¿Cambiando el discurso?

El discurso de Obama en El Cairo marcó un cambio de retórica, dejando de justificar la temeraria arrogancia, el unilateralismo y el militarismo del imperio para centrarse en un enfoque más cooperativo e incluso internacionalista. Ahora, les toca a los estadounidenses movilizarse para transformar esta nueva retórica en nuevas políticas.

El tan esperado discurso del presidente Barack Obama en El Cairo reflejó un cambio significativo con respecto al marco ideológico de militarismo y unilateralismo que conformó la política bélica del Gobierno de Bush hacia los mundos árabe y musulmán. Puede que el cambio más evidente en comparación con su predecesor se manifestara en la denuncia pública de que “nosotros elegimos ir a la guerra de Irak”. Obama instó a “un nuevo comienzo”, basado en “el hecho de que Estados Unidos y el Islam no se excluyen mutuamente y no es necesario que compitan”, y señaló una nueva tendencia en el discurso oficial estadounidense hacia algo más parecido al internacionalismo, especialmente apuntando a paralelos entre ciertos resentimientos históricos (y algunos contemporáneos). Entre ellos, cabría mencionar una referencia a que “Estados Unidos desempeñó un papel en el derrocamiento de un gobierno iraní elegido democráticamente” y al papel desempeñado por Irán “en secuestros y actos de violencia contra militares y civiles estadounidenses”.

Sin duda, las equivalencias tuvieron sus límites. Equiparar a palestinos e israelíes como “dos pueblos con aspiraciones legítimas, cada uno con una dolorosa historia” no plasma la realidad de que Israel es una potencia ocupante con unos deberes muy concretos según la Convención de Ginebra, mientras que los palestinos que viven bajo la ocupación son una población protegida por el derecho internacional. Pero teniendo en cuenta el contexto, en el que, durante décadas, Washington sólo parecía reconocer el sufrimiento de los israelíes, equiparar a ambos supone un gran paso adelante.

Como era de esperar, Obama empezó centrándose en la aportación histórica de árabes y musulmanes a la civilización mundial y a la cultura y la historia de los Estados Unidos. Obama abordó la articulación de la política estadounidense –especialmente, de los deberes activos de los Estados Unidos– sobre el conflicto israelo-palestino y las guerras en Irak y Afganistán sólo con grandes pinceladas, pero profundizó más con respecto a Irán.

El cambio de discurso, dejando de justificar la temeraria arrogancia, el unilateralismo y el militarismo del imperio para centrarse en un enfoque más cooperativo e incluso internacionalista, fue manifiesto. Los cambios reales en materia de políticas fueron mucho menos obvios. Ahora, les toca a los estadounidenses –empezando por los millones de personas que se movilizaron para construir un movimiento capaz de elegir como presidente a Barack Hussein Obama– actuar para transformar esta nueva retórica en nuevas políticas: acabar con la intensificación de la campaña y trabajar hacia el fin de la guerra de Obama en Afganistán y Pakistán, acabar con la ocupación de Irak de inmediato, no dentro de unos años, cortar la ayuda militar a Israel y crear una política basada en el fin de la ocupación y la igualdad para todos, iniciar nuevas negociaciones con Irán, que no estén basadas en amenazas militares, aplicar las obligaciones de los Estados Unidos en cuanto a desarme nuclear y tantas otras cosas.

Ése es el próximo paso.

Las guerras

Obama comenzó enmarcando las guerras regionales de Washington en el contexto de un “extremismo violento”. Señaló también que Irak servía para recordar que es necesario “usar la diplomacia y promover consenso a nivel internacional para resolver nuestros problemas”, aunque suavizó la afirmación al añadir la coletilla de “cuando sea posible”. En alusión a Irak, reiteró que “no queremos bases militares y no queremos reclamar ninguna parte de su territorio ni de sus recursos” y que los Estados Unidos respetarán el acuerdo con Irak de “retirar nuestras tropas de combate de las ciudades iraquíes para julio y de retirar todas nuestras tropas de Irak para el 2012”.

En cuanto a Afganistán, la guerra del propio Obama, siguió afirmando que “Afganistán demuestra las metas de Estados Unidos” y que los Estados Unidos invadieron el país por “necesidad”. Manifestó que “no queremos mantener a nuestras tropas en Afganistán” y que “no queremos tener bases militares allá”. Pero, seguidamente, declaró que el ejército estadounidense estaba desplegado porque hay “extremistas violentos en Afganistán y Pakistán decididos a asesinar a todos los estadounidenses que puedan”. Con esto, dejó clara su intención de mantener la ocupación o la intervención militar en esos países durante un largo tiempo. A modo de reflexión, Obama añadió que “el poderío militar por sí solo no va a resolver los problemas” y presumió de un plan para invertir 1.500 millones de dólares en Pakistán para construir escuelas y hospitales y ayudar a los refugiados; también indicó que los Estados Unidos están “proporcionando más de 2.800 millones de dólares para ayudar al pueblo de Afganistán a desarrollar su economía”. Estas declaraciones podrían tener legitimidad si las sumas no representaran poco más que una miseria de los 97.000 millones de dólares que el Gobierno de Obama ha solicitado para financiar las guerras de Irak y Afganistán sólo hasta septiembre.

Israel-Palestina

Obama comenzó reafirmando el vínculo “inquebrantable” entre los Estados Unidos e Israel. Habló de la historia de persecución de los judíos en todo el mundo; sin embargo, a pesar de la especial atención del discurso al mundo musulmán, no hizo mención alguna a la historia de los judíos que encontraron refugio y fueron bienvenidos en tierras musulmanas durante algunos de los peores períodos de antisemitismo. (Sí aludió a la “orgullosa tradición de tolerancia” del Islam, como lo demuestra “la historia de Andalucía y Córdoba durante la Inquisición”, pero no mencionó la protección de judíos por parte del Islam.)

En cuanto a las colonias, declaró que Estados Unidos “no acepta” la legitimidad de más asentamientos israelíes. “Dicha construcción viola acuerdos previos y menoscaba los esfuerzos por lograr la paz. Es hora de que cesen dichos asentamientos”. Aunque no se refirió explícitamente a acabar con el llamado “crecimiento natural” de las colonias, la referencia a “acuerdos previos” estaba claramente pensada para recordar al público el acuerdo por el que, en 2003, Israel se comprometía a congelar la expansión de todos los asentamientos, incluido su “crecimiento natural”.

El lenguaje de Obama, en general, fue más duro que el de cualquier otro presidente estadounidense hasta la fecha: los israelíes “deben reconocer que así como no se puede negar el derecho de Israel a existir, tampoco se puede negar el de Palestina”. Sus alusiones al sufrimiento palestino fueron más allá de lo habitual en estos casos y se refirió a los más de sesenta años del “dolor del desplazamiento” y al “desplazamiento a raíz de la fundación de Israel”. Tildó la situación del pueblo palestino de “intolerable”. Su definición de “las aspiraciones legítimas de los palestinos”, no obstante, se limitó a “dignidad, oportunidades y un estado propio”, y a pesar de la referencia a los refugiados palestinos y a sesenta años de desplazamiento, no mencionó en ningún momento el derecho al retorno.

Obama habló de las obligaciones de Israel sólo como una serie de enunciados: “Israel también debe cumplir con sus obligaciones”, “los israelíes deben reconocer”, etcétera. Sin embargo –y éste es un importante punto débil de su discurso–, no anunció ningún compromiso por parte de su país para garantizar que Israel cumpla con sus deberes, como condicionar todos o parte de los 3.000 millones de dólares anuales en ayuda militar a Israel a que Tel Aviv congele totalmente los asentamientos o respete otros aspectos de la legislación estadounidense o el derecho internacional.

En la misma línea, en lo que se refiere a la iniciativa de paz árabe, Obama ignoró el hecho de que el punto de partida de la propuesta –la retirada completa de Israel a las fronteras de 1967– nunca se ha aplicado. Comentó, en cambio, que los Estados árabes “deben reconocer que la Iniciativa Árabe de Paz fue un punto de partida importante, pero no el fin de sus responsabilidades”. Los instó a “ayudar al pueblo palestino a desarrollar las instituciones que sustenten su estado; a reconocer la legitimidad de Israel, y a optar por el progreso por encima de la contraproducente atención al pasado”, como si las condiciones que impiden la creación de un Estado palestino fueran decisión de los palestinos y no la consecuencia de la ocupación y el sistema de apartheid israelí.

Obama dio un importante impulso al discurso al comparar la lucha palestina con la del movimiento estadounidense por los derechos civiles y las protagonizadas en Sudáfrica. Aunque Obama sólo se refirió al carácter no violento de esas luchas y no tildó explícitamente la lucha palestina por los derechos humanos como una lucha por los derechos civiles o en contra del apartheid, estos paralelismos son ahora parte del marco estadounidense para entender la lucha por los derechos del pueblo palestino. Esto da una legitimidad renovada a los movimientos en contra del apartheid y a favor del boicot, las desinversiones y las sanciones (BDS) que conforman las movilizaciones de la sociedad civil de todo el mundo en apoyo a la igualdad de Palestina.

Irán

Los pasajes sobre Irán fueron quizá los más significativos en lo que se refiere a políticas concretas. Obama también recurrió aquí a los paralelismos, señalando que “Estados Unidos desempeñó un papel en el derrocamiento de un gobierno iraní elegido democráticamente” y que “Irán ha desempeñado un papel en secuestros y actos de violencia contra militares y civiles estadounidenses”. Aunque el símil es difícilmente equiparable, el hecho de que un presidente de los Estados Unidos asuma plena responsabilidad por el derrocamiento de un Gobierno y lo vincule con las acciones posteriores de Irán representa un tremendo paso adelante.

En cuanto a las perspectivas de la diplomacia, Obama empleó unos términos que se hacen eco, casi literalmente, de las palabras que usan los intelectuales, los diplomáticos y los funcionarios gubernamentales iraníes para explicar qué es lo que espera Teherán de futuras negociaciones: “Estamos dispuestos a seguir adelante sin precondiciones, basados en un respeto mutuo”. El compromiso de respeto y la falta de exigencias previas que Irán debe acatar podrían ser el preludio de un nuevo proceso diplomático. Lamentablemente, Obama no instó a organizar una conferencia de paz regional, en que participaran todos los países de la región, incluido Irán, y olvidar su actual llamamiento a que todos los Gobiernos árabes se unan a los Estados Unidos e Israel en una alianza regional en contra de Irán.

Cabe destacar que Obama reafirmó el compromiso estadounidense “de procurar un mundo en el que ningún país tenga armas nucleares”. Y declaró oficialmente que “todo país –incluido Irán– debe tener el derecho de utilizar energía nuclear pacífica si cumple con sus responsabilidades conforme al Tratado de No Proliferación Nuclear”. Por desgracia, Obama dejó entrever, a la vez, un anticuado enfoque unilateralista, propio de una superpotencia, frente a las obligaciones internacionales y de los Estados Unidos con respecto a dicho tratado (abreviado como TNP). Señaló que “lo esencial del tratado” es el compromiso de aquellas naciones que desean acceso a la energía nuclear con fines pacíficos de no intentar construir armas nucleares (artículo IV del TNP). Pero no hizo mención alguna al artículo VI de ese mismo tratado –tanto o más importante–, que exige a las potencias nucleares declaradas –incluidos los Estados Unidos– encaminarse hacia un total desarme nuclear. Así que el compromiso de Obama de “procurar” el fin de las armas nucleares no pasa por la obligación de Washington, en virtud de ese mismo tratado, de acabar con su propio arsenal nuclear.

Obama tampoco exhortó a que en Oriente Medio se establezca una zona libre de armas nucleares o de armas de destrucción en masa, tal como contemplaba el artículo 14 de la Resolución 687 del Consejo de Seguridad, apoyado por los Estados Unidos, con que se terminó la Guerra del Golfo de 1991. Si lo hubiera hecho, debería haber hablado de la necesidad de desmantelar los peligrosos artefactos nucleares de alta densidad de Israel (calculado en un total de entre 100 y 30 ojivas nucleares) y, así, reconocer al menos el impacto desestabilizador que tiene este arsenal nuclear en el fomento de la carrera armamentística en Oriente Medio.

Democracia

Obama dio un paso importante al admitir que la guerra de Irak y, más concretamente, la excusa del Gobierno de Bush de que se trataba de una guerra “por la democracia”, había socavado el discurso estadounidense de apoyo a la democracia. Obama señaló que “ninguna nación puede ni debe imponer un sistema de gobierno a una nación”.

También manifestó que “no pretenderíamos determinar el resultado de elecciones pacíficas” y que “acogeremos a todos los gobiernos electos y pacíficos, siempre que gobiernen respetando a toda su gente”. Ambas son buenas posturas, pero ignoran completamente la realidad del posicionamiento estadounidense en el mundo árabe. Sin duda, las elecciones palestinas de enero de 2006 –consideradas “libres y justas” por los observadores estadounidenses y europeos– que dieron a Hamás la mayoría en el Parlamento no fue bienvenida por los Estados Unidos. Y hace apenas unos días, el vicepresidente Joe Biden les dijo directamente a los libaneses que el apoyo de los Estados Unidos dependería del resultado de las próximas elecciones, lo cual es una inequívoca referencia a las intenciones de Washington de cortar la ayuda si Hezbolá, el segundo mayor partido del Parlamento libanés, consigue un mayor poder en las urnas. (En este sentido, el Gobierno de Obama está siguiendo el mismo camino que el presidente George H.W. Bush con respecto a Nicaragua en 1990, cuando advertía a la población nicaragüense de que, si votaba por los sandinistas, se enfrentarían a años de guerra sin cuartel, mientras que si votaban por la oposición, que contaba con el respaldo de los Estados Unidos, disfrutarían de mayor ayuda económica. Los populares sandinistas sufrieron una estrepitosa derrota.)

© 2009 Institute for Policy Studies

Sobre los autores

Phyllis Bennis

Phyllis Bennis es investigadora asociada del TNI y del Institute for Policy Studies de Washington DC, donde dirige el proyecto Nuevo Internacionalismo. Phyllis está especializada en política exterior estadounidense, especialmente con respecto a Oriente Medio y las Naciones Unidas, organización donde trabajó como corresponsal de prensa durante diez años. Actualmente, colabora también como asesora especializada de varios cargos de alto nivel de la ONU sobre cuestiones relacionadas con Oriente Medio y la democratización de la ONU, y desempeña un papel activo en los movimientos por la paz y los derechos del pueblo palestino. Columnista habitual en varios medios, Phyllis es también autora de muchos artículos y libros, sobre todo centrados en Afganistán, Palestina, Iraq, la ONU y la política exterior de los Estados Unidos.

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