El capitalismo ha fracasado: acepten los hechos

12 Marzo 2009
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Cuando la Unión Soviética y su socialismo de estado se derrumbó, los promotores del capitalismo se frotaron las manos de gozo. Pero diez años después, al inicio de la era Bush, ENRON, una corporación súper gigantesca, fue sorprendida cuando amañaba su contabilidad para ocultar el verdadero estado de sus operaciones. Estafó a sus accionistas y robó a los contribuyentes de California al planear una escasez de energía en horarios pico y luego aumentar los precios. Para hacer su tejemaneje, ENRON se confabuló con una importante firma contable, Arthur Anderson. WorldCom and Adelphia tuvieron versiones similares de este tejemaneje corporativo --lo que fue un adelanto de los posteriores horrores bancarios y de seguros. Las monstruosas compañías robaron miles de millones. Algunos de los ladrones fueron a prisión. Hasta ese momento, para los republicanos habían sido modelos a imitar, e incluso para algunos demócratas. Que los negocios, y no el gobierno, debieran dirigir la economía se convirtió en mantra de la década de 1980, 1990 y los primeros ocho años del siglo 21. Los negocios realmente dirigían la economía --hacia el fracaso. Los hombres --y un par de mujeres-- que dirigían las escandalosas compañías provenían de una cultura en la que el robo a gran escala se disfrazaba de buenas prácticas comerciales. Bernie Madoff y sus imitadores son solo ejemplos extremos. Crear una fachada. Esa es la premisa de la que se deriva el gran robo corporativo. Vestirse bien (y caro), alquilar una oficina de alto precio y prometer dinero fácil. El público (los tontos) acudirá(n) como moscas a la miel. Cuando se derrumba el edificio de naipes --la economía norteamericana entre muchas otras economías-- unos pocos de los ladrones (súper avariciosos) más evidentes serán atrapados e incluso irán a prisión. Los banqueros conservadores y los magnates de Wall Street resultaron ser radicales temerarios que jugaron duro y perdieron el dinero de otra gente. El resto del país está pagando un terrible precio. Los escándalos debieran enseñarnos una lección en un momento de --¿me atreveré a decirlo?-- depresión económica. Mientras se conduce por Oakland, California, uno no tiene que explicar cómo los gigantescos bancos engañaron a los pobres para que adquirieran hipotecas de viviendas que no podían pagar. Yo me pregunto, si uno suma los salarios, regalías y opciones de acciones de los antiguos amos del universo, incluyendo el dinero que gastaron en vacaciones, fiestas, amantes y yates, y de alguna manera eso se pudiera rematerializar, se pudiera usar ese dinero para reparar y modernizar algunos de los edificios públicos y privados en el camino. Vayan a Newark, New Jersey; Wilmington, Delaware; o Pontiac, Michigan --o decenas de otras ciudades por todo el país cuyos gobiernos no han invertido en sus pobres o en reparaciones de infraestructura durante décadas. El capitalismo ha fracasado --¡otra vez! Todavía sacude la mente de los servidores públicos --perdonen la palabra. Al alcalde y al consejo de la ciudad de Oakland ahora se les hace la boca agua ante la oportunidad de construir nuevas estaciones de policía y un edificio municipal --no para reparar escuelas o construir clínicas. “¿Para qué necesitan esos nuevos edificios?”, preguntó un viejo residente del Área de la Bahía. “Pueden seguir sin hacer nada en los pésimos edificios que ocupan ahora. ¿Y qué carajo hace el gobierno con todo el dinero que recibe de los impuestos? Seguramente no pueden gastarlo todo en guerras y despilfarro”. “¿Por qué no alquilan el espacio que Toyota acaba de dejar vacante? (Toyota Alameda se mudó a una sede mayor en Oakland y un mes más tarde colapsó. No estaban vendiendo autos. El lugar es tan grande como para albergar una nueva estación de policía, al alcalde y a todo su personal impotente”. En el condado de Contra Costa, donde reside un millón de personas, 40 000 familias han solicitado “solo unos 350 vales asequibles de viviendas”. (Vivien Lou Chen, Bloomberg, 26 de febrero.) Como cosa de rutina, la gente hace fila para obtener alimentos gratuitos en las ciudades de Antioch, Pittsburg y Oakley. Pero a las iglesias de la localidad no les alcanza para satisfacer el número creciente de personas necesitadas. En Antioch, un Centro de Estrés Familiar ocupa ahora el lugar donde anteriormente prosperaba un banco: una ilustración simbólica del estado de la economía. En Watsonville, al sur de Santa Cruz, descubrieron que muchos mexicanos tuvieron que regresar a su país porque no podían encontrar trabajo Las agencias californianas ya no pueden satisfacer a las hordas de personas que fueron de clase media y que ahora necesitan de los “servicios sociales”. Los que tenían un empleo relacionado con la cobertura médica, ahora buscan ayuda de los débiles servicios públicos de salud. La página 1 de The New York Times del 1 de marzo presentaba la manera en que personas que habían perdido empleos ejecutivos de alto salario habían aceptado empleos de baja categoría que pagan $12 dólares la hora. Las bajas aumentan y mientras, las agencias gubernamentales con pocos fondos --federales, estatales y locales-- no pueden enfrentar la presión, debido a sus decrecientes fondos y personal. El antaño fabuloso libre mercado trajo la prosperidad al Valle de la Silicona en California, durante la cual los “urbanistas” compraron fértiles tierras de cultivo y las convirtieron en casas en serie para gente que trabaja en San Francisco y otros centros de alta tecnología. La carencia de alimentos es hoy una amenaza en todo el mundo, mientras buenas tierras cultivables se convirtieron en conjuntos de casas individuales. Muchas personas en el área fueron despedidas o presenciaron como el valor de su casa disminuía o la perdían. Los ingresos del estado por impuestos se encogieron y los presupuestos de los servicios públicos disminuyeron en el momento en que más necesarios eran. Un trabajador de la construcción en el condado de San Bernardino me dijo que no trabajaba desde noviembre. Él pavimentaba entradas para autos (su especialidad) en casas nuevas. “Acabo de conseguir empleo llenando estantes por $8,50 la hora (una disminución de $41,40 la hora) porque necesitaba tener algún ingreso. ¡Es tremendo!” Me dijo que una casa de cuatro dormitorios que él había ayudado a terminar cerca de Riverside se había vendido por $495,000 en 2006. “Hoy vi la casa en venta por $90,000. No sé si alguien la comprará.” Uno de sus familiares paga poco más de $200 mensuales por su hipoteca, pero un pago global que se vence en mayo aumentará los pagos a más de $1 000. “Lo acaban de pasar a un empleo de tiempo parcial y perdió algunos de sus beneficios. No va a poder pagar la hipoteca y además comprar alimentos”. Un agente de bienes raíces que trabaja propiedades en Contra Costa se quejó de que los precios de casas en un año han disminuido en casi 60 por ciento. Según MDA Dataquick en San Diego (un recurso para estudiantes de negocios que estudian los bienes raíces), entre octubre y enero de 2009, se presentaron en la localidad más de 3 100 noticias de falta de pago, la primera etapa de la ejecución hipotecaria. Los carteles de “Casa Propiedad de un Banco” en áreas del Valle Central de California son ahora tan comunes como los “Golden Arches” (de McDonald’s). Los centros comerciales están significativamente menos poblados, a no ser por las cadenas de mercados y de farmacias. Las otras tiendas tienen pocos clientes. TJ Maxx, Old Navy, See’s Candy y hasta Radio Shack se ven vacios de compradores. Lo que está sucediendo en California refleja también al resto del país. El Departamento de Agricultura reportó que en noviembre del pasado año había declarado a más de 31 millones de personas como elegibles para recibir sellos para alimentos --casi 15 por ciento más que el año anterior. Para principios de febrero, unos 5 millones recibían el cheque de seguro de desempleo. La tasa oficial de desempleados en el condado de Contra Costa, 9,3 por ciento, es más alta que el promedio norteamericano de 8,1 por ciento. Pero falta lo peor. En el Área de la Bahía, como en gran parte del país, los empleadores han eliminado puestos de trabajo, han reducido empleos de tiempo completo a tiempo parcial y han dado licencias. ¿Qué sucede a las personas cuando pierden su empleo y reciben la notificación de ejecución de hipoteca? Solicitan seguro de desempleo y se estresan. Algunas pierden su auto, lo que limita la oportunidad de encontrar trabajo. Aumentan las tensiones familiares --divorcio, separación y peores cosas. Este análisis de la descomposición del sistema debiera convertirse en parte de las clases de “ética de los negocios”. El comportamiento de la gran clase que posee propiedades permanece constante. Los casa tenientes continúan buscando oportunidades para sacar más a sus arrendatarios, los empleadores a sus empleados. El propietario de un complejo de apartamentos en Alameda exigió que los arrendatarios comenzaran a pagar por el agua y la recogida de basura. Los arrendatarios expresaron su desacuerdo amenazando con mudarse. El socialismo fracasó en la Unión Soviética y en Europa del Este. La naturaleza amenaza ahora, junto con el caos económico creado por el capitalismo fracasado. Pero en vez de enfrentar los hechos, la clase política todavía se escandaliza ante la mención de la palabra “nacionalización”. La negativa a enfrentar los nefastos hechos económicos provocará la estupidez o la inacción. El Presidente no puede darse el lujo de meter la cabeza en la arena en el caso de la economía o el cuidado de salud. Sin embargo, Obama aparentemente teme tan siquiera mencionar la idea de un sistema nacional de servicios de salud. Sin un plan nacional, las compañías corporativas de seguros continuarán perdiendo recursos valiosos y chipando la sangre a los pobres. ¿No es hora de que los pobres --llamados anteriormente la clase media-- que lo llevaron a la Casa Blanca comiencen a organizarse para obligarlo a promover sus intereses: la supervivencia?
Saul Landau es miembro del Institute for Policy Studies e investigador asociado del Transnational Institute. Es autor de Un mundo de Bush y de Botox y realizador deAquí no jugamos golf.