El reino de la insolencia

01 Junio 2006
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Los remotos campos nuevamente verán florecer el polémico carmín de la amapola, y otra vez se dirá que Afganistán es el mayor productor de opio y heroína del mundo.

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Cáñamo

Nueve de cada diez gramos de heroína que llegan a Europa provienen de Afganistán, representando una suma colosal de dinero que alimenta el crimen, la corrupción y la violencia en su larga ruta desde su producción hasta su comercialización. Pero vayamos al inicio. ¿Por qué este país tan maltratado por la guerra, se ha convertido en el principal productor mundial de opio y heroína? ¿Cuál es el plan del gobierno afgano y sus actuales patrocinadores para luchar contra este fenómeno? ¿Cuáles serán las consecuencias para la población concernida?

El cultivo del opio ha existido tradicionalmente en ciertas provincias afganas, y su uso como estupefaciente ha estado controlado socialmente. Con la invasión rusa a fines de los setenta y la aparición de la insurgencia, Kabul perdió el control de las regiones periféricas del país. En esas zonas bajo la influencia de los muyahidines, el opio comenzó a prosperar, alentado por la CIA que vio en él una forma de 'envenenar las tropas rusas y financiar la insurgencia. Cuando los soviéticos dejaron el país y el mundo se desinteresó de Afganistán, los líderes insurgentes se lanzaron a una lucha civil por el poder. El cultivo de opio creció entonces rápidamente, procurándoles los recursos necesarios para la guerra.

El retorno de miles de refugiados incrementó el cultivo de amapola como fuente de recursos para sobrevivir en las zonas rurales, destruidas en gran parte por el ocupante ruso. Con el ascenso al poder de los talibanes, la producción de opio volvió a dispararse, hasta el momento en que este mismo régimen dictaminó su proscripción que condujo a una desaparición casi total de la amapola. Cuando fueron derrumbadas las torres gemelas en Nueva York, el mundo volvió a prestarle atención a Afganistán, y una rápida operación militar liderada por Estados Unidos, reemplazó a los talibanes por un gobierno transitorio. Hoy, el país está dirigido por un presidente y un parlamento electos, y la comunidad internacional ha prometido apoyar la reconstrucción y el desarrollo del país. El fin de la coerción talibán combinado con la ausencia del gobierno central en las regiones rurales así como la necesidad de la población de satisfacer sus necesidades han llevado a un nuevo aumento de la producción de amapola, incluso en nuevas zonas del país.

Según la ONU, cerca de la mitad de la economía del país se basa hoy en las ganancias del opio, y casi dos millones de personas viven directamente de su cultivo. La falta de infraestructura, la escasez de fuentes de trabajo y de crédito, la extrema pobreza, así como las estructuras de poder de la sociedad rural afgana hacen que gran parte de los campesinos desposeídos no tengan otra alternativa que cultivar amapola. Sin embargo, la mayor parte de los beneficios se queda entre los traficantes de droga. Para luchar contra este fenómeno, el gobierno central, apoyado por sus patrocinadores exteriores, particularmente EEUU y el Reino Unido, ha diseñado un programa que, aunque contempla la implementación de programas de desarrollo alternativo, hace hincapié en la erradicación, destrucción de laboratorios e interrupción del tráfico. El presidente Karzai ha llamado incluso a sus ciudadanos a participar en una yihad contra la droga, estableciendo nuevas fuerzas policiales y paramilitares con ese fin. Se ha promulgado una nueva ley contra-narcóticos y se ha constituido un tribunal especial para juzgar a los traficantes. Luego de varios años de preparación y millones de dólares invertidos, los planes ya parecen estar listos para comenzar a actuar.

Según noticias de prensa recientes, la provincia sureña de Helmand ha visto un fuerte despliegue de las fuerzas de erradicación. En esta paupérrima provincia, que produjo el año pasado un cuarto de la producción total, el gobierno central es casi inexistente y la ley sigue siendo dictada por los señores de la guerra o por simpatizantes de los talibanes. La campaña de erradicación afectará principalmente a quienes menos provecho sacan del comercio y que más dependen del cultivo. Por otro lado, los programas de desarrollo alternativo necesitarán tiempo antes de que sus beneficios logren satisfacer a la población afectada por la erradicación. En esta situación, es de prever que la población rural, que votó masivamente por Karzai, pierda confianza en el gobierno y decida unirse a los alzados contra el poder central que ven con recelo el despliegue de fuerzas foráneas. De hecho, las fuerzas de seguridad enfrentan cada día una mayor resistencia. Para evitar una nueva tragedia se necesitaría revisar rápidamente las políticas actuales.

Una erradicación apresurada tendría como consecuencia el desplazamiento de cultivos a otras áreas del país sin afectar la producción global de opio y heroína, fuera de que la deterioración de la situación económica y social de la población desestabilizará la región. Mejor sería que el gobierno empleara los recursos en el combate a la pobreza, creando nuevas fuentes de ganancia para la población rural, asegurándoles los servicios básicos de salud y educación, garantizándoles una voz en sus comunidades y la protección física y jurídica. Sólo entonces se lograría una reducción gradual, y Afganistán dejaría de ser el "reino de la insolencia", como lo llama Michael Barry, tironeado entre el poder central y la periferia rebelde.