La guerra contra Irak será ilegal y equivocada

31 July 2002
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Testimonio destinado a las sesiones sobre la política sobre Iraq de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado estadounidense, 30 de julio de 2002.

La investigadora Phyllis Bennis, experta en política exterior y Oriente Medio, fue propuesta pero no citada para declarar en las recientes sesiones de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado estadounidense sobre Iraq (del 31 de julio a 1 de agosto del 2002). Sin embargo, el senador Paul Wellstone presentó su declaración escrita como parte de las actas oficiales de las sesiones.

Nelson Mandela tenía razón cuando dijo que atacar Iraq sería "un desastre" Una invasión estadounidense de Iraq pondría en peligro las vidas de los soldados estadounidenses y mataría inevitablemente a miles de civiles iraquíes; no es extraño, pues, que muchos oficiales del ejército de Estados Unidos, incluidos algunos miembros de la Junta del Estado Mayor, se opongan públicamente a una nueva guerra contra Iraq. Un ataque de estas características violaría el derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas, y nos aislaría de nuestros amigos y aliados en todo el mundo. Una invasión impediría el futuro regreso de los inspectores de armas de la ONU y costaría miles de millones de dólares que hacen mucha falta en el país. Y en última instancia, una invasión no garantizará la estabilidad, no digamos la democracia, ni en Iraq ni en el resto de la volátil región de Oriente Medio, y hará que los civiles estadounidenses corran un mayor riesgo que ahora de ser víctimas del odio y quizá de atentados terroristas.

1. Presuntos vínculos con el terrorismo

Ya es patente que, pese a las exhaustivas investigaciones, no hay ni una prueba de la participación de Iraq en los atentados terroristas del 11 de septiembre. La teoría más popular, la de la colaboración desde Praga entre uno de los terroristas del 11-S y un funcionario iraquí, ha quedado ya descartada. Hace dos semanas, el Prague Post citó al director general del servicio de información exterior checo, la UZSI (Oficina de Relaciones Exteriores e Información), Frantisek Bublan, que negó la existencia de la tan aireada entrevista entre Mohamed Atta, uno de los secuestradores aéreos del 11-S, y un agente iraquí. Lo que es más significativo: en general, el brutal trato que da el régimen iraquí a su propia población no se ha extendido a atentados terroristas internacionales. La propia recopilación de actividades terroristas realizada por el Departamento de Estado en su informe sobre el terrorismo en el mundo, 2001 Patterns of Global Terrorism, publicado en mayo del 2002, no documenta un solo acto grave de terrorismo internacional cometido por Iraq. Casi todas las referencias son a declaraciones políticas realizadas o no realizadas o al cobijo de organizaciones militantes casi extintas.

Nos dicen que debemos ir a la guerra preventiva contra Iraq porque Bagdad podría, en algún momento del futuro, construir un arma peligrosa y podría, en algún momento del futuro, entregar esa arma a algún grupo terrorista desconocido -tal vez a Osama Bin Laden- que podría, en algún momento del futuro, usarla contra Estados Unidos. El problema de este análisis, aparte de que los ataques preventivos son sencillamente ilegales conforme al derecho internacional, es que pasa por alto el archiconocido antagonismo histórico entre Iraq y Bin Laden. Según el New York Times, "poco después de que las fuerzas iraquíes invadieran Kuwait en 1990, Osama Bin Laden se puso en contacto con el príncipe Sultan Bin Abdelaziz Al Saud, ministro de defensa saudí, con una propuesta poco habitual [...] Pertrechado de mapas y numerosos diagramas, Bin Laden le dijo al príncipe Sultan que el reino podría evitar la humillación de permitir que un ejército de infieles americanos entrara en el reino para expulsar a Iraq de Kuwait. Podría dirigir la lucha él mismo, dijo, encabezando a un grupo de ex muyahidines que, según afirmó, podría tener 100.000 hombres". Aun cuando la afirmación de Bin Laden de que podía proporcionar esas tropas fuera sin duda falsa, la hostilidad de Bin Laden hacia un Iraq despiadadamente laico seguía siendo evidente. Y no hay pruebas de que eso haya cambiado.

Irónicamente, un ataque contra Iraq aumentaría el peligro para los ciudadanos estadounidenses en todo Oriente Medio y quizá en otros lugares, pues habría otra generación de jóvenes iraquíes que identificaría a los americanos sólo como los pilotos de cazabombarderos y las tropas que ocupan su país. Aunque hoy los ciudadanos estadounidenses no tienen problemas con la gente corriente en las calles de Bagdad u otros lugares de Iraq, como pude comprobar durante la visita que hice al país junto con cinco funcionarios del Congreso en agosto de 1999, es probable que esa situación cambiara tras un ataque de Estados Unidos a Iraq. En otros países de todo Oriente Medio, esa ira que ya es palpable hacia las amenazas estadounidenses aumentaría de forma espectacular y se convertiría en una nueva herramienta de captación de elementos extremistas dispuestos a perjudicar los intereses o a los ciudadanos de Estados Unidos, para quienes viajar al extranjero se convertiría en algo mucho más peligroso.

2. Las Víctimas mortales

Aunque los cálculos de las bajas que se producirían entre los militares estadounidenses no son públicos, podemos estar seguros de que serán mucho más numerosas que en la actual guerra de Afganistán. Sí sabemos, por los cálculos del Pentágono de hace dos años, el número probable de muertes de civiles iraquíes: alrededor de 10.000. Y la destrucción de infraestructura civil como servicios de agua, electricidad y comunicaciones, provocaría la muerte de decenas, quizá de centenares de miles de civiles más, especialmente de niños, ancianos y otras personas de los sectores más vulnerables. Podemos prever que los ataques contra estos objetivos se justificarían alegando su "doble uso". Pero si volvemos la vista a la última guerra de Estados Unidos con Iraq, sabemos que el Pentágono planeó y ejecutó, sabiendo y documentando su probable impacto sobre los civiles. En un caso, los planificadores del Pentágono previeron que los ataques a la infraestructura civil iraquí causarían "un aumento de la incidencia de enfermedades [que] serán atribuibles a la degradación de la medicina preventiva normal, el alcantarillado, la purificación y distribución del agua, la electricidad, y a la disminución de la capacidad para controlar brotes de enfermedades [...]". El documento de la Agencia de Inteligencia de Defensa (del sitio web Gulflink, del Pentágono), Disease Information - Subject: Effects of Bombing on Disease Occurence in Baghdad (Información sobre enfermedades. Asunto: Efectos de los bombardeos sobre la incidencia de enfermedades en Bagdad) está fechado el 22 de enero de 1991, apenas seis días después del comienzo de la guerra. Especificaba los brotes probables e incluía: "diarrea aguda", provocada por bacterias como la escherichia coli, la shigella y la salmonella, o por protozoos como la giardia, que afectarán "especialmente a los niños", o por rotavirus, que también afectarían "especialmente a los niños". Y aun así continuó el bombardeo de sistemas de tratamiento de agua, y de hecho, según cifras de UNICEF, cientos de miles de iraquíes, "especialmente niños" murieron a consecuencia de la falta de potabilidad del agua.

El último plan militar para invadir Iraq que se ha filtrado, el denominado plan "dentro-fuera", basado en un contingente relativamente reducido de tropas terrestres estadounidenses que dependen en gran medida de los ataques aéreos, se centraría primero y fundamentalmente en Bagdad. Se dice que la capital iraquí está rodeada por tropas de élite de Sadam Hussein y llena de baterías antiaéreas. Lo que nunca se menciona en el informe es el inconveniente de que Bagdad es también una ciudad populosa que tiene entre cuatro y cinco millones de habitantes; un bombardeo aéreo intenso causaría una catástrofe humana equivalente a un bombardeo aéreo intenso de Los Ángeles.

3. Estados Unidos y nuestros aliados

No hay apoyo internacional, ni a nivel gubernamental ni público, a un ataque de Estados Unidos contra Iraq. Nuestros aliados más próximos en Europa, en Canadá y en otros lugares han dejado clara su oposición a una invasión militar. Aunque reconocen que el régimen iraquí es brutal y antidemocrático, no respaldan un ataque militar preventivo unilateral como respuesta adecuada a ese régimen. Sí, cierto es que si Estados Unidos anuncia que va a la guerra, la mayoría de estos gobiernos iría detrás a regañadientes. Cuando el presidente Bush repite su mantra de que "o están con nosotros o con los terroristas", no hay un solo gobierno en el mundo dispuesto a mantener su rebeldía. Pero una política exterior basada en la coacción internacional y en el miedo de nuestros aliados a las represalias por incumplimiento no es una política que proteja a los estadounidenses y nuestra posición en el mundo.

En la región de Oriente Medio, sólo Israel apoya los preparativos estadounidenses de una guerra contra Iraq. Los países árabes, incluidos nuestros aliados más cercanos, han manifestado de forma inequívoca su oposición a una invasión de Iraq. Incluso Kuwait, que fue objetivo de la ocupación militar iraquí y es aparentemente el país más vulnerable a las amenazas iraquíes, avanzan hacia la normalización de sus relaciones con Bagdad. El acercamiento entre Iraq y Kuwait patrocinado por la Liga Árabe en la Cumbre Árabe de marzo del 2002 está ya en marcha, incluidas iniciativas largamente esperadas como la devolución de los archivos nacionales kuwaitíes. Iraq ya ha reparado sus relaciones con todos los países árabes. Turquía se ha negado a anunciar públicamente su acuerdo de permitir el uso de sus bases aéreas, y Jordania y otros países árabes han dejado claro su ruego urgente para que Estados Unidos renuncie a un ataque militar contra Iraq.

En este caso tampoco hay duda de que ni un solo gobierno de la región se opondría en última instancia a conceder a Estados Unidos derechos para usar las bases o el espacio aéreo o derechos de sobrevuelo, o el acceso a cualquier otra instalación. La pregunta a la que hemos de responder, por tanto, no es si nuestros aliados accederán en última instancia a nuestros deseos, sino el precio que estamos dispuestos a exigir a nuestros aliados. Prácticamente todos los gobiernos árabes, especialmente los más vinculados a Estados Unidos (Jordania y Egipto, quizá incluso Arabia Saudí) sufrirán un espectacular aumento de la oposición popular. La crisis de legitimidad que ya padecen estos regímenes antidemocráticos, represivos y no representativos, estas monarquías y estas democracias con presidentes vitalicios se verá gravemente intensificada por una invasión estadounidense de Iraq. Sin duda traerá una inestabilidad que afectará a toda la región, y puede que algunos de estos gobiernos tengan incluso que afrontar la posibilidad de ser derrocados.

4. Estados Unidos y el derecho internacional

Afirmamos que somos una nación de leyes, pero estamos dispuestos con demasiada frecuencia a dejar de lado los requisitos del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas cuyo debido cumplimiento exigimos a otras naciones.

En lo que se refiere a la política sobre Iraq, Estados Unidos margina sistemáticamente el papel central que deberían desempeñar las Naciones Unidas. Esta trayectoria cada vez más unilateralista es una de las principales causas del creciente antagonismo internacional hacia Estados Unidos. Al imponer su voluntad sobre el Consejo de Seguridad -insistiendo en la continuación de las sanciones económicas cuando prácticamente todos los demás países desean levantarlas, anunciando su intención de ignorar a la ONU al decidir si ir a la guerra contra Iraq-, Estados Unidos nos aísla de nuestros aliados, suscita el antagonismo de nuestros amigos y hace que nuestra nación sea distinta de los sistemas legales internacionales que gobiernan al resto del mundo. Esto no ayuda a nuestros intereses de seguridad a largo plazo, sino que los debilita.

El derecho internacional no permite los ataques militares preventivos, salvo que sean para prevenir un ataque inminente. No tenemos derecho -ningún país lo tiene- de lanzar una guerra contra otro país que no nos ha atacado. Si el Pentágono hubiera podido enviar un caza para abatir el segundo avión que chocó contra el World Trade Center en septiembre del año pasado, habría hecho un uso legal de la defensa propia preventiva. Un ataque contra Iraq -que no tiene capacidad para atacar a Estados Unidos y, desde hace diez años o más, no ha mostrado ninguna intención, plan o esfuerzo específicos para hacerlo- vulnera el derecho internacional y la Carta de la ONU.

La Carta, en su artículo 51, expone los términos en los que un Estado Miembro de las Naciones Unidas podrá usar la fuerza en defensa propia, al reconocer el "derecho inmanente de legítima defensa, individual o colectiva, en caso de ataque armado contra un Miembro de las Naciones Unidas, hasta tanto que el Consejo de Seguridad haya tomado las medidas necesarias para mantener la paz y la seguridad internacionales". La Carta no permite el uso de la fuerza militar cuando no se ha producido un ataque armado.

A algunos portavoces del gobierno estadounidense les gusta mucho esta frase: "la Carta de la ONU no es un pacto suicida". Otros insisten en recordarnos que Iraq (y otras naciones) violan habitualmente la Carta. Ambas afirmaciones son verdad. Pero Estados Unidos no ha sido atacado por Iraq, y no hay ni una prueba de que Iraq esté a punto de tener la capacidad para realizar un ataque de esas características. Estados Unidos es la potencia internacional más fuerte -en términos de alcance militar mundial, y de poder económico, cultural, diplomático y político- que ha existido en toda la historia. Si Estados Unidos no reconoce la Carta de la ONU y el derecho internacional como los cimientos de la sociedad mundial, ¿cómo podemos esperar que otros lo hagan?

5. Cómo aplicar con seriedad las sanciones militares

Negar el acceso de Iraq a las armas no es suficiente, ni se puede mantener mientras Iraq esté rodeado de algunos de los países más armados del mundo. Un alto inmediato a todos los envíos de armas dirigidos a todos los países de la región sería un paso importante para contener las amenazas militares.

Debemos ampliar nuestra forma de aplicar las sanciones militares que se definen en la Resolución 687 de la ONU. Hay que aplicar esas sanciones militares contra Iraq de forma más estricta, mediante su ampliación a un sistema de sanciones militares regionales para reducir la inestabilidad de una región ya saturada de armas. El artículo 14 de la resolución 687 reconoce que el desarme de Iraq debe considerarse un paso hacia "la meta de establecer en Oriente Medio una zona libre de armas de destrucción masiva y todos los misiles para su lanzamiento y el objetivo de una prohibición mundial de las armas químicas".

¿Y las negociaciones?

Nos dicen que debemos atacar a Iraq preventivamente para que nunca pueda obtener armas nucleares. Aunque sabemos por los inspectores de la IAEA que el programa nuclear de Iraq quedó destruido a finales de 1998, no sabemos qué ha ocurrido a partir de entonces. Sí sabemos, sin embargo, que Iraq no tiene acceso a material fisil, sin el cual un programa nuclear es una cáscara vacía. Y sabemos dónde está el material fisil. La protección de todo el material nuclear, incluido el restablecimiento de la financiación para la protección del material nuclear ruso, debe seguir siendo una prioridad. Hay que señalar que las autoridades de Estados Unidos están amenazando con una guerra contra Iraq, un país del que se sabe que no posee armas nucleares. Al mismo tiempo, el gobierno prosigue las correspondientes negociaciones con Corea del Norte, que sí tiene algo mucho más próximo a la capacidad para fabricar armas nucleares. Respaldado por las inspecciones de la IAEA, el modelo de negociaciones e inspecciones es exactamente el que debería proponer Estados Unidos para Iraq.

Inspecciones

No ha habido información consistente sobre las armas de destrucción masiva de Iraq desde que los inspectores de armas de la UNSCOM y la IAEA salieron de Iraq en diciembre de 1998, antes de la operación estadounidense Zorro del Desierto. Antes de su salida, el último informe de los inspectores (de noviembre de 1998) decía que aunque el incumplimiento iraquí había obstaculizado la realización de algunas inspecciones, "la mayoría de las inspecciones de instalaciones y sedes conforme el actual sistema de supervisión se llevaron a cabo con la cooperación de Iraq". El informe de la IAEA era inequívoco en el sentido de que Iraq ya no tenía un programa nuclear viable. El informe de la UNSCOM era menos concluyente, pero unos meses antes, en marzo de 1998, el jefe de la UNSCOM, Richard Butler, había declarado que su equipo estaba convencido de que ya no había ninguna capacidad nuclear ni misiles de largo alcance en Iraq, y que la UNSCOM estaba "muy cerca" de completar las fases química y biológica.

Desde entonces no ha habido informes verificables sobre los programas de armas de destrucción masiva de Iraq. Es importante que los inspectores vuelvan a Iraq, pero las amenazas de Estados Unidos lo han hecho prácticamente imposible al establecer un "incentivo negativo". Si Bagdad cree que habrá un ataque militar estadounidense, y que se mantendrán unas sanciones económicas de consecuencias catastróficas, con independencia de si acata las resoluciones de la ONU sobre inspecciones, no tiene ninguna razón para cumplir sus obligaciones. Si Estados Unidos se niega a respetar el derecho internacional, ¿por qué se sorprende cuando se niega a hacerlo un gobierno asediado y tiránico?

Durante los años ochenta, Bagdad recibió de Estados Unidos gérmenes de alta calidad para fabricar ántrax maligno, botulismo, escherichia coli y multitud de otras enfermedades mortales (las decisiones del Departamento de Comercio de autorizar esos envíos, incluso después de las revelaciones sobre el uso de armas químicas ilegales por Iraq en 1988, están documentadas en las sesiones de 1994 de la Subcomisión sobre Banca). Sin duda es posible que sigan existiendo restos de programas antiguos de armas biológicas y químicas de Iraq, pero no hay pruebas de que Iraq tenga la capacidad o misiles para usarlas contra Estados Unidos o sus aliados. La idea de que Estados Unidos iría a la guerra contra Iraq por la existencia de diminutas cantidades de material biológico, insuficientes para ser utilizadas en misiles u otras armas estratégicas, y que proporcionó el propio Estados Unidos durante los años de su alianza con Iraq, en la década de los ochenta, es sencillamente inaceptable.

¿Y la oposición?

El general Zinni ha declarado que un ataque contra Iraq dirigido por la oposición sería como convertir el país en una "Bahía de Cochinos". Nada ha cambiado desde entonces. Casi ningún grupo de oposición en el exilio cuenta con una base creíble dentro del país. No hay un equivalente iraquí a la Alianza del Norte en Afganistán que pueda actuar como tropas terrestres de refuerzo para una fuerza estadounidense. Algunos de los líderes en el exilio más próximos a Estados Unidos están buscados por la Interpol por delitos cometidos en Jordania y otros países. La afirmación de que representan un movimiento democrático es, sencillamente, insostenible.

¿Qué ocurrirá después de un "cambio de régimen"?

No existe una oposición democrática preparada para asumir el poder. La sustitución del régimen actual por otro prácticamente igual salvo por el hombre que esté en su cúspide es mucho menos probable que la creación de un gobierno iraquí autóctono, democrático y respaldado por el pueblo. En febrero del 2002, la revista Newsweek publicó los perfiles de los cinco líderes que se dice están en la lista de Washington de candidatos para sustituir a Sadam Hussein. Aunque el gobierno no ha dado a conocer su propia lista (aunque hay que señalar que no desmintió la de Newsweek), no hay duda de que es un ejemplo de lo que tiene Estados Unidos en mente. Los cinco fueron oficiales de alta graduación del ejército iraquí hasta mediados de los años noventa. Los cinco están vinculados al uso de armas químicas por el ejército; al menos uno de ellos, el general Al Shammari, lo reconoce. Quizá no debería sorprendernos que Washington opte por unos dirigentes militares que podrían ser culpables de crímenes de guerra; el general Al Shammari declaró a Newsweek que había evaluado el efecto de sus armas químicas lanzadas mediante obuses basándose en "información de satélites estadounidenses".

Pero hay que cuestionar la legitimidad de una guerra contra un país para sustituir un líder militar brutal por otro líder militar brutal, promoviendo conscientemente como dirigentes del "Iraq postSadam" a un grupo de generales que aparentemente han cometido atroces crímenes de guerra.

Y con independencia de a quién instalen en Bagdad las victoriosas tropas estadounidenses, no cabe duda de que habría una ocupación larga y probablemente sangrienta. El precio sería elevado; los iraquíes saben mejor que nosotros cómo su gobierno les viene negando sistemáticamente los derechos civiles y políticos. Pero nos consideran responsables de despojarles de sus derechos económicos y sociales -el derecho a alimentos suficientes, al agua potable, a la educación, a la atención médica-que en total son el otro extremo de la ecuación de los derechos humanos. Las sanciones económicas han asolado la sociedad iraquí y, entre otras consecuencias, han convertido a Estados Unidos en responsable de la miseria que padece la mayoría de la población iraquí. Doce años después, quienes desde Washington creen que los iraquíes aceptan el mantra popular en los círculos de poder estadounidenses de que "las sanciones no son responsables, Sadam Hussein es el responsable" del hambre y las privaciones en Iraq están confundiendo sus deseos con la realidad. La idea de que todo el mundo en Iraq recibirá con los brazos abiertos como "liberadores" a quienes la mayoría de los iraquíes consideran responsables de doce años de sanciones atroces es una ingenuidad. Basar una estrategia militar en esa especulación ilusoria es muy peligroso; especialmente para las propias tropas estadounidenses.