Les robaron las tierras, pero consiguieron reservas y una licencia para casinos. Landau informa sobre la vida en la reserva india de Inchelium.
“Oiga, las cosas son muy distintas”, dijo el crupier de blackjack que llevaba una chapilla con su nombre, Larry, mientras me informa después de que perdí $25 dólares en la mesa donde él baraja y reparte. El supervisor que escucha la conversación no parecía un indio spokane o un miembro de cualquier otra tribu nativa. Los casinos propiedad de los indios --pero no administrados por indios-- salpican el paisaje de Washington oriental.
“Yo no tenía empleo fijo antes de que abriera este lugar”, dijo mientras esperaba a otro tonto en una mañana de pocos clientes, poco antes del fin de semana del Día de los Trabajadores. (i) Las familias y los turistas regresaron a las casas flotantes al otro lado del camino, después de haber paseado río arriba y río abajo por el Columbia y el Spokane y también haberse quemado por el sol.
El Casino Two Rivers (Dos Ríos), propiedad de la tribu spokane, se especializa en máquinas tragamonedas. Es más, algunos casinos ni siquiera tienen mesas de blackjack o de ruleta.
“Aquí no vienen los grandes jugadores”, me informó el crupier, echándome una sonrisa y mostrando los espacios vacíos donde una vez hubo dientes. “Pero mis dos hermanos se alistaron, ¿sabe? Yo no quería meterme en eso, ¿sabe?, allá en ese lugar. Demasiado peligroso y yo no quería irme muy lejos de casa. Así que me entrené para este trabajo y paga bien, ¿sabe?”
Desde Gifford un viaje en trasbordador --gratis y de diez minutos-- cruza el río Columbia. Al otro lado, Inchelium se asemeja a los pueblos de las reservaciones que vi en Dakota del Sur, Arizona, Nuevo México y el Mar de Salton en California. En los jardines del frente hay carrocerías oxidadas de autos y aparatos caseros desechados. Los niños corren por todos lados. Una tienda mixta destartalada estaba frente a una deslucida cafetería donde el café se evaporaba sobre una hornilla y olía como si alguien lo hubiera hecho antes. Mucho antes.
Alrededor de la aldea, unos pinos majestuosos proyectan su sombra y aroma por toda el área, los pocos que quedan después de que Boise Cascade y otras “compañías madereras” acabaran con los bosques.
Desde la ventana de mi motel en Colville, vi cómo la grúa manejada por un robot enviaba su garra hacia abajo y levantaba los troncos y los colocaba en una cinta transportadora, un tortuoso paso más en la transformación de los poderosos árboles en contrachapado, palillos de dientes o de comer.
La camarera del “mejor restaurante italiano de Colville” --según la descripción que ella hizo-- considera que Boise Cascade es “la” compañía. Proporciona empleo y hace que los clientes vayan al restaurante. Mientras yo esperaba por mi lasaña y mi berenjena a la parmesana para llevar, le pregunté si conocía las aventuras de Boise Cascade en Guerrero, México, en la década de 1990, cuando la compañía, en connivencia con corrompidos políticos, arrasó porciones de los bosques de la localidad.
Se encogió de hombros. Nada de eso se publicó en el periódico de Colville ni apareció en el noticiero de televisión. El predicador no lo mencionó. Boise Cascade no desea ese tipo de publicidad en un poblado de unos 5 000 habitantes donde realiza sus operaciones 7 días a la semana durante las 24 horas.
La tala y el turismo, las reservaciones indias y la represa Grand Coulee han dejado sus indelebles marcas de identificación en el Washington oriental.
La represa lo domina todo --como debe ser. Hace lucir pequeñas otras plantas de generación de electricidad. Contiene más concreto que cualquier otra estructura del país. La represa tiene como kilómetro y medio de largo. Todas las pirámides de Giza cabrían dentro de su base. El guía nos informa que tiene el doble de la altura de las Cataratas del Niágara.
La estructura, que se alza hasta más de 400 metros sobre el nivel del mar, domina el paisaje sobre el río como una estructura surrealista. La propia cantidad de concreto de su exterior sobrecoge y hace a uno preguntarse cómo los ingenieros y arquitectos pudieron concebir una idea tan gigantesca allá por 1933, cuando la Administración de Obras Públicas de Franklin D. Roosevelt inició gigantescos proyectos para estimular la economía y crear empleos. El proyecto tardó casi ocho años en terminarse y durante ese tiempo los planes cambiaron y los ingenieros incrementaron la capacidad de riego de la represa.
La 2da. Guerra Mundial provocó cambios adicionales. El riego pasó a segundo lugar, desplazado por la generación de energía eléctrica. La energía producida allí se hizo indispensable para la producción de guerra. Grand Coulee también suministró energía para los reactores productores de plutonio y las instalaciones de reprocesamiento en Hanford, Washington, parte del entonces ultra secreto Proyecto Manhattan para producir la bomba atómica, algo bastante alejado del espíritu de la canción de Woody Guthrie,
“Fluye, Columbia, fluye, tu potencia está convirtiendo la oscuridad en amanecer”.
La planta de Hanford tenía un escape de material nuclear. Ex empleados han sufrido por el material tóxico, así como los peces que deben pasar por debajo de la cortina de concreto. “La mayoría logra deslizarse por debajo”, dijo el guía de turismo en respuesta a mi pregunta. “Algunos mueren debido a algo parecido a los bends, la enfermedad del buzo. Pero favorece a las águilas marinas”. Señaló hacia arriba, donde debían estar los depredadores.
La represa fue esencial para el desarrollo industrial del Pacífico Nororiental, y nuevamente el riego asumió su lugar después de la guerra. El propio proyecto también brindó miles de puestos de trabajo durante la Gran Depresión y aún funciona como proveedor de empleo y centro de la economía del área, pero no lo suficiente como para dar empleo a todo el mundo. Las cifras de desempleo de julio para adultos blancos llegaron al 5%, ligeramente superior al promedio nacional de 4,9% reportado por el gobierno; la cifra de negros, hispanos y norteamericanos nativos es del doble o más de la anterior.
En Spokane, decenas de hombres sin hogar --predominantemente blancos, pero algunos indios y unos pocos latinos con gastadas mochilas-- estaban sentados en los quicios; otros pasaban en bicicletas oxidadas. Hoteles de habitaciones sencillas llena las calles más pobres. El río Spokane corre por dentro de la ciudad. En sus márgenes, como en las de otros ríos urbanos y playas públicas, se ha acumulado la basura. El rastro ubicuo de la espuma de poliestireno, las reveladores botellas de cerveza y de whisky provenientes de fiestas en las márgenes del río y el ocasional condón que flota en el bajío se acumulan para futuros arqueólogos e historiadores, quienes tratarán de entender lo que hicimos aquí en el siglo 21 --la época en que la ciencia y la tecnología habían superado fronteras que cuando yo era niño consideraba de ciencia ficción. Conocimiento e ignorancia, preocupación y descuido por la Tierra y sus gentes y otras cosas vivientes.
Mientras caminábamos hacia la margen del río en el aire de la húmeda mañana un hombre de mediana edad que trabajaba en su jardín dijo: “Oigan, ¿quieren uvas?”
¡Por supuesto!
Llenó una bolsa plástica con racimos de pequeños bocados verdes que estallaron con ácida suculencia contra el paladar. Le dimos las gracias. Él asintió con la cabeza.
“No quisiera tener que tirarlas”.
Comimos las uvas y miramos el puente que sobre nosotros cruzaba el río Spokane. Al igual que las represas, muchos de los cimientos infraestructurales del país fueron construidos en la década de 1930. Pocos norteamericanos hubieran adivinado entonces que pocas décadas después esa “defensa” reclamaría la parte del león de la riqueza de los impuestos, que una nación que no poseía fuerzas armadas permanentes tendría un cuerpo militar institucionalizado que rutinariamente sería enviado a guerras en todo el mundo, mientras los diques de Nueva Orleáns colapsarían debido al poco mantenimiento y un puente en Minnesota se derrumbaría por la fatiga estructural.
El majestuoso paisaje del nordeste de Washington, montañas salpicadas de pinos, poderosos ríos y vastas áreas cubiertas de campos de trigo recién cortado --de un amarillo intenso que Van Gogh hubiera admirado-- comparten la vista con estructuras hechas por el hombre: represas, puentes y ciudades como Spokane.
En la carretera no se puede evitar el contraste entre las vallas chabacanas que promueven las ventas de SUVs. Escuchando la radio AM mientras un ciervo salta ágilmente entre los árboles, oí una noticia apasionante: una nueva droga ha llegado al mercado para curar la disfunción eréctil. Luego la radio ladró las mismas viejas noticias --guerras en Irak y Afganistán, las últimas banalidades de Rudy Giuliani, que significa la “victoria”, no importa lo que eso quiera decir, y más hielo ártico que se derrite.
El río corría como siempre lo ha hecho. El crupier indio de blackjack le había dicho a mi esposa que “no hay buena pesca en época de calor. La gente alquila casas flotantes y no atrapa nada. Es realmente frustrante, ¿saben? Pero así son los peces”.
Las montañas verdiazules con los valientes pinos proyectan su sombra sobre el valle. El viento fresco envía su aviso. Pronto llegará el otoño. Mientras tanto, las vallas de carretera y los anuncios de radio advierten a los consumidores que presten atención a las cosas importantes de la vida.