El drama irracional del imperio decadente

06 Septiembre 2007
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Resulta irónico que los medios de comunicación se centren en los viejos crímenes de "Alí, el químico" cuando la invasión y la ocupación de Iraq han provocado hasta un millón de muertes.
A medida que disminuye la disección que hacen los medios de la indiscreción del Senador Larry Craig en un baño público, George Bush se prepara para adueñarse nuevamente del escenario en su papel protagónico de La decadencia de la presidencia imperial. En los últimos episodios de este drama, Bush planeaba nominar al recién renunciante “cerebro”, Karl Rove --después de que el Senado rechazara a Michael Chertoff y Rush Limbaugh--, para que reemplazara a Alberto Gonzáles como Fiscal General. Gonzáles dejó grabado su nombre en la historia de EEUU al agregar la tortura al gran arsenal de la democracia, mientras eliminaba incómodos lastres como el habeas corpus. Gonzáles logró estas hazañas dignas de Atlas mientras ocupaba el cargo de Asesor Legal de la Casa Blanca y luego como Fiscal General. Después de redactar a petición de Bush una serie de memorandos para fortalecer el poder presidencial para combatir a los enemigos de la democracia, Gonzáles visitó al entonces Fiscal General John Ashcroft, apenas conciente en su estado postoperatorio, para exigirle que firmara algunos documentos. ¡Qué lealtad! En subsiguientes escenas apasionantes, Gonzáles dijo a escépticos senadores que no recordaba algunos de sus actos. Algunos senadores dijeron que él había mentido. Otros sacudieron sus salomónicas cabezas. En el Departamento de Justicia la moral decayó y Bush se quejó de la manera en que “el buen nombre (de Gonzáles) había sido arrastrado por el lodo”. ¿Qué “buen nombre”?, preguntó un deus ex machina. Yo aprendí en la escuela, junto con todos los niños norteamericanos, que la democracia de EEUU significa la no intrusión del gobierno, elecciones libres y juicios imparciales, símbolos de nuestra libertad que ahora exportamos. Como ni mis maestros de la escuela primaria ni los medios masivos dudaron de los adjetivos --libres e imparciales-- ni cuestionaron la intrusión, un Presidente como George Bush todavía puede usarlos en su propio juego para dar una delgada capa de barniz para encubrir la descarada agresión imperial en el extranjero y las violaciones a las libertades civiles en el país. Él cuenta con que los medios no hagan preguntas. Las elecciones se erigen como el símbolo principal de la democracia, y como desde 2004 los investigadores no han encontrado que existiera evidencia alguna para las supuestas razones de Bush a favor de hacer la guerra a Irak --ADM y vínculos con Al Qaeda-- los dramaturgos de la Casa Blanca cambiaron el plan: “Irak como primer paso en la guerra para construir la democracia en el Medio Oriente”. Los directores de escena de la Casa Blanca decidieron que los iraquíes debían celebrar elecciones. El drama continuaba. Después de investigar a los candidatos, Washington suministró la “seguridad” para el gran día. A fines de enero de 2005, con patrullas militares vigilando los colegios electorales y las calles cercanas --¿el sonido de redoble de tambores?--, los iraquíes votaron. Los medios respondieron como predijeron los escribas. Las imágenes llenaron las pantallas con iraquíes que sostenían un dedo manchado de tinta mostrando que habían votado o estaban enseñando el dedo a los medios y a la Casa Blanca --¿como en “jódanse“? “El pueblo iraquí dio a Estados Unidos las mayores ‘Gracias’ de la mejor manera en que podíamos haber esperado”, escribió Betsy Hart, una columnista del Servicio de Noticias Scripps Howard, palabras que Karl Rove podría haber redactado. Naturalmente, los principales analistas evitaron discutir el significado del voto. Solo Naomi Klein se erigió como Casandra, al declarar que el dedo pudo haber significado un gesto irrespetuoso para Estados Unidos. Klein dijo que la plataforma de los partidos ganadores mostraban que los “iraquíes votaron abrumadoramente a favor de expulsar al gobierno de Iyad Allawi, instalado por EEUU, el cual se negó a pedir a los norteamericanos que se marcharan. Una decisiva mayoría votó por Alianza Unida Iraquí. El segundo punto de la plataforma de AUI pide ‘un calendario para la retirada de Irak de las fuerzas multinacionales’.” (The Nation, 28 de febrero de 2005.) La mayor parte de las respuestas cumplieron las expectativas de la Casa Blanca. “El hecho de que la votación iba tan bien a pesar de la violencia, fue algo que pocas personas esperaban… La voz del pueblo iraquí superó al clamor de la violencia insurgente”. (Michael Yon, OnLine Magazine, 10 de octubre de 2005.) Cuando las elecciones se conforman a los deseos del poder imperial, representan la democracia. Cuando las elecciones salen mal --si Hamas o Hizbollah ganan en Gaza o en Líbano-- los guionistas imperiales rechazan los resultados. En 1970 los chilenos eligieron al Dr. Salvador Allende como presidente de Chile en una candidatura socialista. El Asesor de Seguridad Nacional Henry Kissinger, un personaje parecido a Yago, calificó a los chilenos de “irresponsables” y recomendó al Presidente Nixon que alterara su destino. ¡Qué clase de drama cuando Nixon ordenó a la CIA que desestabilizara a Allende y ayudará a los militares chilenos a realizar su sangriento golpe de 1973! Los enredadores norteamericanos celebraron repetidos remedos de elecciones en Viet Nam durante las décadas de 1960 y 1970, pero no lograron que los actores --“gobiernos elegidos”-- escucharan a los directores norteamericanos y detuvieran la corrupción y el amiguismo. ¿Les recuerda esto el drama de Irak? “Esos malditos gobiernos títeres no parecen comprender que tienen que obedecer a los titiriteros --o atenerse a las consecuencias”, dijo un joven empleado de la Casa Blanca. “¿Qué consecuencias?”, dijo un cínico enredador. “¿Buscar un nuevo títere? Los gobiernos que instalamos en Viet Nam no lograron que sus tropas combatieran. Los generales sudvietnamitas mostraban poco interés en la guerra, excepto por la parte de las ganancias”. Después de haber arreglado las elecciones, los escribas de la Casa Blanca esbozaron el pilar gemelo del drama de la democracia: los juicios. En diciembre de 2003, posteriormente a la captura de Saddam Hussein, el mundo presenció una farsa fabulosa: la ejecución orquestada de Saddam Hussein —3 años más tarde, por medio de un juicio amañado por EEUU al menos tan libre como los juicios de las brujas de Salem. Al tribunal creado por EEUU lo despojaron su jurisdicción para escuchar testimonios relacionados con el papel de EEUU en los crímenes de Saddam, como el hecho de que supuestamente atacó con gas a su propio pueblo en Halabja en 1998 y lo asesinó en masa en el sur de Irak en 1991. De esa manera, actores de reparto como Rumsfeld y Cheney quedaron exentos. Ambos habían apoyado a Saddam en la década de 1980 y la política de George Primero en 1991 de no ayudar a los rebeldes que se sublevaron contra Saddam a instancias del propio George. La ejecución de Saddam se salió del guión cuando los verdugos insultaron al condenado mientras le ponían la soga al cuello y él les devolvió los insultos. ¡Vaya! Bush aprendió de Papá acerca de la importancia de juicios de muestras. En 1990 George de Panamá despachó a casi 25 000 soldados para arrestar al “militarote”, como calificaron los medios al inofensivo General Manuel Noriega. En 1989 Noriega había desobedecido la orden de Bush de ayudar en la guerra de los Contras y por tanto se convirtió en un serio narcotraficante. Noriega entonces obtuvo un juicio imparcial en la Florida, donde 52 delincuentes convictos testificaron en su contra y recibieron rebajas en sus condenas. (¿Y qué importa si la CIA y la DEA utilizaron a Noriega para obtener inteligencia crucial y hacer grandes arrestos relacionados con las drogas? ¿Qué tiene que ver la verdad con la democracia?) Por tanto, Bush el Segundo comprendió que el teatro del juicio no solo distrae al público de los horrores de la ocupación, sino que perpetra la imagen del enemigo demonizado. En las últimas escenas, el primo de Saddam Hussein, el Químico Alí, y otros 14 ex sadammitas, estuvieron en el banquillo de los acusados por perpetrar “crímenes entre los peores cometidos contra la humanidad en la historia moderna”. El lenguaje conjuraba imágenes de estos iraquíes lanzando bombas nucleares sobre ciudades japonesas, digo, iraquíes. Supuestamente Alí y compañía mataron a decenas de miles de rebeldes chiíes en 1991, gente que George el Primero alentó para que se rebelaran contra Saddam. El Papi de W siguió el refrán introducido por Kissinger en 1972, al apoyar un levantamiento kurdo y luego abandonar a los kurdos ante la máquina de asesinatos del Sha de Irán: “Promételes cualquier cosa, dales lo que merecen y jódelos si no soportan una broma”. El juicio de Alí continúa la broma de Kissinger. Para mediados de 2007, hasta un millón de iraquíes había muerto, cuatro millones fueron expulsados de sus hogares y cientos de miles encarcelados --sin razón legal alguna. En este contexto, los dramaturgos de la Casa Blanca exigieron que Alí fuera juzgado por matar a iraquíes --en el pasado. Los medios, por supuesto, no se dieron cuenta de la ironía Al igual que en el juicio de Saddam, los guionistas norteamericanos le quitaron al tribunal la jurisdicción para escuchar testimonios de la complicidad de EEUU en los asesinatos en masa: el suministro a Saddam de los ingredientes para sus mortíferas armas y la logística acerca de dónde lanzarlas. Los gerentes de la Administración Bush para el juicio de Alí quieren demostrar que Estados Unidos es un virtuoso encargado de imponer la ley que atrapó a otros asesinos en masa y lo ha llevado a juicio, como hacen las naciones civilizadas. ¡Habrá fotos del veredicto de culpabilidad! William Randolph Hearst comentó desde su tumba: “Sin fotos, no se les puede mantener en la guerra”. A medida que el imperio de Bush se hunde más en las encuestas mundiales de opinión, el drama pasa del surrealismo a la comedia cruel de adolescentes. Bienvenidos a Zopenco III --la degeneración del imperio y de su jefe.