Carta de Italia

06 Diciembre 2007
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El imperio romano puede dar lecciones hasta al más humilde turista. Para algunos, la instrucción estriba en cómo encuadrar la toma de una amistad o de una persona amada que posa frente a antiguas estructuras de piedra, sin incluir también a los guías que recitan los “hechos” en varios idiomas. Una mujer que llevaba una identificación que la oficializaba, se refirió con toda tranquilidad al emperador romano Vespasiano como “el que forzó a los prisioneros judíos a comenzar a trabajar en la construcción del Coliseo en el 72 a.c.” Este comportamiento debiera haber chocado con la sensibilidad requerida para construir tal arquitectura y la precisión requerida para edificar los arcos exquisitamente diseñados. Es difícil comprender cómo personas con los niveles de comprensión y calidad de mente necesarios para construir el anfiteatro de varios pisos pudieron aceptar el concepto mismo del trabajo forzado --al igual que lanzar a hombres a los hambrientos leones para divertir al emperador y a 50 000 espectadores más. Esclavos marineros trajeron remando los inmensos pilares de mármol y piedra a través de un Mar Adriático a menudo inamistoso. Una vez en Roma, hábiles arquitectos y artesanos movilizaron a decenas de miles de miembros de las naciones vencidas para que pusieran ladrillos y esculpieran la magnífica fachada de la arena. Igualmente, los arcos, columnas y diseños que formaron parte del Foro romano (las ruinas junto al Coliseo), donde los ciudadanos se reunían y discutían los asuntos de la nación y realizaban rituales, muestran un grado de organización democrática que lógicamente no debía haber coexistido con la esclavitud --de la misma forma que nuestros propios logros científicos y tecnológicos no coincide con la carnicería de 4 millones de personas en Vietnam. Sabe Dios cuántos en Irak. El Nerón contemporáneo, George W. Bush, juega golf de video en vez de tocar el violín mientras arde Irak. Hace caso omiso de las advertencias científicas acerca del calentamiento global y recita lugares comunes mientras alienta que más autos y camiones circulen por las carreteras. También ha permitido que el dólar se debilite para que las multinacionales puedan exportar más productos hechos a partir de hidrocarburos --los que hacen la publicidad han condicionado al “público comprador” para que necesiten. Los científicos hacen el mapa del genoma humano y exploran el espacio exterior, pero no aparecen avances apreciables en la razón aplicable al comportamiento humano --excepto en el papel, a medida que se aprueban leyes para reducir las abominables actividades de guerras previas. Hace casi ocho siglos, la Carta Magna estableció derechos para los que no gobernaban. En 2001, el Presidente de EEUU anuló el habeas corpus, borrando de esa manera 800 años de historia. Al igual que los emperadores romanos, Bush justificó la extensión de su poder, incluido el uso de la tortura, al utilizar la seguridad nacional (exigencias de estado), la guerra al terror (comunismo, Islam, herejes, etc.) y otras frases vacías que pronto adquieren la autoridad de la palabra de Dios: algo que no se puede cuestionar, no importa cuán absurdo suene. Cada día millones asisten a rituales ideados por MAPA (Miles que Andan Por Ahí, dijo mi nieto) como si esos procedimientos de seguridad vayan a impedir un ataque cuidadosamente planeado. Los socialistas y amigos “verdes” de Italia sacuden la cabeza con desaprobación debido a lo que ha escogido el electorado norteamericano. Pero en el mismo período, los italianos eligieron a Silvio Berlusconi como primer ministro, el cual aparece en TV como el equivalente de un actor cómico imitando a Mussolini. Al defenderse de las acusaciones de que bajo su mandato (terminado en 2006) los medios masivos de su propiedad tenían relaciones impropias con la radio y TV propiedad del estado, Berlusconi calificó las acusaciones de “ridículas”. Mientras movía simétricamente sus manos y brazos --podría haber estado demostrando el lenguaje corporal de una personalidad arquetípicamente anal en una clase de psicología-- argumentó que la colaboración era “natural”, lo cual no era evidencia de que no estaba tratando de controlar a los medios. Esta combinación italiana de William Randolph Hearst, Rupert Murdoch y Benito Mussolini debiera servir de consuelo a los norteamericanos liberales que pensaron que sus compatriotas tenían que estar locos para votar por George W. Bush. Quizás pudiera servirles de consuelo que los más desarrollados italianos --prueben la comida si lo dudan-- eligieron a un charlatán político similar para que dirigiera su gobierno. “Él representa el éxito”, dice una funcionaria sindical retirada. “Evidentemente eso es lo que atrajo a la mayoría de los italianos”. Ella se refería a la habilidad de Berlusconi para ganar decenas de millones de dólares en los negocios —a diferencia de Bush, que no posee virtudes visibles, ni siquiera para las plantas. Las pretensiones de revivir las glorias imperiales --después de la caída del imperio romano-- terminaron abruptamente con la caída de Mussolini en 1944. Sin embargo, su invasión a Etiopía en la década de 1930 palideció ante las hazañas del Sacro Imperio Romano, que dominó grandes extensiones del mundo por más de un milenio. El Vaticano, que sigue siendo más que un vestigio de ese imperio, ha sido sede de los papas desde fines del siglo 14. Dentro de su vasto y elaborado complejo de edificios y catedrales, un formidable museo muestra la riqueza adquirida (robada), como los pisos hechos con losas tomadas de casas privadas y reubicadas como pisos en el Vaticano, artefactos, esculturas, pilares de muchas partes del mundo a través de muchos siglos. Al final del largo recorrido por el museo uno se encuentra con la pieza principal; la Capilla Sixtina. En 1548 Julio II contrató –ordenó-- a Miguel Ángel, el joven pintor y arquitecto, que representara gráficamente en el cielo raso la esencia de la magia católica. Ciertamente en toda Roma y otras ciudades italianas los genios han desplegado su talento con el propósito de perpetuar los mitos del nacimiento virginal y otras historias fantásticas que forman el fundamente mismo de la Cristiandad. Al final de su vida Miguel Ángel dedicó su talento a conmemorar al emperador Marco Aurelio, la única estatua que queda en Il Campodoglio (El Capitolio). Por donde quiera que uno camine en Roma se ve la evidencia de la creatividad de siglos pasados, algo reducido hoy día por el comercialismo que la acompaña --una valla que anuncia un elegante reloj domina la Fuente de Trevi--, el ruido y olor del gran tráfico de autos y motocicletas que invade todo, incluso la magnificencia de los obeliscos de Bernini del siglo 17. A cinco horas al nordeste de Roma el tren llega a la ciudad de Venecia, rodeada de agua y ausente de autos. Para el decreciente número de habitantes (falta de empleo que no sea en el turismo), los hidrocarburos que alimentan el calentamiento global significan un peligro claro y muy presente. Si los océanos suben, Venecia estará entre las primeras víctimas. En vez de vehículos terrestres motorizados, los venecianos se trasladan en los vaporetti, los pequeños transbordadores que los transportan junto con los turistas por la ciudad y a sus islas cercanas. Sin embargo, al igual que los residentes de Roma, los venecianos también están inmersos en una historia de imperio --lo que significa guerra. A principios del siglo 5 d.c., los visigodos invadieron Italia, lo que hizo que la población buscara refugio en las islas venecianas. Para mediados del siglo 6, el imperio bizantino incluía a Italia y parte de la arquitectura de puntas y arcos, los frisos y mosaicos, muestran la influencia de los moros que también invadieron Italia en el siglo 6. Sin embargo, la Venecia moderna ha sufrido una constante despoblación desde finales de la 2da. Guerra Mundial. Si una vez tuvo casi 200 000 residentes, ahora cuenta con menos de la tercera parte a medida que la gente se marcha en busca de empleo en tierra firme. Sin embargo, los turistas siguen llegando para pagar $100 dólares por un viaje en góndola y ver la magnífica Basílica de San Marcos y el Palazzo Ducale. Hay senegaleses alrededor de la Piazza --al igual que cerca de las atracciones turísticas en Roma-- vendiendo carteras de mujer. Grupos de inmigrantes se buscan su propio nicho: algunos vietnamitas tejen cestas, los de Bangla Desh venden juguetes, y las lanchas patrulleras del servicio italiano de Inmigración patrullan las aguas alrededor de Venecia para impedir que otros vengan, de modo menos ferviente que la patrulla fronteriza de EEUU guarda la frontera con México. Italia sí comparte un similar fervor anti-inmigrante a medida que la economía retrocede. Un corto viaje en tren lo lleva uno a Padua, donde supuestamente domaron a la fierecilla de Shakespeare. Los ubicuos vendedores africanos de carteras también muestran sus productos. Entre los peatones hay norafricanos, sudasiáticos e incluso latinoamericanos --miembros de la nueva clase obrera de Europa. Al igual que en la mayor parte de Europa y Estados Unidos, Italia ha reservado los empleos de más bajo nivel para estos inmigrantes que ahora no son bienvenidos. Ah, las glorias de la globalización. Pero hasta los asesores neoconservadores de Bush, que tratan de no aprender debieran absorber las evidentes lecciones para su “Nueva Roma”, como llaman al imperio norteamericano. Los líderes imperiales de la vieja Roma se expandieron militarmente y dilapidaron sus recursos económicos. También ofrecieron entretenimiento a los ciudadanos en vez de consultarles la política. Es más, se supone que una de las ruinas es el preciso lugar donde César fue asesinado. ¡Esta no es una sugerencia! En el presente los turistas se divierten mirando los tiempos antiguos y exclamando ¡Vaya! No es fácil aprender lecciones difíciles con la barriga llena y muy divertida.