¿Por qué lo llaman Europa social y política cuando quieren decir Área de Libre Comercio?
La Constitución ya está aquí. Después de casi 20 años de “construcción” europea, los Estados miembros se han puesto de acuerdo para rematar el trabajo realizado con un tratado constitucional que pretende consolidar todo lo recogido en los tratados anteriores (Maastricht, Niza, etc.) y dibujar la Europa política. Uno de los propósitos de este paso es acallar las críticas que desde la “izquierda” se realizaban al décalage existente entre la Europa social y la Europa económica y del libre comercio.
Y parte de la “izquierda” lo vive como un triunfo. No importa que ninguna de las enmiendas propuestas desde los ámbitos sociales y progresistas se haya incorporado, ni que la derecha mundial se esté frotando las manos de satisfacción. Parece que en esta constitución cabemos todos: como dice la Confederación Europea de Sindicatos, “por fin tenemos una Constitución que recoge los derechos sindicales”.
Que los recoja para cargárselos debe ser secundario. ¿Cómo es posible que desde Bruselas se haya negado el derecho de los trabajadores a la negociación colectiva en IZAR y ninguno de los representantes sindicales haya puesto el grito en el cielo? La Comisión Europea ha hecho lo que no se le permitiría a ningún gobierno: desautorizar el acuerdo entre trabajadores y empresarios e imponer a los primeros las posiciones de partida de la patronal. CCOO y UGT se han quejado de la actitud de la SEPI, pero ni una palabra contra la Comisión. Lo mismo ha ocurrido en el caso de Renfe y la lucha de los trabajadores contra la privatización.
Con una actitud similar, la mayor parte de la izquierda parlamentaria europea presenta la Constitución como un logro propio (ignorando o ocultando que el logro es de Giscard d’Estaing, la derecha de la derecha), y se regodea de satisfacción recitándonos los grandilocuentes artículos de la Carta de Derechos.
Que todos los principios planteados en esta Carta de Derechos sean después invalidados en la III parte, la de Políticas Comunitarias, también debe ser secundario.
Los argumentos
Cualquier persona comprometida con la justicia social y la paz que lea la Constitución no puede hacer menos que reconocer que, si sale adelante, supondrá una catástrofe para los derechos políticos, sociales y laborales labrados con el sudor de las luchas del último siglo, que serán sustituidos por una dictadura de los intereses empresariales -eso sí, embellecida con algunas referencias cosméticas a los “valores”, “principios” y “derechos”.
Ante este panorama, el “sí” apasionado de la izquierda europea, que vende esta Constitución como un triunfo y un primer paso (hacia no se sabe dónde), lo que parece significar es la bancarrota política de este pseudo-progresismo pro-empresarial que dice representarnos para someternos.
¿Cómo puede ser una victoria para la izquierda el blindaje del neoliberalismo como modelo político, cultural y económico de la UE? ¿O la desaparición del derecho al trabajo? ¿O la construcción de una Europa militarista que compita con EEUU? ¿O la destrucción de lo público en pro de una mayor competitividad y rentabilidad empresarial?
Las voces que, desde este supuesto progresismo, defienden el “sí” a la Constitución, lo hacen muchas veces motivadas por el miedo: un miedo que no es otro que el de ir a contracorriente, el de preferir ser medio derrotado a serlo por completo. Estas voces se alzan en defensa del “mal menor”, cuando el verdadero mal menor es que esta Constitución no se apruebe y tengamos la posibilidad de deslegitimar este proyecto europeo empresarial y anti-social.
Otro de los argumentos que se esgrimen es el de la necesidad de que la UE sea un contrapeso a EEUU, pero sin articular un modelo alternativo –al contrario: esta Constitución supone el encumbramiento del modelo económico estadounidense, y no una alternativa. Pretender que la UE sea un contrapeso de EEUU utilizando sus mismas armas no sólo es imposible, sino que supone también un desastre a nivel social.
Del “sí” al “sí crítico”, y viceversa
Existe una izquierda (la socialdemócrata, los PS) que parece que ya no se ruboriza por nada, y que defiende apasionadamente el “sí”. Es la izquierda que no le quitaría ni una coma al Tratado, y que no está dispuesta a luchar por unos puestos de trabajo que ellos tienen asegurados, ni por unos servicios públicos que no utilizan, ni por unos derechos que ellos pueden comprar. Saben lo que supone la aprobación de una Constitución que es Constitución, Ley y Reglamento a la vez sin que haya habido ninguna participación democrática en su elaboración, pero lo importante es mantener la silla y no dejar de representar los intereses de este agente social todopoderoso que representan los “creadores de riqueza” (los empresarios).
Pero hay también otra izquierda, la que aún pretende tener un pie fuera del parlamento, que se mueve entre el moralismo, la ignorancia y la deshonestidad. Es la izquierda de la resignación, la que confunde y desmoraliza, la que quiere convertidos en descreídos de lo que ellos han dejado de creer. La que es capaz de aceptar el paradigma de la “economía social de mercado altamente competitiva” y envolvérnosla con papel de victoria. De hundirnos en la culpa con argumentos del tipo “Le Pen también votará ‘no’”. De convencernos de que votemos por el “sí crítico”, cuando el 20 de febrero las opciones son “sí” o “no”, y nadie va a preguntarnos jamás qué matices hubiéramos querido añadir. Y cuando votar críticamente algo que es irreformable (ninguna de las disposiciones sociales del Tratado puede ser modificada sin la aprobación por consenso de los 25 países miembros -algo prácticamente imposible) y que el propio Giscard d’Estaign ha dicho que es una Constitución para los próximos 50 años, es poco menos (perdonen la dureza) que una estupidez.
El “no” posible
El verdadero primer paso hacia un destino que merezca algo la pena es el “no” al Tratado Constitucional. De la misma forma que las movilizaciones antiglobalización de los últimos años han conseguido deslegitimar las instituciones financieras internacionales, la tarea que se impone hoy es la deslegitimación de la Europa del Capital y la Guerra. Debemos dejar de teorizar la impotencia y la dificultad para empezar a reconocerlas y buscar formas de superarlas.
Se imponga lo que se imponga el 20 de febrero, las diferentes Campañas contra la Constitución Europea son ya experiencias en una de las tareas más importantes de los movimientos de resistencia: la difusión de las ideas, prácticas y paradigmas alternativos. Gane quien gane, el Tratado Constitucional seguirá adelante, pero todos los votos del “no” supondrán una aproximación a la configuración y magnitud de la disidencia, y nos darán pistas de las fuerzas con las que contamos para empezar a librar la batalla por un mundo al servicio de las personas, y no del capital.
Recursos útiles:
http://noconstitucioeuropea.pangea.org
www.rebelion.org/seccion.php?id18
www.nodo50.org/noconstitucion
www.europa.eu.int/constitution
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