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La alianza de Estados Unidos con Brasil, Sudáfrica, India y China en la Conferencia de Naciones Unidas, celebrada en Copenhague sobre el cambio climático, en diciembre 2009 fue una sorpresa anunciada.
El grupo denominado BASIC, por las siglas de sus miembros, apoyó a Washington para diluir los compromisos sobre reducción de emisiones contaminantes, reducir la ayuda propuesta a países en desarrollo y no fijar una fecha límite para la entrega de esos fondos. Pese a que casi todo el mundo señaló que la Conferencia de Copenhague fue un fracaso, India declaró que el “grupo BASIC ha emergido como una fuerza potente en el marco de las negociaciones sobre cambio climático”.
Pero el nacimiento de esa fuerza no estuvo exento de problemas. La relación entre los BASIC y Estados Unidos no fue cordial, sino más bien un acuerdo de compromiso entre diferentes intereses. Dos días después de la Conferencia los gobiernos de Brasil y la India se desmarcaron indicando que el acuerdo no vinculante al que se había llegado en Copenhague era limitado. Brasilia dijo que no satisfacía las demandas de los países del Sur mientras que Sudáfrica lo consideró “inaceptable”.
El país que impuso las condiciones fue China que mantuvo una posición de fuerza y aprovechó que el presidente Barak Obama tenía que mostrar al Congreso de su país que había llegado algún tipo de acuerdo con Beijing. Los congresistas estadounidenses temen que Estados Unidos limite sus emisiones contaminantes mientras que China gana posiciones industriales y comerciales. Otros países como Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Sudán ayudaron a China al bloquear todo acuerdo final.
Pese las discrepancias, la realidad es que las denominadas potencias emergentes no quieren que se les ponga ningún límite a sus planes de industrialización y utilización de recursos naturales. La coincidencia con Estados Unidos es táctica: este país no quiere tampoco límites aunque el presidente Barak Obama llevaba a Copenhague algunas propuestas de reducción de emisiones de dióxido de carbono en un 17% para el año 2020.
Pero esa coincidencia de corto plazo tiene también un cierto alcance estratégico. La potencia con más rechazo a aceptar límites multilaterales y las nuevas potencias globales están definiendo, en gran medida, el nuevo orden internacional. Un orden impreciso, en formación y con arquitectura variable. Copenhague fue un claro ejemplo.
Estados Unidos continúa siendo la primera potencia militar mundial, pero tiene que pactar con los emergentes y llegar a acuerdos con Rusia y China en campos como el cambio climático. Europa contaba un plan de reducción pero no quiso o no pudo lograr que otros países le apoyaran. Entre tanto, los emergentes han hecho, como en otros temas, pactos y alianzas circunstanciales mostrando que tienen la llave en las negociaciones multilaterales.
Como escribió Andrew Ward en el periódico Financial Times: “La conferencia de Copenhague será recordada como el momento que definió el nuevo mundo multipolar; un mundo caótico en el que ningún bloque de países es suficientemente fuerte para prevalecer sobre otros”. En la misma dirección, Richard Haas, presidente del think-tank Council on Foreign Relations indica: “El mundo de hoy experimenta cada vez más un poder distribuído antes que una concentración de poder”.
A partir de la crisis financiera que comenzó en 2008 el sistema internacional está evolucionando, así mismo, hacia un nacionalismo financiero que en algunos casos tiene características populistas. La formación del Grupo de los 5, integrado por China, Brasil, Sudáfrica, India y México, es un signo de esta tendencia.
En agosto de 2009 el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz abogó por un sistema de divisas sin el dólar como base. “El billete verde no es un buen depósito de valor”, comentó en una conferencia en Tailandia. Dado el déficit público de su país, Stiglitz considera que “resulta muy duro tener un sistema global financiero integrado basado en una divisa en singular cuando existen algunas incertidumbres sobre el destino económico de este país”.
Unos meses antes, el presidente brasileño, Luiz Inàcio Lula da Silva, propuso durante una visita a China que una de las soluciones para la crisis financiera global sería abandonar el dólar como divisa internacional a favor de las monedas locales. El fortalecimiento de las divisas propias, dijo, permitiría abaratar el coste de las transacciones comerciales.
El cuestionamiento al dólar está vinculado al crecimiento del número de miembros en los foros del poder mundial. En 2009 el G 20 reemplazó al G 9 mientras que algunos analistas se preguntaban si el verdadero poder no estaría en el G 2: China y Estados Unidos.
Sin embargo, la revista The Economist anunció que “La formación del grupo de líderes mundiales en el G20 será posiblemente la consecuencia más duradera de la crisis financiera de 2008”. El grupo de los 8 principales países industriales, más Rusia, ya es la encarnación del poder mundial. En términos económicos, tres miembros del G20 (China, Brasil e India) representan el 85% de la productividad mundial.
En junio de 2009 los líderes del grupo denominado BRIC (Brasil, India, Rusia, India y China) se reunieron en Moscú con el objetivo de coordinar la forma de ejercer más control sobre el sistema financiero mundial. Todos coincidieron en la necesidad de revisar que el dólar continuase, por el momento, siendo la principal divisa en los intercambios comerciales mundiales. Entre ellos, Brasil, India y China han sorteado la crisis financiera de 2008 mejor que los países industrializados.
Pero los BRICS, al igual que los miembros del grupo IBSA (India, Brasil y Sudáfrica), tienen muchas diferencias entre sus sistemas productivos y modelos de crecimiento. China exporta manufacturas a Occidente, Rusia vende energía, Brasil es una gran exportador agrícola e India basa su poder en un amplio mercado interno.
Cada uno de los BRICS tiene, a la vez, relaciones particulares con Estados Unidos y Europa. Pero les une algo en común: cada uno defiende sus intereses geopolíticos. Brasil busca ser un socio crítico desde su posición de poder indiscutido en la región, mientras que India tiene una fuerte alianza con Washington sobre traspaso de tecnología nuclear a la vez teme que Obama fortalezca demasiado militarmente a Pakistán, su contrincante regional.
En el caso de Rusia, la élite civil militar en Moscú quiere recuperar el papel de gran actor internacional para su país, fortalecer la relación con antiguos aliados tradicionales de la ex URSS, poner un freno a cualquier intento de afirmar un poder unipolar por parte de Estados Unidos, utilizar sus fuentes energéticas para contar con Europa como aliado estratégico, y ocupar un sitio geopolítico privilegiado entre Asia y el continente europeo.
Sudáfrica es el eslabón más frágil de los emergentes. Este país se ha visto debilitada en los últimos años por problemas políticos internos, como la corrupción, desempleo, divisiones en el African National Congress, y ataques xenófobos contra los inmigrantes de Mozambique y otros países, además de la persistencia de la pobreza y grandes desigualdades sociales. Pese a todo ello, Sudáfrica es la potencia de referencia para buena parte de Africa subsahariana.
En conjunto, los BRICS, los IBSA o los BASIC, en cualquiera de sus conjugaciones, no constituyen un bloque ideológico como fue el Movimiento de Países no Alineados en los años posteriores a la descolonización en el siglo XX. Entonces, diversos gobiernos que se identificaban con el nacionalismo y diferentes interpretaciones del marxismo impulsaron un movimiento post colonialista que pretendía resistir el avance de las multinacionales capitalistas y la influencia soviética a la vez que crear una “tercera vía”. Las divisiones entre los no alineados y la presión de la Guerra Fría dejaron a ese movimiento en una estructura sin contenido. Hoy la situación es diferente.
Alain Gresch, de Le monde diplomatique, indica: “ninguno de estos estados está animado por una ideología global, ninguno se presenta como un modelo alternativo. Todos han aceptado, en mayor o menos medida, la economía de mercado. Pero ninguno piensa transigir en sus intereses nacionales. Cada uno pelea por el control de sus materias primas minerales, que se han hecho más escasas y más caras, para proteger su capacidad de alimentar a su población con una producción agrícola insuficiente y amenazada por el calentamiento climático”.
La cooperación entre los emergentes no está sostenida sobre afinidades ideológicas sino en intereses comunes. El acuerdo entre India, Brasil y Sudáfrica de octubre de 2003 se orientó a mejorar el transporte y comercio entre ellos, intercambiar información sobre patentes y medicinas (una cuestión clave en el control de la ciencia y la tecnología global) y coordinar políticas comerciales.
El presidente Lula da Silva, por ejemplo, viajó a China para recibir la concesión de un préstamo de 10.000 millones de dólares del China Development Bank para la compañía estatal de petróleo brasileña, Petrobras. A cambio Brasil suministrará casi 200.000 barriles diarios de crudo a China antes de 2020. Una operación que presidente brasileño quiere preservar de las fluctuaciones de la débil economía estadounidense.
En los últimos años esa cooperación se ha ido ampliando entre los IBSA y los otros emergentes. La relación económica va unida a una política de neutralidad política que en ocasiones termina siendo un apoyo importante para gobiernos en apuros.
Sudáfrica, por ejemplo, se ha negado a condenar o aislar el régimen del presidente Mugabe en Zimbabue, China ha bloqueado resoluciones de la ONU contra el gobierno del presidente sudanés Bashir por su política represiva en Darfur. Y en abierta contradicción con Estados Unidos y parte de Europa, el presidente Lula recibió en noviembre pasado al presidente iraní Ahmenajad, un paso controvertido pero de afirmación de la independencia de Brasil para tratar con otras potencias del Sur.
El ascenso de las potencias emergentes está produciendo un cambio estructural en el sistema internacional. No se trata de una cuestión coyuntural ni un efecto de la crisis financiera. Las cifras de productividad indican un claro giro del poder desde Occidente a Oriente, reflejada en el poder económico de Japón, los dragones del Pacífico (Hong Kong, Taiwán, Singapur y Corea del Sur), el ascenso de Indonesia y el definitivo peso de China e India.
¿Pueden estos cambios desde la bipolaridad de la guerra fría a la multipolaridad producir tensiones violentas? El profesor Philip S. Golub, del Instituto de Estudios Europeos en la Universidad de Paris VII piensa que nada parará el cambio en curso:
“Las mutaciones estructurales son muy poco frecuentes en la historia. No es seguro que la mutación en curso se lleve a cabo sin golpes, dada la amplitud y la multiplicidad de desafíos internos y externos suscitados por el desarrollo y la modernización extraordinariamente rápidos de las regiones más pobladas del mundo. Pero salvo que ocurran choques exógenos o endógenos de gran magnitud, lo cual es poco probable, el cambio parece irreversible”.