La deriva de Pakistán en manos de extremistas

10 March 2009
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La intención del atentado al equipo de críquet de Sri Lanka era el envío de este mensaje claro a Washington: Pakistán es ingobernable.
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El atroz atentado terrorista a los jugadores de críquet en Pakistán tenía un objetivo: mostrar a Washington que el país es ingobernable. Es la primera vez que los jugadores de críquet han sido un objetivo en una tierra donde este deporte es casi una religión. Significa la muerte del críquet internacional en Pakistán durante un tiempo indefinido. Esto es ya suficientemente malo, pero las cosas no se limitan sólo a eso. El futuro del país es cada vez más precario. No sabemos qué grupo perpetró este atentado, pero su identidad es apenas relevante. El hecho es que se realizó justo en el momento en que tres eventos interrelacionados habían enfurecido a una gran parte del país y provisto de aliento a los grupos extremistas y a sus patrocinadores.

El primero de ellos es, indudablemente, la necia decisión de Washington (apoyada por el Reino Unido) de enviar más tropas a Afganistán, lo que ha unificado a todos los que están ahora plantándoles cara en este país y en la provincia de la frontera noroccidental de Pakistán. En vez de buscar una salida estratégica viable, Obama ha optado por la fuerza. En distintas ocasiones he advertido que la escalada de la guerra en Afganistán podría desestabilizar seriamente a Pakistán y a su ejército.

El segundo es la revelación de que los vuelos teledirigidos de los EEUU, que están usándose para atacar a los “militantes” y a los “refugios de terroristas” dentro de Pakistán, fueron de hecho enviados por los EEUU desde bases militares y aéreas del interior de Pakistán (obviamente, con el consentimiento de los líderes civiles y militares paquistaníes), revelación que provocó tumultos en el país. El shock y la consternación no deberían subestimarse. Los últimos desmentidos, poco entusiastas, del gobierno han avivado el fuego. Dado que muchos consideran que Zardari y sus compinches gobiernan el país como los aviones teledirigidos por los EEUU, la ira se agrandó.

Internamente, el país es un lío. El partido del Pueblo no ha aprendido ni olvidado nada. La corrupción campa a sus anchas y circulan cuentos sobre el dinero directamente pagado por los bancos a la casa del presidente. Añádase el rechazo de Zardari a cumplir la promesa electoral de restaurar un poder judicial independiente y su decisión, que dista de haberse saldado en buenos resultados, de manipular a jueces domesticados para descalificar a sus oponentes. La controversia se agravó por la decisión de Zardani de destituir el gobierno elegido en la provincia más populosa e importante estratégicamente, el Punjab (capital: Lahore), e imponer directamente el gobierno, después de que su primer ministro rechazara aparentemente aceptar un soborno en forma de un lucrativo negocio en compensación por abandonar la lucha para restaurar al presidente del tribunal, que sufrió un atentado perpetrado por el líder militar hace más de un año.

Los errores de este gobierno y su impericia para defender los intereses del país o a su población de los vuelos teledirigidos o de los atentados terroristas están facilitando el camino para el retorno del ejército al poder como una forma de evitar una grave escisión en sus propias filas. Todo lo que se espera es la luz verde de la embajada de los EEUU en Islamabad. Nada de eso solucionaría alguna cosa, pero puede crear la ilusión de estabilidad durante unos pocos meses. No es bueno que los políticos paquistaníes farfullen que se trata de “nuestro Mumbai”. El hecho es que, durante el último año, el gobierno de Zardari ha hecho mucho por sí mismo y por sus clientes, pero nada por el pueblo del país. Cuanto más a la deriva vaya Pakistán, más oportunidades se ofrecen a sí mismos los extremistas.