Septiembre, el mes más cruel en Chile

20 September 2007
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Landau recuerda el golpe de 1973 en Chile; un golpe patrocinado por la CIA, que llevó al poder a la junta militar y que convirtió al país en el primer laboratorio del neoliberalismo.
“Lilas de la tierra muerta, mezclan Memoria y deseo, revolviendo Pálidas raíces con lluvia de primavera.” -- T.S. Eliot, La tierra baldía
El 10 de septiembre de 1810, Chile proclamó su independencia de España. El 4 de septiembre de 1970, la Unidad Popular, coalición de partidos de izquierda bajo el liderazgo del Dr. Salvador Allende, ganó las elecciones presidenciales con una pluralidad del 36,4 por ciento. El 11 de septiembre de 1973, el jefe del Ejército, General Augusto Pinochet, dirigió un golpe militar apoyado por EEUU que asesinó a Allende y a la democracia chilena. La dictadura militar se mantuvo 17 años. La interferencia de EEUU en las elecciones de Chile comenzó en las décadas de 1950 y 1960, cuando la CIA entregó dinero a la oposición derechista. Menos de una semana después de que Nixon recibiera la desagradable noticia del voto presidencial, decidió anular el voto chileno. Una cita que se atribuye al Secretario de Estado Henry Kissinger explica la moralidad de Nixon: “No veo por qué tenemos que presenciar cómo un país se hace comunista debido a la irresponsabilidad de su pueblo. Los asuntos son demasiado importantes como para dejar que el pueblo chileno decida por sí mismo.” Nixon ordenó al Director de la CIA Richard Helms, según las notas de Helms publicadas posteriormente, que usara la violencia, la guerra económica y lo que hiciera falta para impedir la toma de posesión de Allende y, si no podía, derrocara su gobierno. El sentido de “responsabilidad” de Nixon y Kissinger significaba violar la ley —en nombre de la “seguridad nacional”. Después del sangriento golpe del 11/9/73 en Chile, Kissinger reconoció gustosamente a la ilegítima junta del golpe dirigido por Pinochet y ofreció también ayuda económica. También presionó a las organizaciones internacionales de préstamo para que abrieran sus billeteras a Pinochet. El gobierno norteamericano aún no ha desclasificado documentos relacionados con el papel que desempeñaron en el golpe barcos espías de la Marina de EEUU atracados en el puerto de Valparaíso —¿por coincidencia?— el 11 de septiembre. Los barcos monitorearon el tráfico radial y telefónico de los militares chilenos el día del golpe y proveyeron a los organizadores con información acerca de unidades leales a Allende que pudieran hacer resistencia; de esa manera, los golpistas podrían reprimirlas y evitar la guerra civil. El guión del golpe también preveía la rendición de Allende. Como él se negó a desempeñar el papel asignado, los generales ordenaron a la Fuerza Aérea chilena que dispararan cohetes contra el Palacio de la Moneda. (Piensen en el Pentágono 28 años más tarde —solo que los pilotos chilenos no se sacrificaron, sino que aterrizaron con toda seguridad sus aviones de reacción). El asalto a las oficinas presidenciales mató a la democracia chilena —y al Presidente Allende. El alto mando de las fuerzas armadas chilenas —a diferencia de los malvados que estrellaron aviones comerciales contra edificios de oficinas y el Pentágono— actuaron a instancias de los “altos poderes” —en Washington, no en el Cielo—, aunque nadie debe dudar de la intensidad del apoyo de EEUU al golpe. El General Carlos Prats, ex jefe de Estado Mayor, identifico al Tte. Cnel. Patrick Ryan, un attaché naval, como el enlace militar clave de EEUU asignado a los golpistas. (Prats fue asesinado en 1974 en Buenos Aires por agentes de la policía secreta de Pinochet.) Ryan calificó el día del golpe como “nuestro Día D”. Describió la operación militar como “casi perfecta”. (Departamento de Defensa, U.S. Milgroup, Informe de Situación #2, 1 de octubre de 1973 http://www.gwu.edu/~nsarchiv/NSAEBB/NSAEBB8/nsaebb8.htm) La perfección para Ryan incluía el reestablecimiento de la “libertad”. En las semanas subsiguientes al golpe, la dictadura militar demostró su comprensión de la libertad: sus tropas asesinaron, secuestraron y torturaron a decenas de miles y forzaron a cientos de miles a huir del país. La dictadura de Pinochet duró 17 años. Treinta y cuatro años después, el Secretario de Estado Colin Powell presentó una especie de excusa: “lo que sucedió con el Sr. Allende… no es una parte de la historia norteamericana que nos haga sentir orgullosos”. (Entrevista en “Ayuntamiento de la Juventud”, Televisión Negra de Entretenimiento, 20 de febrero de 1973.) Las respuestas típicas del Congreso a los crímenes imperiales llegaron en 1975: audiencias post-mortem acerca del papel de la CIA EN Chile. En el testimonio, los émulos de Solón “descubrieron” que Nixon y Kissinger ordenaron a la CIA que “desestabilizara” al gobierno de Allende. (Comité Selecto del Senado de Estados Unidos para Estudiar las Operaciones Gubernamentales Relacionadas con Actividades de Inteligencia, un comité del Senado de EEUU presidido por el Senador Frank Church (D-ID). Mojigatos senadores y altivos representantes se mostraron indignados. Sí, una vez más el Presidente había violado leyes norteamericanas al conspirar para derrocar gobiernos y secuestrar y asesinar a personas. Este “escandaloso” comportamiento ocurría justamente cuando el Congreso aprobaba más fondos para continuar la guerra de Viet Nam, donde tal comportamiento se había hecho rutinario. En una estrategia “responsable”, la Agencia pagó $50,000 a matones de Patria y Libertad. El grupo de “acción” de extrema derecha trató de secuestrar al jefe del Ejército, General Rene Schneider, pero los secuestradores mataron al General y a su chofer. La CIA también organizó huelgas en sectores estratégicos de la economía, orquestaron campañas de propaganda en los medios chilenos para calumniar a Allende y pagó a saboteadores para que atacaran centrales energéticas y otros bienes de infraestructura. El Departamento del Tesoro presionó a las agencias internacionales y a sus “aliados” extranjeros para que restringieran el crédito extranjero a Chile. “Hagan gritar a la economía”, escribió el jefe de la CIA Richard Helms en las notas que tomó en una reunión con Nixon y Kissinger acerca de lo que la Agencia debía hacer para derrocar al gobierno de Allende. Nixon tuvo que renunciar en 1974, no por sus actos criminales contra Chile, sino por demostrar su desprecio también por las leyes norteamericanas en el país. Sin embargo, Kissinger continúa recibiendo deferencias honoríficas y altos honorarios por consultorías. Adicionalmente, aún sus pomposos comentarios se publican en los principales periódicos. Al igual que Nixon antes de morir, Kissinger merece un lugar adecuado: en el banquillo, enfrentándose a crímenes de guerra por conspiración para cometer asesinato en masa y otros delitos contra el pueblo de Chile. (Agreguen a sus crímenes las órdenes de bombardear objetivos civiles en Viet Nam y su apoyo a las muertes en masa en Indonesia. Kissinger representa el lado oscuro del imperio —el balance de Metternich a los “propagadores de la democracia” que disfrazan de nobles intenciones las agresiones norteamericanas.) Hasta después de cuatro y medio años de guerra en Irak. ingenuos congresistas aún fingen ”escándalo” cuando se encuentran ante el comportamiento ilegal diario. Imagínense, el Presidente se atreve a violar los propios tratados y leyes que dicen que es el Congreso el que debe declarar la guerra y que prohíbe la interferencia en los destinos de otras naciones. ¿No han aprendido la cláusula no escrita anexada a las leyes norteamericanos que dice que se aplican a todos menos a los soberanos del imperio? Es más, ¿cómo iba el imperio a “castigar” a naciones traviesas (desobedientes) si tuviera que obedecer tales restricciones como la no intervención? Otros cuentan mucho menos. Los medios norteamericanos prestaron poca o ninguna atención al 34 aniversario de la elección de Allende o al golpe militar en Chile. Cuando los medios impresos o la TV cubren (raras veces) la nación chilena, los reporteros no mencionan el golpe y el papel de EEUU. En su lugar, Chile es caracterizado como “una democracia exitosa”, un ejemplo del éxito del “mercado libre”, donde la economía neoliberal provocó el crecimiento económico. La amnesia existe también en algunas mentes chilenas; no solo en los jóvenes, sino en los que no quieren recordar lo “desagradable” de ese período aberrante. ¿Cuánto tarda la curación del trauma de un golpe de estado y 17 años de gobierno militar?, pregunté a un amigo chileno. “Te lo haré saber”, dijo. El 18 de septiembre es el día nacional chileno, una semana después del 11 de septiembre. Los chilenos sufrieron más muertes por su 11/9 que EEUU por su trauma —además de la pérdida de libertades, la constitución, el sistema universitario y otras instituciones consideradas peligrosas por los golpistas militares. Los chilenos han recuperado algunas libertades, alguna confianza en las viejas instituciones. Los tontos de todo el mundo puede que continúen confiando en que los militares aceptarán su papel de subordinación, pero solo los idiotas confiarán en las repetidas declaraciones de Washington de que obedecerá el derecho internacional. La pérdida de la inocencia es dolorosa y permanente. Salvador Allende, uno de los últimos verdaderos demócratas, murió arma en mano, defendiendo la Constitución, el documento del pueblo. En su último discurso por radio, con los tanques rodeando el Palacio de la Moneda, Allende dijo: “Mis palabras no tienen amargura, sino decepción”. Se negó a renunciar. “Pagaré con mi vida la lealtad al pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente”. Allende pidió a los trabajadores de Chile que aprendieran la lección: “el capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición… El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse… Estas son mis últimas palabras, y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.” Un día la mayoría absorberá la advertencia de Allende. Saul Landau es miembro del Instituto para Estudios