Gadafi, su gira y nosotros

27 Diciembre 2007
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La reciente gira del señor Gadafi por diversas capitales europeas ha sido una excelente ocasión para que unos y otros, gobernantes y gobernados, afrontásemos una vez más el espinoso examen de la relación entre política y derechos humanos.
La reciente gira del señor Gadafi por diversas capitales europeas ha sido una excelente ocasión para que unos y otros, gobernantes y gobernados, afrontásemos una vez más el espinoso examen de la relación entre política y derechos humanos. El tema no es nuevo y, ciertamente, es un examen mucho más difícil para nuestros gobernantes europeos que para nosotros, es decir, la gente, la opinión y la sociedad más o menos civil. Es difícil para los gobiernos europeos, y esta es una buena noticia, porque las opiniones públicas de nuestros países son bastante exigentes en materia de derechos humanos. Y nadie gobierna como quiere, en democracia, sino como puede. La cuestión no es ésta, pues nadie discute la realpolitik, o, si se prefiere, la inevitabilidad del realismo o pragmatismo en política exterior. Por ello el guión debe ceñirse, en primer lugar, a hacer una buena pedagogía de este caso, algo mejor que prometer, como hizo Sarkozy al tomar posesión de su cargo, que "Francia estará del lado de los oprimidos". EN SEGUNDO lugar, los gobiernos deberían evitar caer en el doble rasero, que tanto ha dañado década tras década a la ONU. Y un doble rasero monumental fue que los gobiernos europeos, en la reciente Cumbre con la Unión Africana, tratasen al dictador Mugabe como si fuese el dictador que hay en África, una especie de molesta excepción, mientras en paralelo han agasajado a todos los demás, cuando en la pobre África lo que sobran son regímenes autoritarios. Y Gadafi impuso en dicha cumbre, y luego en su gira por Francia y España, su agenda. No solo el itinerario, sino el formato, las visitas y los desplantes. Que el Gobierno haya tenido que plegarse al pragmatismo es tan inevitable como positiva es la oportunidad de negocio que de tal visita parece derivarse. Pero en Francia hemos podido notar algunas diferencias con España. Algunos miembros del Gobierno francés, como la joven secretaria de Estado para los derechos humanos, Rama Yade, cumple con su función y dice lo que piensa del dictador de Libia, con el apoyo bastante elocuente del Ministro de Asuntos Exteriores, Bernard Kouchner, que afirma "comprender" a la secretaria de Estado. En Francia, los medios de comunicación han sido mucho más beligerantes, y han puesto a las autoridades bajo presión, al menos para evitar que la visita de Gadafi fuera un circo a su medida. Y además, el tejido asociativo, las organizaciones de derechos humanos, han adoptado una actitud abierta de denuncia. En España, con algunas excepciones, la verdad es que la cosa ha pasado como si nada. No deja de ser curioso que la cena privada de Gadafi con el matrimonio Aznar haya sido un alivio para el Gobierno, pues de este cartucho el PP no podrá hacer uso. Pero esto es cosa de ellos, y sabemos y aceptamos que el pragmatismo político tiene sus exigencias. En cambio, no hemos salido muy bien parados nosotros, la gente, la llamada sociedad civil. Nadie ha dicho gran cosa, ni los medios, ni los intelectuales o los que hacen opinión, ni todas aquellas personas que tienen una gran capacidad de indignación de geometría variable, según la buena causa a la que la apliquen. Hay otro aspecto en el que Francia parece ganarnos, pero no es seguro que ello sea un honor para el vecino país, y la visita de Gadafi solo es la guinda del pastel. Sarkozy parece estar llevando al paroxismo el uso y abuso de los medios de comunicación a base de ir lanzando señuelos o dándoles portadas que tapen sus errores o meteduras de pata. La visita de Gadafi ha creado malestar en su Gobierno, ha dividido a su grupo parlamentario, ha agitado los medios de comunicación. Y en cuanto Gadafi tomaba el avión hacia España, oh sorpresa, los franceses se desayunan con el fogoso romance del presidente con la cantante y exmodelo Carla Bruni, paseando casualmente por.... ¡Eurodisney! Uno no se imagina al general De Gaulle paseando por ese lugar. Otro ejemplo: hay elecciones en Rusia y Sarkozy comete el error garrafal de felicitar a Putin, que como presidente no era candidato, al menos formalmente. Para hacer olvidar el error, surge el gesto humanitario de Sarkozy al decir: "He tenido un sueño: ver a Ingrid Betancourt en casa por Navidad". Sin comentarios, después del desaire a las FARC con motivo de la estrepitosa visita de Chávez a París. En octubre, cuando la huelga de los transportes públicos pone al presidente ante sus primeros apuros en política social, de repente... rumores sobre la exprimera dama, Cecilia, nuevos rumores, portadas, titulares y por fin, el divorcio se convierte en el tema de la semana. Decae la huelga, y todos a casa. Gadafi, seamos honestos, no tiene este tipo de problemas en su país, los tienen nuestros gobiernos en Europa, y no es fácil para ellos mantener la agenda de una política exterior pragmática, pero también queda una sensación de que se podría haber hecho más. Por ejemplo, exigir que los medios de comunicación puedan entrevistarle: si una visita es oficial, es oficial, y el invitado ha de saber que tiene que dar la cara. Este equilibrio entre lo inevitable y lo deseable, entre necesidad y virtud, es la esencia misma de una democracia de opinión. Pere Vilanova. Catedrático de Ciencia Política de la UB.