Antiguas memorias (Segunda Parte) – julio de 1951

Junio 2009

“Tengan cuidado, muchachos”, nos advirtió. “Hay gente en el camino que no tiene las mejores intenciones cuando recogen a un par de jovencitos”.

En 1950, el Buró del Censo de EEUU estimaba que la población era de poco más de 150 millones, 3 millones de los cuales estaban desempleados. California, con 19,6 millones, era el segundo estado más populoso (Nueva York el primero, con 14 millones). Nevada tenía la menor población, 182 000).

El sheriff de Winslow, Arizona estaba hablando con un asistente acerca del tercer juego sin hits de Bob Feller (contra Detroit, una semana antes, el 1 de Julio), mientras nos liberaba de la celda temprano por la mañana. No nos ofreció desayuno --aunque los frijoles fritos y el pan reseco no lucían muy apetitosos. Por aquellos días, los sheriffs recibían dinero para alimentar a los prisioneros y lo que no se gastaba iba a parar a sus bolsillos --decían los prisioneros. Al menos nadie robó nuestro dinero ni trató de violarnos.

“Tengan cuidado, muchachos”, nos advirtió. “Hay gente en el camino que no tiene las mejores intenciones cuando recogen a un par de jovencitos”.

El limpio aire de la mañana con el fondo del desierto y las montañas nos anonadó.

“Nunca he estado en esta parte de la ciudad”, bromeó Harvey mientras levantábamos el pulgar al cielo azul.

“Cuando el sol en la mañana se asoma por las colinas”, cantó Harvey. “Y besa las rosas en mi ventana”.

“Mi corazón se llena de alegría cuando escucho el trino”, respondí tratando de imitar a Patti Paige.

“De las aves en los árboles de la Colina del Sinsonte”, terminamos más o menos al mismo tiempo.

Cantamos canciones comerciales que oímos en la radio: “Dime, preciosa, qué estas cocinando” y “En la cima de Old Smokey” --mientras esperábamos que alguien nos recogiera.

“Voy a ser vendedor y hacer dinero enseguida”, alardeaba Harvey. “Vive rápido, muere joven y deja un cadáver bien parecido”, citó al héroe pandillero del filme Toca a cualquier puerta, basado en la novela de Willard Motley. Esperó por mi respuesta a esas palabras que había repetido interminablemente. “¿Y qué vas a hacer?”, me preguntó.

Yo no tenía ni idea. ¿”Quieres decir cuando salga de la Infantería de Marina?”

“Sí, como quieras”. Yo me encogí de hombros y sugerí que viéramos el Bosque Petrificado, un corto desvío al nordeste. Discutimos, pero finalmente Harvey estuvo de acuerdo. Un mexicano que casi no hablaba inglés nos dio un aventón. Nos enseñamos mutuamente palabras y frases.

Mi español aprendido en secundaria era el equivalente de su inglés.

“Vaquero”, proclamó orgullosamente. “Cowboy”, tradujo.

“Millonario,” dijo Harvey. “¿Cómo se dice ‘será pronto’?”

En el Bosque Petrificado, caminando entre árboles huecos, Harvey declaró: “No me asusta”. Él había visto el Desierto Pintado y dicho: “Necesita una mano de pintura”. Unos pocos turistas examinaban los troncos huecos de los árboles. Un padre explicaba a su hijo: “Imagínate, ¡hace un millón de años!” No me lo podía imaginar. Observamos las tallas en la piedra arenisca. El letrero decía: “Estos petroglifos datan del año 1000 a 1300 A.C.” Miramos los primitivos grabados de animales y otros objetos. “Los hubieran suspendido en la clase de Arte”, dijo Harvey.

Compramos tarjetas postales y las enviamos al corredor de apuestas de la cuadra para demostrar que habíamos estado allí, y también a un par de muchachas de la cuadra --alardeando. Telefoneé a casa.

Mi madre respondió, con la histeria en su voz, “¿Por qué? ¿Dónde?”

Tontamente, le dije la verdad y ella chilló: “¿La cárcel? ¿Qué hiciste?”

Mi padre se puso al teléfono. “Qué bien”, dijo sin saludar. “Ahora tienes antecedentes penales. ¿Qué hiciste para que te arrestaran?”

Le conté lo que sucedió. No me creyó.

“No meten a la gente en la cárcel así como así”, dijo. “Cuéntamelo todo”.

Repetí la historia. Él repitió lo suyo. Colgué sintiéndome frustrado.

“Te dije que no llamaras”, dijo Harvey.

Nos dieron un aventón en un Henry J que traqueteaba y chirriaba cada vez que el joven vaquero que lo conducía alcanzaba las 50 millas. Pasamos por Two Guns y Twin Arrows y vimos los carteles que anunciaban el Gran Cañón. “¿Quieres verlo?”

“¿Es católico el Papa?”, respondió Harvey

El vaquero rio. “Si me compran dos dólares de gasolina (nueve galones) los llevo”.

“Aceptamos”, gritamos los dos. Teníamos $10 dólares entre los dos. Se dirigió al norte y miramos maravillados.

El joven vaquero nos contó de cuando su abuelo vino de Irlanda a trabajar en una mina de cobre y usó la Carretera 66. “Terminó trabajando en el ferrocarril, que sustituyó a los camellos”.

Sonreímos escépticos.

“Después de la Fiebre del Oro”, explicó, “El gobierno iba a construir un ferrocarril desde Arkansas a Los Ángeles, y enviaron a un oficial del Ejército a que trazara la ruta y usaron camellos de África en una de esas expediciones (Cuerpo de Camellos de Beale, 1857). Pues los camellos no saben la diferencia entre la arena de Egipto y la arena de Arizona. Aún no me explico por qué los camellos no sustituyeron a los caballos. Me hubieran podido contratar para domar camellos en vez de caballos”. Se rió. “¿Se imaginan la Guerra Civil con los generales montados en camellos?”

Le pregunté por qué no estaba en Corea.

“Accidente de rodeo”, explicó. “Me echó a perder una rodilla de tal manera que no pude pasar el examen médico. Mi hermano menor está allá. Dice que no es como en casa, si entienden lo que digo”.

Nos despedimos del vaquero en Williams, justo al este de Flagstaff. Nos dio pases para un rodeo en el que aseguraba que iba a ganar un premio “luchando con un toro”. Lo felicitamos por su valentía.

Harvey y yo casi nos congelamos mientras caminábamos por la carretera, vestidos de camiseta, los pulgares en alto, tarde en la mañana. Ascendimos con el frío viento de la montaña que se escabullía entre los elegantes pinos, se colaba por nuestros pantalones, subía en espiral por las piernas, penetraba en las partes pudendas, reptaba por la columna vertebral y chasqueaba como dedos en el cerebro.

Más tarde hablamos de cómo la vista de las montañas, mesetas y desiertos había alterado nuestra estrecha visión del mundo que considerábamos una gran Ciudad de Nueva York con las Montañas Catskill para las vacaciones, por supuesto. Nuestra visión política se había desarrollado igualmente.

“En cuanto me gradúe”, le dije a Harvey, “voy a alistarme

Harvey se encogió de hombres. Su hermano mayor estuvo en el Ejército al final de la 2da. Guerra Mundial y le dijo de manera franca: “El Ejército no sirve”.

Conseguimos fácilmente aventones sucesivos desde Winslow hasta Los Ángeles, cabeceando en la cabina de un camión. El calor del desierto entraba por las ventanillas de la cabina del camión. El conductor puso la radio y oímos hablar de Owen Lattimore, un ex alto funcionario del Departamento de Estado. ¿Acaso era un espía rojo, un tonto ingenuo o una víctima de Joe McCarthy?, preguntaba el locutor, Imaginen a la máxima autoridad en Asia como agente comunista que trabajaba para Moscú y Pekín. Sonaba aterrador.

“¿Qué creen ustedes, muchachos?”, preguntó el anciano camionero. (No tendría más de 50.)

Yo no tenía opinión. “Hay que fusilar a todos los espías”, dijo Harvey. “Especialmente a los comunistas”.

El camionero se detuvo en Las Vegas. “Población 24 624”, decía el cartel. Otro cartel había indicado el camino al noroeste hacia el Campo de Pruebas Atómicas, donde la Comisión de Energía Atómica (AEC) había detonado ese año una bomba A. La AEC aseguraba a todos que la radiación resultante no afectaría la salud humana. ¡Y los cerdos volarán el mes próximo!

En medio del desierto, los letreros lumínicos creaban un aura grotesca. “Gran Inauguración”, decía el anuncio frente al Desert Inn (abrió en 1950). El camionero pasó lentamente por la calle principal, casinos, hoteles, bares y unas cuantas calles pavimentadas, con nuevas casas de un piso los lados. No vi a nadie por las calles. No era de extrañar. La reacción al calor y al polvo abrumaba mis otros sentidos. “Tengo que jugar mi número de la suerte”, dijo mientras lo seguíamos en la bochornosa noche de julio y entramos al casino con aire acondicionado.

Harvey yo encontramos las máquinas de cinco centavos antes de que nos detectaran los guardias de seguridad. Hombres y mujeres como robots halaban la palanca de los bandidos de un solo brazo. Cling, clang, ding, dong y el sonido ocasional de monedas cayendo en la bandeja. Antes de que nos pidieran identificación, Harvey ganó $1,40; Yo perdí un dólar. El camionero tenía una sonrisa en su rostro.

“Perdí otra vez”, dijo. “Algún día, algún día, algún día…”

Realizador, periodista y escritor

Saul Landau, investigador sénior y ex director del TNI (1976), es un renombrado realizador, periodista y escritor. Landau escribe una columna semanal sobre política nacional y exterior de los Estados Unidos y ha producido más de cuarenta película sobre cuestiones sociales, políticas, históricas y de derechos humanos.

Sauld ha escrito 14 libros; el último, se titula A Bush and Botox World (Counterpunch, 2007). Obtuvo el premio Edgar Allen Poe Award por Assassination on Embassy Row, un informe sobre sobre el asesinato en 1976 del embajador chileno Orlando Letelier y su compañera, Ronni Moffitt.

Es catedrático honorario en la Universidad Estatal de California en Pomona. Gore Vidal afirma que "Saul Landau es un hombre del que encanta robar ideas".