“Cambiar el corazón y el alma”

Cómo las élites contuvieron el movimiento por la justicia global
26 March 2016
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Los ejecutivos empresariales y los negacionistas que se movilizan en contra de acuerdos internacionales firmes sobre el cambio climático han sido, justamente, el foco de atención de muchas personas preocupadas por la crisis climática. Pero puede que otro grupo de élites —aquellas que sí creen en el cambio climático— haya bloqueado aún más toda solución eficaz a la crisis.

“La finalidad es cambiar el corazón y el alma.” – Margaret Thatcher

El último día de la cumbre del clima de la ONU celebrada en París en diciembre de 2015, miles de personas desafiaron una prohibición sobre las manifestaciones públicas concentrándose en un bulevar que llevaba al distrito comercial de La Défense para denunciar el nuevo acuerdo climático que los negociadores de los Gobiernos estaban a punto de firmar y celebrar en Le Bourget, donde se celebraba la conferencia, a 20 kilómetros de allí. Con la idea de neutralizar los intentos oficiales de controlar la narrativa sobre la cumbre, marcharon tras un muro de ‘piedras’ inflables gigantes y una pancarta roja que proclamaba “¡Cambio sistémico, no cambio climático!”. A diferencia de otros grupos ambientalistas, también sostenían carteles en que criticaban la forma antidemocrática en que capitalistas y otros grupos poderosos del actual sistema capitalista global toman las decisiones sobre nuestra relación con la naturaleza.

De formas diversas, planteaban una alternativa más democrática: un sistema en que ‘las personas’ decidan sobre temas importantes como qué fuentes de energía usar y qué actividades impulsar en beneficio de quién, cuántos árboles talar y qué bienes producir para quién o, más en general, cómo organizar nuestra relación con la naturaleza y con qué fines.

Aunque la acción fue muy plural y provocadora, no resultó ser tan multitudinaria ni beligerante como habían esperado algunos de los organizadores. Incapaces de movilizar a más personas, a los anticapitalistas radicales no les quedó otra opción que abandonar el plan original de cercar Le Bourget con barricadas y descartar mantener la marcha hasta La Défense. Al final, los manifestantes solo se concentraron, haciendo volar sus ‘piedras’, pero no dirigidas contra ningún objetivo. En esos mismos momentos, en Le Bourget y La Défense descorchaban las botellas de champagne con toda tranquilidad.

¿Por qué, como sugiere este episodio concreto pero no poco común, los activistas que luchan por un sistema más democrático se encuentran con tantas dificultades para atraer a más personas a su bando? ¿O por qué, pese a la cada vez más intensa crisis ecológica provocada por el capitalismo, el movimiento por un cambio radical del sistema se sigue viendo confinado a espacios marginales?

Sin duda, parte de la respuesta está en cómo las élites globales han recurrido a medidas cada vez más coercitivas para que la gente no salga a la calle o impedir que conciban o expresen reivindicaciones contra el sistema. Sin embargo —como demostró el gran número de personas que no se vio amedrentada por la amenaza de la fuerza ni se tragó el discurso de los Gobiernos en París y otros foros internacionales— no es simplemente la presencia o ausencia de represión física o ideológica lo que determina la voluntad de las personas a enfrentarse a los poderosos. En efecto, cabe preguntarnos por qué no hay más personas dispuestas a desafiar la represión para luchar por un sistema democrático.

Este ensayo trata de ayudar a entender las causas de las debilidades del movimiento llamando la atención sobre otra forma, por lo general obviada, mediante la que los poderosos tratan de contener cualquier afrenta a su gobierno antidemocrático de otra manera que no sea la represión física: la de intentar moldear las propias subjetividades de las personas —cómo ven sus identidades, cómo interpretan su situación en la vida, a qué aspiran, a quiénes consideran sus ‘amigos’ o ‘enemigos’— con el fin de convencerlas de defender activamente el sistema.

En estas páginas arguyo que parte de los motivos por los que los activistas que luchan por una alternativa democrática al capitalismo les resulta difícil atraer a más personas a su causa es porque una parte de las clases dominantes del mundo ha estado librado lo que podríamos concebir, aludiendo a Gramsci, como una especie de ‘revolución pasiva’ global: un intento de reconstruir o asegurarse la hegemonía (mundial) intentando reformar las bases del capitalismo global para conceder parcialmente las demandas de grupos subordinados.

Y repaso cómo, al intentar aparentemente ‘cambiar el sistema’, un sector específico de las élites globales ha conseguido en parte neutralizar los intentos más radicales de reconfigurar las subjetividades de las personas, evitando así que estas luchen por un sistema democrático.

El renacer de un movimiento global contrahegemónico

Para entender mejor cómo las élites globales intentan contener los desafíos contrahegemónicos a su dominio, merece la pena remontarse a fines de la década de 1960, cuando varios nuevos movimientos radicales, incluidos algunos que se movilizaron en torno a temas de ecología, saltaron al escenario mundial como parte de un renacimiento más general del radicalismo. Ya antes de esa fecha, una creciente número de personas en países industrializados y también en el ‘Tercer Mundo’ estaba cada vez más preocupada por el deterioro de sus condiciones de vida como consecuencia de la degradación ecológica que venía de la mano de la renovada expansión global del capitalismo en la posguerra.

Antes de la década de 1960, mucha gente aún pensaba que estos problemas ecológicos y los impactos que estos tenían en su vida eran fruto de los ‘malos hábitos personales’ de otros, de la ‘gestión no científica’ de los recursos o de la poca regulación de ‘las grandes empresas’. Por lo tanto, solían considerar que estos problemas se podían solucionar y que el sufrimiento que causaban se podía terminar mediante mejores hábitos personales, una ‘gestión más científica’ de los recursos o un mayor control sobre las grandes empresas.

Por lo tanto, muy pocos dirigían su ira contra las clases globales dominantes en respuesta a la degradación ecológica. Y aunque se produciría un creciente número de protestas, en que las personas se defendían ‘espontáneamente’ de todo ataque directo contra su bienestar, no eran equiparables al tipo de resistencia organizada y sostenida que había amenazado a las clases dominantes en levantamientos revolucionarios anteriores en varios países.1

Sin embargo, a partir de la década de 1960, varios intelectuales empezaron a plantear una forma distinta de interpretar los problemas ecológicos y de responder a ellos. Herbert Marcuse, Barry Commoner, Murray Bookchin y Chico Mendes, además de muchas otros científicos, periodistas, escritores y organizadores, empezaron a teorizar no solo a partir de Marx, sino también de Morris, Kropotkin, Weber y otros pensadores críticos para popularizar nuevas formas de mirar al mundo que cuestionaban no solo las cosmovisiones dominantes, sino también las difundidas por los conocidos como activistas de ‘la vieja izquierda’. Apelando a ‘el pueblo’ o ‘la gente’ como parte de las clases explotadas y otros grupos dominados cuyos intereses eran contrarios a los de las élites globales, sostenían que el deterioro de las condiciones de vida no solo se debía a unos malos hábitos, una mala gestión o la escasa regulación de las grandes empresas, sino a las relaciones de propiedad específicas del momento histórico en el contexto del capitalismo.

Así, revelaron cómo el capitalismo impulsa a los capitalistas, o a aquellos que poseen tierras, fábricas, centrales eléctricas y otros ‘medios de producción’ y que, por lo tanto, monopolizan las decisiones sociales con respecto a la producción, a intensificar constantemente su explotación de los trabajadores y de la naturaleza con miras a maximizar los beneficios. Para superar su sufrimiento, argüían que no bastarían reformas como la regulación de las grandes empresas, aunque no era algo necesariamente equivocado; necesitaban desafiar nada menos que el capitalismo, el patriarcado, el racismo y otras formas de dominación.

Aunque no estaban necesariamente de acuerdo sobre cómo hacerlo, exhortaban a poner fin a lo que Marx llamó una vez ‘la dictadura de la burguesía’, o el sistema de gobierno en el que solo quienes poseen los medios de producción toman decisiones sobre esta. Esto entrañaría luchar por la abolición de las relaciones de propiedad privada y la construcción de una sociedad en la que todas las personas posean de manera colectiva y democrática los medios de producción y, por lo tanto, puedan participar en las decisiones sobre cómo organizar la producción.

Solo entonces, afirmaban, sería posible priorizar el bienestar de las personas y el bienestar del planeta por encima de la necesidad de maximizar los beneficios constantemente. A través de sus innumerables esfuerzos para difundir estas nuevas formas de interpretar los problemas ‘ecológicos’ y actuar sobre ellos, estos intelectuales radicales comenzaron a reconfigurar las subjetividades de las personas proporcionando formas alternativas de ver el mundo, de comprender sus identidades, y de diagnosticar y superar su sufrimiento.

Tal como indicaba el creciente número de miembros y partidarios de organizaciones radicales anticapitalistas ‘ambientales’ y de movimientos preocupados por cuestiones ‘ambientales’ , estos empezaban cada vez más a verse a sí mismos y los problemas ambientales que padecían bajo una nueva luz.2 Muchas personas empezaron a pensar en sí mismas como miembros de las clases oprimidas y explotadas, y también comenzaron a conectar los ‘problemas ambientales’ y sus impactos sociales con la dominación capitalista, patriarcal, colonial, racial y otras formas de dominación.

En palabras de un activista que empezó a movilizarse durante este período: “De este a oeste, de norte a sur, resonaba con fuerza (…) una total desafección con ‘el sistema’”.3 Según el historiador ambientalista John McCormick, las protestas empezaron a superar las críticas de aspectos concretos del capitalismo para pasar a “cuestionar la esencia misma del capitalismo”. Muchos comenzaron a aspirar a una sociedad, si no socialista, al menos poscapitalista. Y reconocían la necesidad de enfrentar y derrocar a las clases dirigentes y otros grupos dominantes que estaban llamados a perpetuar el capitalismo. “Fuera cual fuera el motivo”, apunta McCormick, “para la década de 1970 se había producido una revolución en las actitudes ambientales”.4

Con estas nuevas subjectividades, la gente empezó a conectar la lucha en torno a los problemas ‘ambientales’ con luchas más amplias por la justicia social y la igualdad, y a dejar de canalizar su rabia por la degradación ecológica hacia otras personas o grupos subordinados concretos para dirigirla contra las clases dominantes, sus aliados en el aparato del Estado y otros grupos influyentes. Las luchas en torno a la contaminación, la energía nuclear, los pesticidas y otros temas afines se convertirían en una pieza clave de un renovado bloque anticapitalista mundial y reimpulsaron algo a lo que las élites globales pensaban que habían puesto fin: una ‘guerra civil global’.5

Aunque no consiguieron necesariamente apropiarse del poder del Estado —o ni siquiera lo intentaron—, sus acciones, señala el historiador Eric Hobsbawm, fueron revolucionarias “tanto en el viejo sentido utópico de búsqueda de un cambio permanente de valores, de una sociedad nueva y perfecta, como en el sentido operativo de procurar alcanzarlo mediante la acción en las calles y en las barricadas”.6

O como apunta el geógrafo Michael Watts sobre las revueltas que barrieron el mundo en 1968, eran revolucionarias no “porque se derrocara o se hubiera podido derrocar a un Gobierno, sino porque una de las características distintivas de la revolución es que esta cuestiona de repente la sociedad existente y aboca a la gente a la acción”.7

Así, cada vez más personas, críticas con la ‘sociedad existente’ y abocadas a la acción, empezaron a luchar por lo que los activistas llamarían más tarde un ‘cambio de sistema’ para abordar los problemas ecológicos.

Luchas entre las élites

Este resurgimiento del ambientalismo radical en particular y del radicalismo en general suscitó la preocupación de aquellos intelectuales procedentes de las clases dominantes del mundo en los Estados Unidos y otros países industrializados avanzados, o alineados con ellas. Abrumados por un aluvión de críticas —piquetes, protestas, boicots, acciones directas— y asediados por las reivindicaciones de una mayor regulación y de ‘cambio del sistema’, muchos líderes empresariales estadounidenses se sentían atacados.

Es probable que este ejecutivo captara el ambiente que se respiraba cuando afirmó, en tono de broma: “A este paso, podemos esperar que muy pronto los ambientalistas nos apoyen. Podemos hacer que pongan a las corporaciones en la lista de especies en peligro de extinción”.8 Según el politólogo David Vogel, los capitalistas estadounidenses no se habían sentido tan ‘políticamente vulnerables’ desde la Gran Depresión y el New Deal.

A pesar de que las condiciones exactas variaban, la situación era parecida en otros países donde habían surgido movimientos radicales. En estado de sitio, muchos intelectuales convencionales y élites empresariales se esforzaban por entender lo que estaba pasando, y en cómo definir sus intereses y reaccionar ante todo ello.

Muchos pensaban que los llamados ‘problemas ambientales’ no eran realmente ‘problemas’ o que se podían solucionar a través del funcionamiento normal del mercado o de las instituciones existentes.9 Pese a reconocer el problema, muchos percibían solo una amenaza a los intereses de su industria o de su empresa, e intentaron protegerlos limitándose a rechazar las demandas de los grupos subordinados, acabando con sus propuestas, y recurriendo a medidas coercitivas para intimidar o desacreditar a sus artífices.10

Pero había otros intelectuales que adoptaron y defendieron una respuesta totalmente distinta. A diferencia de la mayor parte de las élites reaccionarias, estos reformistas procedían por lo general de familias patricias o burguesas en sus respectivos países. Otros procedían de contextos menos privilegiados, pero habían asumido altos cargos en el gobierno o puestos destacados en organizaciones de la ‘sociedad civil’, en especial en fundaciones filantrópicas. Sin embargo, en contraposición a los funcionarios gubernamentales, eran lo que Weber llamaba ‘los notables’: personas que vivían para la política y no de la política.11

Entre aquellos procedentes de estos contextos que desempeñarían un papel prominente en cuestiones relacionadas con el clima estarían personas como Laurence y David Rockefeller, de la generación más joven de esta famosa dinastía; Robert O. Anderson, propietario del gigante petrolero Atlantic Richfield; McGeorge Bundy, exdecano de la Universidad de Harvard y asesor de seguridad nacional y más tarde presidente de la Fundación Ford; Robert McNamara, ex director general de Ford Motors, ministro de Defensa, presidente del Banco Mundial y patrono de la Fundación Ford.

En otros países de Europa, América Latina y Asia, se contaba a personas de unos contextos muy parecidos a los de sus homólogos en los Estados Unidos. Entre ellos, cabría citar a Giovanni Agnelli, presidente de la empresa italiana de automóviles Fiat; Aurelio Peccei, expresidente de Olivetti y promotor del Club de Roma; Alexander King, un influyente científico británico; Maurice Strong, expresidente de una gran empresa petrolera canadiense y más tarde jefe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA); Barbara Ward, economista británica y exitosa escritora, además de asesora de varios dirigentes mundiales; el primer ministro canadiense Pierre Trudeau; Indira Gandhi, primera ministra de la India; Gamani Corea, secretario general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), de Sri Lanka; Mahbub ul-Haq, vicepresidente del Banco Mundial, de Pakistán; y muchos otros ‘caballerosos abogados’ y ‘cosmopolitas cultos’.

Aunque procedían de diferentes países, tenían sus propios intereses específicos y perseguían proyectos diferentes y no siempre compatibles, esta red informal de intelectuales de la élite a menudo seguían las mismas acciones o adoptaban las mismas posiciones con respecto a determinadas cuestiones. Esto no se debía a que formaran parte de una ‘conspiración’, sino a que el contexto del que procedían significaba que, por lo general, pensaran y actuaran sobre los temas ecológicos globales a través de una visión del mundo compartida.12

A diferencia de otras élites, estas se mostraban habitualmente más abiertas a la idea de que el calentamiento global y otros cambios ambientales se estaban produciendo realmente. Así, por ejemplo, el petrolero convertido en filántropo que financió algunas de las organizaciones clave que fomentarían la acción contra el cambio climático, Robert O. Anderson, instaba a adoptar “una postura a medio camino entre los alarmistas pesimistas y agoreros, y aquellos que se resisten a reconocer el evidente peligro al que se está sometiendo el entorno humano”.13

Del mismo modo, los industriales, ejecutivos y científicos reunidos en el Club de Roma presentarían el tema ambiental como nada menos que una ‘crisis global’.14 Y, a diferencia de otras élites, pensaban que el problema implicaba amenazas mucho más importantes que la mera disminución de las prerrogativas de empresas concretas o de la competitividad económica de los países. Les preocupaba que la contaminación impidiera su acceso a materias primas, intensificando la competencia internacional y propiciando el proteccionismo, e incluso que llegara a desencadenar guerras intercapitalistas, como la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial, que podrían volver a fragmentar el mercado mundial y obstaculizar la expansión capitalista.

Pero más que eso, también les preocupaba que la degradación ambiental alimentara aún más la insatisfacción pública y, por lo tanto, fomentara el apoyo al radicalismo. Rompiendo con otras élites, llegaron a la conclusión de que, para desactivar tal amenaza, se debían abordar al menos algunas de las quejas y demandas de los grupos subordinados; algo que solo se podía hacer reformando de base el capitalismo global. Unidos por estas visiones comunes, estos ‘reaccionarios ilustrados’ —por usar las palabras de Karl Polanyi— se dispusieron a construir un movimiento reformista transnacional o un ‘bloque desde arriba’, reuniendo bajo sus auspicios a élites de otro modo aisladas y embarcando a miembros de otras clases para impulsar su proyecto de ‘cambiar el sistema’. Y lo hicieron a pesar de las élites más conservadores que no querían ningún tipo de cambio, y por supuesto, en contra de los radicales que deseaban un tipo de ‘cambio de sistema’ muy muy distinto.

Así, emprendiendo iniciativas paralelas, y en ocasiones que incluso chocaban, desplegaron sus enormes recursos económicos y conexiones sociales —abarcando los mundos de los negocios, la política y la ciencia— para construir la capacidad de este movimiento para participar en una lucha ideológica y política en el escenario mundial.

Términos radicales, fines reformistas

Para ganarse apoyos, abogaban por una forma diferente de entender y, por lo tanto, de pensar, hablar y actuar sobre el ‘cambio ambiental global’ que adoptaba ciertos elementos propuestos por los radicales, a la vez que se distanciaban de estos con respecto a las cuestiones más fundamentales. Al igual que los radicales, a veces ‘interpelaban’ o aludían a miembros de los grupos subordinados como pertenecientes a ‘los pobres’ en contraposición a ‘los ricos’, e incluso a veces tomaban prestados términos de los radicales y hablaban de ‘la periferia’ en oposición al ‘centro’.

Pero se cuidaban mucho de referirse a ellos como miembros de las clases explotadas o dominadas cuyos intereses estaban en conflicto con los de las clases explotadoras o dominantes; en lugar de ello, preferían hacer hincapié en su identidad como miembros de una sola ‘humanidad’, cuyos intereses no chocaban con los de las élites del mundo. Es decir, Solo tenemos una Tierra, compartida por todos, como rezaba el título del éxito de ventas publicado por Ward en 1972 para la primera cumbre de la ONU sobre medio ambiente.

Haciéndose eco de los radicales, sostenían que los problemas ecológicos globales tenían menos que ver con ‘malos hábitos personales’ y más con el sistema económico y político general. Como apuntaba la Declaración de Cocoyoc de 1974, un documento que dio seguimiento a la Declaración de Estocolmo de 1972 escrita por Ward, ul-Haq y otros: “El predicamento ante el que se encuentra la humanidad se deriva esencialmente de las estructuras económicas y sociales y del comportamiento que se sigue tanto dentro de los países, como en las relaciones entre unos y otros”. Pero a diferencia de los radicales, subrayaban que el problema no era el sistema en sí, sino más bien la falta de regulación y la inadecuada ‘gestión científica’ del sistema a escala global. Y aunque no estarían de acuerdo en qué representaba algo ‘excesivo’, todos consideraban que los problemas ecológicos eran “daños que se han recibido por causa de la excesiva confianza en el actual sistema de mercado”, en palabras de la propia Declaración de Cocoyoc.

Por lo tanto, al igual que los radicales, explicaban a la gente que su sufrimiento solo se podría aliviar abogando por lo que los radicales llamaban ‘cambio de sistema’. Pero a diferencia de los radicales, sostenían que ese cambio no implicaba acabar con el capitalismo, sino más bien mejorar la regulación global de este a través de lo que el Club de Roma denominaba “reforma radical de las instituciones y procesos políticos en todos los niveles”. En contra de conservadores y radicales, no defendían la necesidad de mantener el sistema ni de deshacerse de él por completo, sino de mejorarlo disminuyendo la “excesiva confianza en el mercado” y dirigiéndose hacia lo que la Declaración de Cocoyoc llama “el mejor aprovechamiento de todos ellos [los recursos], así como la protección del medio ambiente a escala global”.

El Club de Roma, por ejemplo, propuso que se creara un “plan mundial para la gestión de los recursos”,15 mientras que la Comisión Trilateral defendía una “coordinación internacional en materia de políticas” para administrar “el patrimonio común global”16 con el fin de corregir los fallos del mercado, reducir al mínimo las ineficiencias, fomentar la competencia y redistribuir la riqueza con el fin de reducir la pobreza y mitigar la degradación ecológica. Estas propuestas eran lo que algunos especialistas acabarían denominando ‘gerencialismo ecológico internacional’ o ‘modernización ecológica’ global.17

Dicho de otra manera, lo que decían a la gente era que no debían aspirar a la creación de una sociedad poscapitalista, sino de una sociedad capitalista ‘más verde’ y más regulada. Ya que solo perpetuando el capitalismo reformado ‘verde’, persiguiendo más comercio, más crecimiento y más ‘desarrollo sostenible’, podría ‘la humanidad’ resolver los problemas ecológicos, atender las demandas sociales y hacer realidad la visión de una buena vida.

Por usar los términos de la Declaración de Founex, el ‘desarrollo’ —en el sentido del desarrollo capitalista— es ‘el remedio’ para los problemas ambientales a los que se enfrentan los pobres. En consecuencia, frente a los radicales que instaban a la gente a ver a las clases dominantes como sus opresores y blanco de oposición, exhortaban al público a centrar su ira solo en miembros concretos del grupo dominante, es decir, en los ‘capitalistas malos’ o en las ‘élites malas’ (según el contexto, los Estados Unidos, las economías avanzadas, las grandes empresas, las corporaciones petroleras, los republicanos, y así sucesivamente).

Al mismo tiempo, llamaban a la ciudadanía a sumarse a las élites responsables y morales, en tanto que ‘socios’ para impulsar y alcanzar un ‘cambio del sistema’. Gran parte de lo que reformistas posteriores dirían y recomendarían desde la década de 1970 hasta la década de 2000 se basaría esencialmente en estos temas discursivos o ideológicos recurrentes.

Construyendo la capacidad del movimiento

Los intelectuales reformistas, sin embargo, no solo se limitaban a movilizar a los ciudadanos de su lado y exhortarlos a luchar por su causa. A veces coordinándose y a veces compitiendo entre sí, se activaban para dotar a sus partidarios de conocimientos sobre problemas ambientales a nivel mundial —y de ‘opciones normativas’ para gestionarlos— financiando o apoyando de otra forma cientos, si no miles, de departamentos de investigación de universidades y organismos gubernamentales o intergubernamentales y think tanks.

Así, por ejemplo, la Fundación Ford financió toda una serie de centros académicos, departamentos de investigación y redes científicas como el Instituto Aspen, el Instituto Internacional para el Medio Ambiente y el Desarrollo (IIED), el Instituto Brookings, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN), varios ‘grupos de estudio’ de la Comisión Trilateral y muchos otros centros.

La Fundación Volkswagen financió el estudio Los límites del crecimiento del Club de Roma. McNamara transformó el Banco Mundial en el centro más importante del mundo para la investigación sobre la relación entre el medio ambiente y el desarrollo. Como su primer director ejecutivo, Maurice Strong estableció el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) como uno de los principales artífices de la investigación colaborativa a gran escala sobre el agujero de la capa de ozono, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático. Los reformistas en los países en desarrollo crearon el Centro del Sur, un think tank que se convertiría en una fuente clave de análisis para funcionarios gubernamentales del Sur.18

Esto no quiere decir que solo financiaran los estudios con los que estaban de acuerdo. De hecho, probablemente como resultado de su propia falta de conocimiento, incertidumbres o tensiones internas, eligieron, o al menos intentaron ‘diversificar sus carteras’ dando apoyo a diferentes investigadores que abordaban el problema desde perspectivas diferentes, incluidos aquellos de los que acabarían disintiendo.

Para mejorar su capacidad para abogar por las reformas que querían, también pusieron en marcha varias iniciativas para identificar y ganarse a profesionales de clase media y con educación superior—abogados, economistas y científicos— que respaldaban su visión reformista, y dedicaron unos considerables recursos y esfuerzos a promover la ‘profesionalización’ de su activismo. Ford, Rockefeller, Anderson y otros, por ejemplo, financiaron la creación del Fondo para la Defensa del Medio Ambiente (EDF), el Consejo de Defensa de los Recursos Naturales (NDRC) y seguramente otros miles de grupos moderados y no radicales en todo el mundo.19

Estos esfuerzos de ‘generación de capacidades’ se extendían a menudo a una amplia gama de organizaciones, en parte debido a una estrategia deliberada de asumir riesgos y encontrar a personas innovadoras. Ford, incluso mientras apoyaba a reformistas más moderados o incluso más conservadores, también financió organizaciones de interés público que se mostraban más críticas con ‘las grandes empresas’ y que eran más propensas a plantear cuestiones de justicia social.

A través de estas inversiones en generar conocimientos y construir movimientos crearon una red transnacional y descentralizada de reformistas altamente capacitados, que ocupaban posiciones estratégicas en diversos Gobiernos, organizaciones internacionales y grupos de la sociedad civil de todo el mundo, que a su vez presionaban a los Gobiernos para adoptar medidas ambientales de largo alcance con el objetivo de abordar problemas ambientales globales a nivel local y mundial.

Así, por ejemplo, equipados con investigaciones que confirmaban el calentamiento global y con estudios que evaluaban posibles opciones normativas, esta red mundial de reformistas se movilizó para dar la alarma y presionar a favor de unas intervenciones reguladoras globales sin precedentes para abordar el cambio climático. Fue el PNUMA, por ejemplo, el que promovió que los científicos se hicieran oír y fomentaran una respuesta coordinada a escala internacional.

Científicos y activistas asociados con el EDF y otros grupos reformistas organizaron una serie de conferencias internacionales sobre el tema y presionaron a los Gobiernos del mundo para iniciar negociaciones sobre un acuerdo. Y fue el EDF y otros los que encabezaron la formación de la Red de Acción Climática (CAN), que se llegaría a convertir en la mayor red mundial de ONG que presionaba por la ‘acción’ de los Gobiernos frente al cambio climático.20

En pocas palabras, si no hubiera sido por las iniciativas independientes pero convergentes de estos reformistas —y de las élites que los apoyaban— tal vez nunca se habrían celebrado las negociaciones de la ONU sobre cambio climático. Aunque no estaban necesariamente de acuerdo en todos los detalles, sí coincidían en presionar por unos acuerdos internacionales firmes y jurídicamente vinculantes. Y se unieron en torno a demandas por unas intervenciones coordinadas sin precedentes a nivel internacional en la economía mundial que podrían obligar a algunos países e industrias a reducir drásticamente sus emisiones y por el establecimiento de una especie de ‘plan de bienestar’ global de facto que podría forzar a algunos países a transferir fondos y tecnologías a otros países.

Una batalla global por los corazones y las almas

Gracias a todas estas inversiones en la movilización política e ideológica, el movimiento reformista fue capaz de pasar a la ofensiva a partir de la década de 1970. Respaldado por la amenaza de las alternativas más radicales que planteaban los demás movimientos a su izquierda, consiguió superar la resistencia conservadora y, de manera progresiva, poner en marcha una serie de medidas de regulación ambiental ambiciosas y de gran alcance en muchos países, como la Ley de Política Nacional de Medio Ambiente y la Ley de Agua Salubre aprobadas en los Estados Unidos en la década de 1970.

A nivel internacional, este bloque reformista aseguró acuerdos que abordaban problemas ambientales globales como el agujero de ozono, la pérdida de biodiversidad, la desertificación y el cambio climático. Estas medidas, por limitadas que fueran, probablemente impidieron aún peores resultados si los reformistas no hubieran presionado por ellas. De este modo, las élites reformistas hicieron algo más que entregar concesiones de ayuda y materiales limitadas a los miembros de las clases dominadas; también neutralizaron los intentos de grupos radicales de reconfigurar sus subjetividades y lograron disipar sus intentos de canalizar la ira y la ansiedad de la gente hacia la lucha por un cambio fundamental del sistema.

Esto se debe a que, al dar la impresión de cambiar el sistema y canalizar los beneficios o ventajas limitadas a los grupos subordinados, menoscabaron la capacidad de los radicales para convencer a las personas de la necesidad de diagnosticar su sufrimiento como el resultado inevitable del capitalismo y de verse a sí mismas como miembros de clases antagónicas, cuyos intereses siempre serán incompatibles con los de las clases dominantes.

Y como un número creciente de personas comenzaron a verse a sí mismas como miembros de comunidades armoniosas, creer que su sufrimiento era provocado única o principalmente por la falta de regulación del capitalismo, concluir que podían mejorar sus condiciones sin ir tan lejos como tener que derrocar el capitalismo, y ver al menos a algunas élites como ‘socios’ o ‘líderes’ a los que apoyar, cada vez menos de ellas se sentían motivadas para desafiar a los poderosos y ponerse del lado de los movimientos que luchaban por un cambio radical del sistema.

Por esta y por otras razones, los grupos radicales de todo el mundo no solo se han encontrado con que les resulta más difícil ganar nuevos adeptos desde la década de 1970, sino que incluso quienes en su día fueron luchadores comprometidos abandonarían las armas o ‘desertarían’ por completo.21 Los movimientos anticapitalistas radicales, en su día florecientes, pasarían posteriormente a la defensiva, sin dejar de organizarse pero cada vez más marginados.

En los Estados Unidos, Europa y probablemente en otros países donde el mensaje ambientalista radical tenía solo unos pocos años antes de ganar fuerza, la crítica se esfumaría y el ambientalismo anticapitalista sufriría un ‘declive vertiginoso’.22

Conclusión

Así, sin siempre desplegar la violencia que mantienen constantemente de trasfondo, las élites más previsoras del mundo han podido al menos disuadir a la gente de luchar para reemplazar el capitalismo por otro sistema diferente y radicalmente democrático; y a lo sumo, han sido capaces de convencerla o motivarla para luchar activamente por ‘mejorar’ un sistema inherentemente antidemocrático con el fin de evitar su derrocamiento.

Al organizar y movilizar un movimiento transnacional desde arriba para librar una ‘revolución pasiva’ a favor de regular el mercado, han podido desactivar parcialmente los antagonismos de clase que le intelectuales radicales habían tratado de despertar. Y de esta forma, no solo han impedido o dificultado que las personas expresen o descarguen su ira, sino que han podido canalizar esa ira para que se persiga solo ajustar el sistema y mantenerlo intacto.

Si estas élites reformistas no hubieran organizado esta revolución pasiva global, es poco probable que los Gobiernos del mundo hubieran intentado establecer una regulación a nivel mundial para abordar los problemas ecológicos globales. Y en caso de que los Gobiernos no hubieran actuado, es poco probable que hubieran podido evitar un desafío contrahegemónico al capitalismo.

Y a pesar de todo, también es importante hacer hincapié en que, como indica la disposición de un número significativo de personas a participar en una acción de desobediencia civil masiva en la última jornada de la cumbre de la ONU sobre el clima en París y la creciente radicalización de muchos activistas climáticos en todo el mundo, todavía no han conseguido derrotar o eliminar por completo este desafío.

Por razones que tienen que ver en parte con la decisión de los principales reformistas de dar cabida a las demandas de las élites conservadoras para debilitar sus reformas propuestas, nuestro movimiento no solo ha sobrevivido a la ofensiva reformista, sino que en los últimos años hemos experimentado un nuevo resurgimiento. Pero si vamos a lograr algo más que simplemente sobrevivir es algo que, en última instancia, depende de si podemos contrarrestar los intentos sofisticados y bien organizadas de estas élites más previsoras para cambiar los corazones y las almas de aquellos a quienes queremos de nuestro lado.

Esto no significa necesariamente oponerse siempre a las reformas y concesiones que están promoviendo los más ‘radicales’ entre los reformistas, o negarse a trabajar con ellos. Pero sí significa subvertir en todo momento sus intentos de canalizar la ira de la gente solo hacia sus enemigos elegidos y confinarlos solo a aspirar una ‘dictadura de la burguesía’ más verde y más consciente ecológicamente.

Dicho de otra manera, significa animar a la gente a ir más allá del horizonte que los reformistas tratan de imponerles, y ayudarles a empoderarse para soñar con una sociedad democrática alternativa. La alternativa es que que nos quedemos atascados donde estamos sin poder avanzar.

Notas

1. Sobre las crecientes protestas en torno a temas ambientales en todo el mundo, véase, entre otros: Hays, Samuel (1987). Beauty, Health, and Permanence: Environmental Politics in the United States, 1955-1985. Cambridge y Nueva York: Cambridge University Press; Gottlieb, Robert (1993). Forcing the Spring: The Transformation of the American Environmental Movement. Washington, DC: Island Press; Brechin, Steven R. and Willett Kempton (1994). “Global Environmentalism: A Challenge to the Postmaterialism Thesis?” Social Science Quarterly 75(2):245–69; Doyle, Timothy (2005). Environmental Movements in Minority and Majority Worlds: A Global Perspective. New Brunswick  N.J.: Rutgers University Press; Guha, Ramachandra (2000_. Environmentalism: A Global History. Nueva York: Longman.

2. Véase, entre otros: McCormick, John (1989). Reclaiming Paradise: The Global Environmental Movement. Bloomington, IN: Indiana University Press; O’Riordan, Timothy (1979). “Public Interest Environmental Groups in the United States and Britain.” Journal of American Studies, 13(3):409–38; Schnaiberg, Allan (1980). The Environment: From Surplus to Scarcity. Nueva York: Oxford University Press; Vogel, David (1986). National Styles of Regulation: Environmental Policy in Great Britain and the United States. Ithaca, NY: Cornell University Press.

3. Watts, Michael (2001). 1968 and All That... Progress in Human Geography, 25(2), 157-88.

4. McCormick, John (1989). Reclaiming Paradise: The Global Environmental Movement. Bloomington, IN: Indiana University Press.

5. Sobre el resurgimiento de la izquierda anticapitalista en la década de 1960, véase Arrighi, G. y Silver, B. J. (1999). Chaos and governance in the modern world system. Minneapolis: University of Minnesota Press; Schurmann, F. (1974). The logic of world power: an inquiry into the origins, currents, and contradictions of world politics. Pantheon Books; Vogel, D. (1978). Why Businessmen Distrust Their State: The Political Consciousness of American Corporate Executives. British Journal of Political Science, 8(1), 45–78. La cita de la “guerra civil global” es de Watts 2001:162.

6. Hobsbawm, Eric (1996). The Age of Extremes: A History of the World, 1914-1991. Nueva York: Vintage.

7. Watts, Michael (2001). 1968 and All That... Progress in Human Geography, 25(2), 157-88.

8. Citado en Vogel, David (1986). National Styles of Regulation: Environmental Policy in Great Britain and the United States. Ithaca, NY: Cornell University Press, p.145; véase también Vogel, David (1989). Fluctuating Fortunes: The Political Power of Business in America. Nueva York: Basic Books.

9. Caldwell, Lynton Keith y Weiland, Paul Stanley (1996). International Environmental Policy: From the Twentieth to the Twenty-First Century. Durham, NC: Duke University Press; Hays, Samuel P. (1989). Three Decades of Environmental Politics: The Historical Context. En M.J. Lacey (Ed.), Government and environmental politics: essays on historical developments since World War Two. (pp. 19-80). Washington, DC and Lanham, MD: Woodrow Wilson Center Press and Johns Hopkins University Press; Buttel, Frederick y Flinn, William (1978). The Politics of Environmental Concern. Environment and Behavior, 10(1), 17-36.

10. Egan, Michael (2007). Barry Commoner and the Science of Survival: The Remaking of American Environmentalism. Cambridge, MA: MIT Press; Gottlieb, Robert (1993). Forcing the Spring: The Transformation of the American Environmental Movement. Washington, DC: Island Press; Hays, Samuel (1987). Beauty, Health, and Permanence: Environmental Politics in the United States, 1955-1985. Cambridge y Nueva York: Cambridge University Press; Hays, Samuel P. (1989). Three Decades of Environmental Politics: The Historical Context. En M.J. Lacey (Ed.), Government and environmental politics: essays on historical developments since World War Two. (pp. 19-80). Washington, DC y Lanham, MD: Woodrow Wilson Center Press and Johns Hopkins University Press; Vogel, David (1986). National Styles of Regulation: Environmental Policy in Great Britain and the United States. Ithaca, NY: Cornell University Press; Schnaiberg, Allan (1980). The Environment: From Surplus to Scarcity. Nueva York: Oxford University Press.

11. Para más información sobre la procedencia social de estos intelectuales, véase especialmente Dezalay, Yves y Garth, Bryant G. (2002). The Internationalization of Palace Wars: Lawyers, Economists, and the Contest to Transform Latin American States. Chicago, IL: University of Chicago Press. Véase también Arnove, Robert y Pinede, Nadine (2007). Revisiting the ‘Big Three’ Foundations. Critical Sociology, 33(3), 389-425; Berman, Edward H. (1980). The Foundations’ Role in American Foreign Policy. In R. F. Arnove (Ed.), Philanthropy and cultural imperialism: the foundations at home and abroad. (pp. 203-32). Boston, MA: G.K. Hall; Fisher, Donald (1980). American Philanthropy and the Social Sciences: The Reproduction of a Conservative Ideology. En R.F. Arnove (Ed.), Philanthropy and cultural imperialism: the foundations at home and abroad. (pp. 1-23). Boston, MA: G.K. Hall; Gill, Stephen (1990). American Hegemony and the Trilateral Commission. Cambridge y Nueva York: Cambridge University Press.

12. Para más información sobre su visión del mundo, véase, entre otros: Arnove, Robert F. (1980). Philanthropy and Cultural Imperialism: The Foundations at Home and Abroad. Boston, MA: G.K. Hall; Arnove, Robert y Pinede, Nadine (2007). Revisiting the ‘Big Three’ Foundations. Critical Sociology, 33(3), 389-425; Berman, Edward H. (1980). The Foundations’ Role in American Foreign Policy. En R. F. Arnove (Ed.), Philanthropy and cultural imperialism: the foundations at home and abroad. (pp. 203-32). Boston, MA: G.K. Hall; Gill, Stephen (1990). American Hegemony and the Trilateral Commission. Cambridge y Nueva York: Cambridge University Press; Goldman, Michael (2006). Imperial Nature: The World Bank and Struggles for Social Justice in the Age of Globalization. New Haven, CT: Yale University Press; Golub, Robert y Townsend, Joe (1977). Malthus, multinationals and the Club of Rome. Social Studies of Science, 7(2), 201-22; Packenham, Robert A. (1973). Liberal America and the Third World; Political Development Ideas in Foreign Aid and Social Science. Princeton, NJ: Princeton University Press; Slaughter, Sheila y Silva, Edward T. (1980). Looking Backwards: How Foundations Formulated Ideology in the Progressive Period. En R.F. Arnove (Ed.), Philanthropy and cultural imperialism: the foundations at home and abroad. (pp. 55-86). Boston, MA: G.K. Hall.

13. Citado en McCormick 1989:97.

14. Hajer, M. A. (1995). The Politics of Environmental Discourse: Ecological Modernization and the Policy Process. Oxford University Press.

15. Hajer 1995:83.

16. Gill 1990:174.

17. Hajer 1995: 3-32; véase también Dryzek, John (1997). The Politics of the Earth: Environmental Discourses. Oxford y Nueva York: Oxford University Press.

18. Sobre el apoyo de las fundaciones a RFF y The Conservation Foundation, véase Barkley, Katherine y Weissman, Steve (1970) The Eco-Establishment. Ramparts, 48-58.; sobre EDF, véase Newell, Peter (2000). Climate for Change: Non-State Actors and the Global Politics of the Greenhouse. Cambridge: Cambridge University Press; Pooley, Eric (2010). The Climate War: True Believers, Power Brokers, and the Fight to Save the Earth. Nueva York: Hyperion; sobre la Comisión Trilateral, véase Gill, Stephen (1990). American Hegemony and the Trilateral Commission. Cambridge y Nueva York: Cambridge University Press; sobre el IIED, véase Morphet, Sally (1996). NGOs and the Environment. En P.Willetts (Ed.) ‘The conscience of the world’: the influence of non-governmental organizations in the UN system (pp. 116-46). Washington, DC: Brookings Institution.: 131; sobre la IUCN, véase McCormick, John (1989). Reclaiming Paradise: The Global Environmental Movement. Bloomington, IN: Indiana University Press; Hajer, M. A. (1995). The Politics of Environmental Discourse: Ecological Modernization and the Policy Process. Oxford University Press.

19. Bjork, Tord. 2012. The UN Participatory Rebellion - People’s Stockholm Summits. Estocolmo: Association Aktivism.info; Keck, Margaret E. y Sikkink, Kathryn (1998). Activists beyond Borders: Advocacy Networks in International Politics. Cambridge y Nueva York: Cambridge University Press.; Rich, Bruce (1994). Mortgaging the Earth: The World Bank, Environmental Impoverishment, and the Crisis of Development. Boston, MA: Beacon Press; Goldman, Michael (2006). Imperial Nature: The World Bank and Struggles for Social Justice in the Age of Globalization. New Haven, CT: Yale University Press

20. Andresen, Steinar y Agrawala, Shardul (2002). Leaders, Pushers and Laggards in the Making of the Climate Regime. Global Environmental Change, 12(1), 41-51; Newell, Peter (2000). Climate for Change: Non-State Actors and the Global Politics of the Greenhouse. Cambridge: Cambridge University Press; Boehmer-Christiansen, Sonja (1994). Scientific Uncertainty and Power Politics. En B. Spector e I.W. Zartmann (Eds.), Negotiating international regimes: lessons learned from the United Nations Conference on Environment and Development (UNCED) (pp. 181-98). Londres y Boston, MA: Graham & Trotman/Martinus Nijhoff; Pulver, Simone (2004) Power in the Public Sphere: The Battles Between Oil Companies and Environmental Groups in the UN Climate Change Negotiations, 1991-2003 (tésis doctoral no publicada). Universidad de California, Berkeley; entrevistas con el autor.

21. Watts, Michael (2001). 1968 and All That... Progress in Human Geography, 25(2),157-88; Dobson, Andrew (2000). Green Political Thought. Londres; Nueva York: Routledge.

22. Boltanski, Luc y Chiapello, Eve (2005). The New Spirit of Capitalism. Londres y Nueva York: Verso.; Gottlieb, Robert (1993). Forcing the Spring: The Transformation of the American Environmental Movement. Washington, DC: Island Press; Hajer, M. A. (1995). The Politics of Environmental Discourse: Ecological Modernization and the Policy Process. Oxford University Press.; Mol, A. (2000). The environmental movement in an era of ecological modernisation. Geoforum, 31(1), 45-56; McCormick, John (1989). Reclaiming Paradise: The Global Environmental Movement. Bloomington, IN: Indiana University Press; Buttel, Frederick y Flinn, William (1978). The Politics of Environmental Concern. Environment and Behavior, 10(1),17-36; Spaargaren, Gert y Mol, Arthur P. J. (1992). Sociology, Environment, and Modernity: Ecological Modernization as a Theory of Social Change. Society & Natural Resources, 5(4), 323-44.