Serie: Cambios globales (1)
En los últimos veinte años, los casi 200 Estados que forman el sistema político internacional han registrado fuertes cambios y modificaciones imposibles de prever en el pasado.
Estados Unidos se encuentra en una seria crisis, China es una potencia cada vez más global, Rusia vuelve a renacer, en América Latina cada vez se deciden más cosas sin consultar o temer a Washington, África busca alejarse de su pasado colonial y Asia se prepara para ser la zona de mayor peso económico, financiero y comercial del mundo.
Las naciones, así como las identidades religiosas y étnicas tienen un papel decisivo en los conflictos violentos, y ahora la pobreza va irremediablemente unida a la crisis ambiental. La pobreza, la violación de derechos humanos y la proliferación nuclear son problemas del pasado, pero hoy agravados y más complejos.
Radio Nederland presenta una serie sobre los cambios globales. Escrita por Mariano Aguirre, esta serie de seis programas analiza las tendencias y consecuencias de estas transformaciones.
Cuando, en 1989, finalizó la Guerra Fría, se hicieron diversas predicciones sobre el futuro del sistema internacional. La coincidencia general fue que se avanzaba hacia un sistema unipolar: Estados Unidos sería la potencia dominante.
El politólogo Francis Fukuyama anunció el fin de la historia. El sistema liberal político y económico había triunfado y, por lo tanto, finalizaban las grandes confrontaciones del siglo XX: capitalismo contra comunismo y democracia contra fascismo. El fallecido Samuel Huntington predijo que habría un choque de civilizaciones. Las identidades culturales serían el factor dominante que desplazaría a las confrontaciones entre estados por sus intereses.
El regreso a las particularidades (étnicas, nacionales, religiosas) llamó la atención de algunos autores pero pocos predijeron que la religión y otras identidades cobrarían una fuerza tan grande y serían usadas como poderosas armas de movilización política y para justificar la violencia y el terrorismo. Especialmente la religión, que había sido desterrada de la política, volvió desde 1989 con inmensa fuerza encarnada en el Islam radical, desde Oriente Medio hasta Nigeria e Indonesia, y en los movimientos fundamentalistas en Estados Unidos. La fe religiosa en el mercado y la expansión de la democracia liberal también adoptó aspectos violentos, por ejemplo, por parte de los ideólogos neoconservadora al promocionar la invasión a Iraq.
El análisis sobre Estados Unidos como única potencia global se basaba en un reflejo de la Guerra Fría: si durante casi cuatro décadas dos grandes potencias habían dominado la geopolítica mundial, y una desaparecía, la otra sería inevitablemente dominante.
El fin del peligro de confrontación nuclear entre la ex URSS y Estados Unidos, el triunfo de Washington en la primera guerra contra Iraq (1991) y el anuncio del entonces presidente George Bush (padre) que se iniciaba un “nuevo orden mundial” permitieron creer que comenzaba otro ‘siglo sólo americano’.
El sistema internacional era visto como una foto fija con dos polos en vez del producto complejo de las relaciones entre actores y tendencias. Al poner, además, más atención en los eventos circunstanciales y espectaculares que en las estructuras y los procesos se perdieron de vista las razones de muchas cosas que sucederían luego.
El período de 1989 a 1991 tuvo, por supuesto, numerosos momentos atractivos, desde la caída del Muro de Berlín y la retirada de las fuerzas soviéticas de Afganistán, hasta los avatares de Mijail Gorbachov tratando de modernizar la URSS sin perder la hegemonía del Partido Comunista.
Pero el carácter inédito o llamativo de los sucesos no tendría que haber quitado relevancia a sus raíces históricas. Como dice el filósofo Fredric Jameson, “los eventos históricos no son puntuales, sino que se extienden antes y después del tiempo que les revela de forma gradual”.
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Al observar el final de la Guerra Fría como un conjunto de sucesos espectaculares, y sólo como el final y el principio de una nueva era, en vez de analizar los procesos pasados y futuros, se perdieron de vista las raíces de otros problemas que se avecinaban, casi todos ellos basados en historias conflictivas del pasado.
La euforia anticomunista oscureció el impacto que tendría el desmoronamiento de la URSS en las repúblicas, entidades territoriales y comunidades que durante décadas habían sido forzosamente sometidas. Igualmente, se trató de forma apresurada el impacto que tendría el fin del dominio del régimen del Mariscal Tito en la diversidad conflictiva de los Balcanes y la fragmentación en diversos Estados. El precio a pagar por la falta de visión fue una década de violencia entre la guerra de los Balcanes hasta la independencia de Kosovo.
En el caso de la ex URSS, las recetas rápidas para que se avanzara desde un sistema comunista centralizado a una economía liberal de mercado produjeron una profunda desigualdad social y un realineamiento de fuerzas económicas y políticas. En un plazo de 15 años se pasó de la reforma frustrada de Gorbachov al monopolio autoritario, político y económico de una nueva clase dirigente formada por ex funcionarios del antiguo régimen con nuevos miembros de la élite económica (financiera y energética).
Ambos pilares, apoyándose en la red clientelista de los poderes regionales, las mafias que controlan una doble economía en la sombra y las fuerzas armadas, configuran el renacimiento ruso que está planteando serios desafíos a Estados Unidos y Europa en el antiguo espacio soviético, en Europa Oriental y en otras zonas del mundo.
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Otra cuestión a la que no se prestó interés desde Estados Unidos y Europa fue la situación de los países postcoloniales, y más en particular el efecto que tendría el cruce de tres factores: la herencia colonial, las formas híbridas del Estado postcolonial, y el efecto de los modelos económicos liberales impuestos desde fuera en alianza con las élites locales.
En la medida que Afganistán, Nicaragua, El Salvador, Guatemala o Mozambique, Angola, Egipto, Indonesia o Marruecos, entre otros países, eran vistos como terrenos de enfrentamiento o líneas defensivas de la Guerra Fría entre las grandes potencias y sus aliados locales, se dejaba en un segundo lugar, y para los especialistas, el conocimiento sobre las realidades internas de esos países.
En los años 90 se produjo el colapso del estado en Somalia, Liberia, Sierra Leona, Costa de Marfil, ex Zaire o Haití. Otros países entraron en situaciones de crisis permanentes, como Bolivia y nacieron nuevos estados como producto de descolonizaciones tardías, por ejemplo, Timor Oriental, o por divisiones pactadas en Checoslovaquia y Yemen. Al mismo tiempo, el modelo de dependencia soviético también entró en crisis, se desintegraron los Balcanes, y explotaron las periferias de Rusia (desde Chechenia y Nagorno-Karabak hasta Abjasia y Osetia del Sur y del Norte).
En Washington, Londres, Bruselas o París era necesario tener respuestas para situaciones que ya no se controlaban desde el eje Washington-Moscú, al tiempo que la influencia de las potencias coloniales como Francia y Gran Bretaña era más débil debido a la rápida sucesión del poder local, excepto en el caso de dictadores vitalicios.
En consecuencia, las élites locales, fragmentadas y en disputas entre ellas, ya no eran las que conocían las metrópolis o se habían convertido en actores que ayer eran dependientes y leales y ahora resultaban reacios a dejar el poder. Más aún, algunos conflictos pasaron a tener un carácter fundamentalmente regional, por ejemplo en la República Democrática de Congo, y con una participación e incidencia baja o relativa de ex potencias coloniales. En América Latina las élites se volvieron más sofisticadas dando lugar a gobiernos que ya no respondían totalmente al modelo de la dependencia o la insurrección, o al populismo apoyado electoralmente.
Frente a gobiernos difíciles de clasificar o rebeldes, el fracaso en Irak mostró que el mito civilizador, sea para evangelizar y colonizar o para promocionar la democracia por la fuerza, ya no tiene vigencia. La violenta ilusión de los neoconservadores y otros supuestos democratizadores estadounidenses (y europeos) que se propusieron derrocar dictaduras en Oriente Medio y construir estados sin tener en cuenta las realidades locales, como ya se había comprobado hace cuarenta años en Vietnam y se confirma en Irak, tuvo pésimos resultados. El neoconservadurismo logró, en cambio, modificar profundamente Oriente Medio dando un poderoso papel a Irán y a la comunidad shiita.
Septiembre de 2001 dio lugar a serias simplificaciones. La mayor fue que ante un enemigo difuso y aparentemente sin valores y sin base nacional como el nuevo terrorismo islamista, era necesario que Estados Unidos tomase el liderazgo mundial y lo ejerciera inclusive saltándose el derecho internacional y las normas sobre derechos humanos. El resultado se pagará muy caro durante mucho tiempo, especialmente en Oriente Medio y próximo, y en la relación entre Occidente y las sociedades musulmanas.
Además del intento de legitimar el liderazgo de Estados Unidos, septiembre de 2001 puso al terrorismo en el centro de la política mundial por encima de otros problemas como la pobreza, la desigualdad y el cambio climático, que tras el final de la era Bush se les vuelve a reconocer como prioridades.
La respuesta al terrorismo fue la guerra global contra una forma de la violencia en vez de afianzar la posición del Estado democrático y de Derecho ante las amenazas. Guantánamo y Abu Ghraib, los tribunales especiales estadounidenses, y una especie de estado de emergencia mundial unidos al racismo subyacente en las políticas occidentales hacia los musulmanes, son las consecuencias de esa guerra contra el terror.
La tragedia de 2001 en Estados Unidos sirvió para oscurecer más que para aclarar las tendencias internacionales. Washington y Londres se promocionaba una visión maniquea, y desde los estados árabes se alentaron teorías conspiratorias y visiones milenaristas hacia Occidente. La guerra de Irak y la alineación incondicional de Estados Unidos y Londres con Israel favorecieron las prédicas anti-occidentales.
Desde Estados Unidos y sus aliados se hicieron análisis simplificadores sobre el papel de la religión en la política y, en general, los gobiernos (ayudados por algunos académicos y periodistas) no analizaron las razones por las que grupos como Hamas o Hezbolá ocupan un lugar destacado en la construcción del Estado, precisamente cuando éste falla en sus funciones, y la forma en que la religión es utilizada por líderes autoritarios populistas para usurpar la agenda democrática en el mundo árabe.
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La foto fija posterior a la Guerra Fría mostraba, en fin, un mundo globalizado liderado por Washington. La ex URSS evolucionaría desde la debilidad lentamente hacia el capitalismo, Asia, África y América Latina caminarían hacia la democracia lenta pero firmemente, una vez fuera del juego político Sadam Husein y Yaser Arafat, Israel habría vencido en Oriente Medio y sólo serían necesarios algunos acomodos y quizá una guerra contra Irán.
Quedarían complejos problemas en Estados que se resistiesen al avance de la historia, como Irak, o carentes de Estado, o Afganistán. El optimismo giraba alrededor de la incuestionable aceptación de que Estados Unidos sería el eje del poder global. John Gray, de London School of Economics, dice que, sin embargo, “al mundo bipolar no le ha seguido uno liderado por la “última superpotencia” sino que tenemos un mundo en el que nadie lidera”.
En efecto, la realidad hoy muy diferente. Un estudio del gubernamental Consejo de Inteligencia Nacional indica que “para el 2025 el sistema internacional será global y mutlipolar, con abismos entre el mundo desarrollado y en desarrollo”. Este sistema, tal como se construyó después de la Segunda Guerra Mundial, “será casi irreconocible, debido al ascenso de la potencias emergentes, la economía global, una histórica transferencia de riqueza relativa y poder económico de Occidente a Oriente, y la creciente influencia de actores no estatales”.
En el mundo multipolar destacan las potencias emergentes: Brasil, India, y sobre todo China, donde el Partido Comunista evitó la ruta de la reforma política de la URSS para avanzar en una firme reforma económica, financiera y comercial que le llevó a convertirse en una potencia que tendrá pleno alcance global para mediados del siglo XXI.
El presidente de Brasil, Lula da Silva indicó en enero de 2009 que la efectividad del G8 y del Consejo de Seguridad de la ONU están entredicho porque “no es posible excluir a las mayores economías emergentes del debate de la agenda global”.
China apuesta ahora por ser uno de los líderes de un mundo multipolar y mantener una relación comercial, política y militar estable con los grandes poderes: Estados Unidos, Japón, Europa y Rusia mientras consolida su hegemonía en Asia.
Rusia también ha criticado la idea unipolaridad y considera que la única opción posible es la multipolaridad, pero situando su seguridad nacional y las de sus zonas adyacentes como prioridad a la vez que afirma su hegemonía en las zonas de la antigua URSS y en la posesión de ricos recursos energéticos.
La crisis financiera de 2008 ha subrayado los cambios y tendencias. Por ejemplo, la profunda crisis de Estados Unidos y el movimiento de poder desde la zona Atlántica al Pacífico. Pero también ha indicado que nuevos problemas requieren diferentes mecanismos de control, un regreso al papel del Estado y una gestión global concertada. Como dice el ex asesor de seguridad nacional de Estados Unidos Brent Scowcroft: “miramos un nuevo mundo que tiene múltiples problemas con un pequeño y anticuado telescopio”.
