¿Cuál es el Estado que estamos redescubriendo?

11 September 2007
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Las administraciones públicas deben responder a las demandas de sociedades más precarizadas e inestables y con mayor incertidumbre sobre su futuro.
No es posible establecer un debate serio sobre la necesaria innovación democrática y administrativa, sin relacionarlo con el debate más amplio de qué tipo de sociedad queremos. Y no es posible hacerlo sin contemplar que estamos atravesando un cambio de época en todo el mundo que ha replanteado muchos de los problemas con que han de enfrentarse los poderes públicos, y mientras surgen nuevos conflictos y dilemas. Esta ha sido una de las ideas desde la que se ha partido en la ponencia que presentamos en la conferencia de clausura del IV Congreso de Administración Pública que bajo el lema de "Construyendo el Estado Nación para el crecimiento y la equidad" se llevó a cabo en Buenos Aires hace pocos días. Llevamos treinta años de hegemonía absoluta de una lógica de crecimiento económico centrada en la libre circulación de capitales y mercancías, y de un ataque sin cuartel contra lo que se presentaba como nefasta intervención de los poderes públicos. Pero, estamos entrando ahora en una nueva fase de replanteamiento del papel del Estado, como está viéndose ya en América latina, en Europa y puede también observarse en el debate que se está sosteniendo en las filas demócratas, sobre sanidad y otros temas, en plena precampaña para las presidenciales estadounidenses de noviembre del 2008. Al final hemos descubierto que seguimos necesitando al Estado, ya que esa convención casi naturalizada, llamada "mercado", ni resuelve los problemas de la ciudadanía, ni logra evitar que crezcan las desigualdades o que persista la pobreza extrema, mientras genera externalidades ambientales que pueden llevarnos al desastre absoluto en poco tiempo. Tampoco podemos seguir utilizando la democracia sólo como expresión de un conjunto de reglas que sirven estrictamente para seleccionar y renovar las elites gubernamentales. Las viejas promesas de la democracia (parafraseando a Norberto Bobbio) nos hablaban de igualdad y de transformación social, aspectos que han quedado marginados o relegados, provocando una constante desafección de aquellos sectores de la ciudadanía que no acaban de constatar que votar signifique alguna mejora concreta en sus vidas. Las administraciones públicas son llamadas pues a renovar su capacidad de intervención, para cumplir las nuevas tareas que surgen de una sociedad más precarizada, más inestable, con más incertezas sobre su futuro, y con niveles de individualización muy significativos, que han erosionado sus bases comunitarias y de solidaridad. Y lo deben hacer, sabiendo que han de relacionarse con un sociedad que valora más que nunca el reconocimiento de la diversidad, de la autonomía personal y que exige asimismo equidad de trato. No es esa una tarea fácil para unas administraciones que han sido creadas desde la lógica burocrática de la homogeneidad e indiferenciación social y que no están acostumbradas a ser flexibles y adaptables a entornos cada vez más cambiantes. El reto de la gestión pública del siglo XXI es ser eficiente, al mismo tiempo que participativa. Dar respuestas integrales desde un funcionamiento transversal, cuando sus estructuras están concebidas desde la especialización y la lógica de compartimientos estancos. No es un reto fácil, pero sí es un reto ineludible y apasionante. © Clarin.com