Aterricé en el Aeropuerto Internacional José Martí en mayo de 1960, 17 meses después de que un joven de barba y sus compañeros también barbudos hubieran tomado el control de la isla y hubieran hecho huir al odiado dictador. Los músicos tocaban una viva melodía mientras los pasajeros desembarcaban. Una joven me puso un trago con ron en la mano y yo me fijé en un joven de uniforme con barras de teniente en los hombros. Le di la nota que Raulito Roa (de la delegación cubana ante la ONU) me había dado en Nueva York, en la que decía que yo era un joven escritor progresista y que me ayudara a entender la revolución.
La velocidad con que hablaba Richard sobrepasaba mi poca comprensión del español, pero sí entendí que “la revolución ha abierto los prismas de esperanza en los ojos del pueblo cubano”, y que debía esperar a la puerta del Hotel Presidente a las 8 a.m. para que me recogieran para un viaje al oriente del país. Caminé por La Habana durante unas horas tratando de conversar con la gente. Tomé un trago con ron en el Club La Red y escuché a una cantante llamada La Lupe. Vi un anuncio de que Bola de Nieve estaba actuando en el Hotel Nacional, donde Meyer Lansky dirigió las operaciones de la Mafia hasta enero de 1959. Vi el letrero “Habana Libre” que se encendía y apagaba en lo alto del hotel que antes se hacía llamar Havana Hilton.
No escuché explosiones ni disparos en la calle, aunque la campaña terrorista de la CIA desde la Florida ya había comenzado. Caminé por el Malecón (el paseo junto al mar), junto a parejas que se besaban mientras otros pescaban.
Por la mañana, un jeep se detuvo frente al hotel, un joven preguntó mi nombre, se presentó como Julio, tomó mi maleta y me hizo señas de que subiera al jeep. Compartí el viaje junto con tres chilenos hacia el aeropuerto, rumbo a Santiago de Cuba, a unas 500 millas al Este.
¿Qué clase de revolución es esta?, pensé, llena de música y baile en un país católico --aún no me había dado cuenta de que la Santería desempeñaba un papel más importante que la Iglesia en la vida espiritual de la isla.
Marta, una de las chilenas, cuestionaba los crecientes vínculos de Cuba con la Unión Soviética, así como el papel cada vez más importante del Partido Comunista de Cuba en las decisiones revolucionarias. En las elecciones de 1959 para la jefatura de la central sindical cubana, Fidel personalmente había intervenido para evitar la victoria de David Salvador, quien era un decidido anticomunista. En la misma época, Fidel arrestó personalmente a Hubert Matos, quien era el jefe de la provincia de Camagüey. Matos había objetado la amplia reforma agraria y la creciente relación con Moscú.
El combativo lenguaje antiimperialista y antiyanqui de Che Guevara, por ejemplo, y los anteriores vínculos de Raúl Castro con el movimiento juvenil comunista habían provocado que tanto periodistas como congresistas norteamericanos cuestionaran el compromiso de Fidel con los propios axiomas de la Guerra Fría: el antisovietismo por encima de todo.
Ya en junio de 1960 viajamos por la campiña en las afueras de Santiago de Cuba y vimos las nuevas construcciones de la revolución y los proyectos para demoler los barrios insalubres. Solo oíamos alabanzas de los soviéticos de parte de los cuadros revolucionarios. El escepticismo de Marta crecía.
La Manzana de Gómez, un barrio insalubre de Santiago de Cuba, parecía interminable mientras caminábamos por el lodo y el limo, a cada lado chozas destartaladas hechas de cualquier sustancia desechada que uno pudiera imaginar. Un hilo de agua lleno de basura y heces fecales corría por el medio de la improvisada calle. Un hombre de mediana edad, aparentemente borracho, ofreció a los hombres chilenos y a mí una niña, de 13 ó 14 años. ¿Sería su hija? Los guías cubanos le hablaron duramente. Él rió. Unas mujeres parecían decididas a barrer el piso de tierra de su choza; algunas hasta parecían limpias, con ropa planchada. Sobre todo recuerdo a los niños descalzos, los perros famélicos, una sensación de estar inmerso en el caos y la cacofonía. Nos parecía que habían pasado horas viendo un programa de horror en vivo. Mi reloj me indicaba que solo habíamos caminado diez minutos.
“¿Ya vieron lo suficiente?”, preguntó uno de los guías.
Uno de los chilenos sacudió la cabeza, su rostro ligeramente verde. Marta parecía enfadada. “No se debiera permitir que las personas vivan así”, dijo ella, “pero en Chile hay villas miseria similares. Me imagino que casi todas las ciudades de Latinoamérica las tengan”. Al terminar la visita, Marta estaba convencida de que Cuba no podía esperar ninguna ayuda de Estados Unidos y no tendría más opción que acudir a Moscú.
“A este no le falta mucho”, aseguró uno de los cubanos refiriéndose al barrio. “Los planes para destruirlo y construir nuevas viviendas están bien adelantados. Pero bajo el viejo régimen a nadie le importaba hacer algo con tales condiciones. Por eso se lo estamos enseñando a ustedes, para que comprendan por qué tuvimos que hacer una revolución”.
El jeep subió a la Sierra Maestra, a una altura de unos mil pies, donde los guerrilleros habían operado exitosamente durante dos años, desde fines de diciembre de 1956 hasta su exitosa captura de la isla en enero de 1959. Le pregunté a Julio cómo era posible que unos cientos de hombres hubieran podido derrotar a un ejército de cincuenta mil soldados.
Él sonrió. “Teníamos la voluntad, la determinación, la cooperación de una gran organización clandestina y la inmensa mayoría del pueblo. El gobierno de Batista no tenía apoyo, salvo de Washington. Ellos no solo torturaban y asesinaban, sino que no hacían nada por el pueblo. Observe alrededor. Además, las instituciones de Cuba no funcionaban, lo cual hizo que maduraran las condiciones para la revolución”.
Las aldeas que vimos no tenían electricidad ni agua corriente. Los niños corrían descalzos. No vi ninguna escuela ni ninguna iglesia en la mayoría de las aldeas. En dos de ellas vi un rudimentario cartel escrito a mano: “Dios está aquí.”
“Protestantes”, explicó el guía. “Un tipo de religión primitiva”, dijo Julio.
El sol parecía cocinar la tierra. Los bohíos, casas con techo de palma, existían aún antes de Colón, aseguró uno de los guías. No le pregunté cómo él lo sabía. Los rocosos caminos de tierra empeoraban a medida que subíamos. Pequeñas parcelas de maíz y malanga, racimos de cafetos y animales de aspecto enfermizo estaban desperdigados por el paisaje. Los aldeanos llenaban sacos con los granos maduros de café, los cargaban en mulos y los llevaban al mercado por los caminos de tierra.
Campesinos de piel oscura con sombreros color amarillo sucio y rostros curtidos nos saludaban con la mano o con un asentimiento de cabeza, mientras pasábamos junto a sus caravanas de animales con campanas al cuello. A menudo los hombres iban a caballo; sus esposas --supongo-- caminaban junto a ellos.
“¿Ya vieron lo suficiente?”, preguntó Julio, mientras uno de los chilenos se quejaba de una incomodidad física --ejercicio para el riñón en el jeep.
Luego los guías nos llevaron a un lugar cercano a Manzanillo, donde desembarcó el yate Granma a principios de diciembre de 1956. Traté de imaginar a Fidel y sus barbudos desembarcando, para enfrentarse a una emboscada, gritos de traición en medio del fuego de fusiles y ametralladoras, la visión y el olor de la sangre humana en el camino cubierto de cangrejos de carapacho blanco que se arrastraban de un lugar a otro por las hierbas de pantano a ambos lados del camino.
Fidel y un pequeño grupo de guerrilleros enfermos, heridos y exhaustos lograron escapar y escalaron las alturas de las montañas cercanas. Uno de los guías nos dijo que Fidel miró al otro lado de la isla y comentó a los cansados supervivientes: “Los días de la dictadura están contados”.
Mientras íbamos en el jeep montaña abajo, me pregunté si el Presidente Eisenhower, quien supuestamente autorizó a la CIA a organizar a los exiliados cubanos anticastristas para que invadieran la isla en el futuro cercano y derrocaran al gobierno revolucionario, tenía alguna idea de la leyenda viviente a que se iba a enfrentar.
Julio habló de planes para redistribuir las riquezas y para hacer inversiones en el campo empobrecido. Los revolucionarios ya habían expropiado grandes granjas y muchos otros negocios, incluyendo a importantes compañías norteamericanas.
Poco después de que regresé a La Habana, en julio de 1960 Fidel se apoderó de las refinerías de petróleo propiedad de norteamericanos, las cuales por orden de Washington se habían negado a refinar petróleo soviético importado. Eisenhower tomó represalias y eliminó la cuota cubana de azúcar, lo que privó a Cuba de efectivo muy necesario, así como del crédito.
Mientras caminábamos del autobús a Tropicana para oír un grupo de jazz, nos tropezamos con Guillermo Cabrera Infante, por entonces director de Lunes de Revolución, el suplemento cultural de Revolución, el periódico del gobierno, y pasamos junto a una manifestación que denunciaba a Eisenhower. “Sin cuota, pero sin amo”, decían los carteles que llevaban los manifestantes.
Cabrera Infante se burló: “Sin cuota, pero sin ano”. Su ingenio me hizo reír. También yo temía que ambos lemas tuvieran razón. (Lunes de Revolución fue cerrado en 1961. Cabrera Infante estuvo como agregado cultural en Bélgica. En 1964 desertó y en Inglaterra escribió novelas que fueron aclamadas antes de su muerte.)
Cuando me marchaba de Cuba en febrero de 1961, vi a jóvenes que subían ametralladoras antiaéreas de cuatro cañones hasta el techo del vestíbulo del Hotel Riviera. Otros minaban los puentes. Toda Cuba esperaba la invasión apoyada por EEUU, que finalmente llegó en abril de 1961 por Bahía de Cochinos. Cuando la batalla terminó, Cuba simbólicamente había perdido a su amo y aún tenía su ano. Durante las próximas décadas, luchó para mantenerlo.
Landau envió este despacho desde Cuba. Su nuevo libro es Un mundo de Bush y de Botox. Su nuevo filme acerca de México, Aquí no jugamos golf, está disponible en DVD por medio de roundworldproductions@gmail.com