El Tea Party, punta de lanza ultraconservadora

26 October 2010
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El Tea Party es algo más que una respuesta airada a la coyuntura económica, y está más conectado con el cambio demográfico en los Estados Unidos y con la percepción de una parte de la clase media blanca de que ha perdido privilegios.

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Alrededor de 300.000 personas se manifestaron al final de agosto en la explanada del Lincoln Memorial, en Washington D.C. El orador principal fue Glen Beck, presentador de la cadena de televisión derechista Fox News, quien hizo un llamado a la restauración de una América que el presidente Barack Obama, los políticos y los medios de prensa liberales están hundiendo. “Algo más allá de los hombres está sucediendo”, dijo. “Estados Unidos está regresando hacia Dios”. A continuación la ex candidata a la presidencia, Sarah Palin, anunció que “no vamos a transformar a América como algunos quieren; vamos a restablecer su honor”.

Este evento fue la primera manifestación masiva del Tea Party, un movimiento que con su discurso conservador anti establishment amenaza al Partido Republicano a la vez que puede influir para que el Partido Demócrata pierda las elecciones al Congreso y el Senado el 2 de noviembre próximo.

La ofensiva

Esta demostración pública es parte de una poderosa ofensiva conservadora que incluye, entre otros factores, la campaña contra la construcción de un centro de cultura islámica cerca de donde estaban las Torre Gemelas en Nueva York; la ley para expulsar a los inmigrantes ilegales en Arizona; las acusaciones estrafalarias contra el Presidente Barack Obama, entre otras que intenta imponer una dictadura islamista radical en Estados Unidos, que pretende asesinar a ancianos con su reforma sanitaria, y que no tiene nacionalidad estadounidense; amenazas y juicios a ciudadanos musulmanes; y la peligrosa proliferación, según el FBI, de milicias armadas que se preparan para defenderse de Obama si este decide, como creen sus miembros, lanzar una campaña militar y policial para desarmar a los ciudadanos que poseen armas y despojarlos de sus derechos.

Los sociólogos explican que la profunda crisis financiera que ha provocado destrucción de empleo, pérdida de propiedades y recortes graves en el gasto público genera esta reacción. Sin embargo, el Tea Party es algo más que una respuesta airada a la coyuntura económica, y está más conectado al cambio demográfico dentro de Estados Unidos y las manifestaciones locales de la pérdida de liderazgo internacional. A la vez, las formas organizativas del Tea Party se basan en ganar el espacio desde la base hacia arriba, utilizando desde medios políticos y legales hasta periodísticos y electrónicos.

Ideológicamente, el movimiento tiene sus raíces en la revolución conservadora que comenzó durante la presidencia de Ronald Reagan. Esta capacidad innovadora en la movilización y arraigada en el conservadurismo que ha sido fomentado durante décadas por medios de prensa, políticos y fundaciones permite a un movimiento nuevo empujar desde la calle la agenda política hacia la ultraderecha.

Causas particulares, objetivos generales

Una encuesta del Washington Post indica que el movimiento es menos estructurado y numeroso de lo que aparenta. El periódico identificó a 1400 grupos, de los que entrevistó a 647. Algunos están constituidos por miles de personas, pero otros son sólo un nombre. La práctica política de sus miembros es, en general, limitada, y la mayor parte de los encuestados no pretenden crear un tercer partido.

La coincidencia entre los encuestados gira en torno al rechazo a los partidos republicano y demócrata, a las medidas que ha tomado el gobierno de Obama sobre la recuperación económica y a la reforma sanitaria, a las políticas para que las empresas paguen un impuesto por la contaminación ambiental, al aumento de la deuda pública para gastos sociales, y a una fuerte sospecha hacia un presidente de color, con un nombre que no resulta familiar en la cultura anglosajona y cuyo padre era musulmán. Entre los políticos preferidos están la ex candidata a la vice-presidencia Sarah Palin, y Glenn Beck, el presentador de Fox News, que figuran en primero y segundo lugar.

La encuesta indica que el Tea Party no tiene una dirección unificada, pero ha conseguido aunar demandas particulares con una causa general. Por un lado, sus miembros luchan contra el aborto legal, la educación en los colegios de las teorías darwinianas y la historia de los derechos civiles, y la reforma sanitaria. Por otro, insertan estas cuestiones en la causa de “restaurar América”, esto es, volver a tener los Estados Unidos prósperos, blancos y de clase media que, de hecho, ya no existen.

Los movimientos populistas estadounidenses se remontan a 200 años atrás, reaccionando, primero, contra el dominio británico y, posteriormente, ante diferentes olas inmigratorias y el ascenso a la ciudadanía de la población negra. El historiador Michael Kazin dijo al Financial Times en septiembre: “Cada demógrafo nos dirá que Barack Obama encarna a los Estados Unidos del futuro. Pero si uno se da un paseo por la manifestación de Washington de Glen Beck, ésta muestra a los Estados Unidos del pasado”.

En ese marco entre el pasado y el futuro entra el rechazo a los inmigrantes en un país donde la población blanca será superada en número por la combinación de ciudadanos e inmigrantes de origen latino más la población negra para el 2050.

También en ese contexto se puede entender la ira ante “los políticos” por el desempleo y la crisis. Centrar toda la atención y las culpas en los políticos es una simplificación. Las causas de la crisis están en el impacto de la globalización, el ascenso de otros competidores internacionales, y las irresponsables políticas neoliberales iniciadas durante la presidencia de Ronald Reagan en los años 80 y seguidas con entusiasmo por políticos y el sector privado. La propaganda populista anti políticos de la costa Este que hizo el gobierno de George W. Bush ha colaborado, también, a crear este clima “contra Washington”.

El entusiasta sector privado

El apoyo económico para el surgimiento del Tea Party viene de una parte de ese sector privado que ve con buenos ojos tener una punta de lanza en el Congreso que luche en contra de la intervención del Estado, a favor de menos impuestos y más desregulación. Las empresas pueden aportar legalmente inmensos fondos gracias a una decisión de enero pasado de la Corte Suprema de Justicia. Se calcula que corporaciones que se oponen a las medidas de control sobre Wall Street que ha tomado Obama ya han canalizado 3.700 millones de dólares al Tea Party y al Partido Republicano.

El Tea Party ha conseguido hasta ahora tres objetivos. Primero, ha movilizado a nivel local a ocho de cada diez ciudadanos que estaban hasta ahora desinteresados de la política. Dado que las elecciones de noviembre son la antesala de las presidenciales de 2012, es posible que el Tea Party sea el embrión de un poderoso movimiento social contra la reelección de Obama.

Segundo, está obligando a los candidatos del Partido Republicano a elegir entre ser vistos  con el Partido Demócrata como parte de un mismo sistema político, o alinearse con el Tea Party. Esto presenta dos serios problemas. Por un lado, que la fallida política de Obama de tratar de consensuar políticas con los republicanos será imposible. Con “el idiota”, como le llaman en el Tea Party, no se pacta, y un pacto es una traición que se paga electoralmente.

Por otro, que este movimiento presenta en algunos estados sus propios candidatos que están desafiando a los representantes republicanos tradicionales. Para fines de septiembre al menos siete candidatos del Tea Party habían desplazado a políticos republicanos en las primarias, situando en primera línea a figuras como Christine O ́Donnell, del Estado de Delaware, que sigue la línea populista y orgullosa de la ignorancia de Sarah Palin.

Tradicionalmente en la política estadounidense los movimientos radicales por la derecha o la izquierda han sido absorbidos por los dos grandes partidos, pero el Partido Republicano corre peligro en un momento de crisis de legitimidad de las organizaciones políticas y con el surgimiento de los medios electrónicos como un instrumento que organiza y vincula el plano local con el global sin tener necesariamente que pasar por estructuras partidarias.

La coincidencia entre republicanos y el Tea Party también beneficia a los primeros. Por ejemplo, han acumulado fuerzas contra figuras emblemáticas del Partido Demócrata, como Nancy Pelosi, la portavoz demócrata en la Cámara de Representantes, y Harry Reid, el líder de la mayoría demócrata en el Senado. Ambos, que han sido pilares para Obama, están ahora amenazados de perder sus posiciones.

Tercero, está logrando que los demócratas eviten defender las medidas que impulsó Obama para contrarrestar la crisis heredada, especialmente la inversión de 787.000 millones de dólares por parte del Estado para reactivar la economía. De este modo, el Partido Demócrata presenta un programa desdibujado al tiempo que trata de volver a usar el carisma de Obama; una estrategia que podría resultarle fallida porque los latinos y los jóvenes, dos sectores que le apoyaron en 2008, podrían no acudir a votar o se sienten decepcionados.

Estrategia obstruccionista


¿Cómo sería un Congreso en el que el Partido Republicano sea mayoría y haya una entrada de algunos representantes del Tea Party? Este movimiento no ha mostrado hasta ahora excesivo interés por la política exterior y de seguridad, pero seguramente serían contrarios al multilateralismo declarado de Obama, se alinearían con Israel debido a sus conexiones ideológicas con los cristianos evangélicos, y con políticas confusas hacia Afganistán, dado que son aislacionistas pero al mismo tiempo guerreros patrióticos y anti islamistas. Esa guerra les puede permitir agitar ambos temas. Sarah Palin dijo recientemente que Estados Unidos debe volver a ser fuerte en el mundo, y sin temor.

Pero el mayor peligro que enfrentan Obama y el Partido Demócrata si pierden la mayoría en el Congreso es que los republicanos y los aliados del Tea Party usen la siguiente legislatura para abrir investigaciones sobre todas las cuestiones posibles que puedan distraer y evitar que el gobierno siga adelante con cualquier política de reformas. Esto hicieron los republicanos durante la segunda presidencia de Bill Clinton, especialmente con el largo caso de Mónica Lewinsky.

Ante la pregunta si su partido usaría esa técnica de llamar a testimoniar a la Administración sobre diferentes cuestiones, Michelle Bachman, representante republicana en el Congreso por Minnesota, dijo “Oh, creo que es lo que debemos hacer. Pienso que lo único que tenemos que hacer es presentar casos y escuchar un testimonio detrás de otro”. Y de este modo, entre los errores propios y esta oposición irresponsable, se hundirá la experiencia del primer presidente de Estados Unidos que reconoció que el país debía cambiar de rumbo.