Hogueras para las vanidades globales

03 Noviembre 2008
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Un nuevo Gobierno estadounidense brinda una oportunidad de cambio, pero se necesitará un movimiento antiguerra poderoso y movilizado para conseguir que la nueva administración rinda cuentas de las promesas realizadas.

El 20 de enero, estad atentos a las hogueras que arderán en todo el país y el mundo entero cuando los fuegos rituales de la doctrina bélica de Bush iluminen el cielo. Un nuevo Gobierno estadounidense brinda una oportunidad de cambio tras ocho oscuros años de guerras asoladoras, constantes violaciones del derecho internacional y el destrozo de las Constitución estadounidense.

Pero aunque el reino republicano de abuso de poder y su carrera imperial termine, se necesitará un movimiento antiguerra poderoso y movilizado en todos los Estados Unidos –y por supuesto en el resto del mundo– para conseguir que la nueva administración rinda cuentas de las promesas realizadas y de las obligaciones a las que se debe.

El Gobierno de Bush llegó al poder entregado a la causa del unilateralismo agresivo y militarizado, una tendencia que se disparó tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando la Casa Blanca utilizó el miedo como arma para ganarse el apoyo público con respecto a políticas extremistas que en otro momento se habrían topado con la indignación generalizada. Bush anunció la “guerra global contra el terrorismo” y la utilizó para reafirmar y legitimizar los temores estadounidenses. El precio en vidas humanas, especialmente en Iraq y Afganistán, y en los miles de millones de dólares que se han desviado de necesidades sociales muy urgentes, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, es casi incomprensible.

Ahora se presenta una nueva oportunidad. ¿Qué se necesita para corregir los estragos que han provocado estos ocho años?

En primer lugar, hay que poner fin a la ocupación de Iraq. De forma inequívoca y total. Eso significa que vuelvan a casa todas las tropas ocupantes estadounidenses (no sólo las oficialmente llamadas tropas “de combate”) y todos los mercenarios extranjeros pagados por Washington. Significa también clausurar todas las bases militares estadounidenses que se han construido en Iraq. Significa renunciar a todas las reivindicaciones de control sobre el petróleo iraquí. Sólo entonces tendrán Iraq y los iraquíes la posibilidad de acabar con sus guerras internas y reconstruir su asolado país como ellos deseen.

Todo esto sería el primer paso. Sólo después podemos iniciar el largo proceso de cumplir con nuestras verdaderas obligaciones para con el pueblo iraquí: una reconstrucción real –y que el dinero se destine directamente a los iraquíes en lugar de a contratistas estadounidenses que se están lucrando con la guerra– e indemnizaciones por el daño al país que empezó con la primera crisis del Golfo en 1990. Cumplir con esta obligación será difícil en un momento de crisis económica interna, pero los Estados Unidos no recuperarán su legitimidad en el mundo mientras se siga saqueando Iraq.

Después está Afganistán, la supuesta “guerra buena” de Washington. Pero esa falsa idea es un sueño que lleva demasiado tiempo provocando pesadillas a los habitantes de Afganistán. ¿De verdad creemos que el constante goteo de civiles muertos por los ataques estadounidenses nos ganará el favor de los afganos y se lo restará a los talibanes? ¿Hemos olvidado tanto la historia que realmente nos sorprende que los talibanes, por represivo que fuera su régimen, estén ahora aumentando su respaldo popular porque cada vez más son vistos como la única fuerza capaz de hacer frente a los odiados ocupantes? ¿Realmente pensamos que esta batalla política dentro de la sociedad afgana se puede resolver con comandos estadounidenses y con aviones Predator lanzando bombas, por no hablar de otro “refuerzo” de 30.000 soldados para las tropas terrestres procedentes de Iraq?

Además de poner punto y final a las guerras en curso, un nuevo Gobierno tiene la oportunidad de rechazar el unilateralismo y militarismo del Gobierno de Bush, y de construir una política exterior totalmente nueva basada en la cooperación multilateral y la diplomacia; un nuevo paradigma que reconozca que no hay tal cosa como la “seguridad nacional” y que lo único que existe es la seguridad internacional. Pero un cambio de este tipo no será fácil.

Significa cerrar las más de mil bases militares en todo el mundo que se han convertido en el símbolo más visible de la carrera imperial estadounidense y un motivo importante del antiamericanismo en todos los continentes. Significa reconocer que el declive del poder económico estadounidense no puede –no debe– traducirse en una mayor dependencia de la fuerza militar como pieza clave de la política exterior norteamericana. Y significa volver a los principios básicos: dar prioridad a la diplomacia por encima de las amenazas y las invasiones, al Departamento de Estado por encima del Pentágono, a las Naciones Unidas por encima de la OTAN, y terminar con las “coaliciones de los dispuestos”.

No podemos dar por sentado que, con un demócrata en la Casa Blanca, esta transformación se dará automáticamente. Al fin y al cabo fue Madeleine Albright, entonces embajadora ante las Naciones Unidas del supuesto Gobierno multilateralista de Clinton, quién presumió de que “la ONU es una herramienta de la política exterior estadounidense”. De hecho, independientemente de quién salga elegido en noviembre, nuestros deberes a partir de enero no variarán demasiado.

McCain ha dicho que mantendrá a las tropas en Iraq durante cien años si hace falta, hasta que “gane” la guerra. Obama dice que retirará algunas tropas, pero que dejará sobre el terreno hasta 80.000 soldados que seguirán ocupando Iraq, aunque su electorado comenzó a tomar forma con la promesa de “terminar la guerra”. Ambos afirman que intensificarán la campaña en Afganistán y que seguirán atacando Pakistán. Sin un movimiento plural, potente y de principios que exija el fin de estas guerras, ningún presidente dará marcha atrás. Elegir al mejor candidato posible es sólo el primer paso. Mantener a ese presidente a raya, exigiendo que cumpla con sus promesas y no sólo con sus amenazas, también depende de nosotros.

El mundo siempre ha seguido con atención las elecciones norteamericanas, y es que el presidente de los Estados Unidos ejerce un poder que sobrepasa con mucho las fronteras de nuestro país. Pero esta vez la gente está siguiendo el proceso con una demanda de cambio urgente –una transformación real, no cuatro cambios puramente estéticos– y tangible en todo el planeta. El mundo quiere unos Estados Unidos que colaboren con las demás naciones, y no un imperio que se erija como un coloso por encima de todos los demás. El nuevo Gobierno podría cumplir con ese deseo mundial y conseguir con ello que los estadounidenses, y el resto del mundo, estén mucho más seguros de lo que estamos hoy.