Cuba: recuerdos de hace 47 años

18 Octubre 2007
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Visité Cuba por vez primera a principios de junio de 1960, cerca de un año después de que la Primera Ley de Reforma Agraria (Mayo de 1959) exigió la confiscación de las granjas y propiedades más grandes de la isla. El 6 de junio de 1960, justo después de mi llegada, el gobierno cubano exigió a los responsables de las refinerías de petróleo de propiedad norteamericana (Texaco y Esso) y la británica Shell que refinaran el crudo soviético. El gobierno Norteamericano instruyó a los propietarios de las refinerías que se rehusaran a cumplir con la demanda. El 28 de junio, Cuba nacionalizó las refinerías. En las calles, preocupados miembros de la clase media, predecían que tal desobediencia induciría al imperio a actuar por la fuerza. El éxodo a los Estados Unidos se aceleró. El 6 de julio el presidente Dwight D. Eisenhower respondió eliminando la cuota azucarera cubana. “Sin cuota pero sin amo,” rezaba un cartel. “Sin cuota pero sin ano”, refunfuñaba Guillermo Cabrera Infante, quien fuera director del semanario cultural Lunes de Revolución, y agregado cultural en Bélgica antes de desertar en1965. Una rabiosa manifestación de trabajadores telefónicos echó al mar un ataúd con las siglas AT&T . Estudiantes y obreros de ambos sexos realizaban frecuentes manifestaciones en apoyo de su revolución, que se asemejaba más y más a una metafórica bola de nieve que iba ganando en velocidad y fuerza. Cada día leía las noticias de nuevas fábricas “intervenidas,” el paso previo a la nacionalización. Un trabajador Informaba acerca de procedimientos ilegales. El estado enviaba entonces a un “interventor,” que habría de descubrir evidencias de ilegalidad. La firma sería consiguientemente nacionalizada. En el verano de1960, un chiste servía para dramatizar la velocidad de las transformaciones socialistas – aunque oficialmente la palabra era aún un tabú. Un hombre llama a una fábrica y pide hablar con el interventor. La recepcionista dice: “Pero si esta fábrica aún no ha sido intervenida.” “OK,” responde el hombre, “llamo dentro de cinco minutos.” El 6 de agosto, el periódico Revolución reportaba que todas las propiedades comerciales en la isla habían sido nacionalizadas. Un amigo me llamó por teléfono al hotel barato donde me encontraba. Su padre, que había sido dueño de una cadena de supermercados, tenía un suntuoso apartamento en La Habana que ya no necesitaba. ¿Me gustaría quedarme allí? Seguro. Las sirvientas jamaicanas -- “vienen junto con el apartamento”, me informó mi amigo -- me hacían un reporte de los chismes cotidianos. Ambas odiaban el comunismo que “le dio el poder a los pobres sin clase” y se identificaban con la “gente fina con dinero” que creían que Batista había impuesto el tipo de orden que “podía respetarse”. “Socialismo significa que no puedes comprar camarón en la tienda” se mofaba alguien, refiriéndose a la escasez de mercancías al suspender los Estados Unidos las relaciones comerciales y ser nacionalizadas las tiendas. (Para 1962, aquel apartamento se hizo parte de un complejo que alojó a miles de especialistas soviéticos.) A mitad de septiembre, Fidel viajó a Nueva York para comparecer ante la Asamblea General de la ONU. Antes de partir, Cuba nacionalizó los bancos de propiedad norteamericana, incluyendo el First National City Bank de New York y el Chase Manhattan. El gobierno revolucionario ya había nacionalizado los grandes hoteles, rebautizando al Havana Hilton como “Habana Libre.” Cuba también se había apropiado de las posesiones de las compañías United Fruit y King Ranch, así como enormes propiedades de origen cubano como las fábricas de ron Bacardí. ¡Gestos que parecieron temerarios a un joven socialista como era yo! En octubre de 1960, hace 47 años, abandoné Cuba en el último ferry programado para el trayecto de La Habana a Cayo Hueso – justo cuando el gobierno implementaba la Ley de Reforma Urbana, nacionalizando los bienes raíces comerciales y eliminando a los casatenientes. Durante las ocho horas de viaje, conversé con cubanos de clase media que habían decidido abandonar sus hogares y dejar la isla tras perder sus negocios. “Los comunistas han tomado el poder,” me dijo Jorge, un doctor y propietario de clínica de edad madura. “Creíamos que Fidel era razonable, pero sólo quiere comunizar la isla, apropiarse de todo por lo que tanto he trabajado y entregárselo a los haraganes. Esto no es patriotismo. Es marxismo-leninismo como el que declamó en la ONU. Pronto los rusos estarán aquí con su ejército.” Se refería al discurso que, en septiembre, Fidel dirigiera a la Asamblea General de la ONU, en el cual documentaba la existencia de ataques terroristas lanzados desde los EEUU que costaban vidas cubanas y destruían propiedades. ¿Cómo habría de preservar la ONU el derecho de los países pequeños a elegir sus destinos “cuando sus derechos les habían sido negados y fuerzas agresivas se dirigían contra ellos?” Martha, la esposa de Jorge, una química que trabajaba en un laboratorio, también propiedad de ambos, menoscabó como “exageraciones” los logros de la revolución. Fidel se había jactado de construir 10 000 escuelas y 5 000 nuevas viviendas y de enviar a miles de estudiantes, que abandonando sus hogares, marchaban al campo a enseñar a leer y escribir a los campesinos. Ella y Jorge hablaban con amargura de su hijo de 17 años, quien había quedado atrás para “luchar por la revolución. Llorando, Martha casi chillaba “Me lo robaron”. De hecho, tuve la oportunidad de hablar con una adolescente rebelde, cuyos padres se negaban a dejarla ir a “alfabetizar”. Tanto ella como sus padres entendían que esto habría de significar poner su virginidad en manos de la revolución. En la ONU, Castro informó también de una pérdida importante de 500 millones de dólares, robados por “los políticos que se enriquecieron durante la tiranía de Batista.” “Odiábamos a Batista pero nunca nos imaginamos que Fidel se volvería contra su propia clase y confiscaría nuestras propiedades. Los Estados Unidos no van a permitir esto”. Fidel había cuestionado el derecho de los Estados Unidos “a promover y estimular la subversión en nuestro país.” Fidel, el abogado, preguntó: “¿Es que los Estados Unidos se sienten con derecho a promover la subversión en nuestro país, violando todos los tratados internacionales?” ¿La respuesta? Para el imperio el poder equivale al derecho. Los trabajadores cubanos, movilizados por su gobierno, habían lanzado el desafío. Habían confiscado la propiedad norteamericana y luego desafiado a los “imperialistas” a hacer algo al respecto. Una revolución que comenzara contra Batista, pronto se convirtió en lucha clasista y anti-imperialista en la cual la oposición pudiente perdió sus partidos políticos, medios de difusión masiva y otras instituciones públicas. Para el verano de 1960, los miembros de las clases pudientes, que habían asumido sus prerrogativas sociales como si fueran axiomas, asistieron al colapso se su cultura. Por el contrario, aquellas masas a las que, en sus discursos, se refería Fidel como los obreros y campesinos de Cuba, habían tomado la iniciativa y usurpado el status y la deferencia honorífica anteriormente detentadas por los ricos. En su discurso de la ONU, así como en sus largos discursos en Cuba, Fidel echó su suerte con los humildes. Las palabras de su discurso quedaron empequeñecidas en los titulares norteamericanos por el espectáculo de su expulsión, y la de su delegación, del lujoso Hotel Shelburne y su traslado al Hotel Theresa en Harlem. El pretexto había sido que los cubanos habían desplumado ellos mismos sus pollos antes de cocinarlos en la habitación, una estúpida invención incensantemente repetida por la prensa. Pero su estancia en Harlem, con una muy publicitada visita de un amistoso Malcolm X, reflejaba la clara dirección izquierdista de la revolución cubana. En aquella sombría travesía del ferry, aquellos con quienes hablé mostraban confianza en que los Estados Unidos reaccionarían ante el “comunismo” en la isla que había sido prácticamente de su propiedad antes de 1959. Entonces habrían de regresar y continuar con sus vidas de clase media. En realidad, los rumores de que la CIA estaba entrenando exiliados cubanos para invadir a Cuba se habían hecho omnipresentes. Cuando volví a Cuba en diciembre de 1960, todos los cubanos esperaban por la invasión norteamericana. El entrenamiento encubierto de miles de exiliados cubanos en Guatemala se había convertido en un secreto a voces. Las únicas interrogantes que quedaban por responder eran: cuándo y dónde se produciría la invasión y en qué medida la ayuda militar norteamericana estaría involucrada. En enero de 1961, pude observar a un Fidel apasionado y determinado a una distancia de unos 15 metros. Denunció a la Embajada norteamericana como un nido de espías y exigió que Washington redujera su personal de 87 norteamericanos y 120 cubanos a 11, el número de cubanos que trabajaban en su embajada en Washington. El millón de personas reunido en la Plaza de la Revolución rompieron a aplaudir y a cantar, “Fidel seguro, a los Yankis, dales duro.” Eisenhower respondió. “Hay un límite a lo que los Estados Unidos pueden tolerar en términos de respeto. Ese límite ha llegado.” El 3 de enero, rompió relaciones diplómaticas con Cuba. El columnista del New York Times, James Reston complementó el gesto de Ike “quien le cantó las cuarenta a sus atormentadores y salió dando un portazo. Fue una gran salida que dejó vibrando las paredes y a Fidel con la cabeza dando vueltas, y a este país, obviamente, eso le encantó.” (Enero 5, 1961) En mi apartado postal del Hotel Riviera, descubrí una nota de un funcionario de la embajada norteamericana aconsejándome que abandonara Cuba. La embajada ya no podía “protegerme”. Desde mi ventana ví al personal de la embajada recoger y partir. Caminé hasta allí para tener una visión más cercana en aquel helado día de invierno ( acaso 20 grados Fahrenheit?) El personal que salía parecía satisfecho. Ellos sabían que la invasión era inminente. Guié el auto en dirección oeste, hacia Pinar del Río. Escuadrones de milicianos colocaban explosivos bajo los puentes. Adolescentes en uniforme de milicia emplazaban armas anti-aéreas de fabricación checa en la azotea del Riviera. Regresé a Miami dos meses antes de que Kennedy autorizara a la CIA a enviar a los exiliados cubanos a destruir a la revolución.