Prólogo a La guerra y la paz
El presente libro de C. P. David tiene una utilidad inmediata y una cierta
ambición estratégica. Esto último es lógico y legítimo, tanto en el mundo
académico como fuera de él. Por esta razón, el propio autor entenderá que
entremos en la polémica a la que nos invita, siempre desde el respeto intelectual
y el rigor académico. Aquello, la utilidad inmediata, se deriva sobre
todo de que el texto plantea preguntas e interrogantes realmente relevantes,
en el sentido que damos al término relevancia en el campo de las ciencias
sociales, y en particular, en el arenoso terreno de la teoría.
Llama la atención, en primer lugar, la ambición de la obra, y es muy interesante
su construcción en forma de secuencia, es decir, de encadenamiento
sucesivo, desde criterios lógico-racionales, de una línea de pensamiento. Pero
llama igualmente la atención que el concepto nodal, la columna vertebral
de la argumentación, sea el concepto de orden ligado a la dialéctica guerrapaz,
y subsidiariamente, el concepto de estrategia. En mi opinión, el libro
es honesto porque no se plantea como una monografía de totalidad sobre el
sistema internacional, sino casi exclusivamente como una reflexión sobre el
mismo desde los conceptos de orden, desorden, paz y guerra. Es un enfoque
por tanto parcial o sectorial, no pretende abordar in extenso otros elementos
del actual debate en curso, como por ejemplo aquellos que ponen el acento en
dinámicas de cooperación, de integración, y políticas inclusivas. Sin embargo,
la última parte del libro (capítulos X, XI y XII) inevitablemente y curiosamente
aborda algunas de estas cuestiones. Sobre todo al final, al abordar el
tema de la gobernanza global, a través de procesos, de dinámicas funcionales y
no sólo normativo-institucionales, y de una interesante revisión del concepto
de régimen (en la acepción que el término tiene en política internacional).
Otro mérito adicional del libro de David es que, no sabemos si involuntariamente,
hace una especie de doble ajuste de cuentas. El primero es que
confirma, con un gran talento intelectual, la necesidad de tomar distancia
respecto del término relaciones internacionales en su acepción académica
tradicional, y en particular anglo-americana. Los debates en curso para
mejor entender la complejidad estructural y funcional del actual sistema
internacional están cada vez más vinculados al uso de instrumentos teóricos
desplegados en diversas ramas de las ciencias sociales, y en concreto de la
ciencia política y la historia, y cada vez menos a las relaciones internacionales
en su acepción tradicional. En ciencias sociales, en última instancia, nuestros
instrumentos analíticos tienden a refugiarse en tres campos: la comparación,
el análisis sistémico, y la extrapolación en forma de formulaciones
generales (que si funcionan acabamos llamando teoría). Y en concreto, de
la relación (positiva) entre la comparación y el análisis sistémico, sale algo
que llamaremos coloquialmente un cierto manual de instrucciones de gran
utilidad. En concreto, David vuelve a insistir en que en el fondo, en última
instancia, casi todo gira en torno a las siguientes cuestiones: el análisis del
poder (y sus múltiples expresiones, no sólo las de naturaleza económica), la
competición por el poder (y las modalidades destructivas que suele adoptar
a escala internacional o supraestatal), y la política como expresión de dicha
competición por el poder (a través de múltiples formas). Además, no hay que
olvidar que el método politológico consiste en no perder de vista tres facetas
de la política: su estructura normativo-institucional (con sus limitaciones), su
mecánica interna como proceso (quién, cómo y por qué toma las decisiones),
y su rendimiento como resultados.
El segundo ajuste de cuentas al que procede David es aparentemente más
prudente, pero en nuestra opinión sumamente eficaz, aunque en realidad hay
un elemento en su argumentación que llama al desconcierto. En el apartado
sobre «Las teorías y las escuelas de pensamiento sobre el concepto de seguridad
» del capítulo I, en realidad presenta unos interesantes cuadros en los que
resume las corrientes generalistas: neorealista, idealista, liberal, constructivista
y corrientes críticas, que remiten a corrientes académicas que han tenido la
pretensión teórica de definir no sólo el concepto de seguridad, sino de definir el
corpus teórico general del mundo, bajo la pretenciosa etiqueta de Teoría de las
Relaciones Internacionales. En este sentido, el pedagógico resumen que David
hace de estas corrientes de pensamiento parciales tiene el mérito, por ejemplo,
de que por fin un lector medio puede entender en menos de una página qué
sería esto del constructivismo aplicado a la política internacional. Por supuesto,
al hacerlo tan comprensible, David hace un favor a sus lectores y de paso pone
en su sitio a determinados autores que piensan haber innovado en el campo
teórico, cuando en realidad vuelven a campos que pertenecen a la Historia de
la Filosofía, y que han sido trillados con más talento y mérito (histórico) por gentes como Platón y Aristóteles, o como Kant y Hegel. Y es que innovar en
el campo de la teoría es muy difícil.
El texto de David, en esta perspectiva, nos permite reabrir de modo
productivo algunos debates de los años transcurridos desde la crisis y el fin
del sistema bipolar. Por ejemplo, la vigencia del eje orden-desorden como
parámetro constante de un sistema internacional que es básicamente una
estructura relativamente desordenada, pero no necesariamente una estructura
totalmente desordenada sin ningún elemento regulador o sin ningún
parámetro de orden. Las nociones de orden y desorden no deben entenderse
en sentido limitativo (por ejemplo jurídico), sino funcional, o si se quiere
sistémico. En el fondo, lo que está en juego es la pregunta con la que cierra su
obra David: ¿en qué podría consistir la idea de gobernanza a escala global? La
o las posibles respuestas vienen vinculadas con la exigencia de seguir pensando
el concepto de seguridad humana.
Una de las facetas de este panorama, que vuelve a ser de suma actualidad
(pero que desde luego no hemos inventado en este umbral del siglo XXI), es
el debate sobre la paz y la guerra. Problema difícil de abordar desde siempre,
asentado en un terreno poco empírico y más bien especulativo, pues la paz
pertenece a una categoría de valores ideales, como los de igualdad, justicia o
libertad, que si bien constituyen el horizonte programático de todas las sociedades
humanas, son poco susceptibles de investigaciones empíricas medibles.
No hay una tipología de paces, justicias o igualdades realmente existentes, y
que podamos comparar entre sí, como quien compara sistemas políticos o
modelos electorales. Paz y guerra no son fenómenos comparables, de hecho
tienen una relación especulativa. Es mucho más fácil definir la guerra, como
es mucho más fácil definir qué es la injusticia, o la privación de libertad, que
sus contrarios. Y una previsión empírica poco arriesgada: el siglo XXI tampoco
conocerá la Paz, conocerá conflictos armados de diverso tipo, algunos
procesos de negociación, pacificación relativa de algunos procesos violentos,
etcétera.
Como hemos resaltado en otras ocasiones, hay que insistir en ese valor de
ruptura estructural que tuvo la caída del Muro, aunque por ejemplo la URSS
sobreviviera dos años más (pues se extinguió jurídicamente el 31 de diciembre
de 1991). Podemos describir hoy en día, en sede académica o analítica, la
estructura del sistema bipolar, los ejes este-oeste y norte-sur desde 1947 hasta
1989, y podemos, por tanto, certificar la terminación de dicho sistema. Pero
de ello no se puede deducir la estructura global del nuevo sistema internacional,
que después de casi veinte años seguimos entendiendo poco y mal.
Por ejemplo, sigue siendo una constante (aunque parezca estar en aumento,
en realidad está en velocidad de crucero) la crisis entre el derecho de y para la guerra
(‘ius in bello’ y ‘ius ad bellum’), como dispositivo jurídico, y su relación con
la realidad de las guerras contemporáneas, así como uno de sus efectos colaterales, la sobrecarga de demanda humanitaria sobre Naciones Unidas. En cambio, ha
pasado mucho más desapercibido el hecho, de valor limitado pero crucial, de
la entrada en vigor de la Ley de creación de un Tribunal Penal Internacional
permanente, que se firmó en julio de 1998 en Roma, pero cuya entrada en
vigor exigía la ratificación de al menos sesenta Estados (de los más de ciento
treinta presentes en Roma), lo que sucedió el 11 de abril de 2002.
Por otra parte, la obra de David viene a situarse en una línea de continuidad
y reflexión sobre el por qué de las cosas de este mundo en plena
mutación, y su conclusión bajo el epígrafe de «Doce claves para entender
mejor la seguridad» intenta hacer un balance. Algunos clásicos tuvieron a
partir de 1989 el mérito, al menos, de abrir el debate, obligarnos a entrar en
él para refutarlos (con resultados desiguales) y el tiempo ha ido decantando
el mérito de unos y otros. ‘El fin de la Historia’ de Francis Fukuyama en
1989 y su secuela-artículo de 1999 sobre ‘Second Thoughts: the last man
in a bottle’, en The National Interest, ‘El choque de civilizaciones’ de S.
Huntington de 1993, ‘El gran tablero mundial’, de Z. Brzezinski de 1997,
etcétera. Habría que mencionar otras tentativas como las dos obras de Zaki
Laïdi, ‘Un monde privé de sens’ (1994) y ‘Géopolitique du Sens’ (1998),
que curiosamente David sitúa en la corriente constructivista (de lo cual
discrepo), o trabajos como ‘The World at 2000’, de Fred Halliday, ‘The
postmodern state and the world order’, de Robert Cooper (1998), y varios
más. Este debate todavía en curso, a pesar de sus altibajos, ha tenido el gran
mérito (que puede parecer paradójico) de legitimarse a sí mismo, es decir, de
legitimar un pluralismo intelectual no sólo basado en las buenas maneras y
la cortesía académica, sino en dar carta de naturaleza a la realidad plural de
los esfuerzos en curso para entender el mundo. Al fin y al cabo, el propio Bin
Laden tiene una teoría de las relaciones internacionales. De hecho, tiene más
bien una ideología, una cierta visión del mundo, que no es sino una versión
deliberadamente distorsionada, manipulada y radical (en sus planteamientos
conceptuales, pero sobre todo en sus métodos de acción política) de cierta
visión del mundo de la tradición teocrática musulmana: el mundo se divide
en tres, Dar al Islam (el territorio donde impera el Islam), Dar el Gharb (el
territorio «de la guerra», que el Islam debe conquistar o más bien convencer)
y en medio, el territorio o casa «de la tregua», donde está permitido llegar a
acuerdos tácticos con los no creyentes.
De todo ello, sigue abierto principalmente el debate sobre la tesis de
Samuel Huntington, pues su propuesta teórica se basa en hipótesis muy visuales,
parcialmente percibidas como ciertas por amplios sectores de la opinión,
pero probablemente su punto débil residía en su vocación de totalidad, de
abarcar todas las variables, de cubrir el planeta de segmentos civilizatorios de
base geográfica intemporal. En lo que se refiere a la propuesta inicial estimulante
y provocativa, Huntington acertaba al sugerir que en el mundo posterior a la guerra fría, los cleavages de enfrentamientos a escala global se desplazarían
de los conflictos seculares (reales o potenciales) entre Estados, superpotencias
o no, a conflictos entre actores vinculados a ideologías con criterios de autoidentificación
a caballo entre la noción de cultura y de religión.
¿Estamos en condiciones de llegar a conclusiones sobre los parámetros
de este sistema internacional en plena mutación? Al menos cinco grandes
tendencias parecen abiertas. En primer lugar, la globalización, y más genéricamente
la mundialización, no son teorías autosuficientes para explicar el
mundo, pero sí que son el telón de fondo, el terreno de juego, la situación de
hecho, en la cual operan todos los demás fenómenos. Está aquí para quedarse,
es irreversible. En el actual sistema internacional no caben comportamientos
autárquicos o aislados duraderos por parte de cualquiera de los actores presentes.
Este fenómeno no necesita mayor demostración, y nos lleva a admitir que por
ello aumenta también en la misma proporción la interdependencia.
La crisis de la soberanía del Estado debe ser cuidadosamente reevaluada,
pues se ha sobreestimado su dimensión y se ha dado por supuesto que culminará
en su simple y llana desaparición. Esto es falso, y el trabajo de David
contribuye a poner las cosas en su sitio: la centralidad del actor estatal en el
sistema internacional no puede darse por cerrada, entre otras cosas porque
desde el punto de vista normativo, el Estado sigue siendo irremplazable (de
momento), y su control sobre las organizaciones internacionales sigue siendo
determinante. Por tanto, toda formalización de acuerdos, de tendencias
al orden, en el sistema internacional, ha de pasar y seguirá pasando por la
concertación entre Estados, no como condición autosuficiente, pero en todo
caso como condición ineludible.
En tercer lugar, el siglo XX se cerró con la crisis de las grandes ideologías
totalizantes que dominaron la segunda mitad del pasado siglo. Lo relevante
ha sido la mutación de ideologías seculares tradicionales (dominantes en los
parámetros de la guerra fría). Este es uno de los fenómenos más contundentes
de nuestro tiempo, entendiendo por ello su sustitución por formidables
construcciones (o más bien re-construcciones) culturales de matriz religiosa,
cultural-lingüística, étnica u otras, como fuerzas de movilización e identificación
colectiva. La novedad no estriba en los fundamentos de dichas matrices
(de hecho son propiamente premodernas), sino en el contexto en el que esta
vez operan, apoyándose en formidables instrumentos multiplicadores (Internet,
CNN, Al Jazeera y otros).
En cuarto lugar, estamos en un mundo fragmentado en términos de
poder, no unipolar, de naturaleza funcional heterogénea (militar, económica,
ideológica) y no sometido a dinámicas pautadas o sujeto a reglas formales.
El sistema internacional no parece estar re-estructurándose de un modo jerárquico
vertical, sino que, por el momento, está en una dinámica de tanteo
(situación siempre desestabilizadora), en base a confrontaciones de bajo o alto nivel basadas (suponemos) en un cierto cálculo racional (en términos
de riesgo/beneficio). Estamos igualmente en una etapa en la que los diversos
actores del sistema están intentando marcar el territorio (según la terminología
del mundo animal y su lucha por el control del territorio, la caza, el agua y
los recursos).
Todo ello culmina en la constatación de la crisis total del concepto de
seguridad en su sentido tradicional, y que David explora de modo creativo,
una de las mejores partes de su libro. Pero la obsesión securitaria no ha desaparecido,
porque en ausencia de un concepto alternativo operativo, y ante
un sistema en el que dominan las incertidumbres, el militarismo se vuelve a
colar por la ventana: a falta de una doctrina política de seguridad, tengamos
al menos un brazo armado. ¿Para hacer qué política? Ésta es otra cuestión.
Es la cuestión.
Charles-Philippe David La guerra y la paz: Enfoque contemporáneo sobre la seguridad y la estrategia, Icaria, 2008
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