Comparando a los Padilla, la homosexualidad y el asesinato

29 March 2007
Article
El comportamiento de Bush –práctica de la tortura, violación de derechos humanos y rodearse de secreto mientras se predica lo opuesto—ha dado mala fama al engaño. Sin embargo, no fue W quien comenzó con el patrón de ambigüedades y doble moral. En 1971, tropas y bombarderos de EEUU masacraron a vietnamitas, laosianos y camboyanos. En ese mismo año, la policía cubana arrestó a un poeta, Heberto Padilla, sin proceso judicial. Cientos de intelectuales y académicos norteamericanos y europeos que se habían opuesto a las guerras de EEUU reservaron una clase especial de indignación cuando se divulgaron rumores no corroborados de que Padilla había sufrido brutales torturas. Circularon peticiones exigiendo que Cuba dejara de torturar a ese gran poeta, aunque nadie había visto ni escuchado ninguna prueba directa de tal maltrato. Treinta y ocho días después la policía de seguridad del estado de Cuba liberó a Padilla, quien entonces pronunció su notorio discurso a escritores y artistas (confesión que imitaba el estilo de las purgas de Stalin en los años 30) en el que condenaba su “comportamiento burgués y contrarrevolucionario”, y nombrando a otros escritores como responsables también de un comportamiento equivocado. No importa si él inventó el discurso como una especie de engaño literario para burlarse de la seguridad del estado o si los policías lo presionaron para que pronunciara su mea culpa. Padilla se convirtió instantáneamente en un paria --un soplón y un cobarde-- en círculos intelectuales cubanos. Su libro de poemas, Fuera del juego, ganó el Premio UNEAC (Unión de Escritores y Artistas) de Poesía de 1968. Cuba publicó el libro con un prólogo de la UNEAC en el que se reprendía a Padilla por su comportamiento. Durante los meses y años que siguieron a su arresto hablé con Padilla, quién se reía de la campaña para detener su supuesta tortura. Él había sufrido una seria reacción nerviosa por haber sido arrestado, contó. Los policías sufrieron pánico por sus dolores de estómago y se apresuraron a llevarlo a un centro turístico junto al mar, le daban yogurt y pusieron médicos a su disposición. Durante la década de 1970, los intelectuales cubanos cruzaban la calle cuando veían a Padilla. Unos pocos se compadecían de él y de su error para limpiar su reputación: la declaración de mea culpa. Padilla reconoció ante mí que los agentes de seguridad se habían comportado con consideración. Pero estuvimos de acuerdo en que no tenían razón para arrestarlo --simplemente porque había escrito y dicho palabras de disensión en brillantes poemas y había insultado a Fidel y a la revolución ante visitantes extranjeros. Su arresto provocó con razón que importantes intelectuales del mundo respondieran indignados. Cuba merecía ser condenada por haber arrestado a Padilla, pero no por torturarlo, ya que no fue torturado ni se le amenazó con la tortura. Padilla vivió tranquilamente en La Habana varios años después de aquello y recibía un buen salario del estado. En 1980 se marchó a Estados Unidos, donde impartió clases en Princeton y luego en la Universidad Auburn. Murió en soledad en el 2000 de un infarto. Otro Padilla, un José nacido en Brooklyn de ascendencia puertorriqueña, no tiene ningún reclamo a la atención intelectual. Los intelectuales no han defendido la causa de este ex pandillero que se convirtió al Islam. En febrero, en un tribunal de Miami, el público del mundo supo --los pocos que leyeron acerca del caso-- que después del 11 de septiembre interrogadores de EEUU usaron métodos “inusuales” para “doblegar” a prisioneros. A diferencia de la seguridad del estado de Cuba que le daba yogurt a Heberto, los torturadores norteamericanos ofrecieron a José interrupción del sueño, sonido ensordecedor y drogas que alteran la mente. Doblegaron a Padilla, pero no exactamente de la manera en que deseaban. Los bushistas habían planeado juzgarlo como un terrorista internacional, pero sus abogados argumentaron que los muchos años de tortura mientras estaba en cautiverio le habían hecho perder la razón y por lo tanto no estaba en condiciones de ser juzgado. El juez no estuvo de acuerdo, pero los horripilantes detalles están comenzando a surgir. En mayo de 2002, agentes de EEUU arrestaron a Padilla en el aeropuerto O’Hare de Chicago, lo clasificaron como “combatiente enemigo” y lo encerraron en una mínima celda sin ventanas en una prisión de la Marina en Charleston, Carolina del Sur. Padilla fue encadenado, le taparon los ojos con anteojos y los oídos con audífonos… durante más de tres años. Sus interrogadores le impidieron contactar con abogados o familiares, pero sí mantuvieron encendidas luces brillantes y mortificaron sus nervios auditivos con sonidos estruendosos. Padilla asegura que le inyectaron “suero de la verdad”, o como creen sus abogados, LSD o fenciclidina. Dos profesionales lo examinaron y determinaron que había sido destruido físicamente, y por lo tanto no podría colaborar en su propia defensa. Él considera a sus abogados como interrogadores, no como defensores. Como escribió Naomi Klein (The Nation, 21 de marzo de 2007), a fin de probar que “la prolongada tortura infligida al Sr. Padilla ha perjudicado seriamente su salud”, sus abogados quieren decir al tribunal lo que ha sucedido durantes esos años en el calabozo de la Marina. El gobierno lo objeta enérgicamente y asegura que “Padilla está capacitado” y que el tratamiento que recibió no viene al caso. Comparen la indignación intelectual en el caso de Heberto Padilla con la respuesta relativamente en sordina por parte de importantes intelectuales y artistas ante el tratamiento a José Padilla. La protesta por violaciones de derechos humanos en el caso del poeta cubano fue literalmente ensordecedora; el silencio acerca de José Padilla es aún mayor. Su caso se prolonga mientras su multiplican las acusaciones de tortura en prisiones de EEUU. En 1971, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Susan Sontag encabezaron una lista de distinguidos escritores. Responsabilizaron a Fidel Castro de dirigir la tortura a Heberto. ¿No se indignan los intelectuales por lo que parece ser un pecadillo más de George W. Bush? ¿Será porque la mayoría de las personas cultas ya no asumen que Estados Unidos posee la antorcha eterna de los derechos humanos y del comportamiento civilizado? Es más, cuando funcionarios de EEUU usan la hipérbole moral, parecen burlarse de los hechos acerca del comportamiento de EEUU. A principios de marzo, el General de Infantería de Marina Peter Pace, jefe del Estado Mayor Conjunto, comparó públicamente el homosexualismo con el adulterio. El General vibró de indignación moral ante la posibilidad de que soldados gay cumplieran servicio junto a soldados heterosexuales. ¡Puaj! Los militares, declaró, “no deben condonarlo al permitir a los gays prestar servicio abiertamente en las fuerzas armadas”. En 1994 el Presidente Clinton instituyó su enigmática política acerca de la sexualidad (“no preguntar, no decir”) --la cual irónicamente no utilizó el mismo cuando lo atraparon en el escándalo de Mónica Lewinsky. Pace, el oficial respetuoso de la ley, aseguró que él, por supuesto, apoya esa norma, la cual prohíbe a los jefes preguntar acerca de la orientación sexual de una persona. Pero Pace cree personalmente que “los actos homosexuales entre dos individuos son inmorales y que no debemos condonar actos inmorales”, dijo Pace a una reportera. “Yo no creo que convenga a Estados Unidos una política que diga que está bien ser inmoral de alguna manera”. Como “individuo, yo no quisiera que (la aceptación del comportamiento gay) sea nuestra política, igual que no quisiera que fuera nuestra política que si supiéramos que Fulano se está acostando con la esposa de otro, simplemente miráramos para otro lado, lo que no hacemos. Procesamos ese tipo de comportamiento inmoral”, dijo. (Pauline Jelinek, AP, 13 de marzo de 2007) Vaya, pensé, menos mal que la reportera no le preguntó a Pace cómo compara él sus normas morales acerca del comportamiento homosexual con la moralidad de matar a cientos de miles de civiles iraquíes --o por cierto, si tales muertes a manos de soldados norteamericanos heterosexuales era inmoral. Imagine un ejército que se tomara en serio el Sexto Mandamiento: No Asesinarás. Dado el furioso fundamentalismo que recorre todo Estados Unidos y las fuerzas armadas, es extraño ver cómo este Mandamiento se convierte en una excepción. Cuando se trata de los nonatos (aborto) o de los descerebrados (¿recuerdan a Terri Schiavo?) los fundamentalistas llegan al pináculo de la indignación moral. En algún lugar de la Biblia debe decir algo acerca de la indignación de Dios cuando Él ve a dos hombres haciéndolo. Evidentemente eso significa más para él que el acto de sacrificar a cientos de miles de inocentes en Irak, que fue el trabajo de EEUU. ¿Existe algún Mandamiento que diga “No sodomizarás al prójimo”? Hay uno acerca de no “desear la mujer del prójimo, esclavo o esclava, o buey o asno, o cualquier cosa que pertenezca al prójimo”. Pero cuando los soldados norteamericanos robaron y violaron al por mayor a iraquíes después que invadieron en marzo de 2003, Pace no expresó ninguna indignación moral. En la década de 1970 Cuba arrestó erróneamente a Heberto Padilla, un acto que simbolizaba la restricción a la creatividad. Subsiguientemente el gobierno revocó esas políticas. Durante las últimas dos décadas, en Cuba la música la literatura y especialmente el cine han ofrecido críticas profundas de su orden social. Fresa y Chocolate y Guantanamera de Tomás Gutiérrez Alea ridiculizan el pensamiento y burocracia de la línea partidista. Bush y compañía no han asumido la responsabilidad por la injusticia que se hizo a José Padilla y a miles más detenidos sin acusación, muchos de ellos torturados. Bush repite la mantra “Se cometieron errores” cuando se revelan sus faltas criminales en Irak. El caso Heberto Padilla aún suena a censura, pero ya no representa la política cultural cubana. El caso José Padilla sigue siendo la insignia de las actuales normas de justicia norteamericana.