Cómo transformar la economía mundial: soluciones para un mundo sostenible

19 Enero 2009
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La actual crisis financiera ofrece la oportunidad de poner en marcha reformas fiscales que financiarían la conversión hacia una industria respetuosa con el medio ambiente: un keynesianismo ecológico que sacaría al mundo de la catástrofe económica y el caos social.

El ciclo de conferencias de la Schumacher Society suele tener lugar en Bristol, pero este año se ha organizado también en Leeds, donde tiene su sede la Schumacher North. Las conferencias duran todo un día, en que tres personas dan una charla y acaban participando en un debate final. Mis compañeros en la jornada fueron Anne Pettifor, bien conocida por su destacado papel en la campaña contra la deuda Jubileo 2000, y Andrew Simms, de la New Economics Foundation. Mi aportación fue escrita a mediados de septiembre de 2008; la persistencia de la crisis financiera la convierte, creo, en un texto especialmente pertinente.


(Charla pronunciada el 4 de octubre de 2008)

En primer lugar, permítanme felicitar a los organizadores de la Schumacher North por su iniciativa para traer este ciclo de conferencias y otras actividades de la Schumacher Society a Leeds. Es para mí un honor estar hoy aquí y, sobre todo, compartir el estrado con dos personas brillantes a las que admiro profundamente. También me gustaría dar las gracias a los organizadores por concederme el privilegio de honrar la memoria del Dr. Schumacher, un hombre muy avanzado a su tiempo que nos dejó un legado duradero. Para mí, supone todo un desafío el ser merecedora de ese legado en una conferencia que lleva su nombre.

Pero voy a intentarlo. La charla de hoy girará en torno al punto a que he llegado en una especie de proceso de reflexión. No quiero decir un libro –aunque puede que acabe convirtiéndose en uno–, sino a un esfuerzo por procurar dar sentido a los trepidantes acontecimientos de nuestro maltrecho mundo y a un intento por pensar sobre ellos de forma más unificada.

Hablando desde el punto de vista filosófico, la cosa en sí, el objeto aislado, ya sea un electrón, una célula humana, un organismo, una sola palabra –incluso un ser humano– sólo tiene sentido en el contexto de su relación, del lugar que ocupa en su entorno social, lingüístico o físico. Margaret Thatcher pronunció aquella famosa frase de “la sociedad no existe”. Con estas palabras, Thatcher plasmó perfectamente el espíritu del programa ideológico neoliberal que debería, idealmente, evitar que pensáramos sobre nosotros y los demás en nuestro contexto social y natural. Se nos tiene que enseñar a creer que no somos ciudadanos ni miembros de una entidad social, sino consumidores únicos e individuales. Somos totalmente responsables de nuestros propios destinos y, si nos quedamos por el camino, sea cual sea el motivo –enfermedad, pérdida de empleo, accidente, fracaso–, será por nuestra culpa. Deberíamos haberlo previsto y hacer planes. Tampoco somos responsables de otras personas. La solidaridad es una palabra desterrada. Ni debemos rendir cuentas por la situación del planeta; el homo sapiens es la única especie importante y los humanos están aislados de las leyes de la física y la naturaleza, por no decir que son inmunes a ellas. Esa es la esencia del espíritu neoliberal, “estás solo”, como les ha estado diciendo Barack Obama a los estadounidenses para resumir la filosofía de sus contrincantes.

Si estás bien educado en el neoliberalismo, nunca te unirás a un movimiento social, nunca participarás en una lucha contra una acción injusta del Gobierno, nunca formarás parte de una iniciativa para proteger el entorno natural porque no sólo harás el ridículo, no sólo fracasarás en tu intento, sino que, aunque tus esfuerzos den sus frutos, éstos conducirán, en última instancia, a la opresión e incluso al totalitarismo, tal como argumentaba el profesor Friedrich von Hayek, mentor de Thatcher. Y como también enseñaba, la libertad económica es superior a cualquier otro tipo de libertad, ya sea política, religiosa o intelectual.

Yo estoy convencida, en cambio, de que nuestra única esperanza radica en entender todo aquello a lo que nos enfrentamos hoy en día como un eslabón de una cadena cada vez más compleja, como un elemento dentro de un sistema. El peligro de este enfoque, por supuesto, está en perderse y frustrarse con el síndrome de “todo está interrelacionado”. Eso es sin duda cierto –todo está interrelacionado–, pero aún nos queda por delante la titánica tarea de intentar identificar las relaciones o conexiones prioritarias, entender cómo interactúan y qué podemos hacer para cambiarlas. Porque es evidente que hay que cambiarlas. En este espacio, me gustaría presentar el argumento de que las conexiones actuales son disfuncionales y han adquirido un tinte perverso: conforman un sistema que exacerba la condición humana y perjudica inevitablemente al planeta. Pero hay esperanza, porque todo aquello que ha sido construido por humanos también puede ser desmantelado por ellos.

Puede que todo esto suene bastante vago, así que vayamos a cosas concretas. Y para pasar a cosas más concretas, me gustaría hablar sobre las crisis más evidentes a las que nos enfrentamos colectivamente, por qué están interrelacionadas y por qué las soluciones a ellas también deben estar vinculadas entre sí.

La primera de estas crisis es social: la crisis de la pobreza en masa y de la creciente desigualdad dentro de cada país y entre los países pobres y ricos. La segunda es la crisis financiera que Wall Street, la City y las autoridades públicas se negaron a prever porque estaban viviendo en un mundo de fantasías. Empezó con el asunto de las hipotecas basura en los Estados Unidos, pero se ha extendido inexorablemente, como un torrente de lava, y amenaza con abocar a la economía mundial a un largo período de estancamiento tan profundo como el de la Gran Depresión. Mientras escribía esta charla, llegaban a diario noticias de una nueva institución financiera en quiebra y el fin aún no se vislumbra. La tercera crisis, la más siniestra de todas, es la del cambio climático y la extinción de miles de especies. El fenómeno se está acelerando más rápido de lo que la mayoría de científicos –no tanto los Gobiernos– creían posible, lo cual lleva a muchos a preguntarse si no habremos entrado ya en la era en que es imposible controlar los gases de efecto invernadero.

Cada una de estas crisis –social, financiera, medioambiental– está conectada con las demás negativamente, es decir, se intensifican entre sí con un balance negativo; conducen siempre al peor de los casos. Tomemos algunos ejemplos de estas interacciones perversas.

La crisis de pobreza y desigualdad es un buen punto de partida. Se trata de una crisis muy bien documentada; nadie niega seriamente las cifras. El Banco Mundial reconoció hace poco que había subestimado tremendamente –en unos 400 millones– las cifras de los sectores muy pobres, y eso que sus datos sólo llegan hasta el año 2005 y no incluyen las últimas turbulencias en el precio de los alimentos y la energía que han hecho aumentar las filas de los grupos empobrecidos. Pero lo que es aún más importante es el hecho de que, por primera vez en la historia humana, no hay excusas para la pobreza y las privaciones masivas. Tomarse seriamente esta afirmación ayuda ya a apuntarnos una solución.

La mayoría de académicos e instituciones preocupados por estas cuestiones se centra en la pobreza en sí, pero yo creo que es más útil y esclarecedor centrarse en la riqueza. Puede que no salte a la vista de todos que el mundo está inundado de dinero. La mayoría sigue encontrándose en América del Norte y Europa, pero las cifras de los muy ricos en otros continentes están creciendo a un ritmo acelerado. Aquellos que tienen el dinero saben perfectamente cómo mantenerlo y, con la ayuda que se pagan –los batallones de abogados, contables y grupos de presión–, se dedican a evadir beneficios hacia paraísos fiscales, encontrar lagunas legales e inversiones protegidas, y presionar duramente en parlamentos y ministerios en contra de las regulaciones impuestas sobre bancos y mercados financieros. Como ven, he empezado hablando sobre pobreza, pero ya me estoy adentrando en sus vínculos con la crisis financiera.

¿Cuántos de ustedes sabían que, según el último informe sobre la riqueza en el mundo de Merrill-Lynch, diez millones de personas cuentan, juntas, con unos fondos líquidos, invertibles, de más de 40 billones de dólares estadounidenses? Eso son 40.000 millones de dólares, o un 40 seguido de doce ceros. Esa riqueza está por encima del valor de sus viviendas, automóviles, yates, bodegas o colecciones de arte, y sería equivalente, más o menos, a tres veces el PNB de los Estados Unidos o de Europa. ¿Les gustaría otro cálculo sencillo? Imaginen que tienen mil millones de dólares, que sería la cantidad de partida de la última lista de la revista Forbes con las 1125 personas verdaderamente ricas del mundo. Si a pesar de contar con esos mil millones de dólares, fueran unos inversores tan poco avispados como para sólo obtener un rendimiento del cinco por ciento sobre su fortuna, podrían aún gastar 137.000 dólares diarios en mero consumo o, en caso contrario, serían automáticamente más ricos. Lo que quiero decir con todo esto es que el dinero en efectivo abunda y la riqueza disponible no escasea.

También sabemos bastante sobre la desigualdad. El Instituto Mundial de Investigaciones de Economía del Desarrollo (WIDER), un organismo que depende de la ONU, calcula que los bienes raíces del mundo alcanzan unos 125 billones de dólares estadounidenses. Esto representaría aproximadamente el triple del PNB mundial y, como no es de extrañar, el dos por ciento más rico de la población posee más de la mitad de esa riqueza. El 10 por ciento más rico, en el que sin duda entramos muchos de los aquí presentes, posee el 85 por ciento, mientras que la mitad más pobre de la humanidad se ve obligada a pasar con apenas el 1 por ciento. Todo lo que se necesita para quedar clasificado en la mitad de la humanidad más rica es un total de apenas 2.200 dólares en bienes –eso incluiría su vivienda, su tierra o bienes como un automóvil o una nevera–, una suma nada estratosférica. Si todos los bienes raíces del mundo se dividieran de forma equitativa –algo imposible de alcanzar y seguramente tampoco deseable–, todos los habitantes del planeta tendrían 26.000 dólares. Así que, como les decía, el problema no está en el dinero en sí.

En todos los países donde vive el 90 por ciento de la población mundial, las desigualdades se han agravado especialmente desde los años ochenta. En este punto del argumento, los neoliberales suelen meter baza para recordarnos que cuando la marea sube todos los barcos flotan. Aunque reconocen que las desigualdades se han acrecentado, sostienen que los pobres están mucho mejor que en el pasado. Parece casi de mala educación recordarles que, cuando la marea baja, el efecto es el contrario: los barcos más frágiles embarrancan y se hunden. Y ahí es donde nos está llevando la corriente de la crisis financiera en estos momentos.

El quid de la cuestión, sin embargo, no son las cifras absolutas, sino el hecho de que la desigualdad hace que la economía y el entorno natural sean peores para todos, ricos y pobres. Dos veteranos académicos, Tony Addison y Giovanni Andrea Cornia, nos lo explican con estas palabras: “La desigualdad ha crecido en muchos países durante las últimas dos décadas [y] poco se puede avanzar en la reducción de la pobreza cuando las desigualdades son altas y van en aumento (...) A diferencia de lo que sostenían anteriores teorías del desarrollo, una desigualdad elevada tiende a reducir el crecimiento económico y, por tanto, la reducción de la pobreza a través del crecimiento”.

Aunque es cierto que el crecimiento económico ha reducido la pobreza, sobre todo en China, cabe también preguntarse: “¿A qué precio?”. China aventaja ahora a los Estados Unidos en emisiones de gases de efecto invernadero y apenas ha empezado su transición hacia la sociedad del automóvil. China también necesita al menos 10 veces la misma energía que las sociedades industriales más maduras para producir una unidad de PNB. Sin duda, el crecimiento no es la respuesta desde el punto de vista ecológico, pero tampoco lo es desde el puramente económico, ya que los beneficios se concentran casi por completo en las capas más altas de la sociedad. Ésa es la principal idea que nos transmiten Cornia y Addison.

En los últimos meses también hemos aprendido que es perfectamente posible empujar a decenas de millones de personas del alféizar donde acababan de colocar un pie para volverlas a abocar a las profundidades de la pobreza. Los disturbios a causa de los alimentos, la mayoría urbanos, en al menos treinta países distintos revelan otro terrible fenómeno: la crisis alimentaria mundial. Hasta ahora, la escasez de alimentos y las hambrunas tendían a ser locales, pero son tantas las sociedades que han abrazado los mantras del comercio neoliberal y cuyos alimentos cotidianos básicos dependen de los mercados mundiales que un repentino repunte de los precios se deja sentir desde Haití a Egipto, pasando por Bangladesh.

Las instituciones neoliberales como el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio y la Comisión Europea siguen fingiendo que más crecimiento y comercio se traducirán en menos pobreza. Se olvidan de mencionar que el crecimiento y el comercio reforzarán la crisis medioambiental. Las crisis de los alimentos y la energía, a su vez, están estrechamente ligadas a la crisis financiera, ya que la especulación ha sido un factor importante en ambas. Los alimentos y la energía también están muy vinculados con la crisis climática; basta con pensar en los combustibles fósiles o en los cultivos de agrocombustibles, que están haciéndose con grandes extensiones de tierra a expensas de la producción de alimentos.

Llegados a este punto del debate, sobre todo cuando una habla con personas decentes, comprometidas y con inquietudes, alguien plantea dos cuestiones muy pertinentes. La primera es: “¿No llegará un momento en que las personas con grandes fortunas digan ‘ya basta’ y empiecen a compartir?”. Puede que algunas sí; en este sentido, se suelen citar los ejemplos de Bill Gates y Warren Buffet. Pero en su conjunto, como clase, siento decir que la respuesta es “no”. Sabemos mucho sobre los umbrales de la pobreza, pero no existe nada parecido al umbral de la riqueza, y la palabra “basta” no forma parte del vocabulario de esta clase. No tienen por qué creerme a mí. Hubo un experto que decía: “Todo para nosotros y nada para los demás parece haber sido la ruin máxima de cuantos han gobernado a la Humanidad”. No se trataba de Karl Marx, sino de Adam Smith, en su ya clásico tratado de 1776 sobre el capitalismo, La riqueza de las naciones. Desde entonces, poco ha cambiado.

La segunda pregunta es: “¿Pero por qué las instituciones neoliberales como el Banco Mundial, el Foro Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio, la Comisión Europea y el Gobierno estadounidense no reconocen que sus políticas han fracasado? ¿Por qué siguen imponiéndolas cuando y donde pueden?”. La respuesta no sólo es que las instituciones se muestran siempre reacias a admitir sus errores, especialmente cuando éstos han matado y arruinado a tantos millones de personas. La cuestión es también que estas políticas no han fracasado.

De hecho, se trataría del caso contrario: estas políticas han dado precisamente los resultados que pretendían alcanzar. Han hecho a una minúscula parte de la sociedad internacional más rica de lo imaginable, han conseguido que muchos países dependientes sigan siéndolo mediante un nuevo régimen colonial menos evidente, y han convertido en norma el llamado libre comercio, la privatización y el capitalismo salvaje en países que antes no querían saber nada o poco de ellos. Además, han impuesto sus políticas ante una protesta organizada relativamente modesta porque su ideología se ha elaborado, empaquetado y distribuido con gran habilidad. La ideología puede, me temo, tener una influencia mucho más poderosa que los hechos. Por ese motivo debemos luchar en el frente de la práctica, por supuesto, pero también –estoy convencida– debemos librar la batalla de las ideas.

En cualquier caso, los enormes fondos que pertenecen a personas ricas que ya tienen la mayoría de bienes materiales que necesitan o desean se dedican a inversiones más o menos especulativas. Se calcula, por ejemplo, que los fondos de alto riesgo, se sitúan en torno a los tres billones de dólares estadounidenses, incluso hoy día, cuando muchas inversiones se han hundido. Las instituciones financieras se han dedicado frenéticamente a innovar, especialmente durante la última década. Toda la estructura de incentivos de la industria bancaria y financiera ha dado un giro perverso: las grandes instituciones saben perfectamente que son “demasiado grandes para caer”, por lo que también saben que, independientemente de lo arriesgadas que sean sus acciones, las arcas públicas siempre acudirán a rescatarlas. Antes de que llegue el momento, los altos cargos cogen el dinero y se echan a correr.

Entre los años 2000 y 2006, los beneficios anuales del sector financiero británico alcanzaron, de media, el 20 por ciento, lo cual representa dos o tres veces más que la tasa de rendimiento de otros sectores económicos. Un puñado de personas, especialmente en los Estados Unidos y el Reino Unido, recibieron primas astronómicas, lo cual intensificó las desigualdades, ya que, al mismo tiempo, millones de personas perdieron su empleo y a menudo su vivienda. Estos beneficios eran, evidentemente, insostenibles, ya que las ganancias financieras no se pueden basar sólo en la especulación, sino también en la economía real.

Ahora que los rescates financieros van viento en popa, lo que tenemos ante nosotros es un curioso ejemplo de socialismo para los ricos, los privilegiados y Wall Street, en que los beneficios van a parar a manos de los sospechosos habituales, y las pérdidas, tremendas pérdidas, corren a cuenta de los contribuyentes. Los Estados Unidos han nacionalizado de hecho estas instituciones y sus deudas sin obtener nada de la industria financiera a cambio.

A medida que la crisis de las hipotecas basura se ha ido extendiendo como una mancha de petróleo por toda la economía, los especuladores han empezado a buscar otras esferas de rentabilidad y han creado el problema de la burbuja de los precios de los alimentos en que nos encontramos. ¿Qué pasa entonces? Los hambrientos del mundo, las personas con pocos recursos, se hacen con lo que pueden; talan árboles, matan animales y sobreexplotan la poca tierra que puedan tener. La pobreza no augura nada bueno para la naturaleza. Pero la riqueza también. A pesar de ser muchos menos, los ricos generan unas repercusiones medioambientales mucho mayores con su mastodóntica huella ecológica. Las voces que utilizan el argumento de la población para explicar todas estas crisis, y que consideran que la solución se encuentra en el control de la población, pasan por alto un punto fundamental: no se trata tanto del número absoluto de personas –aunque los números sean importantes– como de su peso relativo.

Además, como hemos presenciado una y otra vez, la frecuencia y la furia de las tormentas provocadas por el calentamiento global se ensañan especialmente con los sectores y las regiones más pobres del planeta. Y lo peor está por llegar. Ni siquiera hemos empezado a entender los peligros del cambio climático, entre los que estaría el gran número de refugiados que se sumarán a los ya existentes debido a sequías, inundaciones y malas cosechas. El Pentágono ya está trabajando sobre cómo evitar esta marea poniendo todos los medios necesarios para neutralizar los desesperados esfuerzos de los refugiados por llegar a tierras más favorables. Los planes del Gobierno para afrontar este fenómeno perfectamente predecible se limitan a un aumento del control y la seguridad, no a iniciativas para conseguir que la emigración sea menos necesaria. Y eso a pesar de que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU (IPCC), que es seguramente el organismo científico más respetado del mundo, nos ha advertido de que en África es probable que el rendimiento de la agricultura de secano se reduzca un 50 por ciento, que los desiertos ganarán terreno, y que la destrucción de especies ya ha alcanzado tales dimensiones que nos encontramos en la sexta extinción geológica de los cuatro mil millones y medio de historia del planeta. La quinta extinción fue la que acabó con los dinosaurios.

Podría seguir dando ejemplos sobre la relación entre las crisis de la pobreza, las finanzas y la ecología, pero estoy segura de que no necesitan más. La cuestión es qué podemos hacer nosotros y nosotras al respecto. Y por nosotros y nosotras, entiendo la gente de todo el mundo que comprende que esta triple crisis es muy real y urgente.

Sabiendo que ofenderé sin duda a muchas de las personas presentes, déjenme decirles sin más rodeos que hay una estrategia de salida, que existe una verdadera solución, pero que no es, en mi opinión, la que llevan defendiendo desde hace tiempo muchos ecologistas con buenas intenciones. Lo siento, pero ya ha pasado el tiempo de decirle a la gente que cambie de comportamiento y de bombillas; que si hay bastante gente que haga tal o cual cosa, “nosotros” podemos salvar el planeta. Lo siento, pero “nosotros” no podemos. Lógicamente, no estoy sugiriendo que la gente no debería de cambiar de comportamiento y de bombillas, pero aunque lo haga toda la población de Europa –una posibilidad bastante improbable–, no será suficiente. También estoy de acuerdo con las propuestas que abogan por lo local y por reducir, pero también debemos aumentar.

Necesitamos soluciones a gran escala, soluciones industriales y sofisticadas, y una enorme participación de los Gobiernos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero hasta unos niveles que nos permitan salvar el futuro. En otras palabras: debemos tener el valor de desafiar no sólo a toda nuestra cúpula política, sino a todo el sistema económico capitalista neoliberal, privatizado y sin regular, y provocar y promover un salto cuantitativo y cualitativo en cuanto a la escala de la acción medioambiental. ¿Me atrevo a decirlo aquí? Hay momentos en que lo grande es bello, y justo ahora es uno de esos momentos.

Como creo que las soluciones individuales y locales son necesarias, pero dramáticamente insuficientes para abordar la gravedad y la urgencia de la crisis ecológica, dedicaré el tiempo que me queda a analizar el doble problema de cómo tratar con los Gobiernos y con la producción empresarial capitalista y el sistema financiero. El dilema que me planteo es el siguiente: ¿podemos salvar el planeta mientras el capitalismo internacional siga siendo el sistema preponderante, con su acento en los beneficios, el valor de los accionistas, la extracción depredadora de los recursos y con un capital financiero desbocado que cada vez toma más decisiones? ¿Podemos proteger nuestro hogar natural cuando nos enfrentamos a una poderosa casta que no sabe lo que significa “ya basta” y es alérgica al tipo cambios fundamentales que exige un nuevo orden económico ecológico? ¿Podemos seguir avanzando cuando los Gobiernos trabajan básicamente para los intereses de esa clase?

En los días malos, suelo responder que no. No podemos salvar el planeta. Es imposible dar marcha atrás a la crisis ambiental bajo un régimen capitalista. Pero se trata de una respuesta desesperada que, de ser cierta, implica que no hay prácticamente ninguna esperanza. Y digo ninguna esperanza porque no sé cómo incluso las personas más convencidas y resueltas podrían sustituir, por no decir ya derrocar, el capitalismo lo bastante rápido como para efectuar los cambios sistémicos tan necesarios antes de que los efectos ambientales alcancen un punto de no retorno (dando por supuesto que no lo hayan alcanzado ya). En primer lugar, no hay tantas personas convencidas y resueltas que estén dispuestas a actuar en contra del sistema económico dominante, y no hay nada que se parezca lo más mínimo a un partido revolucionario de vanguardia que pudiera dirigirlas si existieran. No hay ninguna solución universal para reemplazar al capitalismo. Y teniendo en cuenta los antecedentes y el papel histórico de tales partidos y soluciones, opino que eso es algo indudablemente positivo.
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Pero hay otros obstáculos en el camino del cambio revolucionario definitivo. Hoy día nadie sabe, hablando metafóricamente, quién es el zar que deberíamos derrocar ni tiene idea de dónde encontrar el Palacio de Invierno que deberíamos asaltar. Sabemos que el Palacio de Invierno no está en Wall Street, que ya estaba funcionando a pleno ritmo apenas unos días después del 11-S y que se está aprovechando al máximo de los rescates financieros. Los Estados Unidos son sólo uno de los muchos centros capitalistas del mundo. Incluso si ganáramos la batalla en un lugar, a los magnates nómadas del capitalismo les bastaría con montar en sus camellos e irse a otro. El mundo de 1917 era totalmente distinto del de 2007, así que debemos intentar ir más allá de este punto muerto revolucionario, de este callejón sin salida, y encontrar una nueva síntesis.

La cuestión a la que nos enfrentamos no es tanto ‘qué hacer’ –creo que eso está bastante claro y hablaré de ello en unos momentos–, sino si tendremos la inteligencia y la fuerza necesarias para aprovechar la gran oportunidad que se nos presenta ahora. Puede que el término “gran oportunidad” les choque como una visión tremendamente optimista teniendo en cuenta el largo y funesto preámbulo que acaban de escuchar. Sin embargo, no sólo voy a afirmar que no sólo son insuficientes las soluciones individuales, sino también que los remedios ofrecidos por Kyoto, Bali, Bonn o cualquier otro tímido acuerdo que se negocie en el futuro resulta tremendamente inapropiado. De nuevo –no me cansaré de repetirlo–, las dimensiones son fundamentales. Y la gran oportunidad se encuentra en la propia crisis financiera. Si se utiliza y se dirige de forma adecuada, podría abrir las puertas al salto cuantitativo y cualitativo que debemos dar.

Algunas personas progresistas rechazarán la solución que propongo, pero entonces les preguntaré qué alternativas ofrecen. La crisis ecológica es de una índole distinta a las crisis de las finanzas y la pobreza en el sentido en que, una vez se desencadena el cambio climático, como está sucediendo ahora, nos hallamos ante un fenómeno irreversible y no tenemos tiempo para soluciones teóricamente perfectas. A veces, con la política, puedes dar marcha atrás y volver a empezar, pero con la naturaleza no pasa lo mismo. De forma que me pueden acusar de sugerir una forma de dar nuevas alas al capitalismo, y yo me declararé culpable.

Tomemos primero la otra pregunta, algo más fácil, de “cómo tratar con los Gobiernos”, al menos en los países más o menos democráticos. China es harina de otro costal. La gente suele avanzarse a sus Gobiernos a la hora de reconocer la emergencia. La cuestión política no se limita a “echar a los granujas”, porque serían sustituidos por otros granujas igual de pésimos, tan en deuda como los anteriores con las grandes empresas, sus grupos de presión y los mercados financieros. El truco está en convencer a los políticos de que la transformación ecológica y las prácticas medioambientales pueden valer la pena desde el punto de vista político.

Esto significa que ciudadanos, activistas y expertos –les guste o no– deben trabajar con políticos y Gobiernos locales, regionales y nacionales; ayudarlos a encontrar socios afines y formular proyectos ambiciosos que puedan ejecutar a la mayor escala posible. Ciudadanos, activistas y expertos deben además ayudar a estos políticos y Gobiernos a convertirse en perfectos ejemplos ecológicos entre su electorado dando publicidad a sus logros y éxitos. ¿Podría la Schumacher Society convertirse en una especie de nexo para un foro permanente sobre mejores prácticas, un foro en que se dieran cita los responsables de tomar las decisiones en todos los niveles, grupos ciudadanos y expertos para debatir y sacar adelante las mejores iniciativas del sector público? Los políticos deben estar convencidos de que estas políticas no sólo funcionarán, sino de que serán tremendamente populares entre su electorado.

Ahora pasemos a la cuestión más compleja de cómo hacer frente al sistema económico en su conjunto. En su libro Colapso, Jared Diamond analiza varios casos históricos de extinción social debidos a la sobreexplotación del medio ambiente. Diamond identifica varios denominadores comunes a estos casos. Uno de ellos es el aislamiento de las elites, que siguen consumiendo muy por encima de lo ecológicamente sostenible mucho después de que la crisis ya haya azotado a los miembros más pobres y vulnerables de la sociedad. Ahí es donde nos encontramos globalmente, no sólo en lugares aislados como la Isla de Pascua o Groenlandia.

Así pues, ¿cómo podemos luchar de forma realista contra las mastodónticas huellas ecológicas de nuestras elites, reconociendo que no tenemos la posibilidad de gritar “que les corten la cabeza” en una revolución mundial imaginaria? Y tampoco podemos obligarlos a cambiar de comportamiento ni el sistema que tan bien les sirve, aunque sepamos que debemos cambiar el sistema porque está expoliando el planeta y su lógica inherente es seguir haciéndolo.

Sólo puedo ver una posible salida: la unión de ciudadanos, empresas y Gobiernos en una nueva encarnación de la estrategia de economía de guerra keynesiana. Yo nací en los Estados Unidos en 1934, y recuerdo muy bien cuando los Estados Unidos adoptaron una economía de guerra a gran escala, convirtiendo todas las plantas de caucho de mi ciudad natal [Akron, Ohio] a la producción no de automóviles y camiones para conductores privados, sino para el ejército. La participación y apoyo ciudadanos fueron tremendos. Durante la guerra, se construyeron o se ampliaron miles de fábricas, laboratorios de investigación, proyectos inmobiliarios, bases militares, centros de día y escuelas. El transporte público se mejoró y funcionaba horas extra para desplazar a millones de hombres y mujeres a las bases del ejército o a sus nuevos empleos en el sector de la defensa.

Sí, siguió habiendo conflictos entre trabajadores y patronal, y sí, las grandes empresas se hicieron con la mayor parte de los contratos públicos, pero los trabajadores, por lo general, estaban bien pagados, los afroestadounidenses y las mujeres empezaron a conseguir modestas mejoras, y el esfuerzo de la guerra sacó finalmente a los Estados Unidos de la Gran Depresión (aquello fue keynesianismo a una escala enorme). Había también un elitista grupo de empresarios conocidos como “Dollar-a-Year Men” –literalmente, “hombres de un dólar al año”–, cedidos por sus empresas al Gobierno y encargados de garantizar que se cumplían los objetivos de producción militar y de calidad. Este grupo gozaba de un enorme prestigio; mi padrino era uno de ellos, y yo solía presumir de él entre mis amigas de la escuela.

¿Por qué estoy recordando esta vieja historia? Porque creo que hoy tenemos una oportunidad parecida. La economía de los Estados Unidos y el mundo parece ir cuesta abajo muy rápidamente, y las repercusiones para la gente común en términos de empleo, vivienda, consumo y bienestar futuro serán graves. Si el diagnóstico es correcto, se deberán utilizar instrumentos económicos nuevos para combatir la recesión y el estancamiento, sencillamente porque los viejos ya se han llevado al límite y les queda poco o nada que ofrecer.

Los Bancos Centrales y los ministerios de Hacienda suelen intentar solucionar las recesiones o depresiones financieras a través de recetas estándar como la rebaja en los tipos de interés, la devaluación de la moneda o la incursión en nueva deuda, pero los Estados Unidos ya han agotado sus posibilidades en esa línea. Los tipos de interés ya están extremadamente bajos, a diferencia de lo que ocurre en Europa, donde el Banco Central Europeo y su conservador presidente están comprometidos ideológicamente con el mismo tipo de políticas monetarias que prolongaron la Gran Depresión en los años treinta. El dólar ya está débil, lo cual abarata las exportaciones estadounidenses, pero no se puede devaluar mucho más sin correr un gran riesgo. El déficit ya está más allá de lo creíble. Con el rescate de Fannie Mae y Freddie Mac, la Reserva Federal asumió de hecho su deuda basura y aumentó enormemente el pasivo del Tesoro estadounidense. Corre el riesgo de volver a hacerlo. También las familias están sobreendeudadas y están perdiendo capital día a día, con el paulatino deterioro del valor de sus viviendas.

Dado que las herramientas tradicionales están agotadas, la única herramienta que se me ocurre para sacar al mundo de la ruina económica y el caos social es un nuevo keynesianismo, no militar en esta ocasión, sino medioambiental; un impulso a la inversión masiva en tecnologías de conversión energética, la industria respetuosa con el medio ambiente, nuevos materiales, un transporte público eficiente, la industria verde de la construcción, etcétera.

Las duras normativas para nuevas construcciones se han convertido en la norma; las más viejas se pueden “reajustar” con fáciles condiciones financieras; las familias y los propietarios de locales comerciales pueden recibir incentivos financieros para instalar tejados ecológicos y paneles solares, y vender la energía sobrante a la red. La investigación y el desarrollo se pueden orientar hacia energías alternativas, y materiales ultraligeros y resistentes para construir aeronaves y vehículos. Técnicamente, ya sabemos cómo hacer todas estas cosas, aunque algunas soluciones limpias son más caras que las sucias. Si se produjeran a gran escala, sin embargo, lo serían menos.

Todos estos nuevos productos, procesos e industrias respetuosos con el medio ambiente tendrían un gran valor para la exportación, y podrían convertirse muy rápidamente en el estándar mundial. Estoy tratando de describir un panorama que se pueda vender a las elites, ya que no creo que vayan a adoptar unos verdaderos valores medioambientales y a aceptar la conversión necesaria si no van a sacar nada de ello. Pero este enfoque no es un mero intento cínico por conseguir que las elites actúen movidas por su propio interés. También hay un montón de ventajas para la clase trabajadora en este tipo de economía. Una gran conversión ecológica es tarea para una sociedad de alta tecnología, de alta calificación, de alta productividad y de alto nivel de empleo. Una iniciativa de este tipo gozaría, creo, del apoyo de toda la población porque no sólo significaría un entorno mejor, más limpio, más sano y más respetuoso con el medio ambiente, sino también pleno empleo, mejores salarios y nuevas posibilidades profesionales, además de un fin humanitario con una justificación ética (como en la Segunda Guerra Mundial).

¿Cómo se podría financiar un esfuerzo tan titánico? Un proyecto de este tipo debería implicar un importante gasto público selectivo en el sentido keynesiano más tradicional, y los Gobiernos sin duda se quejarán de que carecen de los medios para llevar adelante una política así. La crisis financiera proporciona la oportunidad ideal para financiar la conversión y poner bajo control el desbocado sistema financiero global.

En la actualidad, los impuestos se detienen, en la mayoría de los casos, en las fronteras nacionales. El secreto está en subir los impuestos al ámbito europeo e internacional con impuestos sobre las transacciones monetarias y otro tipo de operaciones financieras. La gente que se opone a estos programas finge que no son viables porque se necesitaría el consentimiento de todas las jurisdicciones nacionales del mundo, pero eso no es correcto. De hecho, los impuestos sobre las transacciones monetarias y de otro tipo no exigirían nada más que la determinación política, la cooperación de los respectivos Bancos Centrales y un sencillo software. Para el impuesto sobre las transacciones monetarias propuesto por primera vez por James Tobin en los años setenta y ahora bastante redefinido, la base del gravamen es la propia moneda, no el lugar en que se negocia con ella. Así, el Banco Central Europeo podría recaudar fácilmente los impuestos sobre cualquier operación que implique euros, el Banco de Inglaterra, de aquellas que se realicen en libras, la Reserva Federal, se encargaría del dólar, y así con todas las monedas. Dado que las transacciones monetarias representan actualmente 3.200 billones de dólares cada día, un impuesto del 0,01 por ciento, es decir, un gravamen del uno por mil, podría recaudar una bonita suma para la conversión ecológica y la reducción de la pobreza. Gran Bretaña ya impone un impuesto sobre las transacciones bursátiles, y otros países europeos deberían seguir su ejemplo.

Los impuestos sobre las emisiones son una idea que se suele plantear más a menudo e igualmente viable. Del mismo modo que un impuesto común sobre los beneficios que gravaría a las empresas transnacionales, y que conllevaría saber las ventas totales de la compañía, el total de impuestos pagados, las ventas efectuadas en cada jurisdicción fiscal y los impuestos liquidados en cada una de ellas. Si, por ejemplo, una transnacional notifica que en el país X, en una jurisdicción con un régimen fiscal bajo, ha realizado el 5 por ciento de sus ventas pero ha pagado el 50 por ciento de sus impuestos, las autoridades lo encontrarían un poco sospechoso. Estoy presentando un resumen extremadamente rudimentario, pero créanme, hay expertos –banqueros, abogados de empresas, expertos fiscales y contables– que saben perfectamente cómo hacer estas cosas. Quizá, para fomentar un mayor consumo local, también se podría pensar en gravar los kilómetros recorridos por los alimentos que comemos y la ropa que llevamos.

No deberíamos olvidar a los países pobres del Sur que constituyen el principal terreno de la crisis de la pobreza. La cancelación de la deuda de los países pobres que el G-8 lleva prometiendo desde hace una década debe convertirse en una realidad, siempre a condición de que estos países también colaboren en los esfuerzos medioambientales de todo el planeta con iniciativas de reforestación, conservación de los suelos, protección de las especies, etcétera. También se les pediría que involucraran a sus ciudadanos en procesos democráticos de toma de decisiones; los fondos serían supervisados exhaustivamente por auditores independientes.

Los paraísos fiscales que permiten que las personas y las compañías más ricas se eviten pagar lo que les correspondería para la conversión se deberían clausurar: sería más barato pagar a los habitantes de las Islas Caimán, Liechtenstein y todos los demás un salario durante veinte años. Quedaría así muchísimo dinero para invertir en el medio ambiente, la creación de empleos y la mitigación de la pobreza.

A cambio de sus rescates financieros, los bancos y casas de inversión deben aceptar regulaciones; no sólo para garantizar la transparencia y eliminar los factores que incentivan un comportamiento estúpido, sino también normas más estrictas que los obliguen a participar en la campaña ecológica. Deberían estar obligados a dedicar el equis por ciento de sus carteras de préstamo a proyectos ambientales por debajo de las tasas de interés del mercado, que podrían compensar cobrando tipos de interés mucho más elevados a los préstamos sobre proyectos sucios o antiecológicos. La financiación a coste bajo o nulo para proyectos de conversión nacional debería ser otra prioridad obligatoria para los bancos. Esto daría un enorme impulso a la industria de la construcción.

No es que le estemos pidiendo peras al olmo. Los bancos seguirían concediendo préstamos, financiando inversiones y consiguiendo una buena rentabilidad por sus servicios. Un impuesto del 0,01 por ciento sobre las operaciones monetarias no va a suponer la ruina de nadie. Los impuestos comunes sobre beneficios de grandes empresas sólo nos llevarían a la época en que las compañías pagaban sus impuestos porque no podían eludirlos. La cuestión es que se conformaría un sistema de gravamen y redistribución keynesiano, tanto nacional como internacionalmente, social y medioambientalmente, en sectores como la educación, la sanidad, la energía limpia, la distribución eficiente de agua, la tecnología de la información, el transporte público y otras cosas que el mundo necesita y que ya sabemos cómo hacer. Estas medidas, a su vez, servirían para crear oportunidades para que más gente participara en la nueva economía verde a través de empleos, formación permanente, más protección social y menos desigualdades. Poner bajo control público y ciudadano al sistema financiero sin regular y totalmente desbocado es la condición previa para solucionar las crisis del medio ambiente y la pobreza.

En otras palabras: se trata del sueño de toda campaña de relaciones públicas. Cualquier partido político que entienda esta idea puede ganar con un programa de este tipo sin que nadie tenga que desmontar todo el sistema capitalista como prerrequisito para salvar el planeta.

Un programa ecológico keynesiano uniría además a amplios sectores del electorado por una causa común. Tal como están las cosas ahora mismo, desde el punto de vista político, ningún grupo de interés puede solucionar de por sí el problema que más le preocupa. Con esto quiero decir que los ecologistas por sí solos no pueden salvar el medio ambiente; los agricultores por sí solos no pueden salvar las explotaciones familiares; los sindicatos por sí solos no pueden salvar los empleos bien remunerados de la industria, y así sucesivamente. La única manera de avanzar, la única estrategia eficaz, pasa por construir alianzas amplias. El movimiento por la justicia global, como lo llaman los activistas sociales, ha empezado a registrar algunos éxitos trabajando democráticamente y efectuando alianzas con socios de distintas procedencias pero que se encuentran básicamente en la misma sintonía.

Ahora debemos ir más allá de esta etapa e intentar algo más difícil: forjar también alianzas con gente con la que no necesariamente estemos de acuerdo en cuestiones importantes, como, por ejemplo, el mundo empresarial. Esto sólo puede lograrse si se reconoce que los desacuerdos, incluso los conflictos, pueden ser positivos y fructíferos siempre y cuando se busquen, identifiquen y aprovechen las áreas donde es posible llegar a un acuerdo. Debemos identificar dónde se solapan los círculos de nuestras preocupaciones. Al menos una de esas coincidencias podría salvar nuestro hogar común. No veo ninguna otra forma de generar entusiasmo ciudadano, participación y un salto cualitativo y cuantitativo de la escala que se necesita en estos momentos.

No tengo tiempo de extenderme sobre todos los detalles técnicos relacionados con el contenido y la financiación de las inversiones medioambientales necesarias. Lo que sí puedo hacer es asegurarles que la conversión hacia una economía ecológica es técnicamente factible. El sistema de nuevos impuestos ya está perfectamente pensado; los prototipos industriales ya existen; la maquinaria está lista para entrar en acción en el momento en que la gente consiga que sus políticos acepten el reto.

Poner el sistema financiero bajo control y gravar el capital internacional a tipos ridículamente bajos para redistribuirlo institucional e internacionalmente serían medidas muy populares. Podríamos luchar seriamente contra el cambio climático y eliminar lo peor de la pobreza mundial en una década. Estoy hablando sobre políticas, no de aspectos técnicos, e intentando entender cuál sería la forma de domar a la bestia salvaje, el sistema financiero sin regular y totalmente desbocado, y ponerlo bajo control público y ciudadano.

El capitalismo no es sensato en el sentido en el que la mayoría de la gente entiende la sensatez. Los seres humanos, normalmente, pensamos en nuestro futuro, el de nuestros hijos y en el futuro de nuestro país y del mundo. El mercado, en cambio, funciona en el eterno presente que, por definición, no puede siquiera incluir la noción de futuro y que, por tanto, excluye las salvaguardias para el futuro y trae la destrucción, a menos que dichas salvaguardias se impongan por ley.

Necesitamos leyes, por supuesto, y fuerzas políticas vertebradas para proponer y promulgar esas leyes, pero también debemos pensar en la motivación humana. Recuerden el prestigio de los “Dollar-a Year Men” de los años cuarenta e imaginen lo que podría suceder si pudiéramos transportarlos al mundo del capitalismo del siglo XXI. Un número significativo de capitanes contemporáneos del capitalismo, todos ellos con sueldos altísimos e inimaginables, podría quizá llegar a pensar que el dinero está muy bien, pero que les falta algo más. ¿Por qué no crear una exclusiva Orden de Defensores de la Tierra, o de Caballeros del Medio Ambiente o de Conquistadores del CO2 Carbono que, de manera singular, en reconocimiento a su contribución especial al esfuerzo nacional e internacional de conversión medioambiental, tendrían derecho a mostrar un emblema muy visible en una placa en la puerta de su casa o en sus automóviles, o en un broche de oro en el ojal, como la Legión de Honor francesa o una Medalla de Honor del Congreso al Mérito Ecológico, signo de pertenencia al pequeño grupo de los ungidos, los que se han decidido a salvar la tierra? Convertirse en miembro de un grupo así también debería de apelar a su espíritu competitivo.

Antes de acabar, déjenme decirles que los mitos siempre han sido la fuerza motriz de todo gran logro humano, desde la democracia griega al Renacimiento, pasando por la Ilustración y las revoluciones estadounidense y francesa. Por tanto, así debe ser en la próxima era de ‘liderazgo ecológico’. Para salvar el planeta, debemos cambiar –rápida y profundamente– la forma en que la mayoría piensa, siente y actúa, y debemos comenzar con las fuerzas sociales que tenemos aquí y ahora, y no con otras. No sirve de nada desear que fueran diferentes, más fuertes o más inteligentes. Tenemos que jugar las cartas que la historia nos reparte.
Para ese cambio, vamos a necesitar seis elementos, empezando por dinero, gestión y medios de comunicación. Pero incluso más importantes que estos factores, vamos a necesitar tres ‘emes’ para intentar crear un nuevo sentido de nuestra misión, motivación y mito. ‘Mito’ en este sentido no tiene nada que ver con la narración de cuentos o mentiras. Es la gran narrativa que nos da la fuerza para creer que podemos lograr lo que tenemos que lograr. Es aquello que apela a las más profundas motivaciones de la conciencia humana e inspira el deseo de honor y de un legado vital que trascienda la muerte. Las elites ya tienen dinero, gestión y medios de comunicación. Por nuestra parte tenemos misión, motivación y mito. Si podemos hacer que todo ello se junte, el futuro se cuidará de sí mismo.

¿Y no sería eso mejor que tener otra guerra?

Gracias.