Cómo nos metimos en este problema

29 May 2008
Article
Bush hizo un sacrificio. Dejó de jugar golf. Fue un gesto de compasión con las tropas en Irak. Sin embargo, no dejó de jugar golf de video. Para que Bush renuncie a otros placeres puede que sea necesario comenzar otra guerra. ¿Cómo nos metimos en este problema?, preguntan millones a quienes repugnan las in-ganables --y aparentemente interminables--guerras de Irak y Afganistán, una economía que se hunde y aumentos del déficit y la deuda. El gobierno de la nación más rica del mundo no puede encontrar dinero en su presupuesto anual para cubrir los costos de la educación pública, la salud y la infraestructura física. Adicionalmente, el gobierno de Bush que exige "apoyo para nuestras tropas" no brinda el adecuado servicio médico a los veteranos que regresan con graves discapacidades físicas y mentales --como resultado de las guerras de Bush. La actual guerra al terrorismo con las ubicuas agencias de "Seguridad Interna" no debiera impedir a los ciudadanos ver los hilos comunes que han tejido una cultura y economía militares para imbricarse profundamente en el núcleo de la sociedad norteamericana, una cultura en la cual más de 50 millones votaron por Bush. Sin embargo, para comprender el actual "problema" del país hay que remontarse al pasado. En 1944, los líderes norteamericanos habían llegado a la conclusión de que los Aliados ganarían la 2da. Guerra Mundial. Los soviéticos habían detenido a las gigantescas y mejores fuerzas de Alemania en la batalla de Stalingrado en 1942. La otra guerra, la del Pacifico, llegó a su punto de viraje con la batalla de Midway. Barcos norteamericanos hundieron a los más poderoso navíos de Japón. Las élites políticas se concentraron en cómo construir un pacífico mundo de posguerra, un mundo que nunca más sería testigo del tipo de carnicería que comenzó con la invasión de Polonia por Hitler en 1939. Para evitar su repetición, los líderes norteamericanos ordenaron juicios por crímenes de guerra a funcionarios alemanes y japoneses. Los que lanzaran nuevamente una guerra agresiva (preventiva) como habían hecho Hitler y Tojo se encontrarían ante un Tribunal y la más severa condena. Simultáneamente, líderes de EEUU y otros que pensaban como ellos en todo el mundo crearon la organización de Naciones Unidas para evitar o prevenir la guerra y promover la armonía internacional. La Carta de la ONU hizo muy difícil iniciar una guerra (Artículo 51), instituyó universalmente los derechos humanos y prohibió la tortura. Los líderes soviéticos aceptaron los juicios de Nuremberg y la ONU, pero desdeñaron los argumentos de los líderes norteamericanos de que el país se había desmovilizado. Stalin comprendió bien --al igual que los ciudadanos de Japón-- que tras las nobles declaraciones se encontraba un monopolio nuclear de EEUU y una voluntad de usarlo. Después de la 2da. Guerra Mundial los cimientos del Nuevo Trato, el cual había ayudado a decenas de millones a amortiguar la devastadora Gran Depresión, se erosionaron rápidamente. El gasto social en los años de posguerra se convirtió en gasto militar. La ley de Seguridad Nacional de 1947 creó la CIA, un aparato gubernamental sumido en el secreto. En 1948, el "desmovilizado" gobierno de EEUU gastó casi la mitad de su presupuesto en asuntos militares e internacionales. Para 1952, más del 70% se gastó en la "defensa" y en gastos relacionados, gracias a la guerra de Corea y la construcción de bases militares por toda Europa y todo el Pacífico. El gasto militar creció bajo Kennedy y durante toda la década de 1960. Lyndon Johnson trató de desviar un grueso porcentaje del presupuesto a su Guerra contra la Pobreza, pero no pudo averiguar cómo salir de Viet Nam y de esa manera reducir los gastos militares. Para finales de la década de 1960, los venerables consejeros del poder aceptaron como algo normal lo que Eisenhower llamó en su Discurso de Despedida en 1961 "el complejo militar-industrial". Cuarenta y siete años después, Eisenhower debe revolverse en su tumba. El General --nuestra Casandra--advirtió a los modernos troyanos acerca de la ilusión creada por el gran caballo militar. Él temía que "Esta conjunción de un inmenso establishment militar y una gran industria de armamentos es nueva en la experiencia norteamericana. La influencia total --económica, política, incluso espiritual--se siente en cada ciudad, en cada legislatura estatal y en cada oficina del gobierno federal. Reconocemos la imperativa necesidad de este desarrollo. Sin embargo, no debemos dejar de comprender sus serias implicaciones. Nuestro trabajo, nuestros recursos y medio de vida están implicados, al igual que la propia estructura de nuestra sociedad. En los consejos del gobierno, debemos defendernos de la adquisición de la influencia injustificada, ya sea buscada o no buscada, por parte del complejo militar-industrial. El potencial para el desastroso ascenso del poder no merecido existe y persistirá. No debemos permitir nunca que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestras libertades o los procesos democráticos. No debemos dejar nada por sentado. Solo una ciudadanía alerta y conocedora puede imponer la unión apropiada de la enorme maquinaria de defensa industrial y militar con nuestros pacíficos métodos y objetivos, de manera que la seguridad y la libertad puedan prosperar conjuntamente". Eisenhower eliminó una frase de su penúltimo borrador, la cual se refería al complejo militar-industrial-congresional", una descripción más exacta del síndrome. Después de todo, el Congreso inicia el presupuesto del cual surge la proliferación militar-industrial-científica. Los conservadores Ralph Williams y Malcolm Moos, que escribían los discursos de Eisenhower, compartían las preocupaciones del presidente acerca de cómo el gasto militar podría corroer los valores norteamericanos. Como el General que dirigió todas las fuerzas aliadas en Europa Occidental, Eisenhower observó la locura y tragedia de la guerra moderna como vía para obtener fines políticos. En 1954 desafió a Foster Dulles, el prematuro neoconservador Secretario de Estado, quien abogaba por lanzar una bomba atómica en Viet Nam del Norte para liberar a las fuerzas francesas rodeadas en Dien Bien Phu. En Europa, Eisenhower había observado cómo la guerra moderna destruya civiles. Cuando se enteró del lanzamiento de dos bombas atómicas sobre ciudades japonesas, Eisenhower comentó: "No era necesario golpearlos con esa cosa terrible… usar la bomba atómica, matar y aterrorizar a civiles sin siquiera tratar (de negociar) fue un doble crimen". ("Ike acerca de Ike", Newsweek, 11/11/1963.) Qué absurdo, pensó él, considerar siquiera la decisión de hacer una guerra terrestre en Asia. El público no toleraría fácilmente pérdidas sostenidas en tales conflictos turbios. La situación de Viet Nam se convirtió en una lección de la cual los cercanos asesores de Bush se negaron a aprender. Ejércitos peor equipados, pero muy superiores en número habían combatido hasta el impasse contra fuerzas norteamericanas tecnológicamente superiores en Corea y en Viet Nam. En la década subsiguiente, una nueva generación de halcones llegó al poder en Washington. Los asesores de Jonson le aseguraban constantemente que un número mayor de tropas, bombas y sangre obligaría a Viet Nam del Norte a acudir a la mesa de negociaciones bajo los términos de EEUU. Johnson descubrió que no podía abandonar Viet Nam, al igual que en El ángel exterminador, el filme del director español Luis Buñuel en el cual los actores encuentran que no pueden abandonar una casa donde se han reunido. Johnson no podía explicar por qué. Una enfermedad similar ha contaminado a Bush y a los candidatos presidenciales. Los tres "posibles" no han mostrado el valor de hablar honestamente acerca del asunto y decir al público que las enormes fuerzas militares no defienden al país, ya que ninguna otra nación va a atacarlo, en el futuro cercano. Con bases, fábricas u otros componentes del complejo militar-científico en casi todos los distritos congresionales, es poco probable que presenciemos una corriente para reducir drásticamente el presupuesto militar. Es más, algunas corporaciones que dan servicios a los militares con armas o trabajo científico, ejercen fuerte presión para que no se retiren las tropas norteamericanas de Irak y se desmantelen bases que hace rato son obsoletas. El "complejo" acerca del que Ike nos alertó que destruiría los cimientos de la república tiene gran responsabilidad por el actual "problema" en que se encuentra EEUU. Los gobiernos de Corea, Viet Nam, Afganistán e Irak de alguna manera "provocaron" a los líderes de EEUU para hacerlos lanzar guerras inganables, y al hacerlo despilfarraron el futuro tesoro nacional. La bête noire de Ike, la combinación militar-industrial-congresional, hizo posibles esos belicosos esfuerzos y simultáneamente hizo más difícil la verdad en la política. Los militares una especie de sector marginado, se han hecho algo digno de celebrar. No sucede un solo evento deportivo sin que broten a borbotones los tributos a los militares. Los militares inundan la TV con anuncios mentirosos de "ser todo lo que puedas ser" y de unirse a "unos pocos hombres buenos". Pocos políticos se atreven a erguirse y llamar a las fuerzas armadas de EE.UU. el mayor grupo de perdedores del mundo, que no han ganado una guerra desde 1945 mientras se presentan como invulnerables. Los miembros del cuerpo de oficiales que tienen de ingreso cifras de seis dígitos se divierten en hoteles para esquiar en los Alpes. Los pobres reclutas idiotas mueren, son heridos y abandonados a su regreso. Los militares institucionalizados --con cientos de millones de dólares pagados a la parte industrial y científica del complejo-- son la raíz del problema.
Saul Landau es miembro del Institute for Policy Studies e investigador asociado del Transnational Institute. Es autor de Un mundo de Bush y de Botox y realizador deAquí no jugamos golf.