Francia: de República a Oligarquía

05 October 2016
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A la ‘Nueva Izquierda’ en Francia se la derrotó o se la integró en el sistema, convirtiéndola en parte del bloque neoliberal. Fue reemplazada por los nuevos rebeldes: una generación menos instruida (debido a la crisis educativa provocada por las reformas neoliberales) de jóvenes parados, cuya única manera de avanzar pasa por la confrontación con las instituciones.

Una manifestante se protege la cara con un pañuelo / Photo credit Kwikwaju @ Flickr

Los franceses siempre celebran el 1º de mayo a lo grande. No es una fiesta oficial como en Rusia. Pero las manifestaciones que se celebran fueron siempre masivas y festivas. Las marchas políticas organizadas por los sindicatos y la izquierda están institucionalizadas, integradas dentro del sistema de rituales nacionales, lo que fortalece los cimientos de la democracia francesa y la cultura política de la República francesa.

En este sentido, el 1º de mayo en París siempre se diferenció mucho de lo que ocurría en Berlín. Para los radicales alemanes de la izquierda, el 1º de mayo es casi sinónimo de pelea. El combate entre anarquistas y policía es de larga tradición aquí. El famoso Black Bloc moviliza todas sus fuerzas para desafiar en este día a los cuerpos de la ley y el orden. La policía, a su vez, utiliza todos los medios disponibles, recurriendo a veces a la provocación.

Este año, sin embargo, las principales crónicas de las luchas callejeras no procedían de Berlín, sino de París. Los manifestantes que protestaban contra la nueva ley laboral se enfrentaban a la policía en la plaza de La Bastilla. Era, por supuesto, la juventud la que se peleaba, mientras los manifestantes mayores más bien se asustaban y conmocionaban.

Las personas que participaban en los disturbios no se parecían a los activistas decentes e inteligentes de la izquierda francesa. Son sorprendentemente diferentes, no solo de los profesores progresistas y los burócratas sindicales, sino también de los estudiantes radicales que construyeron las barricadas en La Sorbona en 1968 mientras proferían eslóganes ostentosos y citaban las obras filosóficas de Jean-Paul Sartre. Esta vez París protestó de otra manera, sombría y airada, como lo suelen hacer los alemanes.

Los chavales que se peleaban con la policía en la plaza de La Bastilla el 1º de mayo no han leído a Sartre y Foucault. No leen nada. No discuten las modas filosóficas y no estudian en La Sorbona. No estudian ni trabajan.

En 1968, la protesta se convirtió en un divertido juego contracultural, lo que resulta incomprensible y ajeno para los rebeldes de hoy. Los opositores actuales simplemente descargan su resentimiento acumulado contra la sociedad, los políticos y los intelectuales, lo que incluye a la izquierda. Las abstracciones eficaces y bellos eslóganes les son totalmente ajenos. Representan a la primera generación de los últimos 50 años que vive peor que sus padres. Saben que la sociedad no crea ninguna perspectiva para ellos y no les ofrece ninguna oportunidad para mejorar su estatus social.

¿Qué ha pasado?

La sociedad francesa y la cultura política han cambiado. Estos cambios se han ido acumulando poco a poco a lo largo de las décadas, pero la élite intelectual y política trabajó duro para fingir que no pasaba nada. La izquierda y la derecha ―en una unidad conmovedora― hicieron caso omiso del proceso que se desplegaba delante de sus ojos. Todo empezó en 1995, con una huelga de los trabajadores del sector público que protestaban contra los intentos de anular los ‘beneficios’ de los funcionarios. Sin esperarlo las autoridades, la prensa e incluso los sindicatos, el pueblo ―que no se veía afectado por el cambio― apoyó abrumadoramente a los huelguistas. Los trabajadores del sector privado se solidarizaron con sus colegas funcionarios. La huelga de los trabajadores del transporte consiguió que las calles se llenaran de gente.

El poder se asustó y se replegó, pero los intelectuales de izquierda ―a quienes les gusta hablar de la desaparición de la clase obrera, lo cual demuestra (¡ay!) que esos movimientos están condenados― se conmocionaron también.

Los acontecimientos de 1995 pusieron de manifiesto la creciente brecha cultural y psicológica entre las élites y la mayoría de la población. Pero nadie en la izquierda política ha sacado las conclusiones pertinentes, ni quería ver el inicio de una nueva confrontación, de una escala mucho mayor que la anterior y, lo que es más importante, con nuevas reglas.

La brecha no fue solo política y de clase, sino también emocional y psicológica. Las élites fueron unánimes en su apoyo a la integración europea, el Tratado de Maastricht y el neoliberalismo; unieron sus fuerzas para llevar a cabo el desmantelamiento del sector público y el Estado de bienestar. A primera vista, quedaban las personas que criticaban este derrotero, pero lo cierto es que su retórica ideológica abstracta no tenía nada que ver con la resistencia pacífica. De hecho, la diferencia entre los dos extremos del espectro político se reducía al hecho de que unos han buscado implementar la política neoliberal insistente y sistemáticamente, mientras otros reclamaban moderación y humanismo.

Después de las huelgas de 1995, un Gobierno de izquierdas llegó al poder, pero siguió la senda de la derecha. Y así ocurrió cada vez que la izquierda volvió al poder. Los socialistas son formalmente responsables de este derrotero neoliberal. Fueron criticados unánimemente por los grupos más radicales, es decir los comunistas, los verdes, el Frente de Izquierda y el nuevo partido anticapitalista. Pero por desgracia, estos mismos grupos apoyaron invariablemente a los socialistas en cuanto aparecían en la agenda temas relacionados con el poder y las elecciones. Todos sabían que el Partido Socialista podía contar con la lealtad y el apoyo de los otros grupos de la izquierda por mucho que este virara a la derecha.

El razonamiento abstracto de los intelectuales sobre los males del capitalismo y los llamamientos por una ‘utopía humanista’ no tenían nada que ver con la vida real: las dos cosas sonaban bien, pero distraían a la gente de la lucha política en vez de estimular la resistencia. Los socialistas se vinculaban estrechamente con la Unión Europea, la burocracia de Bruselas y el capital financiero, convirtiéndose en la fuerza principal para dirigir el desmantelamiento práctico de los beneficios sociales de los franceses. Otras organizaciones de izquierda importantes han demostrado no ser más que sus cómplices. En términos metafóricos, mientras los socialistas robaban a la gente corriente, la ‘izquierda anticapitalista’ hacía de vigía.

La brecha entre las políticas institucionales y el sentimiento popular real creció, llegando a ser insuperable. Daba igual lo que proclamaran los políticos, la gente corriente aprendió rápida y contundentemente dos verdades. Primero, que no hay diferencia fundamental entre los socialistas y la ‘izquierda anticapitalista’ y, segundo, que tampoco la hay entre la ‘izquierda’ tradicional y la ‘derecha’ habitual, con la única salvedad de que la ‘izquierda’ habla y miente más.

Pero si no hay confianza en los partidos de la izquierda, ¿quién puede organizar y encabezar la resistencia? Una nueva lógica de lucha social surgió espontáneamente, donde los sindicatos y los movimientos de base ―solo nominalmente asociados a la izquierda― llegaron a ser la fuerza movilizadora de las protestas multitudinarias. Además, los miembros de base de estos movimientos empezaron a mostrar simpatía por el Frente Nacional, que poco a poco atraían a los activistas frustrados de las organizaciones de izquierda. Las protestas callejeras y huelgas se han convertido en el principal método de resistencia. Y hasta mediados de la primera década de este siglo, esta lucha consiguió dar resultados. Se obligó al Gobierno a retractarse una y otra vez.

El último éxito de la resistencia de base fue la lucha contra ‘la ley del primer empleo’, que anulaba muchos derechos sociales y laborales de la juventud. El referéndum sobre la Constitución Europea fracasó también. Este proyecto aprobado en Bruselas aspiró a convertir los principios neoliberales de las políticas económicas y sociales en las cláusulas constitucionales de todo el continente. Es revelador que entre las personas que pretendían convencer a los franceses que aceptaran estas normas no estuvieran solo los anodinos burócratas del Partido Socialista, sino también los famosos revolucionarios de los años sesenta y setenta, Daniel Cohn-Bendit y Toni Negri.

Los franceses estaban dispuestos a tolerar la traición institucionalizada de los intelectuales y partidos, siempre que la sociedad mantuviera una especie de veto: al salir a la calle u organizar un referéndum, el pueblo podría neutralizar las decisiones tomadas por la élite política. Pero en 2010 se produjo un acontecimiento que cambió las reglas del juego de una vez por todas. El Gobierno de Nicolas Sarkozy volvió a intentar reformar las pensiones. No solo se subió la edad de jubilación, sino que se confiscó el dinero de las pensiones que el Gobierno usó posteriormente para apuntalar el sector financiero. Aunque teóricamente se les ofreció a los ciudadanos la opción de jubilarse a los 62, 65 o 67 años, se redactó la ley de manera que solo pudieran acogerse a ella las personas que llevaban trabajando desde los 12 años… teniendo en cuenta que otras leyes prohíben la contratación laboral a esa edad.

La ley sobre la reforma de las pensiones no fue solo antisocial; se mofó intencionadamente del pueblo de la República. No sorprende que suscitara tanta rabia. La votación reveló que el 80% de la población estaba en contra de la reforma. Las huelgas y manifestaciones barrieron toda Francia. Sin embargo, en contra de su habitual modus operandi, el Gobierno no se echó atrás, demostrando que la opinión pública no les importaba. El presidente Nicolas Sarkozy sabía muy bien que, de esta manera, se privaba de la posibilidad de ser reelegido, pero se sacrificó en el interés común del sistema político. El objetivo fue humillar y desmoralizar a la sociedad, y demostrar a los franceses que la democracia estaba acabada y que sus opiniones ya no importaban. El sacrificio de la carrera de este político algo desafortunado bien lo valía…

Los electores castigaron a Sarkozy al no reelegirlo. Pero el socialista François Hollande, que sustituyó a Sarkozy, no eliminó la reforma. Las protestas desembocaron en un callejón sin salida. El sistema ganó, mostrando a los franceses que la democracia y la República ―como se conocían hasta entonces― estaban acabadas. Una auténtica oligarquía reemplazó al Gobierno republicano.

No sorprende que Hollande se convirtiera rápidamente en el dirigente francés más impopular, rompiendo el récord de Nicolas Sarkozy. Pero en términos de la connivencia electoral entre la derecha y la izquierda, esto ya no importaba. La única alternativa era el Frente Nacional de Marine Le Pen, que todos los demás partidos han intentado bloquear del Parlamento y los consejos municipales, a pesar del 40% del voto que había conseguido. Al mismo tiempo, el origen del Frente Nacional causó gran preocupación. Todos conocían bien al fundador del partido como reaccionario y antisemita. Su hija, Marine Le Pen, se ha posicionado como la voz de los intereses de la gente trabajadora y apartó diligentemente de las filas del partido a la extrema derecha, de lo que no se libró ni su propio padre. Pero muchos franceses todavía desconfiaban de ella. Después de todo, los políticos les han mentido tantas veces.

La insatisfacción no se desbordó en las urnas sino en las calles. Solo fue preciso un detonador. El vaso se colmó con el nuevo borrador de la ley laboral propuesto por los socialistas. Este documento fue aun más provocador y deliberadamente antisocial que la reforma de las pensiones de Sarkozy. Se anula la jornada de ocho horas, la semana laboral puede extenderse hasta las 48 horas y se reduce la retribución de las horas extraordinarias al 10%. Ninguno de los Gobiernos de derechas intentó implantar algo parecido.

Está claro que la ‘izquierda anticapitalista’ criticó el proyecto, pero no apoyar al Partido Socialista en las elecciones que siguieron era algo inimaginable. Mientras los socialistas redactaban el borrador de la ley laboral, sus ‘vecinos en la izquierda’ hicieron un llamamiento para votar al Partido Socialista en las elecciones regionales, en nombre de la lucha contra la ‘amenaza del Frente Nacional’. Asimismo, la confrontación con los socialistas en las elecciones presidenciales era impensable. Sí se discutió en la primera ronda el nombramiento de un candidato unitario.

No sorprende que el patrón habitual de comportamiento político fracasara. Fue la tormenta perfecta: autodesacreditación de la izquierda, crisis social y económica, la grieta entre la sociedad y el sistema político. Pero lo que es más importante, una generación que se hizo mayor llena de resentimiento y frustración; su experiencia personal les ha hecho percatarse de la hostilidad de las instituciones vigentes.

Los estudiantes radicales de 1968 ―después de exhibirse en las barricadas del barrio latino― iniciaron sus propias carreras y proclamaron que la única estrategia posible para cambiar la sociedad “pasa por entrar en las instituciones”. Al llegar el año 2000, esta senda ya había llevado a muchos antiguos estudiantes radicales a ocupar puestos importantes en el Parlamento, el Gobierno, los bancos, los medios de comunicación y las universidades. Pero la sociedad ha cambiado de manera completamente distinta a la prometida por la intelectualidad rebelde. Se escoró dramáticamente a la derecha. El cambio trajo menos democracia para la sociedad francesa, no más.

A la ‘Nueva Izquierda’ en Francia se la derrotó o se la integró en el sistema, convirtiéndola en parte del bloque neoliberal. Fue reemplazada por los nuevos rebeldes: una generación menos instruida (debido a la crisis educativa provocada por las reformas neoliberales) de jóvenes parados, cuya única manera de avanzar pasa por la confrontación con las instituciones.

Cuando esta juventud se rebeló en Amiens en 2012, unos chavales incendiaron su colegio. Cuando declararon ante la policía, explicaron su acción basándose en que el profesor de literatura había abusado sádicamente de ellos al obligarlos a memorizar versos de Racine. El líder del Frente de Izquierda llamó a estos chavales “cretinos de Amiens”. Pero el problema no era el nivel intelectual de estos individuos, sino en la nueva situación social. La poesía y el lenguaje hermoso son útiles en una sociedad en la que a los ciudadanos se les da la oportunidad de la autorrealización y de ascender en la escalera profesional. ¿Por qué querrían conocer versos de Racine unas personas que, con mucha suerte, solo pronunciarán en público la expresión “quién es el siguiente”?

La cultura de la protesta violenta no se importó a Francia desde fuera. Se fue madurando en los barrios inmigrantes de las grandes ciudades en las que la ira acumulada desembocó en pogromos y disturbios. La diferencia entre la juventud ‘blanca’ y los descendientes de inmigrantes se ha ido borrando con el tiempo. Fueron los jóvenes árabes y africanos quienes crearon en última instancia un modelo de comportamiento para la nueva generación de airados jóvenes franceses. La integración se materializó. Pero no mediante el multiculturalismo y la corrección política cultivada por la élite liberal, sino a través de la ira y la protesta, uniendo a la juventud sin tener en cuenta su color y credo.

El auge de la violencia juvenil ―absolutamente atípica en Francia (al menos entre la población ‘blanca’) con anterioridad― es síntoma de un cambio inminente. El conflicto entre la sociedad y las autoridades se suma al conflicto entre generaciones, ya que las personas más mayores están más dispuestas a jugar según las reglas, aun sabiendo que el sistema las quebranta, pero los jóvenes no sienten ningún respeto por el sistema político.

A lo largo de los años, casi todos los franceses, sin tener en cuenta las diferencias entre sus opiniones políticas, su religión e ideología, creyeron en los valores republicanos. Y hasta ahora, la mayoría sigue creyendo en ellos. Pero estos valores han sido vulgarizados y desacreditados por las élites. Ahora, la lucha social se desarrollará de acuerdo con un conjunto de reglas completamente distinto.

La alienación entre el Estado y la sociedad, que conocen muy bien los habitantes del este de Europa, ha llegado a ser una realidad vital en la patria de Voltaire, Robespierre y Jaurès.