Palestina: responsabilidades
La fractura de la sociedad palestina en dos zonas políticas y geográficas es una de las peores cosas que podían pasar en Oriente Próximo. Para muchos políticos, funcionarios y comentaristas de Europa, Estados Unidos e Israel es el resultado previsible de un pueblo casi bárbaro que no ha sabido administrarse y que en las elecciones de enero del 2006 eligió mayoritariamente a un grupo islamista radical. Mientras hombres armados y encapuchados se matan en las calles de Gaza la buena conciencia occidental está a salvo: esta gente no ha entendido qué es la democracia, no sabe separar la religión de la política.
Pero la negación de la realidad y no asumir las responsabilidades de cada uno no va a servir para contener los problemas que se avecinan en la región y, por extensión, en otras partes del mundo. Gaza ha caído en manos de Hamas porque los actores externos debilitaron al gobierno de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) durante años. El gobierno de la ANP que emergió de los acuerdos de paz de Oslo tenía dos funciones: ir construyendo un Estado en un territorio fragmentado e incierto a la vez que oficiar como interlocutor para negociar la existencia jurídica de este Estado.
Pero Israel, con el apoyo de Estados Unidos y la inhibición de la Unión Europea, bloqueó acuerdo tras acuerdo, negociación tras negociación, sin dar nada que estos gobiernos pudieran mostrar ante su población como un logro. A la vez, se exigió a la ANP que garantizara el fin del terrorismo y los atentados suicidas, mientras que el gobierno israelí no garantizaba el fin de la expansión de los asentamientos, ni las expropiaciones ilegales de terrenos en Jerusalén Este ni los abusos en los check-points, ni el muro o tratar a los árabes israelíes como ciudadanos de segunda categoría. No es cuestión de comparar formas de violencia, y menos de justificarlas, pero a 40 años de represión y de no respetar normas no se le pueden pedir sólo buenas maneras.
El presidente Mahmud Abas ha tenido sin embargo muchas buenas maneras, hasta el punto de que muchos palestinos le ven hoy como un traidor. La ANP se transformó en una entelequia percibida por la población como un títere de los israelíes. El reciente memorando de Álvaro de Soto, ex jefe de la misión de la ONU en Jerusalén, filtrado a The Guardian, deja en claro este papel de bloqueo sistemático de Estados Unidos e Israel que ha debilitado el poder palestino de Fatah.
Sin duda, la ANP y Fatah practicaban la corrupción y muchos de sus líderes se enriquecieron, pero ¿acaso Israel, Washington y los miembros de la UE sólo negocian y tratan con gobiernos moralmente impecables? La lista de gobiernos corruptos, autoritarios y represivos con los que hacemos negocios es inmensa. Hace pocos días, por ejemplo, saltó, una vez más, a la luz el escándalo de la corrupción ya institucionalizada entre el Gobierno británico, las empresas de armas de ese país y un príncipe saudí.
Los palestinos conocían esta situación y por eso votaron a Hamas en el 2006. Pero, como en los años 90, cuando los islamistas iban a ganar las elecciones en Argelia, la moral democrática occidental dio lugar a la histeria. Sin analizar las condiciones locales, esa victoria fue puesta en el marco de la “guerra contra el terrorismo”, de la necesidad de respetar unos principios inalterables (reconocer al Estado de Israel, cesar la violencia, respetar acuerdos anteriormente firmados) y de la histeria antiislamista. El resultado fue un boicot económico que ha puesto en evidencia que Europa siguió dócilmente a Estados Unidos y que Washington asumió la política de Israel de promover el caos en Palestina para que se cumpliera la profecía de no tener con quién negociar con el fin de nunca negociar. La principal víctima fue la sociedad palestina. En un viaje reciente a la región, todos los sectores que entrevisté, desde organizaciones de derechos humanos en Israel hasta funcionarios de las Naciones Unidas y analistas palestinos contrarios a Hamas, consideraron que el boicot ha sido un desastre y un fracaso.
Todos manifestaron, también, el descrédito de Estados Unidos y un profundo escepticismo hacia que Europa haga otra cosa que financiar ayuda. “Europa ha gastado más dinero humanitario haciendo el boicot a Hamas que ayudando a construir una economía productiva entre los palestinos”, me indicó un funcionario de la ONU. Un informe de hace un mes del Banco Mundial dice que entre los bloqueos en la vida diaria, las trabas para el comercio, la retención de los impuestos que ha hecho Israel al gobierno palestino, y el boicot, la situación se hacía “insostenible”.
El resultado ya llegó: ahora hay dos Palestinas, una radical, aislada con sus 1,5 millones de habitantes asfixiados, en la que Hamas construirá una ilusión de Estado islámico desde la que sólo hará una política: atacar a Israel y a la ANP en Cisjordania. La otra, débil, y dependiente de Israel para que Hamas no se apodere también de ella. En un gesto de cinismo Estados Unidos ha anunciado que levantará el boicot económico ymilitar (armas le transfirió en los últimos meses) al gobierno de Abas. Al parecer, la Unión Europea seguirá sus pasos. Sería la máxima paradoja que ahora Israel y sus amigos aceptaran que la fragmentada, frágil y colonizada Cisjordania fuera, por fin, el Estado palestino.
