El verdadero precio del petróleo

30 Noviembre 2009
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¿Quién tienen la responsabilidad de  “accidentes” del petróleo? ¿El gobierno, los propietarios, las compañías petroleras, el público que usa el producto o el sistema como un todo?

Desde una ventana de mi casa en Alameda que domina la bahía de San Francisco, veo a cientos de hombres y mujeres vestidos de blanco, algunos con máscara, dedicados a arrancar viscosas plantas marinas y sosteniendo con delicadeza a aves cuyas plumas están cubiertas de grasa negra. Colindante con la playa pública, esta “reserva de aves” se convirtió en un desastre para los mismos animales que debía proteger. El 30 de octubre se partió una tubería durante un traslado de combustible del barco petrolero Dubai Star, de bandera panameña. Unos 860 galones se vertieron en la bahía.

Según informes oficiales, durante los tres primeros días los equipos de limpieza encontraron a 36 aves vivas, cubiertas de petróleo. Otras dos murieron después de no responder al tratamiento, para sumarse a otras 11 muertas –pelícanos, garzas, gaviotas y andarríos.

Charcos de un pegote negro y espeso aparecieron a lo largo de las playas públicas de Alameda. Endurecidas “pelotas de chapapote”, como las llamó un miembro de los equipos, se ocultaban entre las plantas marinas. Cerca de allí se veían los cadáveres de peces aceitosos.

La bahía se veía inusualmente tranquila en los días que siguieron al vertimiento. Yo extrañaba los gritos de los patos que se sumergían y las avocetas, la juguetona alimentación de los pelícanos y el pacífico sentimiento de armonía que proviene de observar el flujo y reflujo de la corriente. Los equipos de limpieza situaron largas barreras de plástico en el agua entre Alameda y la Isla Bay Farm, a media milla de distancia, para atrapar los flotantes charcos de petróleo, de manera que no penetraran más en los delicados recovecos de la bahía cerca del aeropuerto de Oakland. Los ubicuos pescadores que salpican la orilla estaban ausentes. “Prohibida la Pesca”, decía un cartel oficial. A la entrada a cada playa había cinta amarilla de lugares del crimen. “Vertimiento de Petróleo. Es Arriesgado Entrar al Agua”.

“Así son las cosas”, comentó un empleado de limpieza colocando “las  cosas” en un gran saco plástico. “Por suerte nadie murió.  Los pájaros fueron golpeados y nadie sabe cuántos peces y moluscos, huevos de peces y focas y otras criaturas marinas se lo comieron. Y nadie sabe cuáles serán los efectos a largo plazo. Ese es un riesgo en el que la gente no piensa cuando hablamos de nuestra dependencia del petróleo”. Sonrió filosóficamente, como si de alguna manera todo el problema dependiera de una fuente vaga e inmutable: un vertimiento de petróleo, un verdadero acto de la Naturaleza, como un terremoto o un huracán. Se partió una tubería. Así como así. No hay que decir más.

En noviembre de 2007 ocurrió un desastre ecológico mucho peor cuando el piloto de un remolcador estrelló el Cosco Busan contra uno de los pilotes del puente Bay. El tanquero derramó 54 000 galones de combustible tóxico en la bahía. Por error, el piloto guió al barco a través de la densa niebla contra una torre del puente Bay, en vez de por el paso entre las torres. El choque provocó una abertura en el casco del barco de 8 pies de profundidad y 212 de largo.

El “error humano” provocó la muerte de 2 525 pájaros. Equipos de rescate salvaron a 418 de las aves cubiertas de petróleo. Equipos de trabajo limpiaron la superficie de 52 millas de playas de arena contaminadas de petróleo y 10 millas de marismas.

Los trabajadores lograron sacar del agua de la bahía 20 000 galones de petróleo de los 54 000 derramados. Se reunieron comités a niveles local, estatal y nacional para discernir como minimizar futuros “errores humanos”.

¡Ah, nosotros los humanos, tan propensos al error y tan dependientes del petróleo! No pasa un mes sin que ocurra algún “error” aceitoso en alguna parte del mundo. En septiembre de 1996 el July, un tanquero de 560 pies, se estrelló contra un puente en Maine, derramando 170 000 galones de petróleo en el agua. Costó $130 millones reemplazar el arco del puente de la bahía Casco.

¿Quién tienen la responsabilidad de tales “accidentes”? ¿El gobierno, los propietarios, las compañías petroleras, el público que usa el producto, o el sistema como un todo para el cual el petróleo se ha convertido en el equivalente de una transfusión de sangre?

El piloto del remolcador que chocó el Cosco Busan contra el puente fue condenado a diez meses de prisión después de declararse culpable de dos delitos menores contra el entorno.  Dijo que perdió la orientación debido a la niebla mientras utilizada los equipos de navegación a bordo, según comprobó la Junta Nacional de Seguridad del Transporte. Él abandonó el sistema de radar del barco porque pensó que estaba distorsionado.  Según se comprobó, el piloto había tomado “medicamentos que alteran la mente”. (Valoración del Daño de Recursos Naturales y Planeamiento de Recuperación para el Vertimiento de Petróleo del Cosco Busan.) (http://response.restoration.noaa.gov/book_shelf/1538_NRDA_factsheet_May08.pdf)

Al igual que la mayor parte de los trabajadores norteamericanos, sintió estrés y esto lo llevo a las drogas, la confusión y al “error humano”. Los errores producen contaminación, criaturas muertas que dependen de un entorno balanceado y no lleno de petróleo, el cual se filtra en la arena e infesta todo lo que hay debajo. En la superficie no podemos culpar al error humano por verter eso en motores que emiten vapores que cambian la atmósfera y que los científicos dicen que han alterado el clima global –no para mejorar. ¿Existe un error humano mayor que ese?