Roberto Elissalde es un periodista uruguayo que ha colaborado con el TNI como redactor del Anuario de servicios públicos 2005/6, como asistente del seminario “Selling US Wars” en Montevideo y como enlace del programa de Drogas y Democracia en el país.
Francia y Holanda dicen NO
AMSTERDAM - La victoria del No a la Constitución Europea en el referéndum del pasado domingo en Francia y del miércoles en Holanda, podría parecer una negativa a Europa y por lo tanto un golpe para aquellos que aspiran a ver un poder contrapuesto a la hegemonía de Estados Unidos.
Todos los grupos xenófobos y ultranacionalistas, como el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen y la lista de Pim Fortuym en Holanda, apoyaron el No. Desde lejos, la opción de izquierda parecería ser el Sí. Escuchando a los activistas de los movimientos sociales y a los partidos minoritarios de la izquierda, las razones para el No se hacen evidentes.
Cuartel general
La tercera semana de mayo el Transnational Institute (TNI) realizó un encuentro de intelectuales y activistas de diferentes partes del mundo en Amsterdam (Holanda) para discutir el papel de Europa en el mundo actual. Pero el principal tema de debate fue el del referéndum constitucional y la necesidad de diferenciar las razones "de izquierda" para votar por el No y las razones de los grupos de derecha que rechazan la inmigración y temen la pérdida de soberanía nacional a manos de un súper Estado europeo.
"Creo que el campo del Sí es el de los defensores puros y duros del modelo neoliberal", dijo a BRECHA la vicepresidenta de ATTAC Francia y directora asociada del TNI, la escritora y ensayista Susan George. "Se trata de llevar a Europa a un modelo de tipo estadounidense a través de un proceso de desprotección social y del establecimiento de la competencia de todos contra todos. Los servicios públicos son degradados, la educación gratuita y la salud gratuita también son gravemente debilitados. Por un lado hay un estilo de competencia a lo estadounidense y es el mercado el que decide. El espacio de la política casi desaparece, por lo que a la gente se le va a arrebatar la posibilidad de decidir sobre casi todo", dijo George.
Quien conozca el tono de las directivas y la maraña de disposiciones sobre competencia y liberalización de los mercados de los últimos años no encontraría nada nuevo en esto. Pero para George el principal problema es que este texto se mete en temas que no corresponden a una Constitución y se para en una óptica neoliberal: "El tercer capítulo del texto define los objetivos de la Unión como los de un espacio económico donde existe libertad de movimiento de bienes, servicios, personas y capital; un espacio en el cual la competencia es libre y sin frenos. La palabra ‘competencia' figura 47 veces; ‘mercado' aparece 78 veces y la expresión ‘progreso social' apenas una. ‘Desempleo' no está escrito ni una sola vez".
Según George, "nosotros tenemos varias objeciones al contenido de la Constitución, pero la mayor de todas es que el texto es prácticamente inmodificable. Para realizar una enmienda se necesita contar con una triple unanimidad casi imposible de lograr. Primero debe lograrse que haya consenso en una convención constitucional encargada de redactar la enmienda, después debe recibir la aprobación unánime de los jefes de Estado o gobierno de todos los países miembros y finalmente entrar en un proceso como el que estamos ahora, de aprobación, bien parlamentaria o bien por consulta a la ciudadanía. Cualquiera que conozca Europa y considere el mecanismo, sabe que sería prácticamente imposible de modificar".
En realidad, la Constitución es un mamotreto de 480 páginas dividido en cuatro capítulos principales. Ellos son el preámbulo, la carta de derechos fundamentales de la Unión, las políticas y el funcionamiento de la Unión, y provisiones generales y finales. Para la izquierda, la inclusión de más de cien páginas consagrando el rango constitucional de las políticas económica y monetaria, de agricultura y pesca, de investigación tecnológica, energía y la aeroespacial, cultura, turismo, deportes y entrenamiento vocacional, seguramente parecieron demasiado a muchos electores que si bien se sienten cómodos con la existencia de una Europa unida, no necesariamente están conformes con las
orientaciones concretas que la Comisión Europea, máximo órgano de gobierno de la Unión, ha venido tomando al influjo de las tendencias neoliberales.
La gran división
El Partido Socialista francés realizó una consulta interna para decidir su posición a fines del año pasado. La decisión de apoyar el texto constitucional, promovida por el primer secretario François Hollande, fue respaldada por el 57 por ciento de los militantes, pero entre el sector minoritario se encontraba el ex primer ministro Laurent Fabius y el ex presidente del grupo parlamentario del ps Henri Emmanuelli. Al calentarse la contienda, Fabius y Emmanuelli anunciaron que harían campaña por el No. Los disidentes llegaron incluso a abrir un sitio web cuyos editoriales corren por cuenta de Emmanuelli.
Lo increíble de la situación es que por diversas recomendaciones, la derecha tradicional francesa dejó el peso de la campaña en manos de los socialistas, que terminaron así ocupando todo el espectro. Nicolás Zarkosy, presidente de una de las principales fuerzas de la derecha (UMP), se convirtió en el principal referente del No apenas pudo robarle protagonismo a los dirigentes socialistas. La batalla final perdida por el presidente Jacques Chirac y su primer ministro Jean-Pierre Raffarin terminó con la caída de este último y el ascenso de Dominique de Villepin, un fiel seguidor del presidente. La batalla final ganada por los socialistas disidentes todavía no ha tenido consecuencias.
Diferente fue el caso en Holanda. Según Erik Wesselius, secretario del Comité Holandés por el No, en ese país el único partido en oponerse a la Constitución fue el minoritario Partido Socialista ya que "los verdes también apoyan el Sí. Para ellos, si bien no es un tratado ideal, tiene elementos que hacen pensar en una mejora en la calidad democrática de la vida europea. También creen que las chances de renegociar algo mejor en otro momento son muy pocas". La principal crítica a la Constitución, según dijo Wesselius a BRECHA, es que el texto "contiene un conjunto de políticas, un capítulo entero de disposiciones económicas, que termina dejando a Europa atada constitucionalmente a un paquete de políticas neoliberales. Es muy fácil explicar a la gente que ese tipo de cosas no debería estar presente en una Constitución porque un gobierno –o quizás la mayoría de los ciudadanos europeos– que quiera cambiar esa decisión de política va a encontrarse con un impedimento insalvable. La inconstitucionalidad de ciertos cambios que quieran realizarse es muy peligrosa y muy fácil de explicar. Por lo tanto, el capítulo completo que sintetiza las políticas neoliberales, el tercero, es el centro de nuestras críticas".
El futuro cercano
La victoria del No en dos consultas populares consecutivas seguramente haya dado un golpe de muerte a la Constitución en su actual versión. De los nueve países que ya la ratificaron, sólo España lo hizo a través de una votación popular (los otros son Austria, Hungría, Italia, Alemania, Grecia, Lituania, Eslovaquia y Eslovenia).
Si bien se preveía que hasta cuatro estados podían decidir en contra del texto sin que éste debiera ser abandonado, parece inconcebible tener una Constitución que no fue aceptada por Francia y Holanda, miembros fundadores de la Unión.
Luxemburgo (el 10 de julio) y Dinamarca (el 27 de setiembre) deberían ser los próximos países en decidir a través de referéndum, pero la nueva situación puede dejarlos en suspenso. Por lo demás, parece claro que el gobierno de Tony Blair no va a arriesgar su ya escaso prestigio ante los electores embanderándose con el Sí, máxime cuando el texto pierde respaldo en el exterior y nunca fue muy popular dentro del propio Reino Unido.
Los mensajeros apocalípticos, que recomendaban el voto por el Sí porque el No significaba el caos y el estancamiento o retroceso del proceso de unificación europea, deberán ahora rever su discurso. Los días 16 y 17 de junio se reunirá en Bruselas una cumbre llamada Consejo Europeo con el fin de examinar si vale la pena seguir adelante con el proceso de ratificación o declararlo abortado desde ya.
Lo que sí ha quedado claro es que las decisiones tomadas en Bruselas por grupos como el que diseñó la Constitución puesta a consideración (una centena de miembros designados – y no electos –, conducidos por el ex presidente francés Valéry Giscard D'Estaing) no necesariamente van a contar con el pláceme de los ciudadanos, si es que son consultados.
La coincidencia de sectores a favor del No, que incluía a la derecha más recalcitrante y a la izquierda más volcada a lo social, fue una casualidad provocada por la extensión y básicamente por las pretensiones del texto constitucional. Un mensaje más sobrio y menos abarcativo hubiese logrado el respaldo de los izquierdistas. Pero la ambición desmedida de Giscard y varios de los dirigentes europeos por lograr un texto que asegurara el futuro, terminó desatando el paquete y provocando la primera discusión sobre el futuro de Europa desde la firma del tratado de Maastricht, en 1992.
Quizás sin darse cuenta y por las razones equivocadas, Giscard y el establishment europeo, que incluye a los partidos socialistas y socialdemócratas tanto como a los democristianos y conservadores, le hayan dado al viejo continente una nueva chance para discutir su lugar en el mundo.
Copyright 2005 Brecha




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