Jugando con fuego

11 Abril 2011

En la apuesta por la energía nuclear la humanidad se parece a la mariposa que revolotea alrededor de la llama. Al menor descuido se le queman las alas.

Los enormes riesgos y desventajas que conllevan la generación de energía nuclear no ha sido un obstáculo para su proliferación. En la actualidad hay 443 plantas nucleares en 29 países del mundo y 64 nuevas plantas en construcción. Entre abril de 1986 (Chernobyl) y febrero de 2011 (Fukushima Daiichi) cerca de un centenar de nuevas plantas entraron en fucionamiento en los diferentes países que poseen esa tecnología, y ha tenido que suceder esta última catástrofe nuclear para que el tema vuelva a entrar en discusión a nivel de Gobiernos.

¿Vale la pena correr los riesgos que entraña la energía nuclear porque sus beneficios son tan grandes que opacan los potenciales perjuicios? Mientras los sectores pro-nuclear responden que sí y los anti-nuclear responden que no, engarzándose ambas partes en una enumeración de ventajas y desventajas, se descuida un aspecto clave de este debate que es la información sobre la que se basan estas posiciones. Una evaluación comparativa entre las diferentes formas de energía que tenga en cuenta los costos totales en materia de impactos climáticos, riesgo de accidentes y eliminación segura de residuos, de modo que se evidencie claramente el costo-beneficio de cada una de ellas permitiría tomar mejores decisiones.

Esto es lo que propone un grupo de académicos en un análisis reciente en Solutions sobre la energía nuclear a propósito del desastre de Fukushima Daiichi. ¿Es la producción de energía nuclear tan limpia y tan económica como pretenden hacernos creer los lobbies que la promocionan?

En medio de la enorme ignorancia en la que vivimos la mayor parte de los mortales respecto a temas que ponen en juego a diario nuestro pellejo, los Gobiernos y las empresas involucradas en el negocio nos han vendido el tema de lo nuclear como la forma más limpia de energía. Es verdad que no se ha resuelto aún el 'problemita' de los desechos, se ven obligados a reconocer, pero ¿qué es eso al lado de la cantidad de energía limpia y barata que nos llega a las casas y que nos permite gozar de cada vez más aparatos eléctricos?

Pero, tal como lo señalan los mencionados académicos, la realidad es que la energía nuclear (al igual que la energía producida de fuentes fósiles) está ampliamente subsidiada por los Gobiernos, de ahí que aparezca como relativamente barata. Mostrar los verdaderos costos (sin subsidios) de la producción de energía nuclear haría más competitivas formas alternativas de energía (como la solar y la eólica) que hoy son marginales debido a los mínimos subsidios que reciben que no permiten abaratar su implementación. Además, en el costo de lo nuclear también debería incluirse el gasto que hace el Estado, con plata de los contribuyentes, para reparar los desastres producidos por algún accidente nuclear, como es el caso ahora de Fukushima Daiichi. Reparar daños ecológicos no sólo toma mucho tiempo sino que cuesta muchos miles de millones de dólares que los propietarios de las plantas no siempre están obligados a cubrir. Si los obligaran, el costo de lo nuclear se incrementaría enormemente (haciendo esta energía menos rentable) y al menos los países con centrales nucleares contarían con un fondo que se usaría en casos de desastres. 

Por otro lado, contrariamente a lo que la mayoría de la gente cree, la producción de energía nuclear genera también gases de efecto invernadero. De modo que lo que las empresas han usado como el principal atributo de la energía nuclear para lanzar campañas publicitarias en las que se vende esta energía como 'verde' es parte de la desinformación sobre lo nuclear que garantiza que muchos tiendan a no oponerse a la instalación de nuevas plantas convencidos de que no contaminan como lo hacen el carbón o el petróleo.  

Y finalmente está el tema del riesgo de desastres con las consecuencias económicas y ecológicas de largo plazo. Al océano y al aire ha ido a parar la basura radiactiva generada por el desastre de  Fukushima Daiichi. Si eso ha sucedido en un país tan organizado como Japón, ¿qué se puede esperar que pase con un accidente nuclear en Pakistán (en donde también hay terremotos) o en la India, o en una de las tantas plantas nucleares situadas en zonas densamente pobladas de Europa? Cuando los riesgos son tan grandes que eliminan de un tajo todos los supuestos beneficios, el costo de los errores los pagamos todos. Lo único que recibimos a cambio son palabras como las del señor Sakae Muto, alto ejecutivo de la compañía de energía de Japón pidiendo perdón. Como si se pudiera perdonar lo imperdonable. Mientras tanto, insisto, los gastos de descontaminación van por cuenta de los contribuyentes.

Un poco de sentido común en las políticas energéticas haría que se invirtiera más en energías renovables y se retiraran los subsidios a una producción de energía que es como una bomba de tiempo.

Sobre los autores

Amira Armenta

Amira Armenta (Colombia/Países Bajos) está licenciada en Historia de América Latina por la Universidad de Jussieu (París).

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