Repensar la política: Desafíos

TNI
Colectivo Política en Red
Febrero 2008

Se pidió a los participantes del proceso Política en red que señalaran dos de los desafíos que esperaban que se abordaran en nuestro esfuerzo colectivo para repensar la organización política. Estos desafíos se utilizaron como guía para definir los debates que se deberían cubrir durante el seminario en Barcelona. Muy pronto se hizo evidente que varios temas y cuestiones se repetían y se solapaban de forma muy llamativa.

En primer lugar, cabe destacar un sentimiento de apremio, de urgencia.

Se pidió a los participantes del proceso Política en red que señalaran dos de los desafíos que esperaban que se abordaran en nuestro esfuerzo colectivo para repensar la organización política. Estos desafíos se utilizaron como guía para definir los debates que se deberían cubrir durante el seminario en Barcelona. Muy pronto se hizo evidente que varios temas y cuestiones se repetían y se solapaban de forma muy llamativa.

En primer lugar, cabe destacar un sentimiento de apremio, de urgencia. En algunos casos, éste derivaba de una sensación generalizada de aprensión, especialmente con respecto a los Estados Unidos y a sus socios europeos. Para Brian Holmes, recién llegado de los Estados Unidos, por ejemplo, “el mayor desafío en estos momentos está en encontrar una forma de transmitir un sentimiento de urgencia, de los riesgos de la deshumanización, a personas cuyo narcisismo y energía vital básicos parecen estar completamente absorbidos por su actividad profesional”. Frieder Otto Wolf presentó el desafío más difícil hablando de “cómo reincorporar los grandes problemas de la crisis global a nuestras propias prácticas, identificando nuestras propias complicidades y, a partir de ahí, inventando métodos de resistencia eficaces y emprendiendo iniciativas alternativas”.

En muchos casos, este sentimiento de apremio atañe a contextos en que los partidos de izquierda ocupan el gobierno. Varios participantes del proceso Política en red están trabajando muy activamente en Brasil, donde, mientras nos reuníamos en Barcelona, estaba teniendo lugar la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, y donde la izquierda y los movimientos sociales han estado manteniendo intensos debates sobre cómo reconstruirse en el marco del segundo mandato de Lula.

Moema Miranda, de Rio de Janeiro, destacada activista en el desarrollo del Foro Social Mundial (FSM), subraya la importancia de trabajar con los sectores pobres: “La definición es compleja –los excluidos, los ‘sin voz’–, pero el quid de la cuestión está claro: la izquierda, al menos en Brasil, ha perdido la mayoría de sus vínculos con la vida cotidiana, con los problemas, las preocupaciones y los deseos de la mayor parte de la población, es decir, con los millones de personas que viven rozando la línea de pobreza (por no hablar de los que viven por debajo de ella). Durante la última década, más o menos, hemos perdido una maravillosa tradición de actividad política arraigada en estas experiencias. Esa tradición se construyó a través del movimiento de educación popular, los grupos de la teología de la liberación y las bases del PT (Partido dos Trabalhadores). Hoy en día, en el FSM, por ejemplo, el 80 por ciento de los participantes tienen un título universitario. Debemos aprender de movimientos como el MST (Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra) y de iniciativas indígenas en muchos lugares de América Latina, y no limitarnos a hablar sobre los pobres, sino trabajar realmente con ellos”.

Independencia de los gobiernos y los mercados

También en Italia, los activistas de los movimientos sociales están viviendo una experiencia agridulce –que, de todos modos, cada vez tiende más hacia lo agrio– con la entrada en el gobierno de un partido de izquierda como Rifondazione Comunista, que forma parte de la Unione de Prodi. Alessandra Mecozzi, de la Federación Italiana de Obreros Metalúrgicos y destacada activista del movimiento pacifista italiano, nos habló durante el seminario celebrado en Manchester de las tropas italianas que, en aquellos momentos, se estaban enviando al Líbano, y nos invitó a reflexionar sobre el desafío que supone “cómo mantener la identidad del movimiento y, más concretamente, cómo desarrollar la capacidad para seguir una estrategia independiente y desarrollar sus propias perspectivas. Se trata de un problema muy apremiante con respecto a cuestiones como la paz y la guerra”. Según ella, el problema está en “cómo fortalecer nuestro análisis crítico de la carrera hacia la militarización de las políticas de gobierno. De este modo, nuestra acción sería más estratégica, y podríamos apoyar a las fuerzas más radicales del Gobierno, que actualmente se encuentran en una posición débil. Por ejemplo, enviar tropas al Líbano era algo necesario para evitar la masacre de civiles –por lo que la misión fue muy distinta de la de Iraq o Afganistán– pero, al mismo tiempo, es una acción que corre el riesgo de convertirse en una pieza más de la ‘guerra contra el terrorismo’. El desafío que debe afrontar el movimiento pacifista pasa por cómo es posible –si es que lo es– evitar conflictos y desmilitarizar la política. El movimiento pacifista debería funcionar como un actor independiente, y definir sus posturas con respecto a los grupos y ciudadanos que constituyen sus ‘bases’, y no en función de si apoya o no al Gobierno. Esta independencia –condición indispensable para la supervivencia de los movimientos– es aún más vital en el campo de la paz y de las políticas sociales”. Melissa Pomeroy, que ha participado en varios de los experimentos de presupuestos participativos impulsados por el PT, también aludió a la cuestión de la estrategia que debían adoptar los movimientos cuando un partido que procede de la izquierda accede al Gobierno o incluso lo encabeza, como sería el caso del PT. Al igual que Alessandra, hizo hincapié en “la importancia, a pesar de todas las dificultades que conlleva, de que los movimientos construyan y promuevan con firmeza una agenda y unos calendarios propios e independientes”.

La cuestión de la independencia también era un problema de gran importancia para Branka Ćurčić, redactora de New Media Centre en Novi Sad, Serbia. Branka habló de la situación tras la experiencia pasada del socialismo de Estado y la ilusión de la autogestión. “¿Qué es esto de la autonomía?”, nos preguntábamos. “¿Cuándo se puede decir que vivimos con libertad y autonomía?”. La autonomía del mercado desenfrenado y del capitalismo mundial se fue haciendo cada vez más importante, pero también más ilusoria. “Después de la experiencia de la autogestión y de la actitud tan poco crítica de la gente ante sus condiciones laborales, creemos que debemos tener mucho cuidado con cómo creamos nuestros propios espacios autónomos para la acción”. Para ella, uno de los desafíos clave consiste en “cómo evitar los riesgos de hacernos precarios, de que nuestras innovaciones y prácticas se vean absorbidas por el neoliberalismo”. En su opinión, para encarar esta cuestión, se debería, entre otras cosas “extraer las lecciones positivas del período de la autogestión en la ex Yugoslavia, y escapar de la habitual postura conformista de que la transformación revolucionaria no es más que una fantasía”.

Franco Berardi (‘Bifo’), de Bologna, que ha participado en numerosos proyectos sobre la teoría y la práctica de la comunicación, desde Radio Alice, la primera radio libre de Italia, a Telestreet, una red de más de 150 canales de televisión piratas de toda Italia, compartió un comentario mucho más general sobre la importancia de la autonomía: “El principal factor del cambio siempre ha sido la autonomía o la irreductibilidad de la vida cotidiana (el deseo, la imaginación, las expectativas) frente a la organización capitalista del trabajo. Esta autonomía siempre ha sido la fuente de la rebelión, de la solidaridad y de la revuelta política”. En su opinión, actualmente, la fabricación capitalista del deseo, de la imaginación y de las expectativas, y el proceso restringido e impuesto por el que las personas construyen su identidad, están secando la misma autonomía de la vida cotidiana, y paralizando la capacidad para la autocreación.

Este sentimiento de apremio que emanaba de nuestros análisis fue un buen ejemplo de lo útil que resulta generar espacios para la reflexión –así como las herramientas que la faciliten– como elemento sistemático en la vida de cualquier organización con espíritu transformador. Muchos de los participantes coincidieron en este punto, considerándolo una condición sine qua non para replantear la organización política. “¿Cómo nos organizamos de una forma que reconozca lo incompleto de nuestro conocimiento sobre las consecuencias de nuestra acción y, por lo tanto, el hecho de que siempre estamos trabajando con incertidumbres?”, preguntó Hilary Wainwright. “¿Cómo incorporamos en nuestros métodos procesos de autorreflexión y experimentación y, al mismo tiempo, emprendemos la acción firme y concertada que tan necesaria suele ser?”.

Ampliar la comprensión de nuestros propios movimientos

Otro tema recurrente fue la necesidad de ampliar el radio de acción y, al mismo tiempo, ahondar en los procesos de experimentación y regeneración, es decir, hacer de la “ruptura con las mentalidades estrechas y autorreferenciales (y su pretensión de control)”, en palabras de Marco Berlinguer, una parte integral de nuestros replanteamientos. Retomando y ampliando el desafío propuesto por Moema Miranda, añadió: “Esto significa mejorar la comprensión de nuestros propios movimientos, enraizando su formación y crecimiento en las tensiones, los conflictos, las elecciones y las alternativas del día a día, en lugar de limitar la percepción de nosotros mismos a los circuitos, la cultura y las organizaciones de militancia política”.

Tras el desafío de Marco, Bifo planteó otro mucho más concreto: “¿Cómo encontramos un idioma para comunicarnos con la primera generación de humanos que ha aprendido más palabras de la máquina que de la madre? Este hecho afecta a la relación entre lenguaje y emoción; también influye en la imaginación, pues le resta autonomía y creatividad. ¿Cuáles son los problemas de traducción, de emoción, de encontrar maneras de hablar con quienes quizá podríamos llamar ‘los humanos post-humanos’?”. Mayo Fuster abordó la ampliación de nuestras redes desde otra perspectiva. Para ella, el desafío consistía en desarrollar una “curiosidad –un trabajo en constante evolución– sobre los principios y las lógicas clave de una nueva acción política que vaya más allá de los límites de la política tradicional”.

Christophe Aguiton, sindicalista y activista político francés, cuyas líneas de investigación se centran en la tecnología de la información y la comunicación, y la organización de movimientos sociales, reforzó la idea de esta dimensión investigativa a la hora de replantear la organización política. Destacó el hecho de que, con las luchas actuales, se está inventando algo nuevo que aún no entendemos, pero que podría ser de una tremenda importancia. “Vengo de un país con una fuerte tradición de democracia directa. Hemos vivido huelgas generales y movimientos sociales multitudinarios en que la gente se organizaba en grandes asambleas y a través de delegados elegidos, así como de un gran número de comités. El ejemplo clásico es el de 1968”. Pero, según Christophe, los movimientos que observamos hoy día parecen estar organizados en función de unos principios muy distintos, como lo demostraría el éxito de las movilizaciones que tuvieron lugar en la primavera de 2006 contra el CPE (Contrato sobre Primer Empleo), con que se pretendía minar los derechos laborales de los más jóvenes. Tal como explica: “En el pasado, los movimientos se organizaban de forma directa e involucraban realmente a las personas, pero se estructuraban mediante una especie de pirámide de representantes elegidos. Ahora, los movimientos se organizan de forma horizontal, sin una pirámide, sin la clásica delegación, a través de métodos de coordinación de iniciativas autónomas. Estamos viendo la aparición de grandes redes compuestas por elementos muy heterogéneos”. Christophe concluyó con la idea de que debemos comprender lo novedoso y lo singular de lo que está ocurriendo.

Nuevos métodos, nuevas tensiones

Estas nuevas formas de organizarse van acompañadas de diversas tensiones que no se pueden olvidar. Para Dominique Cardon, que está investigando el uso de las nuevas tecnologías y los movimientos sociales en Francia, la cuestión del individualismo plantea un desafío fundamental: “Hablamos sobre redes, pero deberíamos aludir también a la individualización de la participación. No osamos decir algo parecido porque sabemos que el individualismo está vinculado con la esfera del consumo. Pero el hecho es que la participación política cada vez es más individualista. Y es todo un reto reflexionar por qué las personas no participan en los partidos pero sí se asocian como consumidores. Podríamos considerarlas como militantes del P2P (de igual a igual) o algo parecido”.

Christophe Aguiton deseaba analizar “cómo está funcionando realmente la creación de consenso entre las redes; cómo funcionan las relaciones de poder. Estos métodos de consenso son, a veces, muy eficaces; por ejemplo, en la organización de las manifestaciones multitudinarias contra la guerra en 2003. Pero debemos analizar cómo han funcionado”. Varias personas aludieron a desafíos que se derivan de la fuerza del movimiento: su diversidad, multiplicidad y heterogeneidad. Alex Foti, que trabaja desde Milán, entre otras muchas cosas, como organizador de la red Euromayday () contra la precariedad, describió lo frustrante de todo esto: “Ya hemos visto que las multitudes pueden alcanzar decisiones a través de internet. Pero el enfoque de consenso no nos ha permitido adoptar decisiones estratégicas. Para garantizar que se respete la heterogeneidad, que todo el mundo esté de acuerdo, hemos perdido muchas oportunidades. De hecho, nuestro mayor fracaso es que nuestros objetivos –en mi caso, contra la precariedad– han vuelto a situarse en el plano nacional. Nuestro gran desafío consiste en crear batallas importantes, con objetivos alcanzables y significativos, en el ámbito europeo. ¿Pero como se puede llegar a ese grado de coherencia y, al mismo tiempo, mantener la multiplicidad y diversidad que, en determinadas circunstancias, ha demostrado ser uno de los puntos fuertes de los movimientos (por ejemplo, al conseguir alcanzar unos niveles de movilización sin precedentes)?”.

¿Instituciones?

Los desafíos de varios de los participantes tenían como común denominador la sensación de encontrarse en medio de una transición institucional incierta. Marco Berlinguer propuso el principio de la ‘desinstitucionalización’, y su desafío se centraba precisamente en lo contrario: “¿Cómo concebir, desarrollar y afirmar nuevos tipos de instituciones? Aunque las viejas instituciones estén muriendo, toda comunidad necesita algún tipo de institución. La construcción de nuevas instituciones representa uno de los desafíos más complejos a los que se enfrenta el movimiento”. Ezequiel Adamovsky siguió elaborando esta idea: “Hemos rechazado, con toda la razón, los partidos y el resto de instituciones de la izquierda tradicional; sabemos que las elecciones y la política parlamentaria pueden ser una vía muy limitada y peligrosa; sabemos que los movimientos sociales deben situarse en la vanguardia de la estrategia política; sabemos que la diversidad y la multiplicidad son valores que deseamos proteger frente a la centralización; sabemos que debemos desarrollar estructuras más horizontales y menos jerárquicas. Pero aún no tenemos ni la más mínima idea de cómo organizarnos de una forma realmente distinta. Todos hemos jugado con la metáfora de la red, y con los conceptos de la democracia directa, la política participativa, las asambleas, la autonomía, etc., pero aún no hemos encontrado herramientas concretas para unir las luchas anticapitalistas, tan dispersas, de forma eficaz”.

Uno de los temas concretos de nuestra investigación surgió en varias ocasiones: la búsqueda de formas de mediación no jerárquicas y transparentes. Muchos participantes presentaron sus desafíos, como Ezequiel, planteando cuáles serían las condiciones y las formas para un nuevo tipo de interrelación. Branka Ćurčić aludió a ese desafío en términos de lenguaje: “¿Qué tipo de nuevo lenguaje podría articular (en un sentido positivo) esas iniciativas que están dispersas por todo el mundo pero que comparten principios como la participación y la dedicación reflexivas, la complejidad, el debate, la participación y la ética? Sin caer en el peligro de la confluencia ciega de iniciativas inconexas, ¿qué tipo de lenguaje puede expresar y ayudar a hacer realidad un ‘horizonte compartido’ o interés común (en caso de que sólo haya uno)?”.

Mayo Fuster se centró en un reto comunicativo cada vez más manifiesto: “¿Cómo desarrollamos un lenguaje comunicativo sintético que pueda vencer el problema del exceso de información (técnicas de visualización, por ejemplo)? Esto podría ayudar a desarrollar los procesos de mediación que posibilitan una participación amplia”.

Varias personas, entre las cuales Ricard Gomà de Barcelona y Gemma Galdón, también de Barcelona aunque ahora trabaja con el programa Nuevas formas de acción política del Transnational Institute en Amsterdam, subrayaron la importancia de los espacios públicos como recurso para el desarrollo de nuevas instituciones. Ricard hizo hincapié en la destrucción de estos espacios en los últimos años y la necesidad de reivindicarlos, algo que nunca harán los gobiernos. Gemma destacó el desafío de convertir los espacios públicos en espacios políticos: “¿Qué son los espacios públicos en términos políticos?”, preguntó.

Una de las instituciones que se abordó durante el debate fue la integrada por los dirigentes, las cúpulas. A veces, depender de una sola persona que simbolice una causa o una determinada visión es una manera de sustituir, aunque no sea de forma deliberada, el desarrollo instituciones democráticas transparentes que den a sus miembros un poder real y, además, la seguridad cultural para utilizar ese poder. Hilary planteó el desafío de cómo tratar el problema del liderazgo: “Permitir que personas concretas simbolicen una causa ha tenido consecuencias catastróficas; basta con pensar en Lula, en Tony Blair o, ahora, en Tommy Sheridan en Escocia. El símbolo acaba devorando a la organización. ¿Necesitamos líderes en lugar de normas transparentes y acordadas democráticamente que permitan que sean muchas las personas que asuman responsabilidades?”.

¿En qué medida nuestras ideas –o la falta de ellas– sobre las nuevas instituciones se ven influidas por nuestra actitud y relación con las instituciones existentes? Joan Subirats presentó un reto en este sentido: “Veo un peligro en el hecho de que muchos movimientos sociales consideren que las instituciones son algo raro y totalmente ajeno a sus vidas. Han decidido que las instituciones no son importantes para ellos. Intentaré explicar mi visión con un triángulo.

Los tres vértices son: resistencia, disidencia e influencia. El triángulo ilustra la tensión entre estar contra el poder dominante y contra las instituciones políticas y, a la vez, ser capaz de construir nuevas alternativas; se trata de influir en las instituciones y relacionarse con ellas de forma conflictiva, lo cual incluye estar presente en la vida de las instituciones políticas formales”.

Identidad, cultura, conocimiento

Replantear la organización política no es sólo cuestión de comunicación, instituciones y normas, sino que entraña también cuestiones relacionadas con la identidad, arguyó Geraldo Campos. Su intensa experiencia con los presupuestos participativos en São Paulo le ha llevado a destacar la importancia de una tensión entre dinámicas, entre –según sus propias palabras– ‘pertenecer’ y ‘convertirse en’: “En una era de redes y movimientos fluidos, donde hay corrientes que se cruzan entre sí constantemente, cada vez hay más personas en contacto, y las comunidades se solapan, la cuestión de la identidad puede ser un problema. El desafío consiste en pensar en maneras de abordar este problema de forma que no se consoliden las identidades fijas y los estereotipos impuestos por el capitalismo. Debemos ir más allá de la ‘política identitaria”. Geraldo habló desde su experiencia en la construcción de procesos participativos entre grupos tradicionalmente excluidos –mujeres, negros, jóvenes, indígenas, sin techo, minusválidos, ancianos, LGBT y niños– para demostrar las posibilidades que ofrece mezclar los mecanismos participativos y el debate de las identidades. El proceso de compartir un espacio cuyas normas habían definido conjuntamente les demostró que, además de sus particularidades, también compartían algo. “El resultado fue una sensación de apertura de las identidades que teníamos antes de la experiencia”, explicó Geraldo.

Esta sensación de identidades abiertas y fluidas es una fuente potencial de fuerza y, por lo tanto, podría servir como punto de partida para intentar dar respuesta al difícil reto planteado por Alex Foti: “Cuando nació el movimiento altermundialista, estaba bien eso de tener múltiples identidades. Pero en un mundo caracterizado por la guerra global de la derecha cristiana de Bush y el occidentalismo anglo-americano-israelí frente al islam fundamentalista; un mundo donde hay identidades muy fuertes (una fuerte identidad chií, una fuerte identidad occidentalista, una fuerte identidad indígena en América Latina), somos débiles, no tenemos un sentimiento de identificación fuerte”.

Moema Miranda también ofrece algunas pistas para responder a Alex, además de presentar otros desafíos: “No podemos afrontar los retos de hoy día si limitamos nuestro entendimiento de las luchas anticapitalistas y de la política a las meras dimensiones racionalistas de nuestros movimientos. En Brasil, por ejemplo, la teología de la liberación y las comunidades eclesiásticas de base fueron esenciales en la lucha contra la dictadura y en la creación de las bases de lo que después sería el PT. Actualmente, sólo podemos oponernos al fundamentalismo si nos relacionamos también con espiritualidades y formas de arte y culturas de la liberación, con su capacidad para conectar con la mayoría de nuestras poblaciones. Estas dimensiones de la espiritualidad y el arte fueron malinterpretadas por las formulaciones de la izquierda clásica. Por tanto, es todo un reto ampliar el alcance de las personas a las que hablamos”.

A esto, añade el desafío –estrechamente ligado al anterior– de superar las formas eurocéntricas de articular conceptos y valores. En sus propias palabras: “La globalización puede esconder las diferencias que existen entre nosotros. Las diferencias pueden ser fuente de una rica diversidad, pero para desarrollar esa diversidad se necesita un esfuerzo renovado de establecer un diálogo intenso con el Otro, con la auténtica diversidad. De Sousa Santos ha estado hablando sobre la importancia de la ‘traducción intercultural’ como condición indispensable para este entendimiento mutuo. Independientemente de cómo lo llamemos, es un desafío para los diálogos de la izquierda transformadora y radical, y para enlazar movimientos y alternativas en el Norte y en el Sur.

Otro desafío propuesto por Ezequiel Adamovsky refuerza esta idea de los límites de la cultura de la izquierda: “Necesitamos reinventar la cultura de la izquierda. De hecho, estamos ya viviendo el proceso, pero aún nos queda un largo camino por recorrer. Por cultura, me refiero a valores, lenguaje y estructuras de sentimientos, no sólo a ideas. La cultura de la izquierda tradicional tiende a ser muy militarista, es una cultura machista; debemos reinventar nuestra cultura de acuerdo a unos valores de apertura, cooperación y creatividad”.

Esto nos lleva a la cuestión de cómo entendemos el conocimiento y, en el contexto del replanteamiento de la organización política, a la importancia de valorar el conocimiento generado en los procesos de lucha y transformación. Puede que parezca excesivamente racionalista tratar la cultura como introducción a un debate sobre el conocimiento. Pero uno de los desafíos apuntados por varias personas pasaba por la importancia de reconocer la validez de diversos tipos de conocimiento, que incluiría los conocimientos sobre distintos niveles de la realidad, y los conocimientos adquiridos desde distintos ángulos. Para Mayo Fuster, uno de los desafíos fundamentales es “desarrollar un medio para sistematizar los conocimientos generados en el proceso de transformación, hacerlos accesibles, protegerlos del uso y la saturación por parte de intereses capitalistas”.

“¿Qué queremos decir con conocimiento?”, preguntó Joan Subirats. “Viejos conocimientos, nuevos conocimientos, ciencia, construcción social de la ciencia. Es muy importante ser capaz de conectar nuevas y viejas formas de pensar, y no perder la fuerza de la traducción entre tradiciones, entre idiomas, entre experiencias. Para mí, ese es uno de los desafíos más importantes”. Y es también, esperamos, uno de los objetivos del proceso Política en red.