La política israelí da mala fama a los judíos

05 March 2009
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A la mayoría de los judíos que conozco la existencia de Israel no le causa mucho placer; por el contrario. Se sienten indignados por el comportamiento de sus parientes tribales hacia los palestinos. Esta antipatía no tiene que ver con el derecho a la existencia de Israel, un falso argumento que aún esgrimen los sionistas de línea dura. Israel existe, y punto. La mayor parte del mundo lo reconoce. Cualquiera que quisiera eliminar a Israel merece estar en el manicomio o en prisión. Los israelíes acaban de elegir a una mayoría derechista. El tercer partido en número de votos, Yisrael Beytenu, liderado por Avigdor Lieberman, ocupará un lugar prominente en el nuevo gobierno. El propio Lieberman será ministro en el gabinete de Netanyahu. El año pasado Lieberman forzó al Comité Electoral Central a prohibir a los partidos políticos árabes. El Tribunal Supremo de Israel derogó la prohibición por inconstitucional antes de las recientes elecciones. Lieberman también exigió que el Knesset (parlamento israelí) expulsara a sus miembros árabes, Fue más allá. Si los ciudadanos árabes de Israel no firman un juramente de lealtad al país, se les debe revocar la ciudadanía. La deslealtad de los árabes incluye el uso de keffiyehs por los estudiantes árabes para ir a la escuela; la recolección de medicamentos y ayuda para Gaza por parte de israelíes musulmanes también cae en la categoría de desconfianza. Durante la invasión de Gaza en 2008-09. Lieberman quería que la operación militar continuara hasta que Hamas “pierda su deseo de pelear”. En un discurso en la Universidad Bar-Ilan, dijo que el gobierno de Israel había “llegado a una decisión de que destruiremos la voluntad de Hamas para seguir luchando”. Lieberman declaró al Jerusalem Post del 13 de enero: “Debemos continuar combatiendo a Hamas igual que Estados Unidos hizo con los japoneses en la 2da. Guerra Mundial. Entonces también la ocupación del país fue innecesaria”. En 1945, aviones de la Fuerza Aérea de EEUU lanzaron bombas atómicas sobre Nagasaki e Hiroshima. Japón se rindió incondicionalmente. Lieberman se ha ganado un ardiente defensor en Estados Unidos. Abraham Foxman, director nacional de la Liga de Anti-Difamación (LAD), apoyó el plan de Lieberman para exigir a los ciudadanos árabes que firmaran un juramento de fidelidad al estado judío”. (10 de febrero, Agencia Telegráfica Judía.) Foxman ignora la misión de la Agencia, que se opone a la discriminación racial, así como a la letra de la carta constitutiva de la LAD. El objetivo de la Liga Anti-Difamación es “garantizar la justicia y el trato justo para todos”. Aparentemente a Foxman le parece bien que en Israel se le quite la ciudadanía al árabe que use la cubierta inadecuada. Sin ciudadanía, los árabes no pueden votar ni participar en la política. Los judíos muy viejos puede que recuerden reglas similares en algunos países europeos. Mi abuelo me enseñó, cuando yo era niño en tiempos del Holocausto, que la tradición judía exige a cada uno que se esfuerce por convertirse en un pilar de la ética, aprender la ley y comportarse de manera tal que tenga que rendir cuentas a Dios por las trasgresiones --no a los gobernantes de un supuesto estado judío. Irónicamente, en nombre de todos los judíos, Foxman y sus colegas del AIPAC (Comité Norteamericano-Israel de Asuntos Públicos) y de otros grupos cabilderos pro-Israel, junto con partidos políticos de derecha y del centro en Israel invocan el Holocausto para justificar el mismo comportamiento representado por los iniciadores del Holocausto. Israel se autodenomina estado judío. Sin embargo, la quinta parte de la población de Israel no es judía. Yo no pertenezco a ese estado y me indignan sus políticas de constante guerra y ocupación. Cuenten las guerras de Israel: 1948, 1956, 1967, 1973, 1982, además de las guerras civiles contra dos Intifadas en las décadas de 1980 y 2000, y finalmente las invasiones de Líbano en 2006 y la de Gaza a finales de 2008, la última con un saldo de más de 1 300 palestinos muertos, la mayoría civiles, y menos de 20 israelíes, algunos de ellos por “fuego amistoso”. Condenado por la Cruz Roja, Amnistía Internacional y un sinnúmero de organizaciones por violar los derechos humanos del pueblo de Gaza, el nuevo gobierno de Israel casi seguramente continuará o incluso recrudecerá su política. No le importa lo que digan otros. El Dr. Erik Fosse, un cardiólogo noruego que trabajó en Gaza durante la invasión israelí, describió las heridas de sus pacientes. “Era como si hubieran pisado una mina”, dijo acerca de un palestino. “Pero no había esquirlas en la herida. Algunos habían perdido las piernas. Parecía como si se las hubieran cortado. He estado en zonas de guerra durante 30 años, pero nunca había visto heridas como esas”. El arma de “letalidad concentrada” a la que Fosse se refiere, hace poco daño a los edificios, pero provoca heridas catastróficas a los seres humanos. Estados Unidos las suministró a Israel. (Conn Hallinan, Foreign Policy in Focus, 11 de febrero de 2009.) La Fuerza de Defensa israelí (FDI) también usó fósforo blanco en Beirut en 1982, y nuevamente en Gaza. El intenso calor del metal inflige un daño terrible. La FDI sabe que la ley internacional prohíbe su uso cerca de áreas pobladas. Donatella Rovera, de Amnistía Internacional calificó de “crimen de guerra” el uso del fósforo blanco en “los vecindarios densamente poblados de Gaza”. (Guardian, 21 de enero de 2009.) Inicialmente Israel negó el uso del arma química. El 13 de enero, el jefe de Estado Mayor de la FDI Gabi Ashkenazi declaró solemnemente: “La FDI actúa solamente en concordancia con lo que está permitido por la ley internacional y no usa fósforo blanco”. Sin embargo, los israelíes y los habitantes de Gaza vieron el material y sus víctimas. El 20 de enero, la FDI admitió el uso de proyectiles de artillería y granadas de mortero conteniendo fósforo contra “combatientes de Hamas y dotaciones de lanzacohetes en el norte de Gaza”. El 15 de enero, tres proyectiles hicieron blanco en el complejo de la Agencia de Ayuda y Trabajo de la ONU (UNRRA). El fuego que provocaron destruyó suministros humanitarios. Un proyectil de fósforo también cayó en el hospital Al-Quds en Ciudad Gaza. Según The Guardian, los israelíes aseguraron que combatientes de Hamas se habían ocultado cerca de los blancos. Los testigos negaron el hecho. (21 de enero de 2009.) Funcionarios de la ONU citaron testigos que aseguraron que Israel mató a 31 miembros de una familia a quienes tropas israelíes habían llevado a una casa en Zeitun. Veinticuatro horas después de que la FDI advirtiera a los palestinos que permanecieran allí, la FDI cañoneó el albergue. La mitad de los muertos eran niños. La Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios lo califico de “uno de los incidentes más graves desde el inicio de las operaciones” de las fuerzas israelíes en Gaza. (AFP, 27 de diciembre de 2008.). Tales hechos provocaron que personas distinguidas como Jimmy Carter y Bill Moyers cuestionaran el comportamiento israelí. Rápidamente Foxman calificó a Moyers de antisemita. Los que se oponen a la invasión de Gaza por parte de Israel, o la ocupación del territorio de Palestina (por más de 40 años) o el maltrato a todos los palestinos son calificados de antisemitas. Cualquier crítica a Israel provoca tal descripción. Sin embargo, en discusiones con defensores judíos de la reciente invasión a Gaza, encontré más actitud defensiva. Durante una discusión, un ardiente pro israelí cambió de tema: “¡Pero en Israel hay libertad de palabra y libertad de prensa!” Sí, una pequeña minoría critica vigorosamente la política gubernamental israelí allá, no aquí en Estados Unidos, donde un miembro del Congreso caracterizó un ataque por el cabildo israelí como el equivalente de que un pit bull lo mordiera en la pierna. El diario israelí Ha’aretz brinda un ejemplo de tal crítica, incluyendo artículos condenando la reciente invasión como un fracaso e inmoral. (Gideon Levy, 19 de febrero de 2009.). Una crítica similar en un periódico norteamericano provocaría que Foxman y compañía convocaran grandes conferencias de prensa para “denunciar el antisemitismo”. Cuando Jimmy Carter publicó en 2006 su libro Palestina: paz, no apartheid, que criticaba la política israelí. Foxman casi acusó al ex presidente. “Usted ha estado alimentándose de teorías de conspiración acerca del excesivo poder y control judíos”, escribió en una carta. “Teniendo en cuenta la historia de antisemitismo, incluso en nuestro gran país, esto es muy peligroso”. (Shmuel Rosner, Ha’artez, 20 de diciembre de 2006.) Cuando estudiosos judío-norteamericanos menos poderosos escriben libros o dictan conferencias atacando la política israelí, son despedidos o se les retrasa su titularidad académica. A Norman Finkelstein (hijo de un matrimonio de sobrevivientes del Holocausto), el Presidente de la Universidad DePaul le negó la titularidad en 2007, a pesar de favorables recomendaciones por parte de profesores y estudiantes. En el 2000 él publicó La industria del holocausto: reflexiones acerca de la explotación del sufrimiento judío. El Presidente de la Universidad Bard recientemente despidió a Joel Kovel, otro estudioso de renombre internacional. El libro de Kovel de 2007, Derrotar al sionismo, provocó la acción. En el caso de Finkelstein, el importante activista sionista y profesor de la Escuela de Derecho de Harvard Alan Dershowitz fue quien exigió la medida. Él había amenazado a Finkelstein con demandarlo judicialmente después de que este acusara a Dershowitz de mentir y de plagio --acusaciones demostradas en su libro de 2005 Más allá de la desvergüenza: acerca del mal uso del antisemitismo y el abuso de la historia. (University of California Press.) Kovel atacó al combativo defensor de Israel Martin Peretz, durante mucho tiempo editor de The New Republic. La LAD apoyó ambos despidos. En décadas anteriores, la LAD vibró de ira por los signos antisemitas dibujados en las paredes de los baños del metro. Ahora su líder apoya una plataforma macartista en su amado Israel. Cualquiera que no siga el programa fieramente pro-sionista de la LAD, corre el peligro de ser acusado de antisemita. De 1998 a 2006, ocasionalmente invité a la universidad a conferenciantes que criticaban la política de Israel. Inevitablemente, con posterioridad yo recibía cartas, correos electrónicos (con copia al Presidente de la Universidad) y llamadas telefónicas acusándome de prejuicios o de ser un “judío que se odia a sí mismo”. “¿Cómo puede decir eso?”, pregunté a alguien que me llamó. “Usted no me conoce”. “Todos ustedes son iguales, los que odian a Israel”, respondió el hombre. “Usted es el judío que odia a los judíos”, respondí. “Usted me odia y no me conoce. Debiera escuchar su propia voz”. “Yo conozco a los antisemitas de oírlos hablar”, gritó al teléfono y colgó. “Viva Israel”, gritan los fanáticos norteamericanos. “Cualquiera a quien no le guste nuestro equipo es un antisemita”. Quisiera gritar: “Regresen a Israel de donde no vinieron”.
Saul Landau es miembro del Institute for Policy Studies e investigador asociado del Transnational Institute. Es autor de Un mundo de Bush y de Botox y realizador deAquí no jugamos golf.