Realismo Mágico –Un golpe en Honduras, algo tan Siglo 20 (primera parte)

Nelson Valdés
Enero 2010
Realismo Mágico –Un golpe en Honduras, algo tan Siglo 20 (primera parte)

Reconociendo al gobierno golpista de Honduras, Obama siguió la vieja política estadounidense que favorece a las grandes corporaciones y a los bancos.

"No creo que tenemos que quedarnos cruzados de brazos viendo a un país volverse comunista por irresponsabilidad de su pueblo". -- Henry Kissinger, 26 de 1970.

"He escuchado a muchos en esta sala decir que no reconocerán las elecciones de Honduras… ¿Qué significa eso en el mundo real, y no en el mundo del realismo mágico?" -- W. Lewis Amselem, Representante de EE.UU. en la Organización de Estados Americanos, 11 de noviembre de 2009.

Para los seguidores del realismo mágico en EE.UU., un golpe de estado se convierte en golpe de estado cuando Washington lo define de esa manera. El 10 de marzo de 1952, el general cubano Fulgencio Batista se hizo del poder y buscó legitimizar su golpe celebrando falsas elecciones. Mágicamente, los golpistas ganaron: Washington reconoció a Batista.

En 1964, los militares brasileños expulsaron al presidente João Goulart y ocultaron el crimen con hojas electorales de parra, como si los golpes llegaran con republicanismo rutinario.

En el 2009, pocos imaginaron que gorilas militares recibirían órdenes de un tribunal supremo corrupto, secuestrarían a un presidente y lo exiliarían a Costa Rica. Menos aún imaginaron al presidente costarricense Oscar Arias cooperando con los secuestradores y en vez de acusarlos de delitos graves permitirles regresar en su avión militar. Más Realismo Mágico del Siglo 21 salió a la superficie cuando Arias evolucionó, de colaborador a mediador –con el beneplácito de EE.UU. y la OEA.

Washington pudo haber congelado las cuentas de los golpistas o denunciado a los vándalos congresistas hondureño, que apoyaron el golpe, por presentar una falsa carta de renuncia del presidente Manuel Zelaya, la cual él no había firmado y que tenía con la fecha equivocada.

En vez de calificar al asalto de golpe de estado, funcionarios del Departamento de Estado “estudiaron” la absurda acusación de que Zelaya había violado la Constitución de Honduras al hacer un llamado a su pueblo a un referendo (consulta), para ver si querían cambiar el documento. Es más, un informe de derechos humanos del Departamento de Estado había catalogado de corrupto al mismo Tribunal Supremo que ordenó el arresto de Zelaya –pero no que lo secuestraran y exiliaran.

Para noviembre, los pandilleros habían reprimido a los medios de la oposición, habían matado, torturado y golpeado a los manifestantes. Entonces, las condiciones estuvieron listas para que los golpistas celebraran “elecciones”. Menos del cincuenta por ciento votaron por candidatos que no reflejaban ninguno de los programas de Zelaya. A pesar de las acusaciones de fraude e irregularidades, Washington reconoció el proceso y suplicó al mundo que olvidara el desagradable pasado de Honduras: ¿cinco meses de mal de estómago de una nación?

Con el apoyo de EE.UU., el presidente “Cómo-se-llama”, miembro de una preocupada élite, llevó de regreso a la ex República Bananera, repleta ahora de maquiladoras, a la “comunidad de naciones” –ante la protesta de decenas de países miembros.

“Oigan”, dijo un reportero en Tegucigalpa, “las elecciones fueron tan legítimas como la farsa de Afganistán”. El éxito tardó más de lo que los golpistas deseaban, pero el Washington oficial definió al año pasado como historia antigua. El secuestro de Zelaya --por ofrecer pasos legales para la reforma-- y los subsiguientes asesinatos por escuadrones de la muerte, bueno, “olvidémonos del pasado”…

Una docena de familias oligárquicas han sido dueñas del país durante décadas.  Aprendieron de su experiencia con la “desobediencia” del quijotesco Zelaya no delegar el control político, incluso en aliados ricos. La clase aristocrática ha forzado ahora a los miembros de las familias a “ganar” curules congresionales y a “servir” en el tribunal.

La elite Cromañón hondureña reemplazó a Zelaya porque, al igual que muchas entidades ilegítimas, comenzaron a preocuparse de que sus víctimas, la mayoría de los hondureños, se movilizarían y cambiarían la Constitución: el basamento que los protegía del cambio estructural. La propuesta de Zelaya de un referendo no vinculante amenazaba su dominio minoritario.

Una nueva constitución permitiría a la mayoría reemplazar el sistema de Guerra Fría.  Desde fines de la década de 1940, Washington entrenó a los militares hondureños a usar el anticomunismo como pretexto para reprimir los movimientos que defendieran políticas opuestas a los grandes inversionistas norteamericanos y a la aristocracia local. La contrainsurgencia desde la década de 1960 hasta la de 1980 se convirtió en la era de las dictaduras militares –con fachada republicana.

Los utópicos creyeron que el ascenso de Obama traería el cambio: el presidente respetaría incluso las elecciones que no tuvieran los resultados deseados, lo que había prevalecido durante siglos cuando los latinoamericanos habían elegido al presidente “inadecuado”. “No creo que tenemos que quedarnos cruzados de brazos viendo a un país volverse comunista por irresponsabilidad de su pueblo. Hay demasiado en juego para que se deje a los electores chilenos decidir por sí mismos”, dijo el Secretario de Estado Henry Kissinger para justificar el apoyo al golpe de estado de 1973 en Chile.

Treinta y seis años después, en la cumbre de Trinidad, el presidente Obama evitó esas groserías. La ley iba de la mano de sus políticas de globalización. Los golpes de estado molestan a los negocios.

¿Entonces por qué la elite dominante y sus militares ejecutaron un golpe de estado y finalmente obtuvieron la aprobación de Washington?

Porque pensaron que podían salirse con la suya. Y lo lograron. Prevaleció la vieja política que favorece a las grandes corporaciones y a los bancos. Después de todo, las primeras acciones de Obama fueron rescatar a los grandes bancos y los grandes fabricantes de autos. Así que gracias a la amnesia (¿hubo un golpe allí?), Honduras de nuevo es segura –temporalmente—para Chiquita Banana, los bancos norteamericanos y los aristócratas locales.

Progreso Semanal

Realizador, periodista y escritor

Saul Landau, investigador sénior y ex director del TNI (1976), es un renombrado realizador, periodista y escritor. Landau escribe una columna semanal sobre política nacional y exterior de los Estados Unidos y ha producido más de cuarenta película sobre cuestiones sociales, políticas, históricas y de derechos humanos.

Sauld ha escrito 14 libros; el último, se titula A Bush and Botox World (Counterpunch, 2007). Obtuvo el premio Edgar Allen Poe Award por Assassination on Embassy Row, un informe sobre sobre el asesinato en 1976 del embajador chileno Orlando Letelier y su compañera, Ronni Moffitt.

Es catedrático honorario en la Universidad Estatal de California en Pomona. Gore Vidal afirma que "Saul Landau es un hombre del que encanta robar ideas".