De la negación del cambio climático a las alianzas de activistas

1 Diciembre 2009

Seattle ofrece una lección a los delegados africanos en Copenhague: al retirarse –junto con los manifestantes de la sociedad civil– e impedir la concreción de un acuerdo negativo en Copenhague el 18 de diciembre, podemos entre todos allanar el terreno para seguir avanzando.

Los preparativos para la cumbre del clima en Copenhague marchan según lo esperado, incluido un raro avistamiento de la columna vertebral erguida de las elites africanas. Este es un gran acontecimiento (probablemente decisivo) sobre el que profundizaremos enseguida.

Mientras los activistas ayudan a subir la temperatura de las calles fuera del Bella Centre el 12, 13 y 16 de diciembre, adentro veremos a las elites del Norte armadas defensivamente con patéticos recortes de emisiones no vinculantes (Obama en un nivel de apenas 4% por debajo de los niveles de 1990), con el comercio de carbono, y sin dinero para el pago de su deuda ecológica con el Sur.

Lo primero y lo tercero son suficientemente lamentables pero lo segundo es lo que representa el peor desvío de la tarea crucial para reducir las emisiones. Una película de nueve minutos publicada en Internet el martes primero de diciembre -“The Story of Cap and Trade” - ofrece todas las municiones que se necesitan para entender y criticar el comercio de emisiones , y para buscar soluciones genuinas.

El 20 de noviembre apareció en escena una nueva distracción importante, cuando unos hackers publicaron correos electrónicos muy complicados provenientes de la Unidad de Investigación Climática de la Universidad de East Anglia (UEA). Lo que he logrado entender de The Guardian y Enviroknow en términos generales es que:

  • los investigadores de la UEA eran académicos egocéntricos ultra-competitivos que por momentos fueron torpes –un riesgo ocupacional que puede aplicarse con certeza a la mayoría de nosotros, sólo que en casos como este donde hay mucho en juego su estupidez se amplifica de manera exponencial;
  • pero unos pocos académicos tontos en su ética laboral no revierten la comprensión universal que tienen los científicos con respecto al cambio climático, y
  • los que quieren que el mundo se distraiga y no llegue a la raíz de la crisis del clima, bien pueden resultar muy favorecidos con el escándalo de la UEA y aprovecharlo al máximo, lo que a su vez nos obliga al resto de nosotros a redoblar nuestros esfuerzos.

Phil Jones, el inexcusable investigador de la UEA, parece pensar que como los negadores del cambio climático han sido un dolor de cabeza (desde 2001), estaba bien ocultar datos científicos (pagados por los contribuyentes) y evitar destinar un tiempo valioso a analizar argumentos de unos locos: “inicialmente, al comienzo, sí intenté responderles con la esperanza de convencerlos, pero luego me di cuenta que era una esperanza absurda y rompí la comunicación!”.

Miren, donde yo vivo, en Durban, Sudáfrica, hemos tenido experiencias horribles con dos tipos de negaciones que amenazan la vida humana: el apartheid y el SIDA:

  • hace muchas décadas, los que negaban el apartheid insistían en que los sudafricanos negros vivían mejor que los negros de cualquier otra parte de África, que las sanciones anti-apartheid solamente afectaban a los negros y no favorecían el cambio, y que si los negros asumían el gobierno iba a ser la ruina de Sudáfrica, y que a los blancos se les expropiarían todas sus riquezas; y
  • entre aproximadamente 1999 y 2003, los negadores del SIDA insistían fuertemente en que el VIH y el SIDA no estaban vinculados, que las medicinas para el SIDA eran tóxicas y que no iban a solucionar nada, y que el cabildeo de los activistas a favor de los medicamentos simplemente era una estrategia de la CIA y las grandes empresas farmacéuticas (el “negador en jefe” Thabo Mbeki hoy es acusado por muchos por el genocidio de unas 350.000 personas, cuyas muertes no eran inevitables, y que podrían haberse salvado si no se hubieran retenido los medicamentos contra el SIDA durante su presidencia).

En ambos casos, como con el cambio climático, el papel de los “negadores”·fue reforzar las fuerzas del status quo del Estado y el capital. No fueron otra cosa que vendedores ambulantes de intereses creados. En ambos casos fueron derrotados, gracias a que se desarrolló un activismo social vigoroso que:

  • luchando contra la negación del apartheid, durante la década de 1980, el Frente Democrático Africano, el Congreso Nacional Africano y otras fuerzas de liberación se dieron cuenta que el principal daño de los negadores era su oposición a la presión de las sanciones /desinversiones. Así que intensificamos nuestros esfuerzos y en agosto de 1985 logramos el avance decisivo necesario cuando los bancos de NY retuvieron las líneas de crédito de Pretoria, y de esta forma forzaron una división entre los gobernantes del Estado afrikaner y los capitalistas blancos angloparlantes. A los pocos días, estos últimos viajaban a Lusaka para entrevistarse con el liderazgo del CNA en el exilio, y luego en los siguientes ocho años ayudaron a liberar al Estado de las garras del nacionalismo afrikaner, y realmente hoy en Sudáfrica tendríamos que buscar mucho y sería difícil encontrar una persona blanca que admita que alguna vez defendió el apartheid;
  • en lo que refiere al SIDA, la Campaña de Acción por el Tratamiento demostró que la mezcla del activismo local y el internacional fue suficientemente fuerte como para romper el monopolio de los derechos de propiedad intelectual de la gran industria farmacéutica y también para demoler la oposición de los gobiernos de Estados Unidos y Sudáfrica, una historia que merece su destaque más adelante en este artículo. En resumen, en 2003, la troupe de los negadores del SIDA que rodeaba a Mbeki perdió ante la presión de las masas en la calle, el ridículo y los argumentos jurídicos, y hoy casi 800.000 sudafricanos y millones más en otras partes del mundo tienen acceso a los medicamentos.

Espero que cuando analicemos retrospectivamente a los negadores del cambio climático los juzguemos como apenas una extravagancia momentánea en la racionalidad humana, que en última instancia no tuvo mayor influencia. El peligro real proviene de las empresas de combustibles fósiles que, al igual que las grandes tabacaleras hace décadas, saben muy bien cuál es el potencial letal de sus productos. Su objetivo es colocar un grano de duda en nuestras mentes, y los negadores del cambio clima resultan entonces muy útiles.

Las empresas de combustibles fósiles –especialmente BP, Shell, Chevron y ExxonMobil- no sólo financian centros de estudios estratégicos negadores del cambio climático y grupos de incidencia artificiales (como la Global Climate Coalition). Además apoyan a miembros del Congreso estadounidense, como Rick Boucher de Virginia, que enérgicamente sabotean una legislación destinada a fijarle topes a las emisiones (las compensaciones, el comercio de carbono y otras distracciones sin contenido que aprobó el Congreso implican que no habrá reducciones netas en Estados Unidos en última instancia hasta fines de la década de 2030). También trabajan con grupos “verdes” grandes y establecidos –me viene a la cabeza WWF- para frenar el progreso medio ambiental.

Estas empresas son bastante más insidiosas que los hackers de correos electrónicos. Espero que no nos distraigamos más con el affair UEA y que esto sea un pequeño episodio de puesta en limpio de cierta suciedad académica que pase rápidamente al olvido en la papelera de nuestro torpe movimiento, que es adonde pertenece. De esta forma seremos capaces de fortalecer al movimiento, hacerlo más transparente, más riguroso, más democrático y mucho más militante en su esfuerzo por derrotar a la industria de los combustibles fósiles.

Una manera de hacerlo es repasar lo que pasó en Seattle hace exactamente una década, cuando se produjo el colapso de la Organización Mundial del Comercio (OMC) el 30 de noviembre de 1999. Allí los activistas de la sociedad civil y los líderes africanos aprendieron dos lecciones muy potentes. Nuestro compañero Dennis Brutus, que cumplirá 85 años el sábado, nos recordaba justamente estas dos lecciones que se desprenden de una de las semanas más extraordinarias de su asombrosa vida.

En primer lugar, que trabajando juntos, los líderes africanos y los activistas tienen el poder de desestabilizar el sistema de gobierno mundial que satisface los intereses de corto plazo del Norte global contra los intereses tanto del Sur global como los intereses de largo plazo de los pueblos que habitan el mundo y el planeta. En segundo lugar, que en el mismo acto de desestabilizar el mal gobierno mundial se pueden obtener concesiones importantes.

La espectacular protesta contra la ceremonia de apertura de la cumbre de la OMC es lo que más se recuerda de Seattle: los activistas impidiendo la entrada al centro de conferencias, una andanada de gases lacrimógenos y gas de pimienta, un mar de ventanas rotas y el despliegue de la fuerza policial municipal, objeto luego de procesamientos judiciales por haber violado las más básicas libertades civiles de los ciudadanos estadounidenses. (Ver el nuevo y excelente libro de David y Rebecca Sonit: The Battle of the Story of the Battle of Seattle -  para una interpretación de la interpretación) .

Eso pasaba afuera. Adentro del centro de convenciones, mientras se ponían en marcha con retraso las negociaciones, crecía la preocupación de los líderes africanos de que una mayor liberalización del comercio pudiera afectar sus muy débiles y pequeños sectores industriales.

El problema estaba claramente reconocido, ya que hasta la investigación del propio establishment indicaba que África sería el continente con las peores pérdidas netas en la aplicación del libre comercio dominado por las transnacionales. La representante comercial de Estados Unidos Charlene Barshevsky insultó reiteradamente a las elites africanas que plantearon este punto.

Con la excepción del ministro de comercio de Sudáfrica Alec Erwin, que tuvo el privilegio de ser protagonista de la Sala Verde para promocionar los intereses propios de Sudáfrica, las delegaciones de la Organización de la Unidad Africana (OAU, denominada desde entonces como Unión Africana) montaron en cólera rápidamente.

En palabras del ex sub-director general de la OAU V. J. McKeen “Los llevaron a cenar en un ómnibus, y luego los dejaron tirados allí para que volvieran caminando. Para contarles hasta qué punto esto fue así, les digo que cuando entramos a la sala para la reunión de nuestro Grupo Africano, no había servicio de intérpretes... así que hubo que improvisar. Pero entonces hasta lo micrófonos estaban apagados”.

Tetteh Hormeku de la Red de Comercio Africano de grupos de la sociedad civil, sigue contándonos la historia “Al segundo día de las negociaciones formales, los africanos y delegados de otros países en desarrollo estaban completamente marginados... [y amenazaron] con no dar su consenso necesario para lograr concluir la conferencia. A esa altura, incluso los estadounidenses y quienes los apoyaban en el secretariado de la OMC deben haberse dado cuenta de la inutilidad de estas “tácticas rudas””.

Al retirarse, la muestra de fuerte voluntad política de los africanos obtuvo concesiones importantes en la siguiente cumbre de la OMC, en Doha en noviembre de 2001. Al mismo tiempo, como el movimiento por justicia global comenzó a ampliarse hacia un movimiento anti imperialista en los inicios de la re-militarización de Estados Unidos pos-11 de septiembre, los activistas africanos ahondaron en desafíos locales extremos, como el combate al SIDA. En Doha, las elites africanas volvieron a unir fuerzas con los activistas.

En esa ocasión, el catalizador positivo fue una ley del gobierno sudafricano: la Ley de Medicamentos de 1997 que le permitió al Estado otorgar licencias obligatorias para la producción de medicamentos patentados. En 1998, se lanzó una campaña por los medicamentos para el SIDA, que una década atrás eran prohibitivamente caros –US$15.000 por persona por año- para casi todas las personas VIH positivas de Sudáfrica (alrededor del 10% de la población).

Esa campaña tuvo que enfrentar inmediatamente el ataque del Departamento de Estado estadounidense contra la Ley de Medicamentos sudafricana, que utilizó la táctica de ‘presión hombre a hombre en toda la cancha’, en palabras de los burócratas que testificaron ante el Congreso estadounidense. El objetivo de las elites estadounidenses era proteger los derechos de propiedad intelectual y detener el surgimiento de una oferta paralela de medicamentos para el SIDA baratos, que afectara los lucrativos mercados occidentales.

El entonces vice Presidente de Estados Unidos Al Gore intervino directamente ante los líderes del gobierno de Sudáfrica en 1998 y 1999, procurando que se derogara la Ley de Medicamentos. Posteriormente, a mediados de 1999, Gore inició su apuesta a la elección presidencial, una campaña generosamente financiada por las grandes empresas de la industria farmacéutica que ese año aportaron US$2,3 millones al Partido Demócrata.

En solidaridad con los sudafricanos, la US AIDS Coalition to Unleash Power comenzó a protestar en los actos de campaña de Gore, en New Hampshire, Pennsylvania y Tennessee. Las manifestaciones de protesta pronto empezaron a resultar más costosas para Gore debido a la publicidad negativa que la aportes de las grandes industrias farmacéuticas, por lo tanto, cambió de lado.

Con el aumento de la presión, e incluso durante el reinado del Presidente George W. Bush y su represivo representante de comercio Robert Zoellick (hoy presidente del Banco Mundial), el sistema de los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC) fue modificado en Doha a fines de 2001 para permitir que los medicamentos genéricos pudieran ser utilizados en emergencias médicas y sanitarias.

Esta fue una enorme victoria de África, que eliminó cualquier argumento para seguir negando las medicinas capaces de salvar sus vidas a las personas más pobres del planeta.

En 2003, con otro atroz acuerdo de la OMC sobre la mesa en Cancún, y 30.000 personas manifestando en su contra afuera, nuevamente el liderazgo africano no se sumó al consenso, dando por tierra así los planes de Estados Unidos y Europa de profundizar la liberalización. La OMC no ha logrado recuperarse aún de ese golpe.

Estos son los antecedentes necesarios para superar los tres enormes desafíos que enfrenta el Norte en Copenhague: la reducción de las emisiones en 2020 al menos en 45% (respecto de los niveles de 1990) a través de un acuerdo internacional vinculante; la desestructuración de los mercados de carbono y el artilugio de las compensaciones; y el pago de la enorme deuda ecológica a las víctimas del cambio climático.

Siendo realistas, la correlación de fuerzas adversa que hoy prevalece no permitirá victorias en ninguno de estos tres desafíos, mucho menos aún en los tres. ¿Cuál sería la respuesta lógica?

En Barcelona, a comienzos de noviembre, los negociadores africanos boicotearon las conversaciones pre-Copenhague, haciendo realidad la amenaza del líder de la AU Meles Zenawi en septiembre, ya que el Norte había puesto tan poco sobre la mesa de negociaciones.

De hecho, ésa es la principal lección de Seattle: al retirarse –junto con los manifestantes de la sociedad civil- e impedir la concreción de un acuerdo negativo en Copenhague el 18 de diciembre, podemos entre todos allanar el terreno para seguir avanzando.

Dos años después del fracaso de Seattle, se avanzó con el acceso de África a medicamentos que nos permiten salvar vidas. Debemos asegurar que no nos lleve dos años después del fracaso de Copenhague que África consiga acceso a reducciones de emisiones que permitan salvar vidas y el repago de la deuda del clima, conjuntamente con el abandono del comercio de carbono- pero son esas seguramente las batallas que nos esperan.

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