El modelo equivocado

09 January 2007
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La admiración de la India por el éxito económico de China sirve para legitimar la aceleración de la India por una autopista de reformas neoliberales que entraña una mayor privatización de cada vez más esferas de la actividad y la existencia humanas.

Ya antes de que Hu Jintao visitara estos lares, estábamos acostumbrados a la constante exaltación del desempeño económico de China. Tras tanta admiración, hay sin duda un método y un fin. Rara es la ocasión -si es que la hay- en que se recurre a la visión a largo plazo en la que tanto insistía Amartya Sen. Desde 1949 hasta la primera etapa de reformas iniciadas en 1978, independientemente de los horrores de su sistema político antidemocrático, China llevó a cabo un programa mucho más significativo de redistribución de las tierras que la India (en un 20 por ciento menos de tierras cultivables), proporcionó un mínimo básico de alimento, hogar, ropa y empleo; una cobertura sanitaria pública más o menos completa; educación primaria y secundaria para todos los niños y seguridad social para los mayores.

Este silencio sobre la experiencia económica y social de China entre 1949 y 1978 es fundamental para los fines a los que sirve la actual fascinación por la trayectoria de China desde 1978. En este silencio se pueden detectar tres propósitos principales. En primer lugar, es necesario animar a la India a intentar igualar, o incluso superar, a China. Sólo entonces alcanzará la India el lugar 'que le corresponde' como una 'gran potencia'. Desde el punto de vista psicológico, esto es de una importancia capital para una elite india que identifica su propio sentimiento de valía con el del Estado indio. El objetivo es alcanzar la grandeza a través de la 'fuerza'. La erradicación de la pobreza, por tanto, se hace indispensable porque su pervivencia supondría una vergüenza, una negación pública de dicha 'grandeza'. Este compromiso declarado no hace presagiar, ni mucho menos, la aparición de una elite india más humana, benévola, moral y sensible. En segundo lugar, destacar el éxito económico de China sirve para reafirmar las supuestas virtudes generales y duraderas de las políticas económicas neoliberales, con lo que se justifica la aceleración de la India por una autopista de reformas neoliberales que entraña una mayor privatización de cada vez más esferas de la actividad y la existencia humanas, flujos de capitales cada vez más libres, una mayor 'flexibilidad del mercado laboral' (que equivale a exacerbar la seguridad laboral), la pérdida de afiliaciones sindicales y el aumento del trabajo temporal, una normativa menos estricta sobre las condiciones laborales y medioambientales, una semana laboral más larga, etc.

China ha emprendido (al igual que Europa Occidental y Japón) una trayectoria neoliberal. Pero dado que el punto de partida y la naturaleza socio-económica de Europa Occidental y Asia Oriental (Japón, China, Corea del Sur y Taiwán) eran tan distintos de los de Gran Bretaña y los Estados Unidos, el impacto del neoliberalismo en estas sociedades es también muy distinto. Por ejemplo, el papel del Estado en Europa Occidental y Japón con respecto a la gestión macroeconómica, las normas redistributivas y el suministro de servicios sociales sigue siendo muy diferente, y por lo general es superior, al del modelo estadounidense. Teniendo en cuenta que en la India es el discurso teórico estadounidense el que domina el discurso, resulta inevitable que se haga una mala interpretación de las lecciones que se supone que debería brindar la experiencia china.

En tercer lugar, la India es uno de los pocos países donde sigue existiendo una izquierda política significativa capaz de influir en las políticas nacionales. Los principales bastiones de la izquierda son más socialdemócratas que radicales, pero, en estos tiempos de derechas que corren, con eso basta. La apertura de China a la inversión extranjera directa (IED) y sus restricciones laborales antidemocráticas son el palo con el que golpear a la izquierda india 'pro-China' por no aprender de su 'héroe'. Pero en otras ocasiones se pueden subrayar sus 'inclinaciones prochinas' para atacar sus 'insuficientes credenciales nacionalistas'. Por este motivo, realizar una balance más sobrio sobre el desempeño económico de China durante las últimas décadas siempre resulta muy útil. La primera oleada de reformas comenzó en 1978, en el sector de la agricultura. El sistema comunal se desmanteló para dar paso al establecimiento del 'sistema de responsabilidad familiar', por el que se permitieron las transacciones de arrendamiento a largo plazo y la libertad de comercializar los excedentes que superaban las cuotas de producción exigidas por el Estado. Las empresas de pueblos y aldeas también se crearon con los activos de que disponían las comunas. Las empresas de pueblos y aldeas se convirtieron en centros de iniciativa empresarial, produciendo insumos para las empresas estatales y mercados para los productos de las empresas estatales y otras empresas de pueblos. La financiación de créditos para las empresas de pueblos y aldeas, las empresas estatales y el creciente sector privado corrió a cargo del sistema bancario estatal. Entre 1978 y 1984, los ingresos rurales aumentaron a un increíble 14 por ciento anual.

A fines de los años ochenta y durante los años noventa, los mecanismos del mercado se expandieron para cubrir cada vez más sectores productivos, tanto en el campo como en la ciudad, el capital extranjero afluyó de forma masiva durante los años noventa, mientras la 'flexibilidad del mercado laboral' aumentaba de forma espectacular y se favorecía a los habitantes urbanos con 'permisos de residencia' que les garantizaban ciertas ayudas sociales. Aquellos que carecían de dichos permisos pasaron a formar parte de un creciente grupo de migrantes internos, que ahora sobrepasan los 100 millones de personas y que, según se prevé, alcanzarán los 300 millones en 2020. Desde principios de los años noventa, los ingresos rurales se han estancado y las remesas de dinero procedentes de las ciudades se han convertido en un factor vital para la supervivencia de gran parte de la población rural. Actualmente, la diferencia de ingresos entre el medio urbano y el rural es una de las más marcadas del mundo.

A principios de los años noventa, eran las empresas de pueblos y aldeas las que generaban el auténtico dinamismo de la economía rural, dando trabajo a 128 millones de personas en 1995. Fueron las encargadas de establecer el modelo, fabricando manufacturas ligeras para la exportación. Las empresas estatales, en contraposición, se endeudaron, fueron rescatadas con préstamos improductivos proporcionados por el sistema bancario del Estado y, a partir de 1993, las grandes y medianas empresas estatales se empezaron a transformar en sociedades de responsabilidad limitada o en compañías con participación accionaria. Las empresas estatales, que en 1990 representaban el 40 por ciento del total del empleo productivo, sólo representaban el 14 por ciento de dicho empleo en 2002. Ahora, las empresas de pueblos y aldeas y las empresas estatales están totalmente abiertas a la propiedad extranjera. A principios de los años noventa, más de dos tercios de la IED procedían de ciudadanos chinos que vivían en el extranjero. Cuando el milenio tocaba su fin, la 'eficiencia' de la competencia del mercado, en lugar de generar grandes oportunidades de empleo, creó un enorme excedente de trabajadores, algo en lo que sin duda influyó la oleada de bancarrotas sufridas por las empresas de pueblos y aldeas y las empresas estatales.

El Gobierno chino ha decidido abordar esta bomba de relojería socio-económica a través de megaproyectos de infraestructuras financiados con deuda: presas gigantescas, redes de metro y tren, un sistema de autopistas que dentro de 20 años superará al estadounidense, y una frenética actividad inmobiliaria y de la construcción en las zonas urbanas. Dado que todo esto se financia con instrumentos de deuda (estilo keynesiano), si las inversiones no producen los resultados esperados se producirá una profunda crisis fiscal. Nada de esto habría sido posible sin una importante expansión del sistema financiero (se ha doblado el número de sucursales bancarias en menos de una década y ahora superan las 140.000) y un estricto control sobre los capitales y los tipos de cambio.

El modelo de crecimiento chino depende mucho más de la IED que el de Corea del Sur, Taiwán o Japón (que, de todas las economías avanzadas, es el menos dependiente de este tipo de inversiones). El comercio interregional, a pesar de las inversiones multimillonarias en sistemas de comunicación, está subdesarrollado y las actividades comerciales de la provincia de Guandong, por ejemplo, son mucho más intensas con el exterior que con la propia China. China confía ahora en abarcar el 30 por ciento de la producción mundial de carbón, el 36 por ciento de la producción de acero, el 55 por ciento de la producción de cemento y es el segundo mayor importador de petróleo del mundo, después de los Estados Unidos. Además de esta gran dependencia externa, China se enfrenta a una creciente sobreacumulación del capital fijo y al aumento constante de la sobrecapacidad en sectores como la electrónica y la automoción, así como a un ciclo de auge-recesión en el desarrollo urbano.

Si China se las ha podido apañar hasta el momento, es gracias a un sistema de gestión macroeconómica que sigue siendo eminentemente keynesiano, con un control estratégico sobre los flujos de capitales y los tipos de interés. Pero la integración de China en la economía mundial a través de la Organización Mundial del Comercio, aunque aún puede beneficiarse del período de transición previsto para el ajuste, supondrá que, en última instancia, le resulte imposible seguir aplicando estas medidas anticíclicas. Su sistema bancario está gravemente amenazado por el hecho de que la mitad de los préstamos de su cartera sean improductivos. Sólo los enormes superávits de la balanza comercial la protegen financieramente. La otra cara de la dependencia estadounidense de los préstamos japoneses y chinos es la dependencia de China de las políticas fiscales y monetarias estadounidenses. China tiene ahora una de las sociedades más desiguales y con mayor represión laboral del mundo, además de una de las situaciones de salud pública y medioambiental en más rápido deterioro.

Publicado en ingles en The Telegraph (Calcuta). Traducción de Beatriz Martínez Ruiz