Tal como éramos: una reflexión sobre las contracumbres, los rituales, las nuevas tecnologías y las redes

25 May 2007
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En unos días, miles de personas protestarán contra el G8. El 8 de junio de 2007 se añadirá a la larga lista de fechas memorables. ¿Qué aporta esta cronología a la comprensión del estado de los movimientos sociales? ¿Qué papel juegan las contracumbres en la estrategia actual por el cambio social –si es que existe alguna?
En los últimos años, el movimiento antiglobalización (o como queramos llamarlo) ha utilizado muy claramente las contracumbres y las “fechas” como fórmula para atraer la atención mediática y denunciar las “fechas” de los “otros” (El Foro Económico Mundial de Davos, por ejemplo), de forma que si reflexionamos sobre el movimiento en estos años, es bastante probable que lo hagamos en términos de un calendario o línea temporal. Todos tenemos presente una cierta cronología, sobre todo si hemos participado en varios de los eventos más destacados de este periodo –y, si no, en Internet podemos encontrar varias que recogen los grandes momentos del movimiento, ya sea en forma de listas (http://en.wikipedia.org/wiki/Anti-globalization_movement) o mapas (http://www.euromovements.info/maps/wmob.htm). Sin embargo, a pesar de que se promueve esta forma de pensar el movimiento de forma cronológica (los organizadores de Heiligedamm hacen referencias frecuentes a Gleneagles en 2005 y Evian en 2003), las líneas temporales esconden mucha información imprescindible. No es que sean inútiles, ni mucho menos, ya que sí aportan alguna información (sobre la aparición de la causa antiguerra a partir de 2002 en el caso de las listas, o la importancia desmedida de Europa como lugar de protesta en el caso de los mapas), pero hay mucho más que decir sobre el movimiento y las contracumbres, sobre sus dinámicas, composición y forma de relacionarse con el mundo, por lo que merece la pena rascar un poco más, ir más allá de la línea temporal, de la lista, de la sucesión de eventos. Un movimiento cambiante en un mundo cambiante Hace ya mucho tiempo de la aparición del movimiento antiglobalización -8 años si tomamos Seattle como referencia, o 14 si utilizamos el levantamiento zapatista o las movilizaciones contra el Banco Mundial como punto de partida. En mucho tiempo pasan muchas cosas, por lo que el movimiento ha cambiado, igual que lo hemos hecho nosotras y nosotros, y el mundo en que vivimos. Hace 8 años todos estábamos en otro lugar, haciendo otras cosas. Todos los que hemos ido asistiendo regularmente a las contracumbres y foros sociales durante este tiempo hemos cambiado: puede que hayan cambiado nuestros trabajos, o nuestros amigos y entornos; nuestra forma de ver el mundo es como mínimo un poco diferente. Tenemos, al fin y al cabo, 8 años más. Sin embargo, el hecho de poder imaginar a una misma persona (a veces nosotros mismos) asistiendo a todos estos eventos, nos da una ilusión de continuidad que creo que es lo que explica porqué es tan inapropiada una cronología para explicar dónde está ahora el movimiento. Quizás alguno aún lleve la misma camiseta que llevaba cuando asistió a su primera contracumbre, pero no es la misma persona, no vive en el mismo mundo –ni forma parte del mismo movimiento. En el enfoque cronológico, Heiligendamm y las movilizaciones contra el G8 de los próximos días aparecen como reediciones, versiones actuales de Seattle o Génova. Pero no lo son, y no tiene mucho sentido “venderlas” como tales. Los cambios que han experimentado los movimientos sociales son tan profundos que algunos han llegado a declarar que el “movimiento” ha muerto. Si no muerto, la idea de que ha sufrido transformaciones importantes es bastante generalizada. Pero ¿qué ocurrió entre 2003 y 2004 que sacudió los cimientos del movimiento que llegó a ser calificado por el New York Times como “segunda potencial mundial”? Enfrentados a la victoria Por una parte, creo que uno de los factores principales de este proceso se debe al hecho de haber ganado la batalla de las ideas tanto como era posible en base a los acuerdos existentes. Es decir, que parece que se han cumplido la mayor parte de las expectativas realistas de los movimientos sociales en relación con la denuncia del proceso globalizador y del Consenso de Washington. No se ha conseguido cambiar el mundo, pero sí se ha plantado una importante semilla de desconfianza ante el modelo neoliberal, y se ha establecido una dinámica disidente que significa que ya no son necesarios los foros sociales ni los llamados internacionales para asegurar que Bush, el Banco Mundial, el FMI o el G8 encuentren resistencia allí donde van. Además, algunas de las prioridades políticas de los movimientos sociales han llegado a situarse en la agenda mainstream, como la democracia participativa y el cambio climático, de una forma sólo comparable con la integración del discurso del movimiento feminista en los años 70. Afirmar que sí ha habido victorias no es un ejercicio de optimismo voluntarista, sino una forma de subrayar el hecho de que el movimiento ha conseguido lo que se propuso –aquello en lo que había consenso que se quería conseguir. Ni más, ni menos. Adónde ir a partir de ahora es una cuestión que requiere de la creación de nuevas alianzas, consensos y estrategias, ya que, tal como vimos durante la movilización contra el G8 en Gleneagles en 2005, las victorias en la mainstreamización de los temas de los movimientos sociales han hecho que tipos como Bono y Bill Gates se presenten como parte de este mismo movimiento. ¿Cómo respondemos a eso? ¿Cómo desenmascaramos a las nuevas Madres Teresa? Los cambios de los últimos años, pues, no se limitan al mundo con el que nos relacionamos, sino que afectan también a cómo ese contexto se relaciona con el movimiento. ¿Qué nuevos movimientos y estrategias serán capaces de abordar estos nuevos desafíos? ¿Qué papel juegan las movilizaciones actuales en el avance de la causa por el cambio social? Así somos, ahora Por si fuera poco, los cambios de este último periodo no acaban tampoco en el contexto y la relación mundo-movimiento. De la misma forma que el activista que ha estado yendo a todas las contracumbres ya no es la misma persona, también los movimientos sociales han cambiado. Los “camioneros y tortugas”, el “sal de tu campaña específica y únete a una coalición amplia” que hizo posible Seattle es hoy historia, principalmente porque este encuentro de campañas y grupos creó mucho más que coaliciones temporales –acabó cambiándonos a todos los implicados, generó un nuevo espacio, un nuevo agente, una nueva identidad. Todos los “mosquitos” se juntaron sólo para darse cuenta de que no eran mosquitos, sino gotas de agua incapaces de mantener su forma y color al juntarse con otras gotas. Este encuentro creó un nuevo espacio que no era la suma de otros espacios menores, sino algo que tenía sentido en sí mismo, que tenía agencia independiente. Y nada volvió a ser igual. Jamás volvimos a nuestros movimientos y grupos de origen. Aparecieron los “activistas del movimiento”. Pasamos de utilizar las redes a convertirnos en red. En este proceso, conceptos tradicionales vinculados a la organización, como jerarquía, representatividad, afiliación, disciplina, línea de partido y un “nosotros” cerrado y definido, dieron paso a la apertura, la colaboración libre, el consenso, las redes, la autonomía, la participación directa y un “nosotros” muy inestable que representa más la suma de muchos “yo”. Movimiento 2.0 Es interesante, en este proceso, ver cómo la cronología del desarrollo e implantación de las nuevas tecnologías en los últimos años arroja más luz sobre la evolución de las dinámicas internas de los movimientos sociales que cualquier lista de eventos o manifestaciones, ya que en una cronología tecnológica podemos apreciar los cambios en las formas de interactuar y relacionarse, aparece una arquitectura social subyacente. De esta forma, la explosión de los blogs y la aparición de Web 2.0 parecen aportar más información sobre cómo evolucionamos como individuos y como sociedad (y, en consecuencia, como actores políticos) que cualquier movilización contra el G8. ¿No merece la pena reflexionar sobre cómo nos estamos alejando de las herramientas de colaboración para adoptar interficies que nos permiten presentarnos al mundo como individuos, compartir “nuestras” opiniones sin tener que pasar por consensos previos con el colectivo? Al enfrentarse a conflictos para los que no existían herramientas (ya que, como redes y estructuras abiertas, jamás a nadie se le ocurrió que fueran necesarias estrategias para lidiar con la diferencia, y parecía tener más sentido despreciar por “burocráticas” a las organizaciones que sí tenían mecanismos formales de resolución de conflictos), muchos optaron por la retirada, por volver a sus opiniones y análisis en formato puro, inalterado, no-consensuado. El ejemplo –o metáfora- de Indymedia es revelador en este contexto. Muchas de las páginas web de Indymedia constan de 3 columnas: una columna izquierda que es fija y está preestablecida, una columna en el medio cuyo contenido es resultado de un proceso colaborativo en el que participan todos y todas las que forman parte del proyecto, y una columna derecha destinada a la auto-publicación de los internatutas y activistas. Cuando aparece el conflicto, la columna que se congela es la de en medio. Cuando los activistas se cansan o se aburren, la columna de la derecha es la única que sobrevive –ésa, y la de la izquierda, por supuesto, basada en consensos mínimos anteriores. Actualmente, el que fuera movimiento antiglobalización parece reproducir esta estructura: incapaz de lidiar con el conflicto y encontrar nuevos espacio de construcción de consenso, parece congelado en su propia imagen. La actividad, por eso, no se para, la disidencia sigue existiendo y la columna de la derecha sigue activa. ¿Ha ganado el narcisismo? ¿Implica esto que el consenso –o su posibilidad- ha muerto? La contracumbre como ritual En este contexto, ¿qué sentido tiene seguir hablando de un “movimiento” o “movimiento de movimientos”? ¿Utilizar estas expresiones no implica una continuidad y unidad inexistentes actualmente en la Red y en las calles? Y, lo que es más relevante para el tema aquí tratado: ¿qué papel juegan las contracumbres en este nuevo contexto? Parecería que la contribución más importante de las contracumbres hoy en día es proporcionar una cronología, ser el “pegamento” que lo une todo cuando todo lo demás (los foros sociales, las herramientas tecnológicas) parece haber ha fracasado, proporcionar la memoria colectiva de momentos-cumbre que necesitamos para crear la ilusión de la existencia de una identidad y propósito comunes. Si eso es así y ese es el rol que juegan las contracumbres hoy en día, no debería ser subestimado. Ese pegamento es importante. Pero si ese es el único rol que juegan estas movilizaciones, entonces estos eventos se reducen a explosiones auto-referenciales, a rituales que no requieren ninguna estrategia política para tener sentido (¿por qué el G8?). Quizás los movimientos sociales se han apoyado demasiado en las contracumbres para generar una imagen común de sí mismos, y en algún momento olvidaron que el “hacer historia” vivido como una interrupción festiva de la cotidianeidad es un acto que muere en sí mismo y que no puede ser incorporado a ninguna práctica cotidiana de disidencia y resistencia. Si es así, estos eventos sólo tienen sentido para nosotros, y son irrelevantes políticamente. Con todo esto, yo estaré en Rostock este junio para las movilizaciones contra el G8. Quizás hasta lleve la misma camiseta que en 1999. A mí la cronología me es útil porque es parte de mi biografía y de quién soy. Pero, afortunadamente, mi auto-complacencia no llega al extremo de convencerme de que voy a cambiar el mundo tomando un avión para ir a manifestarme contra el cambio climático. Los rituales son importantes y necesarios, pero no van a cambiar la realidad. Tampoco lo harán las redes colmadas de narcisismo y egocentrismo, demasiado auto-complacientes para mostrar un compromiso real ni un cierto sentido de la responsabilidad. Pero entonces, ¿qué es lo que SÍ puede cambiar el mundo? ¿Qué papel pueden jugar las contracumbres para integrarse en dinámicas más duraderas y vinculadas al territorio y a la recuperación del espacio público? Sólo plantearse la pregunta, resistirse a la comodidad de los rituales aprendidos, es ya un primer paso en la dirección de la construcción de un nuevo movimiento, una nueva oleada que vuelva a hacerles sombra a los amos del mundo y reabra la puerta verde de la esperanza.