Oportunidad para el cambio
El resultado de las elecciones legislativas en Estados Unidos muestra una clara derrota de la política de George W. Bush y su equipo en Iraq. También pone de manifiesto el deterioro de la coalición entre conservadores tradicionales, neoconservadores y la derecha religiosa. La mayoría que han logrado los demócratas indica que una parte de la sociedad estadounidense quiere un cambio de rumbo económico, menos autoritarismo presidencialista y dejar de lado políticas belicistas.
Por delante se abren ahora dos interrogantes acerca del Gobierno y del Partido Demócrata. En el primer caso, la incógnita es si el presidente y su grupo más cercano liderado por el vicepresidente Richard Cheney, será receptivos a lo que han dicho las urnas. Si así fuese, tendrían que modificar varias cosas clave. Especialmente tendrían que ofrecer un plan concreto y definido en el tiempo de salida de Iraq y ofrecer un cambio en las políticas impositivas que han agudizado la desigualdad y la pobreza de los sectores con menos ingresos.
Ninguna de la dos cosas serán fáciles de hacer porque Iraq se ha transformado en una situación en la que Estados Unidos perderá haga lo que se haga: si se marcha será visto como una irresponsabilidad y debilidad por muchos gobiernos y sectores por el gobierno iraquí. En ese caso la pregunta sería ¿para qué tanta campaña desde el 2002 para librar una guerra sobre la base falsa de las armas nucleares que no existían y que en breve habrá costado la vida de 3.000 soldados de Estados Unidos y cientos de miles de iraquíes? Si se queda, probablemente la guerra se agudizará, habrá más bajas y también se verá a la política de Washington como un fracaso.
Respecto del sistema de impuestos, el Gobierno de Bush hizo una reforma en su primer mandato y difícilmente pueda ni quiera volver a hacerla ahora, con sólo dos años por delante, con los demócratas en contra y con la posibilidad en ese caso de perder el apoyo de empresas y sectores poderosos.
En caso de que el Gobierno no sea receptivo tratará de rehacer su alianza con el movimiento de iglesias evangélicas y fundamentalistas que ya no se fían de él. Muchos líderes de esas iglesias consideran que Bush les ha traicionado al no legislar abierta y firmemente para prohibir el matrimonio gay y que tampoco ha sido firme sobre el aborto.
La segunda incógnita sobre el Partido Demócrata es si llevará a cabo políticas de cambio en la Cámara de Representantes. Quienes han votado por los Demócratas quieren que se modifiquen políticas. Pero éstos tienen el pecado original de haber votado en 2003 en favor de la guerra de Iraq, de haber aprobado presupuestos para proseguir la guerra, de haber sido débiles sobre el tema Israel-Palestina, y no haber defendido los intereses económicos de la clases más bajas. El voto latino y negro que giró hacia Bush en 2004 indica esa tendencia.
Durante su mandato el presidente y el vicepresidente han creado un equipo presidencialista fuerte que desplazó al Congreso en temas cruciales como la guerra y la legitimidad del uso de la tortura. Ahora el Congreso tiene la oportunidad, no sólo los Demócratas sino también los Republicanos, de recuperar su vital papel.
Desde el 2001 en Estados Unidos ha primado el miedo. La seguridad y el terrorismo fueron usados por el Gobierno como un chantaje para imponer sus políticas. Estas elecciones pueden permitir un cambio que beneficiaría a la sociedad estadounidense y a las relaciones de ese país con el mundo.
This article was originally published by Radio Netherlands (copyright 2006)
