Un código de trabajo que debe revisarse desesperadamente

17 Abril 2008
Traducción: Daniel Raventós
Crece el convencimiento de que es mejor renegociar el pro-empresarial Código de Trabajo Ruso que enfrentar las consecuencias de las huelgas espontáneas e incontrolables.

El movimiento laboral últimamente está saliendo en primera plana a menudo. Los trabajadores de las transnacionales fueron los primeros en luchar por mayores salarios, pero ahora el conflicto se ha expandido también entre las empresas rusas. Por ejemplo, a mediados de marzo los trabajadores de la planta de producción de automóviles KamAZ, antiguo buque insignia de la industria soviética, dejaron de trabajar, y a finales de mes, los mineros de la bauxita en los Urales estaban también en huelga.

En todos estos conflictos, las direcciones empresariales han justificado su durísimo y agresivo comportamiento echando la culpa a los trabajadores por las violaciones del Código del Trabajo mientras niegan al mismo tiempo a los trabajadores en huelga el derecho a llevar las negociaciones mediante sus representantes sindicales electos. La razón es que las direcciones de las empresas rechazan reconocer la legitimidad de los sindicatos constituidos de trabajadores. En realidad, ellos solamente reconocen estatus oficial a los sindicatos puramente simbólicos, que son vestigios de la era soviética que operaban bajo una organización paraguas que se llamaba la Federación de Sindicatos de Trabajadores Independientes (FILU, por sus siglas en inglés).

En la mayoría de empresas, la rama local de la FILU funciona como un departamento de asuntos sociales dirigido por el director general. Aunque la FILU puede servir para algunos propósitos útiles, ello no la convierte en un sindicato de trabajadores. Para superar la situación, un buen número de trabajadores de algunas empresas a menudo constituyen sindicatos en ciernes por su propia cuenta. En muchos casos la dirección de la empresa toma medidas severas contra estos sindicatos. El director llama a los trabajadores a su despacho uno a uno para pedirles que dejen de ser miembros del nuevo sindicato. Si rechazan hacerlo, trasladan a los activistas a puestos menos remunerados o los despiden. Mientras tanto, los sindicatos oficiales permanecen del lado de las direcciones empresariales y de los propietarios. Es más, las direcciones pueden por lo general encontrar justificaciones formales para sus acciones antisindicales en el Código del Trabajo.

Más que dar a las direcciones empresariales ventaja, estas duras tácticas contra las sindicatos a menudo conducen a huelgas espontáneas que pueden prolongarse sin control. Un ejemplo de ello ocurrió el pasado marzo en una mina con el raro nombre de /Caperucita Roja/ en Severouralsk, en el norte de Yekaterimburgo. El Sindicato de Mineros Independientes (IMU, por sus siglas en inglés) ya existió en esta mina durante muchos años. Pero el IMU puede considerarse un sindicato de trabajadores formado por ellos mismos solamente en un sentido muy restringido. La organización tiene una historia que se remonta a las huelgas mineras generalizadas de 1989. En aquel tiempo, la dirección de las minas se negó a reconocer a la nueva IMU creada por los trabajadores y prefirió entablar negociaciones con la FILU oficial, lo que monta tanto como decir que negociaron con ellos mismos. El resultado fue que el número de cuestiones no resueltas continuó acumulándose, culminando en huelgas espontáneas que se extendieron a las minas vecinas. RusAI, la compañía propietaria, cerró sus cinco minas en la región de Sverdlovsk como medida preventiva. La dirección afirmó que la medida pretendía “proteger las vidas y la salud de los otros trabajadores que no estaban involucrados en la situación”. Pero nunca explicaron cómo la pérdida de puestos de trabajo y de salarios podía proteger a estos trabajadores.

Solamente después de las huelgas espontáneas las administraciones de las empresas han empezado de repente a tomarse seriamente al IMU, pero es ya demasiado tarde. El IMU podía haber desconvocado las huelgas solamente si se le hubiera otorgado la representación de los mineros al principio.

Desde el comienzo, el Código de Trabajo está escrito para hacer la vida más fácil a la dirección empresarial. Pero los cabecillas empresariales están percatándose que las medidas represivas no funcionan y que sería más efectivo negociar abiertamente con los sindicatos electos que encarar las consecuencias de las huelgas espontáneas e incontroladas. Incluso una huelga organizada podría ser más fácil de enfrentar que un levantamiento espontáneo. No es tanto una cuestión de si las autoridades revisarán el Código del Trabajo sino de cuándo y cómo.

El Kremlin y el Parlamento deberán hacer frente a la nueva realidad del movimiento de trabajadores, les guste o no.

Sobre los autores

Boris Kagarlitsky

Boris Kagarlitsky es un conocido comentarista internacional sobre la vida política y social de Rusia. Entre 1990 y 1993, fue diputado del consejo municipal de Moscú, así como miembro de la ejecutiva del Partido Socialista de Rusia, cofundador del Partido del Trabajo y asesor del presidente de la Federación Independiente de Sindicatos de Rusia. Anteriormente, fue estudiante de crítica del arte y estuvo encarcelado durante dos años por actividades ‘antisoviéticas’.

Entre sus libros, cabría destacar Empire of the Periphery: Russia and the World System (Pluto Press, February 2008, Russia Under Yeltsin And Putin: Neo-Liberal Autocracy (TNI/Pluto 2002) y New Realism, New Barbarism: The Crisis of Capitalism (Pluto 1999).

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