El Internet socialista de Allende

03 Diciembre 2013
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En la década de 1970, Chile experimentó con un sistema de planificación económica descentralizada interrumpido por el golpe de Estado de Pinochet.

Los progresistas conocen bien la historia de Salvador Allende, presidente del primer gobierno marxista democráticamente elegido que murió cuando el general Augusto Pinochet derrocó a su gobierno mediante un golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973. Pero los horrores de la violación de los derechos humanos y los relatos de los desaparecidos han eclipsado -comprensiblemente- el trabajo cibernético vanguardista de planificación del dirigente chileno, sus ministros y un británico de izquierdas, investigador especializado en el análisis de operaciones y asesor de dirección llamado Stafford Beer. Fue un experimento ambicioso que abarcaba toda la economía y se describió posteriormente como el Internet socialista, una iniciativa que se adelantó a su tiempo varias décadas.

En 1970, el gobierno de Allende tuvo que coordinar una mezcla desordenada de fábricas, minas y centros de trabajo que había dirigido el Estado durante mucho tiempo, unos que se habían nacionalizado poco antes, otros ocupados por los trabajadores y los restantes todavía en ese momento bajo el control de sus gestores o dueños. Se requería una estrategia eficaz de coordinación. Al jefe de la Corporación de Fomento de la Producción de Chile, de 29 años en ese momento y más tarde ministro de finanzas, Fernando Flores, responsable de la gestión y la coordinación entre las compañías nacionalizadas y el Estado y a su asesor, Raúl Espejo, les habían impresionado la proliferación de escritos sobre la cibernética de gestión de Beer e -igual que Allende- quisieron construir una economía socialista no centralizada como en el sistema soviético.

A Allende -médico de profesión- le atraía la idea de dirigir racionalmente la industria, y siguiendo la recomendación de Flores se contrató a Beer para asesorar al gobierno; se sumergió en el proyecto llamado Cybersyn, un «sistema nervioso» para la economía en el que trabajadores, ciudadanos y gobierno compartiesen recursos, deseos y necesidades mediante una red nacional interactiva de comunicaciones. Toda la idea parecería excéntricamente ambiciosa -hasta chiflada- si el Internet de hoy no fuera una experiencia cotidiana.

Aunque no se había completado cuando se dio el golpe de Estado, el prototipo avanzado del sistema, construido en el espacio de cuatro meses, incluía una serie de 500 máquinas de teletipo ya distribuidas a empresas a lo largo del país conectadas a dos ordenadores centrales puestos en funcionamiento por el gobierno; estas máquinas cubrían aproximadamente entre una cuarta parte y la mitad de la economía nacionalizada. Los datos sobre la producción de las fábricas, los envíos de materia prima, el transporte, los altos niveles de absentismo y otros datos económicos esenciales se transferían desde todo el país hasta la capital de Santiago y se comprobaban en un intercambio diario de información entre los trabajadores y su gobierno, lo que superaba con creces la media de seis meses necesarios para procesar los datos económicos en la mayoría de los países desarrollados.

Paul Cockshott, un ingeniero informático de la Universidad de Glasgow que ha escrito sobre la posibilidad de planificación poscapitalista facilitada por la informática, es gran admirador del proyecto Cybersyn como ejemplo práctico del tipo de mecanismo de regulación por el que él aboga: “El gran avance de los experimentos del proyecto Cybersyn de Stafford Beer residía en el sistema de tiempo real, en vez de ser el intento soviético de procesamiento por lotes en el que se tomaban las decisiones cada cinco años.”

Staff registró los datos y siete evaluadores gubernamentales -siete porque es el número de personas que pueden participar en una discusión con eficacia- vigilaron los procesos económicos a tiempo real con el fin de tomar decisiones inmediatas desde una sala de operaciones propia de la era espacial y Star Trek, equipada con sillas giratorias con botones incorporados; pero el objetivo era mantener una autonomía descentralizada para los trabajadores y sus jefes en vez de imponer un sistema de control de arriba abajo. El propósito fue proporcionar una sala de operaciones que supervisara cada industria y cada planta. En cada fábrica, se proyectó que los comités obreros hiciesen funcionar las salas de operaciones. Se utilizaban gráficos en vez de cifras porque se consideraba que la gente estaba capacitada para participar en el autogobierno económico sin haber recibido instrucción formal en finanzas y en matemática. Una gran coordinación que abarque toda la economía no es lo mismo que la centralización.

Cuando en 1972 el gobierno se enfrentó a la huelga de pequeños comerciantes conservadores -apoyada por la CIA- y a un boicot por parte de compañías privadas de transporte, los suministros de alimentos y combustible llegaron a ser peligrosamente bajos. El gobierno se enfrentó a la mayor amenaza para su existencia anterior al golpe de Estado. Fue en ese momento cuando el proyecto Cybersyn se hizo efectivo, cuando Allende y su gobierno se dieron cuenta de que el sistema experimental podría utilizarse para sortear las acciones de la oposición. La red facilitaba a sus usuarios información inmediata sobre la localización tanto de los lugares donde había gran escasez como de los camioneros que no participaban en el boicot, lo que permitía al gobierno movilizar sus propios recursos de transporte con el fin de mantener en movimiento las mercancías y aliviar los mayores puntos de escasez. De esta manera se venció el boicot de los transportistas propietarios.

Después de este otro 11 de septiembre de hace 40 años, cuando las bombas cayeron sobre el palacio presidencial de La Moneda y Allende se quitó la vida antes que rendirse a los fascistas de Pinochet, los incendios que destruyeron la democracia en Chile se llevaron también por delante el primer experimento mundial de planificación económica no estalinista, sustituido por otro experimento económico de carácter completamente opuesto: el ajuste estructural monetarista de Milton Friedman que copió con tanta infamia Margaret Thatcher y docenas de gobernantes que le han imitado.

Hoy, 40 años más tarde, el cambio sistémico vuelve a estar sobre la mesa. Después de décadas de derrotas, aflora la sensación -aunque frágil- de que una transformación de amplio alcance que vaya más allá de jugar con el sistema es tan necesaria como alcanzable.

Parece que ha llegado el momento de debatir sobre una economía poscapitalista y de que florezcan propuestas rivales concretas sobre cómo sería un sistema económico totalmente distinto. Pero pocos se ocupan de pensar qué podría ocurrir «a la mañana siguiente» de una presunta victoria. Padecemos el mayor desastre económico desde los años 30, es decir, una recesión global sin precedentes que podría ser peor que la Gran Depresión; nadie quiere teorizar sobre el día después, temeroso de «construir castillos en el aire».

Es aquí donde reside la utilidad para nosotros en 2013 del Cybersyn de Allende. Cybersyn no es una rara curiosidad histórica. Tampoco fue un sueño utópico. El experimento de Allende fue más bien un ejemplo del mundo real de la planificación poscapitalista que es preciso analizar en profundidad para valorar qué partes -si las hay- se pueden reutilizar en el caso de que el pueblo recuperara el poder.