Libre comercio e integración regional en América Latina

1 Mayo 2009
Adhemar S. Mineiro
Dos proyectos de integración se enfrentaron a lo largo de los últimos años en América Latina: uno de matriz compleja cuyos orígenes se pueden situar en la noción del desarrollismo y un segundo más preocupado por la globalización de la economía.

 

Dominación neoliberal y solidaridad regional

De forma simplificada podemos decir que dos proyectos de integración se enfrentaron a lo largo de los últimos años en América Latina: uno de matriz compleja y no necesariamente lineal cuyos orígenes se pueden situar en la década de 1960 en la noción del desarrollismo y la industrialización por sustitución de importaciones, y un segundo más preocupado por la globalización de la economía que pensó en la integración regional como trampolín para la inserción internacional en el mercado mundial (el llamado regionalismo abierto).

El “libre comercio” corta la trayectoria de los procesos del primer tipo e irrumpe fuertemente en la década de 1990 de dos formas: por un lado, transformando los procesos de integración regional hacia la doctrina neoliberal y, por tanto, hacia una adaptación al regionalismo abierto; por otro, impulsando acuerdos de nuevo tipo que proponían una nueva noción de integración, esta vez ya no vinculada a los espacios geográficos de proximidad de los países, sino simplemente a sus relaciones comerciales, es decir, una integración de los mercados a través de la apertura y desregulación de éstos.

Los años noventa son testigo de la hiperhegemonía del Consenso de Washington; los proyectos con voluntad autonomista de la transición democrática sucumbieron, luego del caos militarista de las dos décadas precedentes, en el terremoto de la llamada década perdida de los ochenta y no tuvieron la fuerza política, económica o intelectual para oponerse a la andanada del neoliberalismo salvaje.
Los países de América Latina y sus Gobiernos mayoritariamente neoconservadores iniciaron la transformación de procesos inspirados en el desarrollismo como la Comunidad Andina de Naciones (CAN), el Sistema de Integración Centroamericano (SICA) y el Mercado Común del Caribe (CARICOM) hacia esquemas de libre mercado.

En el caso del Mercado Común del Sur (Mercosur), que se inició en un proceso de acercamiento político estratégico entre Brasil y Argentina durante los años ochenta, su configuración inicial tendría como inspiración la formación paulatina de un mercado común en la región, es decir, una experiencia del tipo “regionalismo abierto”. Por este camino, los noventa se confirmarían luego como una “década perdida” para la integración, y sólo de forma esporádica el proyecto de “anexión” –como lo denominaron algunos– vía acuerdos con los Estados Unidos, y un poco más tarde con Europa, fueron contestados por los Gobiernos de la región.

El proyecto de expansión del dominio neoliberal en la región, expresado en la dimensión de la integración a través de los tratados de libre comercio (TLC) y los regionalismos abiertos recién será parcialmente desafiado en los albores de la década de 2000. Será sólo a partir de los cambios políticos en los Gobiernos de países importantes de América Latina que aparecerán proyectos y visiones sobre la integración regional que desafiarán este combo neoliberal. Impondrán un freno seco al “padre” de todos los TLC, el Área de Libre Comercio de las Américas, e iniciarán un proceso de elaboración de propuestas alternativas.

Fundamentalmente, se trata de la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA) y de propuestas más tímidas, pero del mismo modo desafiantes, dentro del proceso del Mercosur y de la Comunidad Sudamericana de Naciones.
Hoy día, tenemos un escenario de abierta disputa que se da más que nada en el plano de la hegemonía político-ideológica y que tiene impacto en decisiones económicas entre el proyecto del ALBA y las continuas embestidas estadounidenses –y canadienses–, y desafíos más contradictorios en la UNASUR y el MERCOSUR. Decimos más contradictorios porque representan una voluntad autónoma por parte de los países de la región –incluso se puede inscribir en esta política la Cumbre Latinoamericana y Caribeña realizada en Bahía, Brasil, en diciembre de 2008– pero que no necesariamente aspiran o han logrado avanzar en la base de modelos de sociedades más justas.

Tal como hemos sostenido en otros textos, no basta la voluntad autonómica en relación al hegemonismo económico y geopolítico de los grandes poderes del mundo, Estados Unidos y Europa, sino que es necesario establecer una disputa dentro de los propios procesos de integración contra sectores concentrados del capital que operan ignorando el imperativo de la distribución equitativa de la riqueza, y en base a una lógica depredadora ambiental, social y económica.
En resumen, la conjunción hegemónica de la Posguerra Fría –TLC + regionalismos abiertos– no opera más con fuerza total en la región, menos aún después del desastre del sistema financiero del mundo desarrollado.

En la actualidad, América del Sur irradia fundamentalmente proyectos de integración regional que, incluso en sus contradicciones, intentan caminar una senda distinta. Analizamos a continuación los viejos y nuevos embates que el libre comercio y amenazas clásicas remozadas, como el militarismo, operan contra la voluntad de integración, desarrollo sostenible y solidaridad de nuestros pueblos.
 

Regionalismo abierto

Las negociaciones entre varios países y bloques regionales latinoamericanos con los Estados Unidos o con la Unión Europea, a excepción de la particular situación de México en las negociaciones del Área de Libre Comercio de América del Norte, se pautaron por una estratégica que se convino en denominar “regionalismo abierto”. Por tal cosa se entiende un proceso de integración comercial y económica que buscar producir y ampliar los efectos sobre nuevos flujos comerciales, evitando al máximo los llamados efectos de “desvío” de comercio, es decir, que los flujos del comercio oriundos del proceso de integración regional se hagan a costas de la reducción de los flujos de comercio con otras áreas o países.

En el fondo, esto significa que el comercio del área integrada o bien crece por el propio crecimiento económico más general (parte del mismo tal vez debido a las sinergias del propio proceso de integración) o se da por el desplazamiento de demanda de los mercados nacionales, o de eslabones de las cadenas de producción nacional, y en ese caso esto explicaría por qué en momentos de no crecimiento de las economías se amplían los conflictos entre los miembros de los procesos de integración (el Mercosur es aquí un ejemplo bastante evidente de lo que estamos diciendo). La idea general, importante especialmente en los años noventa para justificar un comportamiento “pragmático” dentro de un mundo de hegemonía neoliberal, era intentar ver los procesos de integración regional como no conflictivos con un gran proceso de liberalización multilateral progresiva capitaneado por el ALCA en la región y por la Organización Mundial del Comercio (OMC) en todo el planeta.

Lo último implica que esos procesos de integración –o incluso negociaciones de acuerdos comerciales específicos entre ellos– no se enfrentarán con negociaciones comerciales con otros socios importantes, como los Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea. Además, fueron frecuentemente marcados por una dinámica negociadora que, buscando ir más allá de lo que era negociado en el nivel multilateral (OMC), mantenía la estructura temática de las negociaciones multilaterales y era marcada por la búsqueda de la obtención por parte de los Estados Unidos de las mismas eventuales concesiones hechas a la Unión Europea, y viceversa.

Los eventuales acuerdos que fueron firmados mantienen especificidades con cada una de las dos contraparte, pero el proceso negociador fue operado de esta forma (y sigue siendo operado así en los procesos que continúan).

MERCOSUR

En el ámbito del MERCOSUR, las negociaciones con los Estados Unidos se dieron fundamentalmente en el proceso, hoy estancado, para el intento de creación del ALCA. Estas negociaciones comenzaron a llegar a un impasse a lo largo de 2003 y se detuvieron en 2004. Además, hubo también una discusión separada para la efectivación de un acuerdo de inversiones entre los Estados Unidos y Uruguay, que tampoco se consolidó. Éste sí presentaría enormes contradicciones con el proceso de integración diseñado en el MERCOSUR, a pesar del trato bastante diplomático dado públicamente por los socios uruguayos en el MERCOSUR al proceso, esperando su definición dentro de las contradicciones propias de las fuerzas que componen el frente político que gobierna el Uruguay, quien autorizó al presidente Tabaré Vazquez a avanzar en un Acuerdo Marco de Comercio e Inversión (TIFA en inglés) pero no en un TLC.

En el ámbito de las discusiones entre el MERCOSUR y el bloque capitaneado por los Estados Unidos en el interior del proceso de negociación del ALCA, el problema principal, que acababa de cierta forma chocando con el proceso de integración del MERCOSUR se refería de forma indirecta a los temas de comercio entre los países, a pesar de que allí ya existiese bastantes problema en lo referente especialmente a la cuestión de bienes industriales. El problema central era la incorporación de la nueva agenda de negociación definida con la creación de la OMC, que incluía los temas de servicios, compras gubernamentales, inversiones y propiedad intelectual, a una agenda ya suficientemente complicada con los temas vinculados al comercio de bienes agrícolas e industriales.

Estas dificultades se agravaron con las turbulencias financieras que fueron alcanzando a los países de la región, como la Argentina, y que llevaron a contradicciones ampliadas con los compromisos en áreas sensibles (que son igualmente sensibles en la propia agenda del MERCOSUR, y por lo tanto apenas tratadas en esas negociaciones), que podrían plantear dificultades y límites a la restructuración de políticas nacionales de desarrollo. Esas limitaciones a los grados de libertad de las polìticas nacionales fueron la principal traba a la posibilidad de transitar hacia una agenda liberalizante amplia, en un cuadro en que, como señalamos arriba, la inflexión política en la región apuntaba cada vez más hacia gobiernos menos atados a los dogmas liberales, y que buscaban más la construcción de proyectos alternativos.

Así, a los primeros fracasos del proceso negociador del ALCA le siguió una búsqueda para construir procesos de negociación bilateral o birregional por parte de los Estados Unidos. La respuesta de los países del MERCOSUR (un MERCOSUR energizado con la perspectiva de integración de Venezuela al bloque) fue buscar también alternativas regionales de negociación, y una de las resultantes de ese proceso fue la constitución de la UNASUR.
En el caso del proceso negociador con la UE, que pretende ser retomado ahora en 2009, en vista del fracaso virtual de las negociaciones para la llamada Ronda de Doha de la OMC, el MERCOSUR acabó siguiendo el mismo camino de dificultados en función, en este caso, no sólo de la amplitud de la agenda –que incluía los mismos temas de la agenda del ALCA, es decir, la búsqueda de una especie de acuerdo que ampliase la agenda negociadora de la OMC, incluyendo también los temas de servicios, inversiones, compras gubernamentales y propiedad intelectual.

Con la desventaja de que, en el caso del proceso negociador con la UE, había más campos de divergencia en lo referente a los temas comerciales, particularmente en relación a importantes sensibilidades europeas en cuanto a los bienes agrícolas (vale la pena recordar que, en pleno proceso negociador, la UE ampliaba sus miembros de 15 a 25 países, pasando a convivir con intereses aún más defensivos de los nuevos miembros), y la inclusión de una temática sensible para el MERCOSUR en propiedad intelectual, que era la cuestión de las denominaciones de origen, un tema caro para los europeos.

La explosión de la CAN

Sin duda, la principal víctima del doble ariete del neoliberalismo fue la Comunidad Andina de Naciones. Así como Argentina fue el alumno ejemplar del Consenso de Washington a escala nacional, la CAN es el paradigma de la transformación hacia el regionalismo abierto. Y así como Argentina, la muestra de su brutal contradicción. En 1996, se firma el Protocolo de Trujillo, se crea la ahora Comunidad Andina de Naciones (CAN) y se establece el Sistema Andino de Integración (SAI) (1) que reúne los distintos órganos a la estructura institucional del Acuerdo, se conformaría luego una Zona de Libre Comercio (ZLC), entre Bolivia, Colombia, Ecuador y Venezuela, y completando el programa de liberación para todos los productos del universo arancelario. (2)

En el lapso de alredor de siete años, la aplicación del modelo sería completa en ésta región.
El acoso comercial post-ALCA de parte de los Estados Unidos a la región provocará que, en abril de 2006, en el marco de negociaciones bilaterales entre este país, Colombia y Perú, la CAN estallara en crisis cuando estos dos dos socios concluyeron las negociaciones y firmaron el TLC con los Estados Unidos. A la firma por parte del Perú en diciembre de 2005 y Colombia en febrero de 2006, le sucedió la renuncia de Venezuela del bloque “manifestando abiertamente su cuestionamiento y el perjuicio que significaba el TLC con Norteamérica para la CAN” (Montaño, 2007).

Ya sin Venezuela, la CAN se ahogaría lentamente con la reversión del principio de negociación bloque a bloque por parte de la Unión Europea, que en la actualidad se encuentra en la fase final del Acuerdo de Asociación con esos dos mismos países.
Ante la inviabilidad de caminar hacia un proyecto regional alternativo para el área andina, los Gobiernos antineoliberales de la región han desactivado la inercia del empantanamiento de la CAN con el vigor de las relaciones entre Ecuador, Venezuela y Bolivia en el marco de un ALBA plus, ya que Ecuador aún no es miembro formal del bloque.

UNASUR

El proceso UNASUR aparece hasta aquí como una respuesta mucho más política que asociadas a la integración comercial. Sin embargo, ha mostrado alguna capacidad de respuesta política y mediación importante – como en los casos de la incursión colombiana a territorio ecuatoriano con la excusa de que buscaban a miembros de las FARC y las cuestiones envolviendo las bases militares estadounidenses en Colombia, o a la discusión de un sistema de defensa común entre los países de la región – lo que no deja de ser un paso importante en un proceso de negociación más estratégico, además de haber generado la constitución del llamado Banco del Sur, que a pesar de todavía no tener muy definido su funcionamiento, puede servir como un importante instrumento de la integración financiera y económica entre los países de la región.
La Unasur, mientras tanto, todavía no es más que un proceso de negociación y espacio de articulación, y por eso no negocia ella misma con otros países, bloques regionales o sistemas multilaterales.

En la constitución del Banco del Sur, se vio un proceso atravesado de negociación de forma tal que la creación del banco no representase necesariamente un cuestionamiento al orden financiero multilateral establecido, y que tiene como uno de sus pilares al Fondo Monetario Internacional (FMI), donde es evidente la hegemonía de los Estados Unidos y de los países europeos con mayor poder financiero.

Solidaridad Regional
A través de la crisis, la historia les ha dado la razón otra vez, así como lo hiciera en Argentina y con la CAN a los críticos del neoliberalismo. Ahora, depende del vigor de la presión popular y la sensibilidad de los gobiernos, hoy llamados por algunos “progresistas” o de izquierdas, utilizar el aliento intelectual y político que esa razón les otorga para consolidar, en la realidad de nuestros países y en sus políticas públicas, verdaderos proyectos que consagren la solidaridad de nuestros pueblos como proyecto emancipatorio para América Latina.

Notas

(1) En el caso de América Central, en 1991 se crearía el Sistema de Integración Centroamericana (SICA), com la misma idea de renovación del esquema desarrollista de la antigua Organización de Estados Centroamericanos (ODECA).

(2) Montaño, Ximena (2007), Democracia y Participación de la Sociedad Civil en los procesos de Integración, La Comunidad Andina de Naciones. Alianza Social Continental y Fundación Rosa Luxemburgo.

 

Sobre los autores

Gonzalo Berrón

Gonzalo Berrón, investigador asociado del TNI, ha desempeñado un destacado papel en la coordinación de movimientos latinoamericanos que luchan contra los acuerdos de libre comercio. También ha participado muy activamente en los debates entre sociedad civil y Gobiernos progresistas sobre la construcción de una estructura financiera y comercial alternativa y justa en Latinoamérica. 

Gonzalo también ha trabajado como coordinador de la Secretaría de la Alianza Social Continental y ha colaborado con la Oficina Internacional de la Central Única dos Trabalhadores (CUT) de Brasil. Aunque es argentino de nacimiento, lleva muchos años viviendo en Brasil.

Últimas publicaciones de Alternative Regionalisms

La abolición del ‘trabajo’

El concepto de ‘trabajo’ se entiende convencionalmente como el trabajo asalariado, es decir, la capacidad de trabajar como se ejercita a través de un mercado. Fue precisamente esta miope interpretación del trabajo la que cuestionaron desde varios ángulos las discusiones de este eje de debate.

Otro modelo financiero

En América Latina, a diferencia del reciente paquete de gobernanza económica de la UE, que establece un poder supranacional que mina la responsabilidad de los Estados miembros, la crisis mundial ha propiciado un replanteamiento radical del Estado y el equilibrio de los mercados.

El Antropoceno: la crisis ecológica se hace mundial

Este texto es parte de un libro en elaboración por el autor sobre la crisis del capitalismo global y el previsible colapso civilizatorio, vistos a partir de una amplia perspectiva histórica, en el que se hace una especial reflexión sobre la crisis energética mundial.

Anticooperación

En esta obra se comparan los flujos de la cooperación al desarrollo con los asociados a los principales mecanismos de anticooperación. Así, se sostiene que anun si la ayuda internacional fuera de calidad o eficaz, sus efectos serían globalmente inferiores.