Africa desde el aire

15 Febrero 2007
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Sucedió hace varios días. De regreso de Nairobi a Ámsterdam, el avión iba lleno, y la gran mayoría de los pasajeros regresábamos del Foro Social Mundial, donde habíamos tenido una semana de debates muy animados y actividades muy variadas, en un contexto organizativo bastante caótico. Había decidido dedicar las muchas horas de vuelo por delante a reflexionar y redactar unas notas a modo de balance, pues las impresiones acumuladas eran bastante contradictorias, pero de poco me sirvió. En efecto, no mucho después del despegue, la pantalla de trayecto de vuelo mostró que a nuestra derecha, lejos y abajo, pero visible, estaba la frontera de Kenia con Somalia, de más de mil kilómetros de largo, cerrada a cal y canto por el gobierno de Kenia, para prevenir un posible flujo de refugiados somalíes. Motivos del éxodo no faltaban, estamos hablando de los días inmediatamente posteriores a la entrada de las tropas etíopes en Mogadiscio, y la caída del gobierno islamista que se había hecho con el control de la capital, que no del país, unos meses antes. Alguno de sus líderes, justamente, acababa de ser detenido por las autoridades de Kenia en la frontera. Flujo de refugiados a gran escala, según pude saber en Nairobi, no lo hubo, pero desde las alturas de nuestro avión, el contraste entre la visión aérea de continuidad territorial, homogeneidad orográfica, dimensión colosal de un paisaje desértico pero uniforme, y lo que cualquiera de nosotros sabía de la complejidad política y humana sobre el terreno, era brutal. Nunca había tenido tal sensación de entender empíricamente esto de la diferencia entre “lo macro” y “lo micro”. La cuestión somalí, ya de por sí tan complicada desde 1991, en puridad permite afirmar que Somalia ya no existe. O mejor dicho, existe en la fantasía del derecho internacional público, en la realidad virtual de Naciones Unidas y de esa otra realidad virtual que llamamos comunidad internacional, un supuesto Estado soberano que se llama Somalia. Pero como en algunas religiones, una sola entidad puede ser a la vez tres. Y Somalia es una y trina. Por un lado, Somalia, entidad jurídico-virtual, que se limita a la lucha entre facciones por controlar la capital, su aeropuerto y dos puertos, y por el otro, sobre el terreno real, dos entidades bastante estables, sólidas, que según el mundo jurídico-virtual no existen: Somaliland y Puntland, de las que ahora no nos vamos a ocupar, pero que existen, y alguien, algún día, en algún lugar, deberá sacar alguna conclusión al respecto. Pero no tuve tiempo de entretenerme en Somaliland y Puntland, pues casi de inmediato la pantalla nos golpea de nuevo con brutal franqueza, a la vertical de nuestra izquierda, Darfur. Volvía la vista a la izquierda, hacia abajo. ¿Por qué razón se mata y se muere tanto en Darfur y por Darfur? Desde arriba era todavía más llano, extenso, árido, uniforme, que Somalia. Pero de nuevo, en este caso, la fractura entre lo que veía desde diez mil metros de altura y lo que sabemos sobre Darfur, era brutal. En este caso, además, yo había estado analizando con detalle el tema de Darfur durante meses, en colaboración con Medicos Sin Fronteras, y he tenido relación con varios de sus miembros que han pasado largo tiempo en Darfur. Las implicaciones del conflicto, como en Somalia, salpican –y es deliberado—a algunos países vecinos, sobre Chad. Y el Gobierno de Jartum, hace pocos días, ha visto como se le cerraba la puerta de la presidencia de la Organización de la Unidad Africana precisamente por su comportamiento en el tema de Darfur. En ambos casos, sobrevolábamos dos crudos ejemplos de conflictos paradigmáticos de nuestro tiempo. O bien están en la lista de conflictos olvidados, y esto es malo, o bien en la conflictos mediaticos, y esto suele ser a veces todavía peor. Se diga lo que se diga, no siempre están en juego grandes recursos materiales, ni oro, ni petróleo, ni gas (en la guerra civil entre norte y sur, en Sudán, que duró veintitrés años, este sí fue un tema central, en Darfur no lo es), ni nada que no sea lucha por el poder. En ambos casos la comunidad internacional ha mostrado toda su gama de actuaciones fallidas, es decir, de actor mediocre o simplemente malo. En ambos casos, la comunidad internacional, por no intervenir a tiempo se cubrió de oprobio y por intervenir mal, de desprestigio. Pero en ambos casos, los que somos tan exigentes con la comunidad internacional, no hemos sido capaces (¿no hemos podio, sabido, querido?) de analizar también las responsabilidades internas, endógenas, de estos conflictos, que son guerras civiles, y en las guerras civiles, si en ambos bandos (o más de dos) hay minorías determinadas a que haya guerra, la hay. Tarde o temprano se acabará, pero la hay, y muere mucha gente. El avió subió sobrevolando Sudán, luego Egipto, cruzó el Mediterráneo, y tiempo después el paisaje era variado, verde, heterogéneo, bonito, estábamos por fin en eso que llamamos Europa. En mi opinión, otra realidad más virtual que real. A la espera de decidir si veintisiete países resolverán lo que no supieron hacer los quince más estables, democráticos y de tradición europeísta, mientras tanto, enviaremos ayuda humanitaria a la parte de atrás del avión, abajo. Y del Foro Social Mundial, hablaremos otro día.