones políticas seculares, laicas. Las presidenciales confirmaron ampliamente estas tendencias.. El ganador, Susilo BangBang, era el “outsider”, el recién llegado, su partido sólo sacó el 8% de votos en las legislativas (pero era totalmente nuevo), y sin embargo acabó derrotando por 60% a 40% a la todopoderosa Megawati, presidente saliente.

Estas últimas elecciones, por tanto, deben ser analizadas en la perspectiva histórica apropiada. Las reformas constitucionales aprobadas por la MPR en sus sesiones de 1999, 2000, 2001 y 2002 han dado lugar a una nueva Constitución que pone la soberanía en manos del pueblo; crea la Cámara de las Regiones (DPD) que junto al Parlamento (DPR) componen la MPR; establece la elección directa del presidente y vicepresidente de la república por sufragio universal; crea el Tribunal Constitucional; regula las elecciones y las autoridades regionales; e introduce un nuevo capítulo sobre los derechos humanos.

Se partía de un sistema centralizado, en que la única autoridad electa radicaba en el Parlamento nacional. Por tanto, se ha acometido un proceso de descentralización que implica, además de la participación de las regiones en el proceso legislativo nacional a través de la mencionada DPR, la elección de asambleas regionales y municipales, vía de participación popular y fuente de legitimidad democrática en todos los niveles de gobierno.

El ejército también ha sufrido una transformación a través de las sucesivas reformas constitucionales. Las antiguas fuerzas armadas, ABRI, que incluían a la policía, tenían una doble función (dwifungsi) constitucional, militar y política, que se reflejaba en el encuadramiento de los militares en funciones políticas y administrativas (kekariaan) y en los 75 escaños de su grupo parlamentario, reducidos a 38 en 1999, en compensación por la prohibición de participación electoral de sus miembros. Las funciones constitucionales del Ejército Nacional de Indonesia (TNI) se limitan a la defensa de la integridad y soberanía del Estado, sin escaños ni grupo parlamentario. Mientras tanto, la Policía Nacional Indonesia que es ahora independiente de las fuerzas armadas, está definida como instrumento del Estado para el mantenimiento de la seguridad y el orden público. A pesar de ello, las funciones para casos específicos no están bien definidas ni delimitadas entre los dos cuerpos, sobre todo en las intervenciones relacionadas con la lucha contra el terrorismo y los conflictos regionales. Por su parte, los miembros del ejército siguen teniendo un notable prestigio político, como demuestra el hecho que todos los partidos desean tener a exmilitares en sus filas, empezando por dos de los tres principales candidatos a la presidencia en 2004, entre ellos el vencedor de las urnas.

La cuestión terrorista(7)

La proliferación de las redes extremistas y terroristas en Indonesia se debe a factores tanto nacionales como internacionales. Mientras que algunos yihadistas quieren establecer un Estado Islámico en Indonesia, un número cada vez más reducido de ellos desea crear un califato islámico que abarque parte del Sudeste Asiático (Indonesia, Malasia, Filipinas, Singapur y Tailandia). Pero cada vez más, los yihadistas indonesios se ven impulsados por el entorno internacional, y quieren trasladarse a Irak para luchar contra el ejército estadounidense. La invasión de Irak por parte del gobierno norteamericano, y más recientemente el papel que ha jugado Washington en la intervención israelí en Líbano, ha incrementado la amenaza del terrorismo en Indonesia y en la región. En estos momentos, el centro de gravedad del terrorismo en el Sudeste Asiático se encuentra en el sur de Filipinas, donde se situan los campos de adiestramiento de terroristas, y en Indonesia, donde los ideólogos extremistas reclutan miembros para unirse a una docena de grupos yihadistas, incluyendo Jemaah Islamiya.

Las redes extremistas y terroristas de Indonesia están instigadas y financiadas por fuentes externas, por tanto, la responsabilidad de combatirlas debe ser compartida por todos los gobiernos del Sudeste Asiático y de la comunidad internacional en general. La cooperación en materia antiterrorista entre los países de la ASEAN se ha incrementado desde el primer atentado de Bali, pero sigue siendo insuficiente la provisión de una adecuada ayuda antiterrorista a los estados más afectados, Indonesia y Filipinas. Ha sido efectiva, a pesar de todo, la ayuda recibida por los socios externos: Australia, Japón y Estados Unidos.

En respuesta a los atentados de Bali, donde Australia perdió tantos ciudadanos, Canberra desarrolló su política antiterrorista en el exterior, con la oferta de apoyo continuado para crear una estrategia antiterrorista sólida en Indonesia. La mayor parte de esta ayuda se ha utilizado para formar a la policía indonesia a nivel táctico y operativo. A través del Centro de Cooperación Legal de Jakarta, Jakarta Centre for Law Enforcement Cooperation, JCLEC, de Semarang, la policia federal australiana y la policia indonesia han formado conjuntamente a varios miles de oficiales de policía, miembros de los servicios de inteligencia y otros profesionales para combatir el terrorismo. Pero debido a la gran extensión de Indonesia, es necesario invertir en capacidad y potencial antiterrorista especialmente fuera de la isla de Java.

Indonesia está intentando responder a la pregunta ¿se puede construir una democracia representativa efectiva, en sociedades predominantemente musulmanas, pero multiculturales, multiétnicas y plurilingüísticas, en el umbral del siglo XXI? Malasia por su parte está en su propia versión del intento, mientras que en Tailandia o en Filipinas, los musulmanes viven su experiencia como minoría. Como en todas partes, la respuesta no la tiene Al Qaida, sino que vendrá de estas mismas sociedades complejas, con un potencial económico fenomenal, y su voluntad de consolidar formas políticas abiertas, legitimadas por vía del sufragio, con alternancia, único marco en el que la famosa invocación a la tolerancia es poco relevante porque la pluralidad social y política se expresa objetivamente en las instituciones. Debemos prestar mucha más atención al área Asia-Pacífico, desde la óptica de las transiciones, no sólo como tigres económicos, ni desde una visión simplista y reduccionista del Islam.

Notas

(1) Tesis de Master en curso.
(2) Pere Vilanova, “El Estado y el sistema internacional”, en Manual de Ciencia Política, M. Caminal (ed), Tecnos, 2006.
(3) Fawcett, Louise y Hurrell, Andrew, Edit., Regionalism in World Politics, Oxford University Press, Oxford, 1995.
(4) Farrés Martínez, Oriol, coord., Anuario Asia-Pacífico, Barcelona, 2005.
(5) Farrés Martínez, Oriol, coord., Anuario Asia-Pacífico, Barcelona, 2005.
(6) El contrapeso de Shanghai va a más, junio 2006
(7) Montserrat Sanchez Moreno, op.cit.

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