Consecuencias De Cancún

01 Diciembre 2005
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Walden Bello

Consecuencias De Cancún
Walden Bello
ZNet, 23 September 2003
English original

El fracaso de la Quinta Reunión Ministerial de la Organización Mundial del comercio (OMC) en Cancún, México el pasado Domingo 14 de Septiembre fue un acontecimiento de proporciones históricas.

Cancún tiene diversas implicaciones de envergadura:

Primero, el fracaso representó una victoria para la gente a lo largo y ancho del mundo, no una "oportunidad perdida" para el acuerdo global entre el norte y el sur. Doha nunca fue una "ronda del desarrollo". Y la poca promesa de desarrollo que ofrecía había sido traicionada mucho antes de Cancún. Ni siquiera el país en vías de desarrollo más optimista venía a Cancún esperando concesiones de los grandes países ricos en aras del desarrollo. La mayoría de los gobiernos de los países en desarrollo vinieron a Cancún con una postura defensiva. El gran reto no era el de forjar un histórico "New Deal" sino evitar que los EE.UU. y la U.E. impusieran nuevas exigencias a los países en desarrollo mientras escapaban a la disciplina multilateral en sus regímenes de comercio.

A este respecto, no fueron los países en vías de desarrollo los que provocaron el fracaso, como sugería en la conferencia de prensa final el representante comercial de los EE.UU., Robert Zoellick. Esa responsabilidad recae de lleno en los Estados Unidos y Europa. Cuando la segunda revisión del borrador del texto ministerial vió la luz la mañana del sábado 13 de Septiembre, estaba claro que ni Estados Unidos ni Europa querían hacer ningún recorte significativo en sus elevados subsidios agrícolas mientras que al mismo tiempo continuaban exigiendo intransigentemente que los países en desarrollo rebajaran sus aranceles. Estaba también claro que la U.E. y los EE.UU. estaban decididos a ignorar la estipulación de la Declaración de Doha en que se requería el consenso explícito de todos los estados miembros para comenzar a negociar los "puntos de Singapur".

Negociad en nuestros términos o no negociéis: ése era el significado de la segunda revisión. Como era de esperar, los países en desarrollo no podían dar su consenso a un esquema de negociaciones tan perjudicial para sus intereses.

Segundo, la OMC ha sido dañada seriamente. Dos reuniones ministeriales fracasadas y una que apenas se salvó en Doha no hace de ella una institución recomendable para nadie. Para los superpoderes comerciales, no es ya un instrumento viable para imponer su voluntad sobre otros. Para los países en desarrollo, la pertenencia no ha proporcionado protección frente a los abusos de las grandes economías, y mucho menos ha servido como un mecanismo de desarrollo. No quiere decir esto que la OMC esté muerta. Habrá esfuerzos para sacar a la OMC del precipicio, como los de EE.UU. y la U.E. en Doha. Pero lo más probable es que, a falta del impulso que el éxito de una reunión ministerial habría supuesto, la maquinaria se ralentizará sensiblemente. Zoellick tenía razón al dudar de que la Ronda de Doha haya terminado para su fecha límite de Enero del 2005 y el Comisario de Comercio de la Unión Europea Pascal Lamy estaba tratando simplemente de poner al mal tiempo buena cara cuando dijo que la OMC había completado el 30 por ciento de la agenda de Doha.

Aparte de la pérdida de impulso y del perjuicio al funcionamiento básico de la maquinaria de la organización, ni el creciente proteccionismo de los países ricos, ni una economía global plagada de estancamientos a largo plazo, ni el desmoronamiento de la Alianza Atlántica debido a diferencias políticas brindan un clima favorable para que la OMC sirva como el principal mecanismo para la liberalización comercial y la globalización. La OMC puede de hecho sufrir el destino que ella misma ayudó a infligir a la UNCTAD (Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo): sobrevivir pero cada vez más ineficaz e irrelevante.

De aquí surge la pregunta: al tiempo que nos regocijamos por el fracaso de una reunión ministerial que apuntaba contra los intereses de los países en vías de desarrollo, ¿deberíamos celebrar el debilitamiento de la OMC? Después de todo, como han apuntado algunos, la OMC es un conjunto de reglas y maquinaria que, con el adecuado equilibrio de poder, puede ser invocada para proteger los intereses de los países en desarrollo. Los partisanos de esta visión dicen que uno está mejor aún con la OMC que con los acuerdos comerciales bilaterales que recibirán ahora la prioridad de Washington tras el fallo de Cancún, según dijo el Representante Comercial de EE.UU. Robert Zoellick.

La verdad es que es una falsa elección. La OMC no es un conjunto neutral de reglas, procedimientos e instituciones que pueden ser usadas defensivamente para proteger los intereses de los actores más débiles. Las mismas reglas (siendo las principales la supremacía del principio de libre mercado, el principio de nación más favorecida y el principio de tratamiento nacional) institucionalizan el sistema actual de desigualdad económica global. Las armas que tienen los países débiles son pocas, y dispersas. El principio de tratamiento especial y diferencial para los países en desarrollo tiene un status muy débil en la OMC. De hecho, en Cancún, los EE.UU. y la U.E. desterraron totalmente de las negociaciones el orden del día sobre tratamiento especial y diferencial que había sido ordenado por la Declaración de Doha. La OMC no es una organización realmente multilateral. Es un mecanismo para perpetuar el condominio EE.UU.-U.E. en la economía global.

Tercero: la sociedad civil global fue un actor principal en Cancún. Desde Seattle, la interacción entre la sociedad civil y los gobiernos sobre temas de comercio se ha intensificado. Algunas organizaciones no gubernamentales han asesorado a los gobiernos de países en vías de desarrollo en los aspectos técnicos y políticos de las negociaciones. Han movilizado a la opinión pública internacional contra las posturas retrógradas de los gobiernos de los países ricos, como en el asunto de las patentes sobre medicinas y la salud pública. Han surgido como fuertes coaliciones nacionales que azuzan a sus gobiernos para endurecerles contra cualquier nueva concesión a los países ricos. Si muchos gobiernos en vías de desarrollo resistieron la presión de los EE.UU. y la U.E. en Cancún fue porque temían el coste político en grupos de la sociedad civil al volver a casa.

Con los movimientos populares marchando sobre el centro de la ciudad y las ONGs manifestándose cada hora dentro y fuera del salón de convenciones desde la sesión de apertura en adelante, Cancún se convirtió en un microcosmos del poder de las dinámicas globales de los estados y la sociedad civil. El suicidio del agricultor coreano Lee Kyung Hae en las barricadas policiales advirtió a todo el mundo en el centro de convenciones de que no podían tomar la difícil situación de los pequeños agricultores del mundo por sentado, y esto fue reconocido por los gobiernos con el minuto de silencio que se mantuvo en su memoria. Realmente, el fracaso de la reunión ministerial de Cancún fue una nueva confirmación e la observación del New York Times de que la sociedad civil es el segundo superpoder del mundo.

Cuarto: el grupo de los 21 es un nuevo desarrollo significativo que podría contribuir a alterar el equilibrio global de fuerzas. Liderado por Brasil, India, China y Sudáfrica el nuevo grupo estancó la carrera de la U.E. y los EE.UU. para hacer de Cancún un nuevo triste episodio en la historia del subdesarrollo. Celso Amorin, el ministro de Comercio brasileño, que ha surgido como su portavoz, señaló el potencial de este grupo cuando dijo que representaba a la mitad de la población del mundo y a dos tercios de sus pequeños agricultores. Los negociadores comerciales de los EE.UU. tenían razón al discernir que el grupo de los 21 representaba el resurgimiento del impulso del sur por un "Nuevo Orden Económico Internacional" de los 70.

De cualquier modo, mucho queda en el reino de la posibilidad, y el potencial de esta nueva formación no debe ser sobreestimado. Ahora es principalmente una alianza orientada a reducir radicalmente los subsidios de la agricultura del Norte. Y todavía tiene que establecer significativamente el deseo de proteger extensamente a los pequeños agricultores en los países más pequeños que están principalmente orientados a la producción para el mercado local. Esto es comprensible dado que la mayoría de los miembros vocales del grupo de los 21 son grandes exportadores agrícolas, aunque la mayoría tiene también una significativa producción orientada al mercado local basada en el campesinado.

No obstante, no hay razón para que no se sitúe en el centro de las demandas del grupo un proyecto positivo sobre agricultura sostenible orientado al pequeño agricultor. Tampoco hay razón por la que el Grupo no pueda extender su mandato para forjar también un programa común sobre industria y servicios. Incluso más emocionante es la posibilidad de que el Grupo de los 21 pueda servir como motor para la cooperación Sur-Sur que vaya más allá de la coordinación de políticas de inversión, flujos de capital, política industrial, política social y política medioambiental. La formación de esa cooperación Sur-Sur centrada en la prioridad del desarrollo sobre el comercio y los mercados proporciona la alternativa tanto a la OMC como a los acuerdos bilaterales de libre comercio que persiguen ahora la U.E. y los E.E.U.U.

Al articular su proyecto, el Grupo de los 21 encontrará un aliado natural en la sociedad global civil. Con los EE.UU. y la U.E. decididos a defender el status quo, esta alianza debe moverse de la potencialidad a la realidad cuanto antes. Por supuesto que no será fácil. Los grupos progresistas de la sociedad civil pueden sentirse cómodos tratando con el gobierno brasileño encabezado por el Partido de los Trabajadores, pero difícilmente se encontrarán cómodos con el gobierno indio, que es fundamentalista y neoliberal, y con el gobierno chino, que es autoritario y neoliberal. No obstante, las alianzas se forjan en la práctica y ningún gobierno debe ser categorizado como imposible de atraer al bando del desarrollo enfocado hacia las personas.

Para concluir, poco después de la reunión ministerial en Doha, una serie de organizaciones de la sociedad civil dijeron que a los intereses del mundo en desarrollo les serviría mejor un descarrilamiento de la próxima reunión ministerial de Cancún en lugar de intentar convertirla en un foro para reformar la OMC. Según se acercaba Cancún, la intransigencia de los países poderosos estancó las conversaciones con el Sur en casi todos los frentes. Para cuando llegó Cancún, ya no se hablaba de reformas. Las cosas habían quedados claras como el agua. Con la U.E. y los EE.UU. decididos a lograr su empeño, la ausencia de acuerdo era mejor que un mal acuerdo, una reunión fallida era mejor que una que tuviera éxito y que sirviera simplemente como un clavo más en el ataúd del subdesarrollo.

Tras Cancún, el reto para la sociedad civil global es redoblar sus esfuerzos para desmantelar las estructuras de desigualdad y presionar para conseguir acuerdos alternativos de cooperación económica global que realmente promuevan los intereses de los pobres, los marginados y los desprovistos de poder.

Traducido por Ignacio José Miñambres y revisado por Inma Villarreal

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