El capitalismo en su laberinto

Gobiernos y expertos buscan una salida tras la tremenda purga económica e ideológica que ha representado la crisis financiera
Septiembre 2009

Fue Dédalo, el arquitecto griego, el que ideó el laberinto del palacio de Cnossos, en Creta, tan enrevesado que nadie podía encontrar la salida. El mito puede servir de referencia para explicar lo que está sucediendo en la economía mundial.

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Fue Dédalo, el arquitecto griego, el que ideó el laberinto del palacio de Cnossos, en Creta, tan enrevesado que nadie podía encontrar la salida. Lo mandó construir el rey Minos para encerrar en él al Minotauro, nacido de los amores de la reina y un toro. La leyenda concluye que el héroe griego Teseo mató al monstruo con su espada mágica, y escapó del laberinto gracias al hilo de Ariadna.

El mito puede servir de referencia para explicar lo que está sucediendo en la economía mundial. La analogía se presta a juegos divertidos de asignación (¿quién es el Minotauro de la economía mundial?, ¿quién empuña la espada mágica?), pero por encima de todo ilustra bien las dificultades que tienen las autoridades económicas para hallar el camino de vuelta a la estabilidad y el crecimiento.

 

La economía mundial está algo mejor (Francia y Alemania han recuperado las tasas positivas de crecimiento en el segundo trimestre) y los mercados financieros y monetarios están más desahogados. Pero el gran dilema que se plantea ahora es: ¿cuándo y cómo hay que retirar el dóping monetario y presupuestario que ha permitido a las economías mundiales sobrevivir a la crisis financiera? La decisión sobre las ayudas recuerda el juego de las siete y media, en el que como decían las coplillas de Don Mendo "no llegar da dolor... pero ¡ay de ti si te pasas! ¡Si te pasas es peor!".

En efecto, los gobiernos de las principales economías mundiales están sopesando, y así se refleja en todos los foros multilaterales, durante cuánto tiempo es prudente mantener la masiva inyección de fondos que sostiene artificialmente el sistema financiero (a través de la ilimitada liquidez que le proporcionan los bancos centrales) y la economía en su conjunto (que se apoya en un gasto público enorme).

Los riesgos de prolongar innecesariamente la política asistencial son evidentes. Por un lado, tiene un altísimo coste en términos de déficit público (EEUU terminará el año por encima del 13% del PIB; España, Reino Unido y Japón rondarán el 10%), cuya depuración habrá de lastrar la actividad en próximos ejercicios, so pena de trasladar el pago de la crisis a futuras generaciones. Por otro lado, mantener durante mucho tiempo los estímulos monetarios (ahora mismo, el dinero les sale casi gratis a los bancos) retrasa el necesario saneamiento del sector y puede ser el germen de una nueva burbuja de liquidez.

Efectos negativos

Malo será pasarse de ayudas, como dice Don Mendo, pero si las autoridades económicas se quedan cortas, los efectos también serán muy negativos. Retirar las muletas antes de que la economía y el sector financiero empiecen a andar por sí mismos puede provocar una recaída grave de la crisis. Y en este caso no es una suposición. Eso es precisamente lo que ocurrió a principios de los años 30, tras la Gran Depresión, cuando después de una mejoría transitoria Estados Unidos desmanteló antes de tiempo su sistema de apoyo a la economía y generó una nueva recesión.

La posibilidad de que eso vuelva ocurrir aterra a muchos expertos (el impacto en la economía real sería muy duro) y, de momento, la consigna mayoritaria expresada en distintos foros internacionales (G-7, G-20, UE, etc.) es que hay que mantener la política de auxilio monetario y presupuestario, aunque el FMI ha instado a todos los países a tener preparada una estrategia de retirada de las ayudas para cuando se consolide la mejoría económica.El dilema sobre cuándo hay que retirar la respiración asistida a la economía tiene una versión doméstica. En el caso de España, el apoyo a la liquidez bancaria depende obviamente de lo que diga el Banco Central Europeo (BCE). Pero las ayudas presupuestarias sí son competencia del Gobierno, y la elaboración del proyecto de Presupuestos de 2010, que se presenta esta semana en el Congreso, ha puesto sobre la mesa el debate sobre la oportunidad de cortar el grifo ahora. El objetivo para el año que viene es reducir significativamente el déficit público, con una mezcla de subida de impuestos y reducción del gasto, pero eso choca, al menos teóricamente, con el despegue de la actividad económica.

Sin embargo, los problemas de salida de la crisis no tienen sólo que ver con cuestiones más o menos técnicas de instrumentación y calendario de la política económica. En realidad, lo que es más importante es saber cómo se va a transformar el sistema tras la tremenda purga económica e ideológica que ha supuesto la crisis. Aunque hay quien aún se aferra a la teoría de los ciclos económicos y confía en que todo volverá a ser como antes, la mayoría de los expertos se inclina por pensar que estamos ante un cambio de naturaleza histórica en las relaciones entre los agentes económicos y, en definitiva, en el modelo capitalista. Rodrigo Rato, el que fue director gerente del FMI y cerebro económico del PP con Aznar, se abonó a esta tesis en una reciente conferencia en Madrid. Pese a su ideología claramente liberal, Rato puso en cuestión los principios de desregulación por los que se ha regido el sistema de mercado y sugirió que hay que reinventar fórmulas que impidan los excesos evidenciados por la crisis financiera.

En una línea parecida, otro conspicuo liberal-conservador como Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal de EEUU, también entonó en su día el mea culpa y admitió que la crisis había derrumbado "el edificio intelectual" en el que estaba basado el sistema.

Pese a estas expresivas muestras de cambio de opinión, no todos los ardientes defensores del libre mercado aceptan de buen grado el cambio que se está operando en el sistema. Este mismo mes, el presidente de EEUU, Barack Obama identificó entre los resistentes a muchos banqueros de Wall Street, que están tratando de bloquear las reformas en la regulación del sistema financiero.

Estrategia de nostalgia

Muchos políticos también se llaman a andana. En España, el portavoz económico del Partido Popular, Cristóbal Montoro, basa su estrategia de oposición en la nostalgia. Montoro recuerda su etapa de ministro con Aznar como una Arcadia feliz y repite insistentemente el mensaje de que con las mismas recetas España se enfrentaría mejor a la recesión. Para él, es como si nada hubiera pasado desde entonces en el sistema económico.

El mundo ha cambiado, pero ¿hacia dónde? Como suele subrayar el Premio Nobel de Economía Paul Krugman, el efecto inmediato es la vuelta a las viejas recetas keynesianas, que sirven de red de protección para salvar el sistema. Así ocurrió en la Gran Depresión de los años 30, y así está ocurriendo ahora. Probablemente, ese no sea un efecto pasajero. El Estado ha vuelto y, teniendo en cuenta las ingentes cantidades de dinero público que se ha gastado para sostener el entramado económico, es previsible pensar que lo ha hecho para quedarse durante años. Pasará mucho tiempo antes de que alguien defienda públicamente las bondades de la autorregulación de los mercados.

La crisis nos trae más Estado, pero también menos tolerancia de los gobiernos y de la opinión pública ante excesos hasta ahora considerados una especie de excrecencias inevitables. Los paraísos fiscales, por ejemplo, son una especie amenazada de extinción, después de que el G-20 les declarara la guerra.

Un tema menos claro es el de los sueldos de los altos directivos bancarios. Aunque todo el mundo está de acuerdo en que hay que poner límites a los excesos, hay problemas para desarrollar una legislación uniforme y detallada. Las posiciones de Estados Unidos y Gran Bretaña, por la importancia de sus industrias financieras, son relativistas, por las posibles fugas de talento que se puedan producir. En todo caso, los banqueros ya se están anticipando a los posibles límites, y un grupo de ejecutivos de Barclays ha creado una sociedad en las islas Caimán para sortearlos.

La revisión de conceptos afecta también a las teorías sobre la globalización. Que Adair Turner, actual jefe del todopoderoso regulador bursátil británico, y antiguo presidente de la patronal del país, proponga crear un impuesto global a la banca, similar a la antiguamente detestada tasa Tobin, es revelador del cambio de enfoque.

¿Nueva ética?

¿Todo esto conduce a una renovación ética y a una especie de capitalismo más humano, como dice por ejemplo Martin Sorrell, el presidente del grupo de comunicación WPP? Los expertos más a la izquierda reniegan de esta interpretación y creen que los cambios que se están operando son puramente cosméticos.
El sociólogo filipino Walden Bello, por ejemplo, cree que hace falta una ruptura radical con la ortodoxia económica y propone "desglobalizar" el mundo, es decir, orientar la producción a los mercados interiores y activar medidas de proteccionismo comercial.

Son ideas, caminos distintos para encontrar la salida del laberinto en el que se encuentra la economía mundial. O igual es que el laberinto no tiene salida y el sistema está condenado a vivir en él eternamente.