Aterriza como puedas

Gemma Galdon Clavell y Wilbert van der Zeijden
Febrero 2006

Proyectos militares multimillonarios como el del F-35, aunque se presentan como una gran oportunidad de avance tecnológico y, en última instancia, paz, sólo sirven para traspasar fondos públicos a empresas privadas... y usar el dinero de los contribuyentes europeos para impulsar la economía de EEUU.

En 2001, cuando el temor de una recesión mundial reinaba en las economías occidentales y muchos gobiernos recurrieron a la industria armamentística y al gasto militar para impulsar la economía, EEUU, Gran Bretaña y varios países decidieron empezar a desarrollar el Cazabombardero Conjunto F-35, (un avión diseñado para apoyo aéreo, bombardeo táctico y combate aire-aire) para sustituir los obsoletos Harriers y los convencionales A-10 Thunderbolt II, F/A-18 Hornet y F-16 Fighting Falcon. El contrato multimillonario se concedió a Lockheed Martin Corporation. Lockheed, con sede en Maryland (EEUU), el mayor fabricante de armas del mundo, seguido de Boeing (Chicago) y Northrop-Grumman (Los Ángeles), y una de las empresas favoritas del gobierno Bush.

Aunque en aquel momento había otro proyecto independiente de cazabombardero europeo en una fase de desarrollo avanzado, el Eurofighter Typhoon -en que participaban Gran Bretaña, Alemania, Italia y España-, que tenía mejores prestaciones y menor coste, algunos países europeos optaron por el nuevo proyecto. Así, EEUU consiguió que Gran Bretaña, Italia, los Países Bajos, Dinamarca y Noruega destinaran fondos al F-35.

Los ocho países que colaboran en la primera fase del programa -diseño y desarrollo de la tecnología- lo hacen en tres niveles, según su compromiso económico con el proyecto, el grado de transferencia tecnológica y los subcontratos abiertos a licitación por empresas nacionales, y el orden general en que los países pueden obtener aviones de fabricación. Gran Bretaña es el único socio de nivel I, con una aportación que supera ligeramente los 2.000 millones de dólares. Los socios de nivel II son Italia y los Países Bajos, que aportan 1.000 millones y 800 millones de dólares respectivamente. En el nivel III están Turquía (175 millones), Australia (144 millones), Noruega (122 millones), Dinamarca (110 millones) y Canadá (100 millones). Israel y Singapur son Participantes de Cooperación en Seguridad.

El trato perfecto para EEUU

Este es el trato: el Congreso de EEUU aprueba aumentar el gasto que requiere el F-35 con la condición de que otros países cubran gran parte del coste. Para que dichos países contribuyan con cantidades significativas, el gobierno de EEUU les promete contratos, tecnología y, por supuesto, la posibilidad de formar parte del "eje del bien". Así que ocho países pagan a EEUU para que haga negocios con sus empresas, traspasando fondos públicos del Estado a su industria tecnológica y armamentística nacional a través de EEUU y Lockheed Martin. No obstante, parece que en los últimos cinco años los fondos han perdido el billete de vuelta. El 11 de noviembre de 2005, el gobierno noruego emitió un comunicado que anunciaba que "el Gobierno efectuará un minucioso estudio de la participación de Noruega en los programas del F-35 y el Eurofighter, poniendo especial acento en clarificar y cuantificar la relación entre el coste de la participación y los beneficios resultantes para la industria noruega". En otras palabras: ¿dónde están los contratos prometidos? Pero esto no es todo. En el Congreso de EEUU ha aumentado la oposición a traspasar conocimientos a otros países, incluso aliados, y ahora Gran Bretaña se queja del secretismo y la falta de predisposición de los encargados del programa a aceptar un acuerdo de plena cesión de tecnología. Mike Turner, director ejecutivo de BAE Systems, el contratista británico del proyecto, ha protestado porque EEUU no ha dado al Reino Unido acceso al código fuente del software del avión, lo que les imposibilita mantener y modificar el F-35.

Demasiado viejo y demasiado caro

Pero el timo va más allá. Detractores del programa aseguran que el F-35 tiene objetivos de diseño mal definidos, que su alcance no le permite ser un buen sustituto para un bombardero, que su incapacidad de volar a velocidad supersónica limita su plataforma de defensa aérea, y que probablemente sufrirá largos retrasos de desarrollo y superará las previsiones presupuestarias, lo que significa que se deberán adquirir modelos intermedios para llenar el vacío entre el fin de la vida útil de las flotas actuales y la introducción del F-35. Además, se espera que los cazabombarderos de nueva generación sean muy distintos y no necesiten un piloto humano, cosa que, en caso de construirse algún día, nunca sucederá con el F-35. Y por último, la capacidad del F-35 para despegar y aterrizar verticalmente, y para mantenerse inmóvil sobre tierra es algo que sólo necesitan las fuerzas áreas estadounidenses y británicas, que son precisamente los países que están reduciendo sus compras. El ejército del aire y la armada de EEUU han reducido sus previsiones de compra de 3.006 unidades a 2.240, disparando así el coste estimado de cada avión entre 5 y 10 millones de dólares, señalan los analistas. "Si cuesta demasiado, no sirve", declaró en septiembre de 2005 el contralmirante Steven Enewold, director ejecutivo del programa del F-35 de la armada de EEUU.

Los retrasos de desarrollo y el rebase de los costes ya son realidad, y el presupuesto inicial de 33.000 millones de dólares aumentó hasta los 41,5 millones en octubre de 2005, "principalmente debido a la revisión anual de las previsiones de inflación [del ministerio de Defensa]", indicaron funcionarios del programa F-35.

Todo esto ha llevado a algunos países a replantearse la participación en el proyecto del Cazabombardero Conjunto. Sin embargo, ya se han realizado grandes inversiones y abandonarlo supondría perder cantidades astronómicas de fondos públicos.

¿Dónde está el dinero?

Así, cinco años después de iniciarse la fase de desarrollo, el único país que sigue entusiasmado con la iniciativa es EEUU. Y no es de extrañar. Consiguió que los europeos pagaran una parte considerable de los costes de desarrollo y, al mismo tiempo, mantener el control absoluto sobre el proceso y quedarse con todo el software importante. Los contratos más suculentos de desarrollo e investigación han ido a parar a Lockheed y a una serie de contratistas secundarios de defensa de EEUU. La tan citada transferencia de alta tecnología funcionó, aunque no en la dirección esperada, porque son los contratistas europeos los que están transfiriendo su tecnología a EEUU a través del desarrollo de piezas del avión para las que consiguieron el contrato. Además, EEUU ha podido impulsar sus exportaciones con la ayuda de todos esos simpáticos jefes de Estado europeos. Y el no va más: el F-35 minó el proyecto de avión europeo, el Eurofighter, evitando así una situación vergonzosa por la que la base tecnológica europea para los cazabombarderos habría resultado mejor que la estadounidense.

Los únicos ganadores del juego son el gobierno Bush y Lockheed Martin. Para los europeos ha sido un proyecto destinado al fracaso desde el principio. Poca rentabilidad; dudas sobre el producto final; un largo debate en la UE sobre lealtades. En realidad, británicos, italianos, neerlandeses, noruegos y daneses han estado apostando por el caballo equivocado. Y no es que no se les previniera. En todos esos países, hubo una fuerte oposición que advirtió de todos los riesgos antes y durante los procesos de toma de decisión política.

Puede que sea hora de enfrentarnos a nuestros gobiernos y preguntarles dónde está el dinero de nuestros impuestos. Aunque no será fácil que nos expliquen que se fue a la economía militar de EEUU y, más concretamente, a los libros de contabilidad del mayor productor mundial de armas: Lockheed Martin.